Cortazar inédito
LPC en la biblioteca | Mayo 24, 2009
Hoy en El Pais, bajo el proverbial lametón de cojones a la curiosa mezcla de hombre teórico y tipo de acción que habita hoy el Reina Sofía, hay cuatrro textos de los que Aurora Bernárdez encontró manuscritos hace tres años entre las cosas de su difunto marido, y cuya totalidad publica Alfaguara esta semana que entra bajo el título Papeles inesperados.
Se trata de tres Cronopios y la historia poco corriente -no sabría si inacabada o de final abrupto- de un chantaje accidental y descacharrante, que podría dar lugar a una estupenda comedia del horror castizo en manos del Vigalondo de Código 7 y las 7:35, si tuviera tiempo y ganas.
Copio un fragmento:
Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.
[Sigue leyendo el Manuscrito hallado junto a una mano en El Pais]
Aun no se qué pensar de esta fiebre de lo inédito. Por un lado me retuerzo pensando qué sería de mí si alguien cogiera las porquerías que jamás publiqué ni publicaría -artículos que se me pudrieron por el camino, poemas sobre alguno de los imbéciles de los que me enamoré antes de los 20- y me las echara encima como una manta de hormigón armado. Me entristece que la viuda del pobre Bolaño se haya lanzado en brazos de Andrew Wylie, el Chacal, en lugar de cumplir con los deseos del difunto y dejarlo todo en manos de Echevarría y la venebable Carmen Balcells.
Por otro, me maravilla la solidez inmediata con la que entramos en la obra de Bacon mirando los restos de su estudio y la pila de documentos íntimos -sus cuadernos de pintura, sus recortes de periódico y manuales de lucha- juntos en una habitación.

No pude evitar soltar un par de carcajadas con la entrada de la tía del protagonista.
Qué inteligencia la de Cortázar, con ese final se carga lo que más de un crítico considera poco creíble en narrativa.
Tremendo Cronopio.
Puesto por Jordi a las Mayo 25, 2009 10:04 AM