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El derecho a pensar

LPC en copyfight | Octubre 31, 2006

06-large.jpgHace más de diez años, mi amigo Jose Luis Pumarega comenzó una serie de cuentos con un personaje central: el Veloz Poeta Astrofisico. En honor a la verdad, el Veloz Poeta Astrofisico no era poeta sino traficante: viajaba de planeta en planeta vendiendo poemas de distintos autores, que estaban prohibidos en todas las galaxias por sus efectos intoxicantes sobre la población. En el mercado negro intergaláctico existía una jerarquía de autores, una escala de pureza. Un poema de Ruben Darío te hacía flotar durante varias horas; una elegía de Rilke colocaba mucho más. A los gobernantes de dichas galaxias no les interesaba que sus ciudadanos se colocaran porque se volvían difíciles. Los que no quedaban tan ensimismados que ya no soportaban su trabajo diario se volvían violentos y contestatarios y todos, sin excepción, quedaban enganchados de por vida. Con su pequeña obra cómica de ciencia ficción y sin preverlo siquiera, mi amigo le dio la razón a los lobbys del copyright: la poesía ofrece un beneficio inmenso a aquellos que la consumen. Les ayuda a pensar.

Sciencia Donum Dei Est, Undi Vendi Non Potest

Que el acceso a la cultura -la filosofía, la historia, las artes y las ciencias- ayuda a pensar no es una idea moderna ni revolucionaria, lo revolucionario es el derecho a pensar. Por motivos políticos y religiosos, la capacidad de leer y escribir ha sido un derecho limitado a las clases favorecidas durante gran parte de nuestra historia. Siglos antes de nuestra era, los griegos ya creían que las ideas llegaban al poeta por gracia de las Musas y otros dioses, un regalo divino que debían compartir. Los poetas, fabulistas e historiadores no eran autores sino mensajeros de lo divino y reproducían sus copias a mano por medio de escribas o esclavos entrenados a tal efecto. Pero sus obras no eran colocadas en tiendas y vendidas al por mayor, sino repartidas entre familiares y colegas, reservando una copia para la memoria, es decir, biblioteca familiar o real. Que el acceso a dicha biblioteca estuviese reservado a los nobles no generaba ningún problema: el resto no sabía leer. Que la gracia de las Musas estuviera reservada a las familias nobles tampoco resultaba extraño, puesto que aquellas estaban más cerca de los dioses que la plebe vulgar.

En China, donde inventaron la primera imprenta a mediados del siglo X, Confucio se declaraba traductor de Dios y rechazaba como inmoral la comercialización del conocimiento, reservado a aquellos cercanos a Dios (1). En tierras islámicas, el mismo Koran era un dictado de Dios a Mahoma, palabra que era estudiada y transmitida a los hombres por aquellos más cercanos a EL, del mismo modo que Moises reproducía la palabra de Dios. Tras la caída del Imperio Romano hasta el siglo XVI, Occidente tuvo a la Iglesia como única empresa editorial, dedicada a copiar, editar y distribuir la palabra de Dios por medio de monjes escribanos. Sciencia Donum Dei Est, Undi Vendi Non Potest (La sabiduría es un regalo de Dios y por lo tanto no puede ser vendida). Durante todo el Renacimiento, las ciencias y las artes florecieron gracias al patronazgo de la iglesia y la nobleza, pero su generosidad era interesada y estricta. El artista al servicio del poder sigue siendo artista, pero no es autor. El autor no pudo tomar posesión de su propia consciencia, independizándose de sus mecenas y de Dios, hasta la Ilustración, dos siglos después de Gutemberg.

El invento de Gutemberg y las primeras leyes de Copyright

La imprenta china consistía en planchas de madera talladas, una mejora sensible con respeto a la copia manuscrita que funcionaba a la perfección con los ideogramas. La genialidad de Gutemberg consistió en partir las tablas en caracteres individuales de plomo fundido que pudieran ser redistribuidos una vez acabado el proceso, tal y como hacemos hoy. Aunque las producciones más notables de la nueva tecnología fueron textos eclesiásticos como las bulas de indulgencia del Papa Nicolas V y la famosa Biblia de Gutemberg, la versatilidad del sistema y la resistencia de las placas aligeraron el proceso de producción y muchos empresarios avispados se lanzaron al negocio editorial, comprando las obras directamente de los autores y adquiriendo el derecho exclusivo de reproducirlas a perpetuidad. Hicieron falta casi 200 años para que se decidiera que “para siempre” era demasiado tiempo. Fué entonces cuando llegó la primera ley de Copyright, conocida como el Estatuto de la Reina Ana.

El monopolio a perpetuidad de los editores mantenía un mercado de ediciones limitadas y caras, por lo que el derecho a leer seguía estando reservado a nobles y ricos que se las podían permitir. Esto convenía a la corona tanto como a la Iglesia porque, como eran cuatro gatos, mantenían un control directo sobre lo que se publicaba y lo que no, pero tenía sus desventajas. El Estatuto de la Reina Ana, aprobado por el parlamento inglés en 1710, establecía un plazo de copyright de 14 años, renovable por un máximo de 28 años si el autor seguía vivo. A partir de este momento, la obra quedaba a disposición de cualquiera que pudiera reproducirla. Se hizo de este modo para animar la creación y proteger la inversión del editor (que pagaba al autor por los derechos sobre la obra), pero sobre todo para facilitar el acceso a la cultura al mayor número posible de gente, permitiendo la producción de ediciones baratas y asequibles al cabo de un tiempo prudencial. Por primera vez se reconocía la necesidad de extender la cultura a todos los rincones del reino. Leer ayuda a pensar, y pensar ayuda a construir una economía más rica, variada y avanzada para la nación.

La primera Ley de Propiedad Intelectual llegó a España en 1762, y a Alemania y Francia en 1791, después de la Revolución Francesa. Europa se separó de la tradición anglosajona creando la figura del derecho de autor en favor del creador sobre el editor. Cada sistema de reproducción mecánica ha generado leyes que regulan su reproducción, cuya función es mantener la tensión entre los intereses económicos del editor y la responsabilidad gubernamental de favorecer el desarrollo cultural de sus países. En las últimas décadas, sin embargo, los derechos de autor se han ido estirando hasta los 70 años posteriores a la muerte del autor, llegando a los 100 años en algunos países. Ese crecimiento en el derecho de explotación ha crecido paralelo a los derechos mismos sobre las obras, que han pasado de lo literal (la reproducción literal de un texto, una pintura o una canción) a lo abstracto (la obra derivada del original o las ideas detrás del mismo). Las grandes compañías editoriales y mediáticas, las grandes corporaciones de software y las multinacionales del entretenimiento presionan, por medio de lobbys, a sus respectivos gobiernos para que las leyes protejan un monopolio cada vez más exclusivo y excluyente de la producción cultural. La tensión entre los intereses editoriales y los ciudadanos se ha perdido, devolviendo el privilegio de pensar a la aristocracia de nuestro tiempo: las grandes corporaciones, los herederos y las sociedades de derechos. Y tenemos buenas razones para creer que sus intereses son menos elevados que los de los poetas griegos, los historiadores romanos o Dios.


EL COPYRIGHT EN LA PRÁCTICA: Tres casos ejemplares

Stephen James Joyce y James Joyce: la locura de poder. El 16 de Junio es la efeméride más famosa de la literatura contemporánea. Es Bloomsday, el día en que Leopold Bloom y Stephen Dedalus se encuentran y recorren Dublín en el Ulysses de James Joyce. Hace dos años, la ciudad de Dublín decidió celebrar su primer centenario con un festival de tres meses: reJoyce Dublin 2004. A los tradicionales recorridos turísticos se sumaron una superproducción de Exiles -la única obra de teatro de Joyce- en el teatro nacional, lecturas, tertulias abiertas con los más prestigiosos académicos, exhibiciones de manuscritos originales y todo tipo de eventos conmemorativos en la Biblioteca nacional, la televisión nacional, la radio nacional y el Centro James Joyce. Iba a ser el festival más grande jamás dedicado a un autor que no fuera Shakespeare y tiraron la casa por la ventana: 700.000 libras, más de un millón de euros para una fiesta literaria sin precedentes. Una semana antes del festival, el único heredero del escritor informó al gobierno irlandés que les demandaría por infracción de copyright si alguien recitaba una sola línea de la obra de Joyce.

Fue una catástrofe. Dos años antes, el gobierno irlandés había pagado 12,6 millones de libras por más de 500 páginas originales escritas por Joyce, incluyendo los bocetos de ocho episodios de Ulysses y las pruebas de Finnegans Wake, que constituían la pieza central de la exhibición de la Biblioteca Nacional. En vísperas del festival, aterrorizado, el gobierno propuso un cambio de emergencia en la legislación para impedir que la biblioteca nacional se enfrentara a un juicio. Tanto las lecturas como la representación de Exiles quedaron canceladas.

Stephen James Joyce, que tenía nueve años cuando su abuelo murió, es el heredero absoluto de la obra de Stephen Joyce desde mediados de los ochenta, cuando compró los derechos que no había heredado de un familiar alcoholizado en apuros. Desde entonces se ha hecho famoso -y multimillonario- gracias a cuatro actividades que deberían tener poco o nada que ver con el desarrollo cultural: insultar, prohibir, acosar y demandar.

En 1998 prohibió las lecturas del Ulysses en vivo por la Red. En el 2000, canceló el estreno de la versión musical del famoso monólogo de Molly Bloom en un festival de Edimburgo. Obligó a la Biblioteca Nacional de Irlanda a retirar documentos sobre Lucia Joyce que habían sido donados por la familia de Paul Léon, secretario personal del escritor. Poco más tarde prohibió a un compositor irlandés el uso de 18 palabras de Finnegans Wake porque, por decirlo de manera educada, a mi mujer y a mí no nos gusta tu música.

Desprecia a los académicos e insulta a los biógrafos, los universitarios y los editores de revistas especializadas. Amenazó, acosó y chantajeó sistemáticamente a la profesora Carol Shloss para que abandonara una biografía de Lucía Joyce, hija de James Joyce. Stephen considera que es su derecho y su deber proteger la obra de su abuelo de las garras de los académicos y las editoriales, pero eso no explica su complacencia en marearlos durante años o su costumbre de boicotear en el último minuto aquellos eventos en los que el publico general se vería especialmente beneficiado, como las reediciones baratas, las lecturas públicas o los documentales para la televisión.

Su control sobre la obra de Joyce habría entrado en el dominio público el 31 de diciembre de 1991, 50 años después de la muerte del autor, pero la regulación europea decidió extender dichos derechos por 30 años más desde el 1 de julio de 1995. Además de su nieto, el estado de James Joyce es protegido por la Sociedad de Autores -miembro de IFRRO (Federación Internacional de Organizaciones de gestión de derechos)- junto con los de Bernard Shaw, Virginia Woolf, Philip Larkin, E. M. Forster, Rosamond Lehmann, Walter de la Mare, John Masefield o Compton Mackenzie.

El estado de John Cage y The Planets: la codicia.A mediados del año 2002, el estado de John Cage demandó al grupo The Planets por plagiar una composición protegida por Copyright. El album Classical Grafitti de The Planets incluía un minuto de silencio llamado, lacónicamente, A One Minute Silence, que el productor había incluido como un recurso de estilo para separar el disco en dos partes. Fueron acusados de plagiar el famoso 4’33" , una pieza de 273 segundos de silencio compuesta por John Cage en 1952.

La cagada, si se me permite, fue ponerle título. De haber incluido el minuto sin decir nada, el disco habría sido legalmente original gracias a su vulgaridad; todos los discos incluyen silencios entre canción y canción. Pero, de haberlo hecho así, algunos fans habrían pensado que el disco era defectuoso o realmente corto, y lo habrían sacado del reproductor sin escuchar la otra mitad. Consciente del problema, Mike Batt decidió marcarlo. Y, ya metidos en harina, hacerle un pequeño homenaje al maestro Cage firmando el silencio como Batt/Cage. Era una broma. A Batt no se le ocurrió que alguien, ni siquiera Cage, pudiera poseer el silencio. Su sorpresa fue tal que, cuando llegó la denuncia, se permitió otra broma: dijo que su silencio era mejor que el silencio de Cage porque había dicho lo mismo en menos tiempo. Eso fue antes de perder el juicio, que se saldó con un cheque de seis cifras a favor de los demandantes y que probablemente acabó con su sentido del humor.


Coca-Cola y Sharad Haksar: la censura. Sharad Haksar, león de plata en la edición de Cannes de 2005 y uno de los fotógrafos más reputados de la India, recibió una demanda judicial de Coca-Cola por una fotografía de grandes proporciones situada en una calle principal de Chennai. En dicha fotografía se ven un bombeador de agua y varios recipientes de barro vacíos, con un enorme anuncio de Coca-Cola de fondo. La misma imagen se puede ver a lo largo y ancho de la India, pero no en foto sino en verdad; los anuncios de la empresa estadounidense están en todas partes y la gente hace colas de varias horas para recoger agua potable que necesitan para vivir. Sin embargo, la foto no es costumbrista, es una denuncia: entre las colas y los anuncios hay una estrecha relación que Sharad Haksar ha querido señalar. Las zonas en las que las fábricas de embotellado de la empresa se han asentado sufren cortes de agua continuos y los residuos de las naves contaminan los sembrados, envenenando plantaciones y animales. Esa relación tampoco es un secreto; la "sequía" ha llegado al extremo de levantar fuertes protestas en varias poblaciones, porque la falta de agua no les deja sembrar, ni criar ganado, ni vivir. En Plachimada, en el estado de Kerala, los vecinos han impedido que Coca-cola instale su enésima planta de embotellado. Llevan intentándolo dos años.

En su denuncia, Coca-Cola Beverages Private Limited exigió que el panel fuera retirado "de inmediato y de manera incondicional" y el pago de dos millones de rupias (37.000 euros) por daños y perjuicios, pero no acusó a Haksar por difamación sino por infracción de su propiedad intelectual. Aunque se trata de un caso evidente de censura, la ley está de su parte: la foto contiene una imagen que Haksar no tiene permiso legal para utilizar. Amparado por la ley, el uso directo del copyright como herramienta de control y censura se ha vuelto cada vez más habitual en los últimos años. En los libros Free Culture de Lawrence Lessig y Copia este libro, de David Bravo, se pueden encontrar muchos ejemplos más.

CONCLUSIONES

Parafraseando al escritor Malcom Gladwell (2), la diferencia entre un crimen de maldad y un crimen de locura es la diferencia entre un pecado y un síntoma. No podemos culpar a aquellos que, como los herederos de Joyce y John Cage, utilizan la ley para sacar provecho de su situación. Ni siquiera podemos culpar a las empresas por abusar de su poder acallando denuncias o eliminando a la competencia, porque eso es lo que hacen las empresas. Por egoísta, disparatada, dañina o codiciosa que resulte su actitud, no es pecado sino síntoma, el síntoma de una ley enferma que debe cambiar.

Las leyes de Copyright y de Propiedad Intelectual, al igual que los colegios, las bibliotecas y las universidades, no se crearon para que existiera una industria que se lucre de nuestras necesidades ni para devolver el privilegio de pensar a unos pocos en detrimento de todos los demás, sino para que existiera un desarrollo cultural que nos beneficie a todos de todas las maneras posibles. En una sociedad sana, los intereses de la industria sólo son relevantes para la legislación en cuanto redundan en beneficio de todos y nunca, en ningún caso, se superponen al derecho de los ciudadanos a pensar, a crear y, en definitiva, a ser. Y ser no es poder elegir y consumir sino poder crear nuestras propias elecciones y ser libres. Cualquier ley que contamine esa libertad es una ley enferma que necesita desaparecer.


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++ El Derecho a Pensar es un articulo que escribí el verano pasado para la Revista Libre Pensamiento, publicado en el número como parte del especial "Libre acceso a la cultura libre". La revista se edita cuatrimestralmente a iniciativa de la secretaría de comunicación de la central anarcosindicalista Confederación General del Trabajo (C.G.T.).

Además del papel, mi articulo ha sido publicado aquí y el resto de los articulos de tan interesante dosier le seguirán más adelante.

+ He citado de memoria después de casi diez años y, como estaba usando la mia (mi memoria), he convertido al Veloz Poeta Astrofísico en el Increíble Poeta Intergaláctico. Como ven, ha permanecido lo único que no era, poeta. La descripción de la obra, gracias a dios, es fiel al original. Ahora sólo me queda esperar a que Jose Luis lo encuentre y lo publique.

++ La ilustración es un retrado de Eleanor Read

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NOTAS:

1) Además, los mismos caracteres de la lengua china son obra de la naturaleza y, por lo tanto, no pueden ser poseídos por ningún mortal. Como tan bien explica el ensayo de John Perry Barlow “Vender Vino sin Botellas”*, era el contingente y no el contenido lo que se podía comprar y vender. http://biblioweb.sindominio.net/telematica/barlow.html

2) Malcom Gladwell, Damaged [The New Yorker, 24 de Febrero de 1997] http://www.gladwell.com/1997/1997_02_24_a_damaged.htm



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Hay, al menos una pequeña errata: no "273 minutos de silencio", sino "273 segundos de silencio"


Puesto por bo a las Octubre 31, 2006 04:44 PM

gracias bo. Aquello más que una pieza habría sido una opera ;-)


Puesto por marta a las Octubre 31, 2006 05:46 PM

Platon expulsó a los artistas de su república, el tío borde!


Puesto por jesúsb a las Octubre 31, 2006 06:38 PM

lo que aprende uno pasando de evz en cuando por aquí, tú


Puesto por El exjefe a las Octubre 31, 2006 07:05 PM

jefe, escribeme que he perdido tu mail y tengo que hablar contigo.


Puesto por marta a las Noviembre 1, 2006 01:34 AM

Y digo yo, si tanto se protegen los derechos de autor, ¿ para cuando una ley sobre los deberes?. Acabaremos demandándonos a nosotros mismos al vernos reflejados en el espejo por usar nuestra imagen sin consentimiento...


Puesto por josem a las Noviembre 1, 2006 03:21 PM

Egoísmo institucionalizado. Creo algo y me apropio de ello, cobrando por su disfrute. Me parece que la clave de este asunto estaría en dilucidar si lo que yo creo es realmente obra mía o expresión de una creatividad común a la especie. En las culturas tradicionales, al menos originariamente, el motivo de que no exista el concepto de autoría es que la creatividad es "inspiración" de lo divino. Uno sólo pone la técnica; lo demás no lo controlas tú. Nadie puede controlar su creatividad, sino poner los medios para que fluya. Luego no es "nuestra". Me parece que es una visión mucho más realista que la actual. ¿No sería más natural compartir con todos lo que ha surgido a través de uno en lugar de cobrar por ello? Creo que desde luego sería más honesto. Si el artista se tiene por artista y no por mercader, lo lógico sería brillar como una estrella en lugar de quedarse la luz para él solo o cobrar por ella, ¿no?


Puesto por Daniel G. a las Noviembre 1, 2006 05:59 PM

No obstante, está claro que el reconocimiento de la autoría es un avance respecto al anonimato de los tiempos tradicionales. Lo que quiero plantear es que quizá habría que dar una nueva dirección más natural a ese avance. Que en vez de haber egoísmo institucionalizado, haya un respeto. Por la creatividad, por el autor, por el público.


Puesto por Daniel G. a las Noviembre 1, 2006 06:02 PM

:D


Puesto por Maelmori a las Noviembre 1, 2006 10:45 PM

Debemos dejar "fluir" la cultura para que esté al alcance de todos. Totalmente de acuerdo con las conclusiones de tu artículo.
Saludos


Puesto por marialob a las Noviembre 2, 2006 12:24 PM

Me parece muy fuerte lo del nieto de Joyce, ¿no será que padece alcoholismo como su progenitor? Pero da igual, los lectores podremos seguir disponiendo del 'Ulises' por medios que él no puede controlar. Por ejemplo: mi ejemplar, una ajada edición de bolsillo de Brugera en dos volúmenes (excelente traducción de José María valverde) me costó 4 euros en la Feria del Libro de Madrid (la de la cuesta de Moyano, aunque ahora esté en el Paseo de Recoletos), de los cuales el Sr. Joyce no verá un céntimo. Que me demande si se atreve.


Puesto por Luisru a las Noviembre 2, 2006 12:44 PM

Siento frustrarte tu justificada inquina hacia el señor Joyce, Luisru, pero me temo que en los 4 euros que dices haber pagado por la edición de Bruguera se incluye la parte alícuota del heredero. Así que, en realidad, al comprar un libro usado, ese individuo ha cobrado ¡dos veces!

Por otra parte, mi muy estimada señorita, yo personalmente no tengo tan claro que el espíritu de la ley sea en primer lugar el de dar acceso al saber y al pensamiento al conjunto de la sociedad. ¡Ojalá fuera así!, y así espero que se llegue a considerar algún día.
El concepto de propiedad intelectual está unido al concepto de propiedad privada, tratando de ligar lo intangible a lo material. Mientras exista el derecho a la propiedad privada parece coherente que exista un derecho a la propiedad intelectual. Pero, del mismo modo en que el derecho de propiedad sobre los bienes tangibles es limitado, también deben ser limitados los derechos sobre la propiedad intelectual, y el interés público es una de las limitaciones. De aquí nace mi apoyo a los movimientos contrarios a la ley de propiedad intelectual tal y como ahora está concebida o, mejor dicho, prostituida.

Porque la ley de propiedad intelectual debe proteger al autor en dos aspectos fundamenteles: la integridad de su obra y su comercialización. Sobre la integridad, creo que nadie pone en duda el derecho a reconocer la autoría y a que la obra no se manipule, tergiversándola, ni siquiera por los más bellos motivos. Y, en cuanto a la comercialización, el espíritu de la ley no es garantizar la subsistencia del autor, aunque sería loable que el conjunto de la sociedad sí lo hiciera, sino evitar que terceros puedan aprovecharse comercialmente, con ánimo de lucro, de la labor del autor. Aquí es donde se confunde "comercialización" con "difusión".
Una obra necesita su difusión para ser comercializada, pero la difusión, en sí misma no tiene por qué ser comercial. Hasta hace poco,
dichos términos estaban imbricados por la dificultad técnica para difundir una obra sin mediar actividad comercial. Pero ahora no, y
así lo está entendiendo la justicia recientemente. La facilidad, la gratuidad de la difusión de una obra que ahora es posible es lo
que hace que los detalles de la ley estén totalmente desfasados. Sirva como ejemplo lo mencionado en este artículo sobre el plazo que
se establece para que una obra pase al dominio público; me atrevería a decir que incluso la medida en tiempo es un concepto arcaico.
Resumiendo, el derecho a la propiedad intelectual debe defender a los autores frente a sus editores, distribuidores, discográficas,
etc, no frente al público. Si a uno no le gusta que sus pensamientos u obras se difundan lo más posible, que se dedique a otra cosa.

Volviendo a S.J.Joyce creo que debería ser denunciado por a)Vulnerar la integridad de la obra heredada (parece que él se considera el
verdadero autor) b)Impedir la legítima difusión de la misma, violando la voluntad implícita de su abuelo y c) Ser feo y canalla.


Puesto por Ondurman a las Noviembre 3, 2006 02:09 PM

Me ha gustado muchisimo el escrito llamo poderosisimamente mi atencion eso del poeta intergalactico no esta fuera de la realidad, coca-cola se pasa por demandar y los chinos fueron los originales de la imprenta pero los perpetuos piratas en fin saludos a todos!!


Puesto por prismatico a las Noviembre 20, 2006 08:21 PM