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Miguel Delibes, Rey de la Montaña

LPC en citas | Marzo 13, 2010
"Todos aspirábamos a ser escaladores y nuestro sueño inexpresado era coronar un día el Tourmalet en primer lugar. Recuerdo que en aquellos años adquirí entre mis amigos cierta fama de escalador. ¿Es que poseía yo, en realidad, algún don para escalar mejor que ellos? Yo siempre he sospechado que subir cuestas en bicicleta es una de las mayores maldiciones que puede soportar un hombre, escalador o no. Pero ante el repecho de Boecillo, con su pronunciado recodo y su empinamiento súbito, en la parte final, yo no me amilanaba, dejaba pasar a mis amigos primero y luego les rebasaba como si nada pedaleando a un ritmo loco, a toda velocidad:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta -comentaban ellos.

Yo mantenía la superchería. Sonreía. Tácitamente les daba la razón, porque esa era la carta que me convenía jugar: fingir que no me costaba. Y con un muchacho al que no le costaba subir las cuestas no se podía competir. De modo que de acuerdo con mi manera de pensar, lo aconsejable para llegar a Rey de la Montaña era poner cara de palo, incluso esbozar una sonrisa, mientras la procesión iba por dentro. Aguantar, que no trascendiera al rostro el sufrimiento interior y la fatiga física, era una baza segura para que el competidor desistiera de alcanzarnos. Nada desanima tanto a un corredor como observar que el contrincante realiza con la sonrisa en los labios algo que a él le supone un esfuerzo sobrehumano. Ponerme la máscara fue el secreto de mi éxito como escalador: ni piernas, ni bofes, ni garambainas. A mí me costaba subir el repecho de Boecillo tanto como a José Luis Fando, el gordo de la clase, pero lo disimulaba y mis compañeros, al verse rebasados por un tipo alacre, que no se quejaba, a quien no le dolían los muslos ni se le aceleraba el corazón, se sentían descorazonados y se sentaban en la curva a charlar un rato y descansar, en tanto yo coronaba el cerro en solitario, de un tirón. Pero, al rebasar la cumbre, me tumbaba boca abajo a la sombra de una acacia y sujetaba el corazón contra el suelo para que no se me escapase del pecho. Luego, al llegar a casa, no podía comer, tenía que meterme en cama un ratito hasta que se me pasara el sofoco:

-Claro, es que a Delibes no le cuesta.

Llegué a pensar que mi impostura era la impostura de Trueba, de Ezquerra o del francés Vietto, en el Tour de Francia. El que sabía fastidiarse sin poner cara de fastidio, ese era el Rey de la Montaña"

Un recuerdo de Ander, visto gracias a Fogo

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Un texto tierno y casi cómico.

Saludos


Puesto por Marga a las Marzo 13, 2010 04:01 PM