what doesn't kill you makes you stranger
LPC en Reflexiones | Mayo 09, 2007
La primera vez que mi padre y yo nos quedamos solos fue cuando nació mi hermano. Durante las dos semanas que mi madre pasó en el hospital, mi padre hizo un gran esfuerzo por sobrellevar las tareas de la casa con dignidad. Antes de perder la dignidad y repatriarme con los vecinos, compartimos algunos momentos importantes, siendo el más fascinante el extraño caso del arroz autogenerativo o, como lo bautizamos entonces, el autoarroz. Yo tenía diez años.
Estas son las cosas que sabe hacer mi padre en la cocina y la valoración que dichas habilidades han merecido entre familiares y amigos desde que yo le conozco. Mermelada de moras, fresas o naranja (M de H); clericó (N), pantumaca (N), pizza precongelada (B), tostadas (R), arroz a la cubana (R), pasta con tomate (NM). A estas habilidades hay que sumar un factor condicionante: de joven pasó tres años viviendo en Alemania. Allí desarrolló simpatía por las barras de chocolate con frutos secos, la leche condensada, las sopas de sobre y todo lo que no es comida pero te mantiene con vida en caso de accidente nuclear, mundial de fútbol o ausencia repentina de mi señora madre. Cuando volví del colegio aquel día, mi padre miraba fijamente el interior de un sobre de sopa de arroz con verduras mientras el agua hervía furiosamente detrás de él. Solo que en el sobre sólo había polvitos. El arroz y las verduras no estaban allí.
¿Será que tiene sabor a verduras? -aventuré yo muerta de hambre. Mi padre gruñó, se ajustó las gafas y me mostró la parte frontal del sobre, donde se podían ver tronquitos enteros de brocoli, judías verdes y una cebolla sin cortar. Después vertió cuidadosamente los polvitos dentro de la olla de agua y, tras un periodo de tiempo que a mí me parecieron diez segundos y a él cinco minutos, me llamó a gritos para que me asomara a mirar.
Me gustaría aclarar, para los que todavía no lo saben, que mi padre es químico. Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es mi madre gritando con la nevera abierta porque mi padre había dejado sus muestras de laboratorio en la bandeja del queso o tenía una familia entera de hongos creciendo en el cuarto de baño. Si había alguien preparado para lo que estábamos a punto de vivir, ese era mi padre. Sin embargo, aquel momento alteró para siempre una parte pequeña pero fundamental de nuestras vidas, como cuando te enamoras por primera vez y ponen el Last Chrismas de Wham! en todas las tiendas y descubres que todos son unos hipócritas menos tu mejor amiga y, potencialmente, Peter Murphy. Unos segundos después de verter los polvitos el agua empezó a hervir violentamente hasta quedar blanquecina y cenagosa. Después salieron unos grumos que empezaron a agruparse de manera aparentemente desorganizada y, delante de nuestros aterrados ojos, se convirtieron en arroz.
Ese día comimos tortilla en casa de la vecina y cenamos fuera. Mi padre conservó el engendro durante varios días para descubrir si desarrollaba habilidades superiores o cualquier cosa que demostrara su procedencia alienígena o su pertenecia a banda armada. Hasta donde yo sé, la única anormalidad detectada fué una admirable resistencia al deterioro; cuando la vecina lo tiró a la basura una semana después, ni siquiera olía raro.
Sobre lo que ocurrió después
Hubo efectos psicológicos, algunos de cierta gravedad. Aun hoy me niego a comer nada que haya vivido en un sobre salvo que su naturaleza se revele distintivamente artificial tanto antes como después del proceso de preparado, como el Tang o los fresquitos. Con el tiempo volví a comer arroz, aunque al principio sentí la necesidad de vigilar atentamente a mi madre mientras lo preparaba. Pero lo más importante es que creció en mí una fascinación casi fetichista por los preparados alimenticios posmodernos y sus habilidades sobrenaturales. A día de hoy, sólo ha habido dos productos que me hayan impresionado tanto como el autoarroz.

La primera es una marca de crema catalana que, cuando la abres, presenta la crema propiamente dicha y un sobrecito que la víctima debe abrir y vaciar sobre la superficie total. En el momento de contacto entre la crema y el contenido del sobre, el producto comienza a burbujear y a cambiar de color crema a un color cobrecino hasta que por fin se convierte en la superficie reluciente y aparentemente inofensiva que a Amelie le gusta quebrar con la cuchara. Como no tengo fotos ni recuerdo la marca, tendrán que creerme, aunque su sentido común rechace el concepto mismo del objeto extraordinario que acabo de describir. Les tranquilizará (o todo lo contrario) saber que mi segundo ganador tiene cierta presencia en la Red y que su existencia, para bien o para mal, está fuera de toda duda.
The "Thermotic Can".
La "Thermotic Can" es un recipiente que contiene en sí misma los secretos del agua, el aire y el fuego. La primera en llegar al supermercado fué Nestlé en octubre de 2001, bajo la leyenda Hot When you Want, el último Wolfgang Puck y sus cafés gourmet. En los dos casos se trata de una lata rellena de café que, con un poco de manipulación por tu parte, se convierte en una lata llena de café caliente sin tener que usar el mechero ni restregartela contra el pantalón. Para calentar el contenido hay que darle la vuelta a la lata, apretar un botón o tirar de una anilla colocada en la base para liberar un producto -que, según el dibujo y dependiendo de la marca, es un líquido, unos polvos o unas bolitas-, sacudir la lata y esperar a que la tapa del recipiente cambie de color para avisar de que el café está en su punto.
Después, te lo bebes.
Si no les pone todos los pelos de punta es que, o son como esos niños pobrecitos que no tienen sentido del dolor y se dan mamporrazos con todo, o no lo han entendido bien. Sigan este asombroso documento con atención y relean las instrucciones. Como este post ha sido escrito con la única intención de divertir a mi Antonio que está un poco mústio, quiero añadir un elemento del que hemos hablado con anterioridad: Starbucks foam and the rise of ambiguous materials.

Mil gracias, muchacha. Tanto me he reído leyendo esto en la biblioteca que a las dos chavalas que están sentadas aquí al lado también se les ha escapado la risa de sólo oírme :).
Puesto por Antonio a las Mayo 9, 2007 05:04 PM