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la petite claudine

Mickey Mouse gana la guerra del Copyright

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La lucha por el derecho a la cultura y a la información acaba de perder una gran batalla. El pasado miércoles, la Corte Suprema estadounidense dio por zanjado el caso Eldred contra Ashcroft, en que se defendía la necesidad de ajustar la duración de los derechos sobre las creaciones artísticas a un tiempo más razonable. Tras un año de argumentaciones, siete de los nueve miembros del gran jurado han decidido que la última extensión de Copyright, que es la ley que protege la propiedad intelectual, no sólo es perfectamente constitucional sino que, además, es necesaria. De este modo, se aplaza durante veinte años más la posiblidad de rescatar antiguas joyas de la literatura, de la música o el celuloide; de reinterpretar a muchos de los clásicos contemporáneos o, sencillamente, de poner a disposición del público obras de incalculable valía. Los dos jueces que dieron su voto en contra, John Paul Stevens y Stephen Breyer, declararon que el congreso estaba cometiendo un grave error.

La última actualización de la Ley del Copyright lleva el nombre del cantante y después congresista Sony Bono, y fue firmada por el presidente Clinton en pleno affaire Lewinsky, en octubre de 1998. La medida se tomó con tanto secreto y se consideró tan exagerada que, desde un primer momento, levantó una oleada de protestas entre ciertas comunidades intelectuales. La CTEA (Copyright Term Extension Act) de Bono prolonga el derecho privado sobre la creación individual a setenta años tras la muerte del autor, noventa y cinco años del estreno o edición de la obra en caso de que el propietario legal de los derechos sea una empresa. Y las obras que hayan sido creadas antes de 1978, tendrán noventa y cinco años de protección, sean de quien sean. Las pequeñas editoriales que preparaban la reedición de antiguas rarezas, páginas web que ponían a libre disposición de los usuarios grandes obras maestras de la literatura y artistas de todo el mundo que recuperaban iconos de los primeros años veinte para sus creaciones tuvieron que parar las máquinas. Cientos de miles de obras cuyos derechos privados estaban a punto de pasar al dominio público quedaron vedadas. Hasta el año 2019.

No todo el mundo estaba de acuerdo…

Eric Eldred no quiso conformarse. En los últimos años había ido construyendo una pequeña biblioteca exquisita en su página web, recopilando libros que hace tiempo que no se editaban, buscando las ilustraciones más delicadas para acompañarlos, añadiendo glosarios, biografías, cronologías. Al principio sólo quería despertar la pasión por la lectura en sus tres hijas, ayudándolas a comprender mejor “La Letra Escarlata”, de Nathaniel Hawthorne. Después, fue ampliando su pequeña colección con cuentos del XIX, relatos de aventuras, poesía; y la gente empezó a visitar su web. La página era legal: todos los libros de su biblioteca estaban ya libres de copyright. La Asociación Nacional de Humanidades reconoció la Eldritch Press como uno de los veinte mejores sitios de humanidades en la Red. La Sociedad Nathaniel Hawthorne y la William Dean Howells enlazaron su página. Después Clinton firmó la CTEA y el resto de su proyecto se fue al traste.

Lawrence Lessig se puso en contacto con Eldred tras leer uno de sus indignados artículos en un periódico local. Catedrático de derecho en la universidad de Stanford y uno de los mayores expertos del mundo en ciberderecho, Lessig se ha convertido en el héroe indiscutible de la causa por la liberación del copyright. Propuso a Eldred defender su causa contra la nueva ley y, como se dice vulgarmente, lo demás es historia.

El juicio: Eldred contra Ashcroft

Lessig presentó una queja contra el gobierno en nombre de Eldred. Sumó a la protesta a varios de sus colegas del Centro Berkman por Internet y la Sociedad de Harvard, a la prestigiosa firma Hale & Dorr de Boston para hacerse cargo de los aspectos técnicos, y reunió a nueve co-demandantes, entre ellos Higginson Books y la Asociación Americana para la Conservación Cinematográfica.

El argumento de Lessig era claro: el congreso tiene el poder de promover el progreso de la ciencia y de las artes útiles, asegurando por un tiempo limitado a los autores e inventores el derecho exclusivo sobre sus respectivas creaciones e inventos. Lo dice el artículo primero, sección 8, cláusula 8 de la Constitución de los Estados Unidos de América. La clave de esta cláusula está en “limitado”, entendiendo que, tras un tiempo prudencial, la obra queda a disposición de todo el mundo, para disfrute generalizado. En 1790 era de 17 años. Al alargar durante 70 y 95 años ese tiempo, el congreso falta a su deber de limitar esa retención de la obra a favor del gran público. Además, esa protección impide la readaptación de obras que ya se consideran clásicos, una inspiración que al propio Shakespeare le sirvió de gran ayuda. "Victor Hugo debe de estar retorciéndose en su tumba después de ver lo que la Disney ha hecho con su Jorobado de Notre-Damme" ironizaba Dan Gilmor, reputado columnista en el San Jose Mercury News cuando empezó el jaleo. "Pero es lo que pasa cuando tus creaciones son del dominio público. Nuevos artistas las reinterpretan y el arte sigue su curso”

Lo que vale hoy en día un ratón

Hay otra cosa. Los hechos parecen probar que la renovación de esa ley tiene relación directa con la presión política y social que las grandes corporaciones que poseen derechos de copyright han ejercido sobre los congresistas. “La corporación Walt Disney –afirmó Lessig en una conferencia- ha conseguido promover un total de 11 enmiendas en la ley del copyright para aumentar su duración de 17 a 95 años. Probablemente, Walt Disney no quiere que otros hagan con el ratón Mickey lo que ellos han hecho con la obra de los hermanos Grimm”. Efectivamente, hubo un desembolso disparatado de dinero en forma de contribuciones desinteresadas por parte de la Disney, Warner Brothers, la Asociación Americana de Estudios Cinematográficos y la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores durante el ciclo electoral 97-98. Según un Centro de Responsabilidades Políticas, estas corporaciones y sus comités de acción política distribuyeron más de 6.5 millones de dólares entre los miembros del Congreso.

El profesor Dennis Karjala, un experto en el tema que reunió a más de cuarenta profesores en leyes contra la extensión del copyright, tampoco tuvo miedo de acusar la evidencia: “Tenemos unos cuantos copyrights famosos a punto de expirar. Y sus dueños no van a permitir que sus ríos de dinero se sequen”.
De no ser por la revisión del 98, Mickey Mouse sería hoy propiedad de todos. Ahora, sin embargo, nadie podrá entonar “Happy Birthday to you” hasta el 2031 sin incurrir en delito. O comprar la licencia, claro.

El derecho a la cultura

Como decíamos, el pasado miércoles se ha perdido una batalla. Sin embargo, algo ha ocurrido. Mientras que en 1998, la nueva ley se firmó sin dar más explicaciones, es poco probable que vuelva a ocurrir. Esta batalla ha llamado la atención de los premios Nobel de economía Milton Friedman y Kenneth Arrow, de Intel Corporation, de la Free Software Foundation y de varias asociaciones de libreros que no dejarán que el intento sea fallido. Y ha revelado algo importante: que son los lectores, los melómanos, los cinéfilos, los estafados. Que estamos hablando de un derecho fundamental, el derecho a la cultura. “¿A quién han robado?- reclama Dan Gilmor- A ti. A mí”. Otro abogado famoso escribió una vez: “La creación no puede, por naturaleza, ser propiedad de nadie”. Se llamaba Thomas Jefferson.

Este articulo fue publicado el 17 de enero de 2003 en la revista de tecnología GSMbox.




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