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Agosto 08, 2010

La autopista del sur

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Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere storia… Come realtà, un ingorgo automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.

Arrigo Benedetti “L’Espresso”,
Roma, 21/6/1964

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

Sigue leyendo La autopista del Sur, de Julio Cortazar

Agosto 02, 2010

Libreros

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[Antonio] Magliabecchi, librero del Gran Duque de la Toscana, era capaz de dirigirte a cualquier libro en cualquier parte del mundo, con la precisión de un policía metropolitano que te indica el camino a la Catedral de San Pablo o a Picadilly. Es sobre el que se cuentan historias sobre peticiones de libros en estos términos: De ese libro existe una sola copia en el mundo. Está en la Biblioteca del Grand Seignior en Constantinopla y es el séptimo libro del segundo estante de la derecha según se entra.

Sus habilidades eran, como son las de los grandes hombres, autodidactas. Tan lejos estaba el triste suelo en que vivió su primera infancia de la que sería su pasión en la vida, que sus padres ni se molestaron en enseñarle a leer, y su primer trabajo fue en la tienda de un verdulero. Si su talento hubiera bebido de las Ciencias Naturales, habría encontrado su camino allí, pero fue su felicidad y su fortuna el acabar trabajando en la tienda de un librero paternal. Allí encontró la educación que ningún batallón de la maquinaria académica le habría inclulcado. Devoraba libros, y la hoja impresa se volvió tan necesaria para la subsistencia como las hojas de repollo para las orugas que hacían las visitas no bienvenidas en su trabajo anterior.

Como aquellos reptiles verdulentos, también él asimiló el alimento que consumía, tanto que ya parecía haber sido comprimido al calor, encuadernado, acabado en tapa de mármol y colocado en la estantería. No soportana nada que no fueran libros a su alrededor y no dejaba espacio para ninguna otra cosa; sus muebles, decían por ahí, se limitaban a dos sillas, la segunda de las cuales era tolerada únicamente porque las dos juntas le servían de cama.

The Book-Hunter, by John Hill Burton (1882)

Magliabecchi falleció en 1714 a los 81 años, en el monasterio de Sta. Maria Novella. Antes de morir le pidió al Duque que donara su dinero a los pobres y sus libros a la biblioteca pública. En 1861, la Biblioteca Magliabechiana se unió a la gran colección ducal en el matrimonio que hoy se conoce como La Biblioteca Nazionale Centrale Firenze, en la Piazza dei Cavalleggeri.

Tanto la Biblioteca como su contenido sufrieron un golpe fatal el 4 de noviembre de 1966, cuando Florencia se enfrentó a la peor inundación de una historia pasada por agua. De la primera registrada, en 1333, se cuenta que el río se llevó los cuatro puentes de la ciudad. En 1966, el Arno arrasó la ciudad con una ola de cinco metros de altura. Una de las fotos más impactantes de aquel año muestra los más de cien mil preciosos volúmenes de la Biblioteca Nacional flotando en el lodo.

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El daño fue tan profundo que miles de originales se perdieron para siempre y muchos otros continúan en quirófano, esperando tecnologías que permitan su recuperación. Pero el salón de lectura fue finalmente restaurado a su gloria original y abrió sus puertas en 1990. El gobierno italiano ha llegado a un acuerdo con Google para digitalizar la colección y evitar futuras pérdidas.

MÁS: Some Old-Time Old-World Librarians, By Theodore W. Koch

Julio 30, 2010

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera

dostoking.jpgLa manera de los Latin Kings esta noche fue una de gambas y otra de tortas en el descampado de Rubí, Barcelona, obligando a la Policía a intervenir con pelotas de goma y potentes gritos para evitar que los jóvenes se desgarraran literalmente a cuchilladas.

Qué bello, por cierto, ese literalmente.

Todo empezó a raíz de las discrepancias internas entre algunos miembros de la banda en relación a la figura de Fiódor Dostoievski, el célebre escritor ruso cuya influencia en Friedrich Nietzsche fue matizada, según parece, por un grupúsculo de disidentes partidarios del revisionismo literario y de un nuevo enfoque de la novela alejado de la sacralización del psicologismo. “Yo tengo full amigos latin de diferentes tendensias filológicas pero esta webada la disen porque nadie les para bola pobres…hijue… madre… perdon la palabra pero eso es lo q siento… Dostoievski es impresindible para entender el nihilismo son unos webones”, exclamaba uno de los miembros de la banda tras su detención.

Lean el resto en las páginas de sociedad del imprescindible El Mundo Today .

Julio 23, 2010

Dos novelas de vacaciones

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Buscaba un extracto traducido de El Príncipe Negro de Iris Murdoch y me he encontrado con que Alejandro Gándara lo coronó Libro del mes antes de desaparecer. Quizá se ha rebelado contra el Dios de lo inmediato y se dedica -como yo- a leer y escribir en el parque.

En cualquiera de los casos, deja una cita:

Acogemos las catástrofes de nuestros amigos con un placer que realmente no excluye la amistad. Ello obedece en parte, aunque no del todo, a que nos complace sentirnos calificados de auxiliadores. La catástrofe inesperada e incongruente resulta especialmente estimulante. Yo sentía gran afecto tanto por Arnold como por Rachel. Pero existe una hostilidad natural, tribal, entre las personas casadas y las solteras. No soporto las exhibiciones, a menudo instintivas, que hacen las personas casadas a fin de insinuar no sólo que son más afortunadas, sino en cierto aspecto más morales que tú. Por otra parte, y esto apoya su causa, el soltero suele suponer ingenuamente que todos los matrimonios son felices a menos que demuestren lo contrario.

Y un extracto de la primera parte.

Aunque ninguno es el que yo buscaba y la cita no me gusta, se me ocurre que es un gran libro que llevarse a la playa y que Debolsillo lo vende ligerito, a cuatro perras. Y, los que van sobrados pueden complementar con La Afirmación, de Chris Priest. Siempre que leo uno de los dos quiero tener el otro a mano.

En el último minuto he decidido también cambiar esta foto de Iris Murdoch por la de unas amigas de Alex Prager. Espero que a nadie le duela.

Junio 18, 2010

Coward

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Plan for the improvement of the art of paper war, Universal magazine, mayo de 1787.
TY Room 26!

Mayo 18, 2010

Bibliotecas llenas de fantasmas

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El primero de septiembre de 1932 se publicó en el diario O Século un anuncio para un puesto de conservador-bibliotecario en el Museo Condes de Castro Guimarães en Cascais, una pequeña ciudad costeraa 30 kilómetros de Lisboa. El 16 del mismo mes, Fernando Pessoa envió su candidatura por carta al ayuntamiento. El documento, de seis páginas, se encuentra reproducido en el libro de Maria José de Lancastre Fernando Pessoa, uma fotobiografia, coeditado en 1981 por la Imprensa Nacional-Casa da Moeda y el Centro de Estudos Pessoanos, que compré por quinientos escudos en una librería de Coimbra en noviembre de1983. Sólo había un ejemplar. En los cafés de la ciudad las mesas todavía tenían debajo del tablero un anaquel para poner el sombrero, y recuerdo a una mujer caminando por la calle con una máquina de coser en equilibrio sobre la cabeza. El texto de la carta ha sido reproducido en caracteres demasiado pequeños para que alguien que no lea perfectamente el portugués pueda descifrarlo. Pessoa, cansado de traducir el correo comercial de empresas de importación-exportación de Lisboa por un sueldo que apenas le daba para sobrevivir y emborracharse a diario, aunque sin excesos, tenía ganas de cambiar de vida y, por qué no, de dejar su piso del número 16 de la calle Coelho da Rocha por uno en una pequeña ciudad de la región de Lisboa. En la Fotobiografia, unas cuantas páginas antes de la carta, hay una foto en la que se ve a Pessoa bebiendo un vaso de vino tinto en la vinatería de Abel Ferreira da Fonseca, con unos pequeños toneles de Clarete, Abafado, Moscatel o Ginja detrás.

Es la foto que Pessoa le mandó en septiembre de 1929 a Ophelia Queiroz, la única relación sentimen-
tal que se le conoce, con la dedicatoria «Fernando Pessoa, em flagrante delitro», es decir «en flagrante
delitro». El envío de esta fotografía volvió a tejer unos lazos que llevaban rotos nueve años y que iban a ce-
der, esta vez definitivamente, seis meses más tarde. Al menos, en su forma material. Ophelia no se casó
nunca y contó que Pessoa se encontró, poco antes de su muerte, con su sobrino Carlos, al que le preguntó
cómo estaba ella y que luego, con los ojos llenos de lágrimas, le estrechó las manos mientras añadía:
«¡Qué alma tan bella, qué alma tan bella!»

Sigue leyendo el primer capítulo de Bibliotecas llenas de fantasmas, de Jacques Bonnet. El Boomerang tiene algo más.
En la foto, Pessoa, em flagrante delitro.

Mayo 13, 2010

Los usos de la ficción

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Llevo un tiempo encaprichada con varios de los ensayos de Paidós, que en el último año ha publicado las dos Imposturas intelectuales de Alan Sokal, el bellísimo Imágenes del Cosmos de John D. Barrow y, últimamente, El instinto de arte de Denis Dutton, responsable de una de mis webs favoritas.

Hace unos días, El Boomerang adelantaba el capítulo VI: Los usos de la ficción:

De los doce criterios interculturales para el arte que expuse en el capítulo 3, el último, «la experiencia imaginativa», es posiblemente el más importante. Las obras de arte pueden quedar personificadas como objetos físicos, ya se trate de esculturas de piedra, lienzos pintados, oscuros garabatos de tinta sobre el papel o píxeles en pantallas de ordenador, o bien de las ondas de aire en vibración que producen los instrumentos musicales para activarlos mecanismos del oído interno. Pero en el sentido estricto de objetos de la experiencia estética, las obras de arte no ocurren en el mundo, sino en el teatro de la mente humana. La expresión «teatro de la mente» es una metáfora adecuada, puesto que sugiere dramatismo, montaje de escenarios, actores, y sobre todo la sensación de un mundo fantasioso.

La vida y el mundo no tendrían ningún sentido para nosotros si toda la experiencia fuera ficticia de la misma manera en que lo es la experiencia del arte. Oler el humo y sentir la emoción del temor es un acto de reconocimiento instantáneo de que la casa está en llamas, y requiere precisamente que entendamos que una amenaza es un hecho real y palpable. En términos de experiencia, resulta fundamental en tender que una ficción sobre alguien que huele el humo y tiene una sensación de temor no es la ocasión propicia para actuar. El modo en que se desarrolla esta distinción entre la realidad y la imaginación, en el arte y la experiencia de la belleza, es una cuestión compleja cuyo origen se remonta a hace ya mucho tiempo.


En la Crítica del juicio (1790), Immanuel Kant planteó la teoría del arte más influyente que se publicó desde la época de los griegos hasta la actualidad. Este rico compendio de abstracción generalizada y de comentarios individuales sobre las artes presenta un conjunto entrelazado de ideas que captan las intuiciones humanas básicas sobre las artes, la belleza en la naturaleza, y las respuestas estéticas a ambas. De todos los conceptos fundamentales de la estética de Kant, el único que cuajó en su día y sigue vigente en la teoría estética contemporánea es la idea de desinterés.

Un juez que presida un tribunal no debe mantenerse indiferente a lo largo del proceso: su labor consiste en escuchar con atención y cuidado. Sin embargo, el juez está obligado a ser un observador desinteresado sin ningún interés creado en el desenlace del caso. La atención de un juez se caracteriza por la objetividad y el desapego. El uso que Kant hace de la idea de desinterés en los párrafos iniciales de la Crítica del juicio amplía la idea de imparcialidad judicial a la contemplación de las obras de arte.

Según Kant, lo contrario de la contemplación desinteresada se produce cuando nos interesa la existencia de un objeto de experiencia, en especial cuando el placer que recibimos de ese objeto satisface un deseo personal. Con el fin de disfrutar de una comida placentera, explica el filósofo, los alimentos deben existir y aplacar nuestra hambre. La comida imaginaria nunca satisfará el hambre real. Pero en el caso de un objeto hermoso que esté sujeto a la contemplación desinteresada, la situación es totalmente distinta. En primer lugar, el contenido o el tema de una obra de arte no tiene por qué existir ni haber existido. La belleza de La Ilíada es independiente de si los acontecimientos narrados ocurrieron en realidad. Un cuadro bello tampoco tiene por qué representar una realidad existencial.

La foto es The Shelby visita a Cecilia Dean, la atractiva y despótica editora de Visionaire, en tus manos por 300 cucas.

Brontë action figures

Tengo que abrir una categoría para recoger a todas las damitas victorianas que están siendo resucitadas por esta ola de venganza revivalera y feminista. Ayer Patrick Gyger me envió también este bonito papel Mary Ward, Miss Microscopio 1858 y uno de los tres únicos suscriptores femeninos de la Real Sociedad Astronómica, junto con la gran Mary Sommerville y la Reina Victoria.

Marzo 18, 2010

A ver si te lo aprendes

La Fundéu BBVA, que trabaja con el asesoramiento de la Real Academia Española, señala también que cuando el apodo va acompañado del nombre real, el artículo que lo precede debe ir en minúscula, y todo (artículo y apodo) en cursiva o entre comillas, como en los siguientes ejemplos: Lola Flores, "la Faraona"; José Luis Rodríguez, "el Puma".

En algunos casos se prescinde del artículo, como en Manuel Marulanda Vélez, "Tirofijo", y en otros se puede anteponer el término "alias", como en Simón Templar, alias "el Santo"; o en Gonzalo Higuaín, alias "el Pipa".

La Fundación del Español Urgente indica igualmente que cuando los apodos no van acompañados del nombre real deben escribirse en letra redonda, es decir, sin comillas ni cursiva: "La policía apresó al Chino cuando asaltaba una joyería".

Gracias Elena

Marzo 14, 2010

La tía Julia

latiajulia.jpgMurió hace unos días La tía Julia, de La tía Julia y el escribidor, la novela que publicó Mario Vargas Llosa en 1977 y que relataba su romance prohibido, escapada y boda clandestina con Julia Urquidi Llanes, su propia tía, once años mayor que él. Lo contaba en lo suyo Edmundo Paz Soldán, junto con la única foto que he visto de la tía boliviana, una mujer bellísima, mucho más bonita de lo que yo la imaginé.

Julia Urquidi conoció a Mario Vargas Llosa en Lima, ciudad a la que había llegado luego de su primer divorcio. Se casó con Vargas Llosa en 1955. El matrimonio duró ocho años. Posteriormente vivió en Washington y volvió a Bolivia para establecerse en La Paz. Julia recibió con ambivalencia la publicación de la novela, dedicada a ella ("a Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela"): agradeció a Mario la novela, reconoció que le gustaban partes de ella, pero también se sintió "amargada" de que pusiera su vida "al descubierto". A principios de los ochenta, cuando se enteró del rodaje de una telenovela basada en La tía Julia y el escribidor, todo cambió: según Julia, la telenovela la presentaba como "una seductora de menores". Eso la motivó a escribir su propia versión de los hechos, Lo que Varguitas no dijo, libro publicado en 1983. El libro se enfocaba más en los años del matrimonio y el divorcio, que no narraba la novela -centrada en el noviazgo prohibido, y en la que el relato de la relación termina con la fuga y el posterior casamiento a espaldas de la familia, en Chincha, una ciudad a doscientos kilómetros de Lima--, y provocó la ruptura entre Julia y Vargas Llosa.

Sigue leyendo La tía Julia

Marzo 12, 2010

El otro Delibes

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De los obituarios que leo -algunos perpetrados sin cariño por becarios maldispuestos para el archivo de moribles- me quedo con el propio texto que dejó Delibes como introducción a sus obras completas y que publica hoy La Información.

Advierto que es tristísimo, y que a mí me afectó mucho más que la noticia de su muerte, hace unas horas. En él cuenta que murió como escritor hace doce años en la sala de un quirófano y que acabó como más temía, "incapaz de abatir una perdiz roja ni de escribir una cuartilla con profesionalidad". Y que el otro Delibes, el que le sobrevivió, se dedicó a la vida contemplativa.

Pero también describe a un hombre que dedicó su vida a su verdadera pasión, y lo hizo con verdadera pasión, hasta que ya no pudo. Ojalá pudiera yo, que me pierdo en la más minúscula de las efervescencias, decir lo mismo.


Después de El hereje
Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literariamente no le sirvieron de nada.

El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración... En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme. ¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado. El cazador que escribe se termina al tiempo que el escritor que caza. Me faltaban facultades físicas e intelectuales. Y los que no me creyeron y vaticinaron que escribiría más novelas después de El hereje, se equivocaron de medio a medio. Terminé como siempre había imaginado: incapaz de abatir una perdiz roja ni de escribir una cuartilla con profesionalidad.

No me quejaba. Otros tuvieron menos tiempo. Al fin y al cabo, setenta y ocho años son bastantes para realizar una obra. Le di gracias a Dios, que me permitió terminar El hereje, y me dediqué a la vida contemplativa. Las cosas que intenté no eran serias. Con mi hijo Miguel hicimos un libro sobre el cambio climático, en el que no intervine más que para hacer preguntas propias de un ciudadano preocupado, pero no aporté una sola idea. En Muerte y resurrección de la novela di a la estampa algo que tenía hecho para dar la sensación de que trabajaba, de que aún disponía de una vida activa.

Los optimistas que sobreviven a un cáncer suelen decir que lo vencieron. Yo no me atrevo a tanto. Los cirujanos impidieron que el cáncer me matara, pero no pudieron evitar que me afectara gravemente. No me mató pero me inutilizó para trabajar el resto de mi vida. ¿Quién fue el vencedor?

Y bien: cuando mi obra, dicho lo dicho, está concluida, y por tal la doy, veo con satisfacción que los prestigiosos editores de Círculo de Lectores y Ediciones Destino se ocupan ahora de recopilarla y reunirla en los siete volúmenes que van a configurar esta serie. Cada volumen, además, irá prologado por un destacado estudioso de mi obra. ¿Qué hacer sino sentirme halagado y agradecido? Si mi primera novela apareció en 1948 —hace ahora sesenta años— y la última en 1998, ha sido media centuria, la segunda del siglo XX, la que me he ocupado escribiendo y publicando libros. Y siempre con el beneplácito de mis lectores. También a ellos, y a cuantos ahora se asomen a las páginas de estas Obras completas, quiero agradecer sinceramente su benevolencia y fidelidad.


Marzo 11, 2010

San Francisco Panorama + The Parallel Encyclopedia

Hoy estuve en Motto, una librería que es nueva en el barrio y allí encontré el periódico de Dave Eggers. Hace poco vi que Mario Tascón twitteaba sobre el San Francisco Panorama diciendo que "si se hicieran así los periódicos tendrían más tiempo de vida asegurado". Y me pareció raro, porque Mario dirige un periódico y no se parece en nada al de Eggers. No será por falta de talento.

El de Eggers se vende en casa a 5 dólares la pieza y según el propio Eggers ya ha recuperado la pasta, recordando que si lo hiciera todos los días los costes por ejemplar serían menores. En esta entrevista esta entrevista dice que invitan a todos "a que cojan prestado las ideas que quieran, a que roben lo que quieran. Cualquier cosa para levantar los periódicos". Dave Eggars piensa, como yo, que la crisis de los medios no es de pasta sino de ideas y que el periodico es un formato maravilloso que debe evolucionar, no desaparecer. El San Francisco Panorama es su manera de decirlo.

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Pero lo que más me ha gustado de la librería ha sido The Parallel Encyclopedia de Batia Suter, un diccionario visual de sinónimos y antónimos, compuesto de negativos, de 292 páginas. No lo había visto nunca ni había oído hablar de él. Es maravilloso, pero costaba 45 euros y como soy una borrica lo he dejado allí.

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Mañana mismo voy a buscarlo.


Marzo 05, 2010

La actualidad, los clásicos y yo

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Dice Calvino en Por qué leer a los clásicos que todos los verdaderos lectores tienen un libro que es "su" libro.

Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta.

Y que, muchas veces, lo descubres en la escuela.

Mi primera escuela fue El Tesoro de la juventud, donde vienen resumidas las grandes obras de Shakespeare, Dante y Dostoievski y que más tarde me leí enteras en cuanto descubrí la biblioteca de Canillejas. En esa época, de preguntarmelo, mi clásico habría sido sin duda La divina comedia, aunque ahora pienso que me gustaba su mitología sangrienta y que el cielo nunca me lo acabé, porque me parecía un tostón. Después, en el último año de instituto nos hicieron leer dos libros de los que, como hacen sólo los grandes, me cambiaron para siempre: Cinco horas con Mario y San Manuel Bueno mártir. Qué afectado y estúpido me pareció el monólogo de Molly Bloom después de haberme leído el de Carmen. Qué vacío y artificial me parecíó todo el realismo mágico sudamericano, el existencialismo francés y el Sturm und drang alemán después de visitar Valverde de Lucerna y su vida secreta y subacuática.

En mi primer año de universidad leí a los Adornos y a los Wigtensteins, que estaban muy en la pomada, pero a los 17 a mí sólo me importaban los iluminados: Genet, Nietzsche y Antonin Artaud, Strindberg y William Blake, Octave Mirabeau, Mishima, Los niños terribles de Cocteau, Ariel de Sylvia Plath. Me obsesioné con Rilke y con La tierra Baldía hasta aprenderme las dos o tres primeras páginas de memoria, aunque traducidas al español. Mi religión era el éxtasis o la nada. Me entraron aires apocalípticos y empecé a escribir poesía. Me colgué con Carson McCullers, con Flannery O'Connor. Me enamoré de una fan de Marguerite Durás y la dejé por un imbécil que citaba a Gonzalo Suarez pensando que citaba a Lord Byron. Un fin de semana tomé demasiado ácido y amanecí en las afueras de Toledo con un desconocido que pintaba retratos de puertas. Poco después me fuí un fin de semana a Londres y descubrí Charing Cross Road.

Es necesario decir que Charing Cross Road ya no es lo que era entonces.

Volví a Madrid seis meses más tarde con la maleta llena de simbolistas, modernistas, prerafaelitas y confesionales, me cambié de facultad -salté de Periodismo a Filología inglesa- y empecé con los japoneses. Si me hubieran preguntado por "mi libro" entonces, habría dicho Lo bello y lo triste de Kawabata, aunque hoy no me parece tanto. Leí En busca del tiempo perdido, releí a Dostoievski y a Shakespeare, con gran sorpresa de crítica y público. James Joyce ya no me pareció tan mal, pero tampoco tan bien. Poco después dejé la facultad, empecé a escribir por dinero y mi pasión literaria se desvaneció, salvo por la poesía.

Empecé a despreciar la ficción y a leer ensayo, historia de la ciencia, entrevistas, biografías. Me gustaron la Estructura de las revoluciones científicas y me enamoré de Walter Benjamin, redescubrí la ciencia ficción y me quedé con el Pynchon del Lote y el Arcoiris. Empecé a coleccionar datos, como todos los listillos de mi generación.

Cambié a los iluminados y suicidas por los reflexivos Wallace Stevens y Derek Walcott, que Antonio tan generosa y acertadamente me regaló. Volví a los presocráticos y me colgué con Parménides, convencida de que sólo él y Rilke habían entendido el Universo. Diez años más tarde, si me preguntan cuál es el libro que más quiero de mi biblioteca serían los cuatro volúmenes de El mundo de las matemáticas editado por James Newman, aunque hoy mi principal obsesión es Emerson y pienso que, de tener un libro, sería uno suyo.

Después de Londres, a los 20 años, trabajé en un café de Alberto Aguilera donde mis clientes matutinos eran los jubilados del barrio. Uno de ellos, que había sido dentista, recitaba párrafos de La Divina Comedia en italiano. Otro que era experto en nutrición infantil recitaba sonetos de Shakespeare, y el monólogo del fantasma de Hamlet, en inglés. Había un viejito que al segundo carajillo no sabía dónde estaba su casa pero que recitaba a Ciorán y su amigo, un borrachín sin oficio ni ex-oficio, se sabía de memoria las esquinas de Combray. Yo no se recitar casi nada. Hasta me da vergüenza leer en voz alta.

Dice David Shields que escribió Reality Hunger porque quería explicarse a sí mismo y a otros por qué había perdido el interés en la ficción. Mucho antes explicaba Ciorán que los afortunados que vivían en el éxtasis, de espaldas a la realidad, no lo eran tanto. "La actualidad -dice en el mismo texto sobre los clásicos- puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás".

Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad.

Pero ayer, mientras leía Reality Hunger, me sentí tan reflejada en sus síntomas que he decidido eliminar de mi vida todos los libros, peliculas y canciones que no vayan a cambiar mi vida para siempre.

Porque, aunque la iluminación necesita de la realidad, si comparas la actualidad de Calvino con nuestra dieta de actualidad diaria, incluyendo TV, periódicos, conversaciones, Facebook, Twitter y youtube, es posible que Calvino estuviera hablando de realidad y nosotros, de otra cosa. Porque no quiero morirme sin tener "mi libro". Y, sobre todo, porque todas las generaciones producen cientos de ignorantes ilustrados como David Shields, pero es posible que los viejitos de mi bar sean los últimos de su especie y yo prefiero ser como ellos que acabar como él.

La foto es de Anna Wolf.

Marzo 03, 2010

Contemplation and revelation

RealityHunger.gifAcabo de abrir Reality Hunger: A Manifesto, el libro de David Shields que ha calentado tanto al gremio. Aparentemente, el libro es puritita intertextualidad; está construído sobre las citas de otros, en formato aforístico y, como 120 días de sodoma, su intención es vulnerar todas las normas de civismo literario para desmontar la falacia del género, la autoría y la ilusión de realidad.

De momento, me gusta. No tanto como a Jonathan Lethem o a Coetze. Me gusta también su introducción en The Believer.

The world exists. Why recreate it? I want to think about it, try to understand it. What I am is a wisdom junkie, knowing all along that wisdom is, in many ways, junk. I want a literature built entirely out of contemplation and revelation. Who cares about anything else? Not me.

MÁS: Lee un extracto del libro y su Autobío en InterLitQ

Philip Larkin READS Philip Larkin

Marzo 02, 2010

La física narrativa

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Aunque la ciencia haya determinado a día de hoy la existencia de más de tres, todos aprendimos en las clases de física y química del colegio que son tres los estados fundamentales de agregación de la materia que se presentan de modo más habitual para su estudio: sólido, físico y gaseoso. La idea del taller propone la tarea transversal de trasladar las características que sirven para clasificar cada uno de los estados de la materia a los patrones narrativos.

Antonio Jimenez Morato y yo fuimos juntos al instituto, pero no le volví a ver hasta la presentación oficial de Contexto, donde me hizo esta foto. Hoy se dedica a leer, a escribir, a Vivir del cuento en las redes y en las ondas y a dar talleres de escritura. A mí los talleres de escritura siempre me parecieron una extrañeza, pero su introducción al últimoes tan simpática y burbujeante que me parece bien repetirla, aunque sea aquí.

Siempre que le leo me da pena que ya no seamos vecinos.

Febrero 22, 2010

Atención, escritores

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De los consejos para escritores que firma Margaret Atwood en el Guardian, me gustan especialmente estos dos:

no. 7: Nadie te obliga a hacer esto. Lo has elegido tú, así que no lloriquees.

no. 9: No te sientes en mitad del bosque. Si te has perdido en el argumento o estás bloqueado, vuelve sobre tus pasos al lugar donde te equivocaste y coge el otro sendero. O cambia el personaje. Cambia el tiempo verbal. Cambia la primera página.

La foto es de Kris Graves,

Febrero 14, 2010

A taste for Ballard

Hoy he decidido abolir San Valentín y constituir el 14 de febrero como un día oficialmente Ballardiano aunque, si leen ustedes los periódicos, convendrán conmigo que todos los días lo son.

Esta semana, sin ir más lejos:

Clara Darling: A taste for Pornography

Larry Gagosian presenta en Londres una exposición de grandes artistas contemporáneos y ballardianos y la llama Crash. Iain Sinclair la reseña e imagina su herencia a doble página en el Guardian de ayer.

Alexander McQueen se mata y todo es Muerte, S&M, Violencia y Religión

ChatRoulette. Early ChatRoulette users traded anecdotes on comment boards with the eerie intensity of shipwreck survivors, both excited and freaked out by what they’d seen.

Katie Price, la princesa de la prensa peluquera británica, fantasea con morir como Lady Di: It wouldn't surprise me if it's a car crash

Karl Whitney refrexiona sobre la naturaleza de las autopistas: why did motorways get J.G. Ballard going?

Reaparecen Bill Moseley y Nightmare Angel, la adaptación de Crash que Zoe Bertoff no terminó en los 80.

Love I, II y III (Thank You S!)

Enero 30, 2010

The sentence of God on this sex of yours lives in this age

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The guilt must of necessity live too

Enero 28, 2010

Collaborative Futures: un libro a doce manos

IMG_3843.JPGAdam ha ido a buscar la primera copia de Collaborative Futures, el libro que he escrito a diez manos ¡en una semana! junto con los muy formidables Mushon Zer-Aviv, Michael Mandiberg, Mike Linksvayer y Alan Toner, bajo la atenta supervisión de Adam. El mago croata Aleksandar Erkalovic, al que no había visto desde que me fuí de Zagreb, montó el editor mientras nosotros montábamos el contenido. Mago del código y de la noche: también montó a María..

La plataforma, por cierto, se llama Booki y no es menos formidable. Es GPL, mucho más fácil que un wiki y está diseñada para colaborar a muchas manos -esto es, a la vez- en libros de cualquier tipo, con un chat que hace a la vez de chivato y de twitter. El libro lo pueden leer, descargar, ampliar, mejorar, compartir, remezclar, distribuir desde aquí. Ha sido un encargo especial de Transmediale y lo presentaremos allí la semana que viene.

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CF team - Faltan Adam y Alan y no se de quién es la foto...

Diciembre 13, 2009

En Grand Central Station

nlc008499-v6.jpgYo descubrí a Ellizabeth Smart de rebote. Rondábamos los dieciocho y un novio al que le gustaba juzgar el libro por la portada descubrió, por ese método, dos joyas: Tocarnos la cara que nunca leí y cuyo autor no recordamos, ni yo, ni google de Belen Gopegui (gracias Pati y Juanjo!) y En Grand Central Station me senté y lloré, del que me regaló la bonita edición de Lumen con la bellísima cara de la bellísima Smart mirándome fijo desde la solapa. Desde entonces he leído ese libro único y salvaje docenas de veces, es uno de mis veinte libros favoritos en el mundo, un amor que comparto, al menos, con Morrisey y Enrique Vila-matas.

Y así estaban las cosas cuando, hace tres meses, ocurrieron dos cosas de golpe: presté mi edición a alguien que no la merecía y que no la devolvió, y Periférica lo rescató del olvido con una reedición. Ojalá sea tan excepcional como la de Lumen, porque Elena y Carolina hablarán mañana de ella en ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?

MÁS. Manuscritos y portadas | JOHN DEAKIN feat. Elizabeth Smart,1952

Imbécil de la semana

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Esta ha sido la Olivetti Lettera 32 de Cormac McCarthy durante 50 años. Y esto es lo que dice Glenn Horowitz, marchante de libros raros, sobre la Olivetti Lettera 32, que ha puesto en subasta en beneficio de una organización científica y vagamente tenebrosa de Santa Fe.

When I grasped that some of the most complex, almost otherworldly fiction of the postwar era was composed on such a simple, functional, frail-looking machine, it conferred a sort of talismanic quality to Cormac’s typewriter. It’s as if Mount Rushmore was carved with a Swiss Army knife.

Mi parte preferida es la de "frail-looking machine". Y que le llama Cormac. En el New York Times.

Noviembre 24, 2009

Contra el mundo interpretado

Qué precioso y rilkeano texto publica Jose Luis Brea esta semana en Salonkritik. Es por esto que siempre envidié a sus alumnos y compadecí a sus detractores:

Qué caos de universo, qué turbulencia magnífica, estallada, como un mälstrom sin centro –o que tuviera cientos de ellos dispersos en los bordes de su mismo embudo, periferia siempre alejándose y siempre cayendo, agujero negro en el que ese torbellino de haces de luz sucumbe como por irradiación excesiva, luminosidad infinitamente entrecruzada, más eco y más presencia de la que vista alguna, mirada alguna, podría soportar. No, no intentemos imaginar cómo las cosas verían a las cosas, qué clase de imágenes serían ellas –para ellas- puras.

No: ellas nos necesitan –acaso necesitamos nosotros pensar que ellas nos necesitan- o nos aceptan al menos para poder llegar a ser por un momento imágenes, necesitan nuestra torpeza, nuestra mayor lentitud, nuestro limitado estar “en posición”, en ojo acristalado –mermados, en un lugar. Sólo como en ojos de animales –en localizaciones, arrinconada al fondo o al otro lado de esos micro-orificios -u ocelos- que producen foco, para lanzarlo en su otro lado a pantalla, podemos imaginar esa turbia vegetalia, ese ser magmático de todas las cosas como jardín acuático de las imágenes del mundo, de todo, de las cosas …

¡Quiero leer Una imagen es una imagen es una imagen (tres escenarios)!

Noviembre 16, 2009

All that is important is right here

selectedworksspivet.jpgMi nueva y formidable amiga Pippa me recomendó anoche un libro que quizás ya han leído: The Selected Works of T.S. Spivet. Las fotos me gustan, el concepto me gusta. Sin haberlo leído, se me antoja a medio camino entre House of Leaves, con sus apéndices, notas al márgen, tipografías bailantes y otros experimentos narrativos y Fun home, pero sin ser un cómic. Pero en más bonito, y con todo lo que mola estos días: un preteen autista, mapas, matemáticas. A Julian, que tampoco lo ha leido, le recuerda a The Wasp Factory. A Pepper -que sí lo ha leído- le recuerda a Extremely Loud and Incredibly Close, de Jonathan Safran Foer. Pero tampoco lo he leído (sic).

La web es un primor y el resto las ilustraciones son muy bonitas. ¿Algún cristiano lo ha leído ya? ¿Se ha editado en castellano? Con lo que ya sé, casi estoy más intrigada por su próximo proyecto:

This one’s more of a Balkan-Congo thriller with some Norse saga thrown in for good measure. The protagonist is a telegraph operator from New Jersey who’s got some family issues — he starts chasing this underground society of puppeteers that perform surrealist shows about particle physics for populations under siege. I’m still working out the details, but it should be fun. No illustrations. Maybe strings.

Jorge Luis Borges: Del rigor de la ciencia

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Bug eat books

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Desde este verano he querido decirlo y no lo he hecho por falta de disciplina, pero cómo me gustan este blog y la diligente lectora que lo escribe. Me gustan especialmente su interés por los rusos decimonónicos, por Eça de Queirós o Andre Gide, toda gente divertida y tan pasada de moda que los amantes de Murakami y de Alessandro Baricco sienten la necesidad de señalarte con el dedo cuando los abres en un café, como si tuvieras tiña o un Vuitton del mercadillo. Ojalá la hubiera conocido cuando estaba yo en mis veinte y me enamoraba de cualquiera que supiera leer.

Por su culpa me he apuntado a Good Reads aunque de momento sólo la sigo a ella. Escribió la mejor introducción a David Foster Wallace que he leído en un blog , una guía apasionada que sigue siendo espectacular para todos aquellos que no tengan el gusto. Por ella quisiera leer a Janet Frame y a Yuri Olesha y otros que no recuerdo. Me enternece cuando se inventa anglicismos sin darse cuenta, porque la mala costumbre de eer mucho en otro idioma te hace presa fácil de los false friends.

Me gustan sus prejuicios, aunque no los comparto, y que siga evitando a Anna Karenina, aunque parece tenerla ahí, como la espada de Damocles. Me revuelvo en la silla cuando veo que ha leído a Colette, pero el libro equivocado y me pregunto constantemente qué escribirá cuando lea algunos libros queridos, como Los niños terribles o En Grand Central Park me senté y lloré, si es que no lo ha hecho todavía.

Alguien debería regalarle esto.

Almejitas confusas S.L.

2dbl7cw.jpgMe preocupa, la verdad, que la lista de 10 personajes literarios a los que me tiraría sin pensarlo elaborada por jovenes sanas de nivel cultural medio-alto incluya más metrosexuales que el catálogo de Ralph Lauren. Y que la única perversión remotamente sexual del jurado sea querer dormir con su padre ( Gilbert Blythe, Carlisle Cullen, Atticus Finch, Darcy, Gatsby, Rhett Butler) o trincar a su hermano pequeño (Holden Caulfield, Ned Nickerson, Heathcliff). Salvo que estemos ante un caso severo de lost in translation y la lista sea en realidad de Personajes literarios a los que abrazarme para sollozar porque odio a mi mejor amiga y/o Personajes literarios con los que hablaría toda la noche de la insoportable levedad de nuestra existencia la semana antes de selectividad. O que todas hayan sido engendradas por el hombre que ven sobre estas líneas y sufran un justificadísimo Electra, corrompido por diez años de suscripción al Vogue.

A grandes rasgos, los únicos hombres follables de esta isla son Heathcliff y Aragorn, y me permito recordarles que Heathcliff es un psicótico rabioso y paranoide y que Aragorn es medio elfo y un poco bipolar. ¿Quién le compraba los libros a estas mujeres cuando su tierno superego estaba aún en periodo de gestación? ¿Es que ninguna soñaba ya con acompañar a los inventores mesiánicos de Julio Verne, ser secuestrada por los Corsarios negros de Emilio Salgari o esperar pacientemente a los generales de Marco Aurelio? ¿Con ser la Medea de Ulises, la Josefina de Napoleón? Y, puestos a soñar, ¿no es más perverso y mesmerizante un Voland que cualquier vampiro adolescente? ¿Más peligroso y autodestructivo un Dmitri Karamázov? Entiendo el appeal del diletante a caballo, pero después de dos siglos Darcy me parece tan peligroso como un balancín con cinturón de seguridad. Y vamos hombre por dios. ¿Holden Caulfield? ¿Me toman el pelo?

Aun recuerdo, entre las comedias de Hugh Grant y las tontunas de Gus Van Sant, con qué alivio presenciaba yo los accidentes de Callao frente al poster de Russell Crowe en minifalda, casi enfrente de mi casa. La plaza misma parecía envuelta en el olor rancio y embriagador del sudor y la sangre seca, el perfume delicioso de una adrenalina noble y antigua. ¿Fue un espejismo en este desierto de efebos castrados, depilados y desodorizados o me estoy haciendo mayor y el sexo se ha convertido de pronto en otra cosa?

Queridos lectores, ¿a qué personaje literario masculino se tirarían ustedes?

Noviembre 15, 2009

Genios

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Nabokov escribió Sobre un libro llamado Lolita en 1956, un año después de la aparición de la novela. En dicha obra, el autor se choteaba alegremente de los cinco grandes editores norteamericanos que rechazaron su libro por obsceno y escandaloso. Según Nabokov, tenían tres motivos: había un ateo feliz, un matrimonio mixto bendecido por hijos sanos y un adulto que seduce a su hijastra menor de edad. En retrospectiva, a Nabokov le hacía gracia que estos señores citaban a Dante y a su oscura selva en su italiano original pero ponían los ojos en blanco pensando en la pequeña Lo. Lo de Dante era otra cosa, por supuesto. Lo de Machado, Petrarca, Lewis Carroll, Edgar Allan Poe y John Ruskin también. La pedofilia es carne de ensayo, no de novela. Sólo los grandes genios se la pueden permitir.

En su día, también Byron nombró a los Genios (en su caso griegos, franceses y alemanes de pompa internacional) para justificar la cosa recurrente que tenía con el incesto y, al parecer, con su media hermana Augusta, una relación que le llevó, en ese orden, a la paternidad, el exilio, la cumbre creativa y la muerte. Dicen que nadie es profeta en su tierra pero lo que dicen lo dice mal. Hay que tenerlos cuadrados para soltarse de todas las manos en tu propio pueblo y qué gasto inútil pasar toda tu vida tratando de reunir el valor. Todo el que tenga ambiciones y no los tenga cuadrados hace bien en huir de su casa cuanto antes.

Quisieron Dios y la academia que Nabokov fuera un gran genio y Lolita prosperó. En 2006, Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, cumplió cincuenta dos veces: cincuenta años y cincuenta millones de copias. Uno de los libros más venerados de la literatura contemporánea, escrito en inglés por un emigrante ruso que escapó por los pelos del campo de concentración (su familia no tuvo, ay, tanta suerte) cumplió sus bodas de oro en perfecto estado de salud. Lo que, en estos días, significa domesticado hasta el lugar común, la editorial de moda, la boutique especializada, el remake.

Aunque Byron los tuvo cuadrados, tanto dentro como fuera de Inglaterra, su valor tampoco impidió que el incesto se pusiera de moda, igual que las tijeritas después de T.A.T.U. y The L word.

En una entrevista para Playboy, Nabokov dijo que lo único relevante que había conseguido su libro era que, a partir de su pulicación, los padres dejaron de llamar a sus hijas Lolita. El nombre, sin embargo, alcanzó una gran popularidad entre los caniches.

Noviembre 13, 2009

La atracción del abismo

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Dino Buzzati: Il colombre

Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.

-Cuando sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía más bonitos y grandes que el tuyo.

-Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre. Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.

Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo explicaban todo.

Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad, se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de la nave.

Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa, aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente.

Al dejar de ver a Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, abandonó el puente y fue a buscarlo.

-Stefano, ¿qué haces ahí plantado? -le preguntó al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas.

-Ven a ver, papá.

El padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no alcanzó a ver nada.

-Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-, y que nos sigue.

-A pesar de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía buena vista. Pero no veo nada en absoluto.

Como su hijo insistiera, fue en busca del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano lo vio ponerse pálido.

-¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara?

-Ojalá no te hubiera escuchado -exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima y las personas de su misma sangre.

-¿Y no es una leyenda?

-No. Yo nunca lo había visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido. Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes espantosos... Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra, tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte. Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna.

Dicho esto, hizo invertir el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición, desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él.

Profundamente agitado, el muchacho permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era «su» colombre, que iba lentamente de aquí para allá, empeñado en esperarlo.

Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente, Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin duda habría renunciado a su asedio.

Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi aparecía por fin.

De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo, sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Y, sin embargo, sabía que más allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los instrumentos del destino.

Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente.

Grandes son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando, tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.

Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él.

-¿No ven nada por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela.

-No, no vemos nada. ¿Por qué?

-No sé. Me parecía...

-¿No habrás visto por casualidad un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera.

-¿De qué se ríen? ¿Por qué tocaban madera?

-Porque el colombre es un bicho que no perdona. Y si se pusiera a seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido.

Pero Stefano no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro.

Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento; y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para emprender negocios distintos.

Navegar, navegar, ése era su único afán. Apenas ponía pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un océano a otro sin descanso.

Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo; y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era, no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.

Y una tarde, mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido, se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo prometió por su honor.

Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial, que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años lo había seguido sin cesar inútilmente.

-Me ha seguido de un confín a otro del mundo -dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.

Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un arpón, partió.

-Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude. Pero lucharé con las fuerzas que me quedan.

Con débiles golpes de remo se alejó del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.

No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió al lado de la barca.

-Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!

Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo.

-Ah -se quejó con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y nunca has comprendido nada.

-¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo.

-Porque no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo que me dio el rey del mar fue entregarte esto.

Y el escualo sacó la lengua, tendiendo al viejo capitán una esfera fosforescente.

Stefano la cogió entre los dedos y miró. Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era ya demasiado tarde.

-Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado la tuya.

-Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas negras para siempre.

Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera. Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron. En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados, sujetaba un pequeño guijarro redondo.

El colombre es un pez de grandes dimensiones, espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga, kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia. Hay quien sostiene que no existe.

Noviembre 06, 2009

La hermana de Eloísa

luisa3.jpgLeyendo el articulo de El Pais (¡Borges oculto!) cualquiera diría que desentierran una parte inédita del Antiguo Testamento, cuando lo cierto es que La hermana de Eloísa, escrito mano a mano entre Borges y Luisa Mercedes Levinson para una antología par, lleva años en la Red a disposición de todo el mundo.

Aquel relato se publicó en Argentina en 1955 en un volumen de 76 páginas al que daba título y que incluía otros dos cuentos de cada uno de los autores (La escritura del Dios y El fin, de Borges, y El doctor Sotiropoulos y El abra, de Levinson). Una vez agotado, nunca volvió a reeditarse. Jamás se publicó en España y tampoco fue incluido en el tomo de Obras completas en colaboración del autor de El Aleph.

Medio siglo largo después, La hermana de Eloísa verá la luz de nuevo la semana que viene en una edición de bibliófilo ilustrada por el artista argentino Antonio Segui.

En definitiva, que este Borges oculto verá la luz, pero un poco como Cantalicio Luna llegando a Buenos Aires. Como publican un parrafito de nada y alguno se quedará picajoso, aquí dejo lo demás:

La hermana de Eloísa
Luisa Mercedes Levinson & Jorge Luis Borges

I

Habían pasado unos quince años, pero cuando Jiménez me dijo que había tenido que ir a Burzaco para planear la edificación de un chalet por cuenta de un tal Antonio Ferrari, mi primer pensamiento fue para Eloísa Ferrari, cuya imagen de pronto surgió ante mí, inmediata y casi dolorosa. Sólo después pude sorprenderme de que aquel excelente don Antonio, que pasaba la vida en el café proyectando negocios vagos y vanos, hubiera conseguido, al fin, redondear la suma que significa la construcción de la casa propia. El hecho me resultó tan insólito que para no pensar en algo peor, pensé en una herencia. Jiménez, mientras tanto, seguía explicándome que se trataba de un gran chalet y que los Ferrari eran muy exigentes. Por lo pronto, no íbamos a repetir en Burzaco el tipo 14 de bungalow californiano, ni el 5 en piedra de Mar del Plata, que, innumerablemente multiplicados, ya conoce y acaso habita el lector. Jiménez, mi socio, era constructor; la obra exigía un arquitecto. Alcé los ojos al diploma que colgaba en la pared, enmarcado en ébano; ese papel con su sello azul y su letra caligráfica me serviría para ver de nuevo a Eloísa, al cabo de los años.
-La señorita tiene sus ideas propias, explicó Jiménez. Y luego, como si pensara en voz alta: -tiene un gusto refinado.
Me pareció natural que hubiera caído bajo el encanto de Eloísa. Aproveché para preguntarle como al descuido:
-¿Siempre sigue rubia y delgada?
Me miró un poco sorprendido antes de contestar.
-No sé. Lo que impresiona más es la voz. Habla como si entendiera de todo, y uno le cree.
Pensé que Jiménez no sabía discernir. Atribuía a la voz un efecto producido por toda ella. Los años la habrían cambiado, sin duda, pero en aquel momento yo evoqué a la Eloísa de 1938; la mirada un poco lejana, los ojos caídos hacia los pómulos, como abrumados por el peso de las pestañas, la sonrisa cuidadosamente enigmática, un hombro luminoso surgiendo del vestido de terciopelo negro. En realidad, lo que evoqué era su fotografía, que obtuvo el segundo premio en el concurso de belleza de Lomas (el primero fue adjudicado a la hija del inventor). En el recuerdo, las fotografías tienden a sustituir a los originales; además, resulta difícil recuperar los rostros que nos han inquietado. Otras imágenes se habían superpuesto a la de Eloísa, pero algunos momentos seguían intactos: una tarde en que me acompañó hasta la puerta, espontáneamente; aquella noche en que nos sentimos unidos ante un film de Norma Shearer. Por lo menos, yo creí que nos sentíamos unidos.
Norma Shearer, Lomas, concurso de belleza, segundo premio, son palabras triviales, pero la belleza y el encanto no son triviales y Eloísa los poseía, implacablemente. Claro está que a mí, ahora, con diez años de ejercicio en la Capital, el ambiente de Eloísa me podría resultar un poco provinciano, un poco mediocre. Pero el hecho es que Eloísa ejerció un poder sobre mí y sobre todos los muchachos que la frecuentábamos. No sé si era inteligente, pero había en ella una especie de resplandor que hacía perdurar los gestos cotidianos. Tenía esa seguridad que da la belleza. Por aquellos años, yo era más tímido y, aunque ya empezaba a quererla, no me hubiera atrevido a decírselo. El primer paso lo dio ella, una noche. Yo iba a Temperley; Irma, la mayor de las Ferrari, me preguntó si podía traerle un tarrito de polvo de hornear. Saqué la libreta de cuero de cocodrilo y empecé a apuntar el encargo, con cierta detención. Eloísa me la arrancó, la recorrió, murmuró con cierto desdén direcciones de otras mujeres, la rompió y la tiró. Se retiró sin mirarme, alta la cabeza, pero yo sentí que ese enojo era una invitación. Así empezó esa desdichada historia de amor que mató parte de mi juventud. Otra frase espectacular le dio fin. A1 salir de un baile del club, un subteniente aviador, al ayudarla con el abrigo, le ponderó los hombros. Pueden ser suyos, le dijo ella, con una seriedad de evidente propósito matrimonial. El viernes a las siete de la tarde fui a visitarla, según la tradición que yo había logrado imponer, pero nadie contestó a mi llamado. Adentro, estaba encendida la luz; por el balconcito entreví, sobre el aparador, un kepi galonado. De esos antiguos recuerdos me desvió la discusión de los problemas técnicos de la obra. Sorprendentemente, fue Jiménez quien volvió al tema.
-Si se quiere, Eloísa y Gladys, la menorcita, son más lindas, pero Irma tiene otra categoría. Es muy señora.
Creí haber entendido mal. ¿Irma? ¿Jiménez había estado hablándome de Irma? Recordé ese personaje de fondo, esa hermana mayor que aún seguiría, tal vez, esperando el Royal que no le traje nunca. Recuperé sin mayor dificultad sus facciones: la cara de base ancha, los ojos vivos y pequeños, la risa intempestiva, la boca fresca, pero no sensual. ¿Qué había ocurrido? Por lo menos para Jiménez, Irma era más memorable que Eloísa. Creí que por uno de esos juegos del destino se había enamorado de Irma. Pero la frase que siguió me hizo descartar esa conjetura.
-Es una mujer admirable. Claro que por nada del mundo quisiera ser su marido. Es una de esas mujeres que siempre llevan los pantalones. Y con eficacia, qué diablos.
Irma, Eloísa, Gladys... El último nombre apenas representaba para mí unas piernas flacas que corrían al sol, una moneda de veinte centavos que yo le daba para que comprara caramelos y me dejara solo con Eloísa, unas pecas en la nariz respingada, y la voz áspera de Irma, retándola. Pero habían pasado quince años; Gladys ya sería una señorita. En aquel momento, sentí a las tres hermanas como a un espejo de tres cuerpos que de algún modo reflejaba mi juventud.
Una ilógica necesidad de volver a verlas me hizo decir a Jiménez: -Por el interés de la firma, convendría que yo le llevara personalmente los planos a don Antonio. Usted sabe, en mis tiempos yo frecuentaba la casa... Me tiene confianza. Y si ahora anda con plata, no me costará convencerlo de que gaste unos pesos más.

II

Sería a todas luces absurdo negar espíritu progresista a los vecinos de la línea General Roca, pero sinceramente, al ver desfilar las estaciones y los pueblos desde la ventanilla del tren, tuve que deplorar la docilidad con que muchos se dejan convencer por firmas poco escrupulosas, que anteponen lo vistoso a lo sólido, y aun a lo práctico. Claro está que no todos los propietarios obran así; al pasar por Lanús, me di el gusto de saludar el bungalow tipo 14 que edificamos vez pasada para el farmacéutico Roverano y que hubo que refaccionar después de las últimas lluvias, con buena utilidad para nuestra caja. Las torres de la capilla evangélica en Lomas de Zamora fueron para mí otro motivo de legítima satisfacción: el reverendo Mannteufel tuvo la deferencia de consultarnos y nuestras sugestiones, por cierto, no cayeron en saco roto. ¡Se resolvió ipso facto el problema del drenaje de las cañerías!
Estas reflexiones de orden profesional eran quizás un engaño para no pensar en Eloísa. Me dije por centésima vez que no esperaba verla y que lo más probable era que Ferrari me recibiera solo. De las quintas llegó una brusca ráfaga de madreselva.
Procuré convencerme de que el encuentro con Eloísa podía ser un poco terrible, al cabo de quince años, pero era imaginario ese temor y realmente primaban en mí la esperanza y la ansiedad.
Me pareció que nunca llegábamos a Burzaco, pero cuando reconocí las primeras casas y el tren se detuvo, me sentí menos valeroso y en vez de encaminarme directamente a lo de Ferrari, hice un alto en la confitería de la estación. Tenía que revisar los papeles del portafolio; después de un par de cañas, decidí que convenía echar un vistazo al lugar donde levantaríamos el chalet. Era un terreno que brindaba muchas posibilidades, con martillo a favor, pero ya eran las 17 pasadas en el reloj pulsera extrachato y la indumentaria de gabardina italiana no se prestaba para andar verificando medidas.
Ante la puerta de la casa de Eloísa, volví a ser el muchacho de hace quince años. Mi mano halló la altura exacta del timbre sin que yo necesitara mirar. El tímido llamado me pareció indigno del soltero porteño con estudio en la avenida Belgrano que yo era ahora; insistí con más decisión. Quien me abrió la puerta fue don Antonio.
Para ocultar mi decepción, lo saludé con exagerado entusiasmo. La salita me pareció más chica, acaso porque estaba abarrotada de adornos; una odalisca en petit bronze confusamente duplicaba sus formas en la madera de la tapa del piano y, al entrar, casi tropecé con Leda y el cisne. Un mármol efusivo en el que bullían faunos y ninfas usurpaba el lugar donde antes reinó la fotografía de Eloísa.
Don Antonio había iniciado una conversación ostentosa y vaga. Sacó una caja de cigarros, me ofreció uno que cortésmente rehusé y que él guardó, con destreza de prestidigitador, en uno de los bolsillos del saco.
-Para las chicas, lo ha fumado usted -dijo con una voz sigilosa y haciendo un guiño. Eligió otro cigarro con lentitud, lo olió como pregustando el placer, cruzó la pierna, lo encendió con gravedad ritual e inmediatamente adquirió el aire de un gran señor. Hubo un silencio y tuve la convicción de que Eloísa no estaba.
-Un chalet, todo un gran chalet -exclamó- para la primera chica que se me casa.
No pude contenerme y dije:
-¿Eloísa?
Don Antonio ni siquiera me oyó.
-La formalización del enlace se festejó con un vino de honor en Los Alamos. Usted se acuerda, el establecimiento de los Chiclana. Parece mentira, la benjamina es la primera que llevaré al altar. Gladys se casa con Alberto Chiclana, un muchacho muy preparado, que sólo debe unas materias para redondear su segundo año de doctor en leyes. Y gran apellido. Sobrino de Raúl, que era de su tiempo.
Demasiado me acordaba yo de Raúl. Una noche, en el club, le ofreció una orquídea a Eloísa. Ella se la prendió sobre el corazón y repetía, yendo de grupo en grupo: Obsequio de Raú1 Chiclana. Los Chiclana eran la gente antigua del partido; Los Alamos, entonces, era un establecimiento importante. Después, el botarate de Raúl prefirió las farras de Buenos Aires al sólido trabajo rural y de la estancia, como le dicen, sólo queda el casco y los perros. ¡Las hipotecas se comieron la propiedad!
Dije por decir algo:
-¿Con que al novio sólo le faltan cinco o seis años para recibirse?...
Dadas las luces de los Chiclana, calculé por lo bajo treinta o cuarenta, pero la profesión nos enseña a ser diplomáticos.
-Ahora el tiempo pasa tan rápido -contestó don Antonio-. Y, además, Albertito está bajo mi ala.
Echó una bocanada de humo y miró la gotera del cielo raso:
-E1 amor, las ilusiones, la juventud... Claro que nosotros ya no estamos para esos trotes... -y aquí agregó amenazándome con el índice:
-Por lo pronto, usted tiene más barriguita que yo...
Volvió a guiñar el ojo; se trataba, evidentemente, de un hábito que había adquirido con la prosperidad. Era irritante. Además, ese vejete oruga, esmirriado, sólo profuso en los mostachos, ahora quería ponerse a la par de un tipo como yo, con su metro setenta y nueve de elevación y los trece minutos de flexiones, cada mañana, a lo gimnasia sueca.
El hombre estaba tan garifo, que aproveché para enfrentarlo, pero no perdí los buenos modales que exige la profesión.
-Vea, don Antonio -le dije- las cosas no hay que hacerlas a medias. Hay que sacar partido del martillo que da a la avenida Espora. El muchacho, que un día será abogado, se merece un bufete -esta vez el que guiñó el ojo fui yo-. Unos pocos miles de pesos más y le anexamos escritorio y sala de espera.
Don Antonio pareció caer en la trampa.
-Interesante idea, mi arquitecto -dijo como si lo arrebatara mi verba-. En sumo grado, interesante.
Poco le duró, sin embargo, esa reacción tan halagüeña. Empezó a achicarse como si se atornillara en el asiento y dijo con una vocecita aflautada:
-El señor Klaingutti, de la firma Klaingutti Hermanos, Chapas Glavanizadas, suele encargarle algunos asuntitos -y agregó, como dándose ánimos-: Un poco de alpiste para el muchacho. Sinceramente, la mención de Klaingutti me impresionó. ¿Quién que ha rolado un poco puede permitirse ignorar la casa matriz en la avenida El Cano y las filiales de Berazategui y de Merlo?
Don Antonio prosiguió:
-Oiga, no sé... Hay tantas cosas por delante. -Encendió el cigarro que había dejado apagar, y agregó bajando la voz-: Mi hija mayor es muy personal en sus gustos. Muy severa.
Lo miré atónito. ¿Qué tenía Irma que ver con el chalet de Gladys?
Don Antonio dijo algo, pero a través de las persianas de los balconcitos, oí un menudo taconeo que me inquietó. Oí abrirse la puerta y, un instante después, entraba Eloísa.
En el primer momento no sentí nada. Su silueta contra la luz, parecía un poco indefensa. La cara estaba en sombra, pero el cabello le hacía como una aureola dorada. Me dijo, como si me hubiera visto hace poco:
-Cachito, ¿vos por aquí?
Era la Eloísa de siempre. Ignoro si llegué a balbucear algo, pero sentí dos cosas. Llna, que aquel encuentro tan importante para mí, no lo era para ella. Otra, quizá la misma, que yo era apenas una imagen de su pasado.
Eloísa, haciendo caso omiso de mi presencia, habló con don Antonio:
-No sé qué vamos a hacer con la pobre Clemen. Ya se mandó hacer un vestido, casi igual a las del cortejo, y -ahora resulta que no quieren que vaya. Eso no se hace.
-Pero también, hijita, ¿cómo la invitaste sin consultar?
-Siempre consultando... Nos conocernos de toda la vida; ella dio por sentado que iría. Clemen, pensé, sería Clementina Traversi, una muchacha que trataba de imitar a Eloísa y que de un día para otro apareció con melena rubia.
-Mirá, Eloisita -prosiguió don Antonio, conciliatorio-, hacés muy bien en defender una amiga, pero ya sabés que Irma es de lo más delicada para estas cosas. Clemen ya ha tenido tres novios. Y la gente es mala...
-¿Y qué hay de malo en tener novios?
La contestación de don Antonio fue sentenciosa:
-Somos nuestra reputación. Además, Irma se ha asegurado la presencia del señor Klaingutti.
-¡Del selior Klaingutti! -repitió ella. Lo dijo con una voz muy rara.

III

A mediados de la semana siguiente, tuve otra conversación con don Antonio. Fue copiosa, rica y estéril; soy del todo incapaz de reconstruir esa obra maestra de postergación y de vaguedad. A1 principio, yo estaba francamente encantado: mis sugestiones no eran sólo aprobadas por don Antonio, sino admiradas y amplificadas. Así, en etapas sucesivas, se encaró la posibilidad de adquirir terrenos vecinos, de construir una pileta de natación con sus vestuarios correspondientes, de dotar a la finca de un reloj de sol, de invernáculos, de una gran pajarera, de un frontón de pelota vasca, de una gruta con cascada y de un laberinto. Proyectamos también, para los fondos, un jardín italiano escalonado, con cabezas yacentes de emperadores. No juraría que se habló de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay, pero nada era imposible, esa tarde.
Desgraciadamente, don Antonio se desanimaba con la misma rapidez con que se animaba: las dificultades de la ejecución de un detalle mínimo de cualquiera de esos proyectos interesantes lo hacían renunciar a todo. En cuanto a gastos y honorarios no tuvimos ni un sí ni un no. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, me dio mala espina porque sentí que no llegábamos a nada. Don Antonio no quería (o no podía) comprometerse.
Claro está que tengo la conciencia tranquila; me plantifiqué en el sofá y defendí, una a una, mis posiciones. No me retiré hasta dadas las diez, cuando el propio anfitrión me repitió que aprovechara un tren que salía a los pocos minutos.
En la estación, el hambre pudo más, y me invité a una milanesa a caballo y dos medios litros, cuyo importe resolví cargar a la cuenta Ferrari. Las casuarinas hacían un ruido como de mar y pensé en Eloísa.
No sé si la esperanza de verla, o el temor de hacer un triste papel delante de Jiménez, cuyas indirectas y directas, me tenían sin cuidado, o la voluntad de no perder un negocio que se pincelara tan promisorio, me hizo regresar a Burzaco, a los pocos días.
No les anuncié la visita; el estratega que hay en mí optó por esgrimir el arma de la sorpresa, en interés profesional.
Esta vez no me permití devaneos emocionales. Eloísa podía seguir tan linda como antes, pero yo concretaba la atención en un paredón con almenas que diera toda la vuelta a la propiedad y que, si mi psiquismo no me engañaba, acertaría con el gusto de don Antonio.
Eloísa abrió la puerta, me hizo pasar a la salita y exclamando con voz atiplada me pescaste sin pintura, huyó patio adentro. La esperé de perfil, una pierna cruzada con negligencia, la mirada varonil abstraída en los faunos del grupo mitológico.
Antes de que entrara percibí el extracto de cyclamen. La sentí allí cerca y dije como si pensara en voz alta, sin despegar los ojos del mármol:
- Hermosa obra de arte! i
Por la risita de Eloísa, comprendí que mi observación de esteta había sido tomada como una galantería. La verdad es que el homenaje era justo; cutis relativamente fresco, bien llevados los tres o cuatro kilitos más, blusa transparente sobre los hombros, la sonrisa insinuante y los ojos tristes.
Se sentó junto a mí, en el sofá, casi rozándome con el vuelo de la pollera. Empezó reprochándome que yo frecuentara a las Hurtado, que se habían mudado a la Capital (chicas que no le deben nada a la hermosura; no te lucirás mucho, que digamos, exhibiéndolas en los restaurantes) y remedó el revolear de ojos de la mayor, con bastante gracia. Ponderé sus dotes de actriz; me dijo que Torre Nilson le había ofrecido un papel en una película. Esta eventualidad, lo confieso, no dejó de alarmarme; los años de la ausencia se habían borrado y yo sólo sabía que estaba con Eloísa, otra vez, en el sofá de siempre, y que mi desventura o mi ventura dependían de sus palabras.
Mirándome en los ojos, me dijo:
-Ahora contame de vos; ya sabés que siempre me enloqueció todo lo que sea arquitectura y decoración de interiores.
Nunca lo había sabido, pero le perfilé a grandes rasgos la odisea del joven soñador que llega desde el fondo de la provincia, sin otras armas que la ciencia y el arte, y que se afana, bucea, brega y se impone. Sonó en eso el teléfono.
Durante unos segundos, la posibilidad de que la llamara el director de cine me atormentó. Primero dijo:
- Ah, venís a cenar.
Después:
-Te preparo unos tallarines al pesto?
Y, finalmente, con una voz que temblaba un poco:
- Está bien. Vos mandás.
Volvió a mi lado, pero la sentí lejana. Cuando quise retomar el hilo y contarle la anécdota corrosiva de lo que yo por poco le dije a la mesa examinadora, Eloísa apoyó la cabeza en mi hombro v se echó a llorar. Mi experiencia en el renglón mujeres me aconsejó estrecharla entre mis brazos v arrebatarla en alas de la pasión. Varias fórmulas se me venían a la mente: Eloísa yo seré el arquitecto de su destino. Eloísa, yo le ofrezco un hombre y un nombre, pero apenas acerté con una palmadita en las espaldas.
Eloísa me miró con rabia.
-¿Qué es lo que tìene ella de mejor que yo? -dijo, apartándose de mí.
Se trataba, asombrosamente, de Irma. La que telefoneó era ella y había prohibido categóricamente que invitaran a Clemen.
-Me ha dicho que si no le obedezco, que me atenga a las consecuencias -agregó Eloísa, estrujándose las manos,
-¿Consecuencias? -repetí sin entender.
Entonces, Eloísa me contó todo.
La historia había empezado a raíz de uno de tantos intrincados negocios de don Antonio. Este había llegado a deber una modesta suma -cien o ciento cuarenta pesos- a la firma Klaingutti. El día del vencímiento, logró (mediante otra deuda) el importe, y encargó a Eloísa que fuera personalmente a pagar. El doble efecto que produciría un pago puntual hecho por una muchacha bonita le parecía de inestimable valor para otro nebuloso negocio que versaría sobre chapas acanaladas y pointillé. Pero la avenida El Cano queda muy lejos y Eloísa la mandó a Irma.
Era (Eloísa lo recordaba muy bien) un jueves de diciembre. A las siete, Irma volvió con el recibo firmado por el propio señor Klaingutti, y preparó, como era costumbre, la cena. Nada singular ocurrió hasta el jueves siguiente.
Ese día, Irma tomó el tren de las quince y treinta y no regresó hasta entrada la noche. El padre, que a pesar de sus fantasías, era muy estricto con las chicas, empezó a amonestarla. Ella, sin hablar, abrió la cartera, y dejó sobre la mesa un papel de quinientos pesos. En la billetera había otro igual. Fue, desde entonces, Eloísa la que preparó las comidas.
Así fueron pasando los años. En esa disciplina precisa no hubo otra interrupción que la motivada, en 1944, por un disgusto. Nunca pudo saber Eloísa las razones de esa desavenencia que duró más de un mes, durante el cual el señor Klaingutti no dejó pasar un solo día sin telefonear o mandar flores, dulces o delikatessen, que las hermanas y el padre tenían orden de devolver.
Tampoco pudo averiguar Eloísa los detalles de la reconciliación: una tarde, el chauffeur del señor Klaingutti llegó en el coche gris. Irma le mandó decir que se fuera; al día siguiente, el señor Klaingutti se apersonó con aspecto lastimoso y muchas reverencias. Irma lo hizo esperar una hora y se fue con él; desde entonces las cuotas semanales fueron triplicadas.
Irma, eso sí, no se rebajó nunca a aceptar el menor obsequia, ni siquiera los días de su cumpleaños. El señor Klaingutti, una vez, le ofreció un tapado de nutria. Ella se limitó a recibir el importe, que invirtió luego, para no consentirlo, en uno de astrakán.
A fines de 1949, Gladys cayó enferma. Durante tres semanas, Irma no se movió de su cabecera y no dejó que entraran en el cuarto ni Eloísa ni el padre. Pasó malas noches cuidándola, con una especie de ternura feroz; durante ese tiempo, el señor Klaingutti tuvo la delicadeza de mandar cada jueves, a su cajero, con la cuota habitual.
-Irma tiene locura con la mocosa -añadió Eloísa-. Le arregló el casamiento con Chiclana y ahora, encima, le hace construir el chalet.
Nada de lo que había dicho Eloísa me impresionó como estas palabras. Apenas atiné a balbucear:
-Entonces, ¿no es don Antonio el que paga?
-¡Qué va a pagar! -fue la desconcertante respuesta-. Papá no tiene más que la mensualidad que le pasa Irma, y se la suspende si lo pesca debiendo un solo centavo. ¡Pobre de él si se mete en negocios! Irma es una roca.
Había resentimiento en su voz. Francamente, no me gustó que hablara así de una mujer a todas luces excepcional, que contaba con el pleno apoyo del señor Klaingutti y de quien dependía, en última instancia, la edificación del chalet.
Eloísa prosiguió con malevolencia:
-El señor Klaingutti quiere casarse con ella, pero Irma siempre le dice que no. Así lo tiene más dominado. Es de rara... No concluyó la frase. Un automóvil se había detenido en la puerta y segundos después, entró Irma. Me puse apresuradamente de pie y ensayé un saludo. Antes de contestarlo, la dama se volvió hacia Eloísa:
-Ponete un chal. Ha refrescado.
Comprendí que la blusa de Eloísa era demasiado transparente.
-Vengo rendida -exclamó Irma, ocupando el sofá-. Había que poner un poco de orden en la filial Berazategui.
Al cabo de un silencio, en el que respeté sus pensamientos, quise llevar la conversación al tema del chalet. Se mostró reticente; dijo que la nueva pareja viviría un tiempo en Los Alamos.
Cuando se quitó el sombrero, que era de color verde oscuro, como los zapatos y el traje, me fue dado valorar su severa belleza, quizá menos notable por la gracia que por la autoridad.
Siempre velando por la corrección de su hogar, me sugirió que no tenía por qué costearme a Burzaco y me dictó un número de teléfono que correspondía a una de las líneas internas de la red Klaingutti.
-A principios de la semana que viene, puede molestarse en llamar. Para entonces, la secretaria tendrá órdenes precisas.
Me tendió la mano.
Al querer despedirme de Eloísa, noté que ya no estaba en la sala.
El martes, a más tardar, hablaré con la secretaria. Acaso con Irma.

Noviembre 02, 2009

The Rosebery letters

lord-byron.JPGEs la colección de cartas de Lord Byron -71 cartas por las dos caras- que un primer ministro británico, Conde de Rosebery, compró y mantuvo en la familia desde 1885. Dicen que contiene material desconocido, un 15% de cartas nunca vistas ni reporducidas, y se las ha llevado el clásico comprador misterioso por casi 300.000 euritos. Siendo el primer material byroniano de los últimos 30 años, Sotheby's ha tenido la gentileza de adelantar algunos parrafitos sabrosones, en los que Byron se despacha lindamente contra los poetas de los lagos, acusa a los portugueses de criar piojos y sodomitas y describe largamente su última ruptura sentimental con Susan Vaughan, una sirvienta que acaba abandonada -y despedida- porque hacía dobletes con otro caballero.

Son cartas a su mejor amigo desde la universidad, más tarde Rev. Canon Hodgson. Las primeras cartas corresponden a su huída de Inglaterra por segunda y última vez y debieron de cogerle calentito, ya que huye de sus deudas, de la ruina y de su mujer, que le quiso declarar loco y después le acusó de maltrato, crueldad, incesto y sodomía. Las últimas, siete años más tarde, hablan de su conspiración para liberar Grecia de los Turcos. Hasta que no se libere ese 15% desconocido, nos tenemos que conformar con lo que sigue.

Byron, Autograph letters to Francis Hodgson, 1808-1821

PROVENANCE


The Rev. Canon Hodgson, sale in these rooms, 2 March 1885, lots 1, 2, and 4


LITERATURE AND REFERENCES

Byron's Letters and Journals, ed. Leslie A. Marchand, 13 vols (London, 1973-94)

CATALOGUE NOTE


"...my Modesty would naturally look at least bashfully at being termed the 'first of living minstrels' (by a brother of the art) if both our estimates of 'living minstrels' in general did not lessen the praise to a sober compliment..."

Byron's letters to a close friend and "brother minstrel". The two men met at Cambridge - Francis Hodgson (1781-1852), was a fellow at King's when Byron was up at Trinity - where literary interests brought them together in 1807: Byron was impressed in particular by Hodgson's translation of Juvenal and the two men were soon fast friends. By the time of their earliest correspondence (two of these letters date from late 1808), their relationship was firmly established. Byron opens his first letter with the obsequies for his favourite dog ("...Boatswain is to be buried in a vault waiting for myself, I have also written an epitaph..."), before turning to literary subjects, mutual friends, and his wish for Hodgson to visit him at Newstead Abbey.

Three letters (16 July 1809-4 July 1810) in the series date from Byron's grand tour. He writes happily from Portugal ("...the inhabitants have few vices except Lice and sodomy..."), where he has been conversing with monks in bad Latin and refining his knowledge of Portuguese obscenities. His pleasure and excitement at travel ("...anything is better than England...") continue to be vividly displayed in letters from Constantinople. "I shall begin by telling you", he opens one letter, "that I swam from Sestos to Abydos, I do this that you may be impressed with proper respect for me the performer, for I plume myself on this atchievement". This letter goes on to describe Ali Pasha, a man who was to fire Byron's imagination and "a fine portly person with two hundred women and as many boys, many of the last I saw and very pretty creatures they were".

No less than ten of the letters date from a relatively short period from September 1811 to February 1812, following Byron's return to England and the death of his mother, and preceding the publication of Childe Harold. By this time the conventionally pious Hodgson had determined to take Holy Orders and, concerned for his friend's soul, he began an earnest campaign to convert Byron to religious orthodoxy. This elicited detailed replies from Byron which introduced a new seriousness to his letters. When Hodgson recommended the reading of various Christian apologia, Byron countered by suggesting a perusal of Malthus. He also offered trenchant criticism of Christianity:

"...the Basis of your religion is injustice, the Son of God the pure, the immaculate, the innocent is sacrificed for the Guilty, this proves his heroism, but no more does away Man's guilt, than a schoolboy's volunteering to be flogged for another would exculpate the dunce from negligence, or preserve him from the Rod..."

Byron was at Newstead Abbey in the autumn of 1811 "writing notes for my Quarto" [i.e. Childe Harold] and providing memorable praise of local pleasures:

"...I am plucking up my spirits, & have begun to gather my little sensual comforts together, Lucy is extracted from Warwickshire, some very bad faces have been warned off the premises, & more promising substituted in their stead, the partridges are plentiful, hares finishes, pheasants not quite so good, & the girls on the manor just coming into season..."

One of these "more promising" faces was Susan Vaughan, whom Byron soon took his lover. The affair did not last long, however, and in two largely unpublished letters that reveal the callous side of his character Byron provided Hodgson with a detailed account of its conclusion – another servant revealed a letter showing Vaughan's affection for another man and she was summarily dismissed – and its aftermath ("...she descended from her apartment 'fierce as ten furies' attacked R. till he was covered with blood, tried to throw herself into one of the filthy pieces of water in & about the premises, & when the letters came away, was still threatening perdition, 'thunder, horror guts & death'... I presume she will rave herself quiet...") She may have lost her livelihood and reputation, but Byron nonetheless cast himself as the victim of the affair, sighing to Hodgson that "I can't blame the girl, but my own vanity in believing that 'such a thing as I am' could be loved." His melancholy thoughts turned to memories of John Edleston, who had died in 1811 ("...I believe the only human being that ever loved me in truth & entirely, was of or belonging to Cambridge, & in that no change can ever take place...")

1811-12 was a highly productive time for Byron's poetry, and these letters include quotations from 'Minerva's Curse' and requests for help with Greek, then, on 16 February 1812, Byron sent his friend a proof copy of Childe Harold. Other subjects in these letters from this period include Byron's somewhat reluctant involvement in Hodgson's love-life (he was enamoured of the same woman as Robert Bland, a mutual friend and another Anglican minister), Byron's desire to leave England, Thomas Moore, literary feuds, and his speeches in the Lords.

Byron's letters became more sporadic after he woke up famous following the publication of Childe Harold, but he provided crucial financial help to Hodgson during his last years in England and continued to write to him with literary and personal news. In January 1813 he refers wearily to the wrath of Lady Caroline Lamb ("...The 'Agnus' is furious you can have no idea of the horrible & absurd things she has said & done since (really from the best motives) I withdrew my homage...") and an undated and unpublished fragment refers elliptically to another lover, perhaps Lady Oxford ("...I am still in 'palatia Circe's' I being no Ulysses cannot tell into what animal I may be converted, as you are aware of the turn of both parties your conjectures will be very correct I dare say - & seriously - I am very much attached...")

The final letters date from several years after Byron quit England. In December 1820 Byron wrote to renew their correspondence after five years. He paints a lively picture of life in Ravenna and the lives of mutual friends but, knowing the letter will be opened by the Austrian authorities, is somewhat evasive about his involvement in revolutionary politics ("...what I have been doing would but little interest you, as it regards another country - and another people...") and signs with a deliberately illegible squiggle. His final letter is somewhat more open about his political engagements, but these last letters are particularly engaged with literary affairs. He writes angrily about the denigration of Pope ("...It is my intention to take up the Cudgels in that controversy - and to do my best to keep the Swan of Thames in his true [place]. - This comes of Southey and Turdsworth [and] such renegado rascals..."), refers to Beppo and Marino Faliero, discusses the various translations of his own work, and criticises Hodgson's concept of a tragic hero as being necessarily a good man.

Many of Hodgson's letters from Byron were published during the nineteenth century in such works as Thomas Moore's Letters and Journals of Lord Byron (1830) and Hodgson's own posthumous Memoirs (1878), but in expurgated form (some of these letters have Hodgson's notes to Moore on passages to be omitted). however, these letters have not been consulted by scholars since the 1880s and approximately 15 percent of the content - including many of the more controversial passages - apparently remains unpublished. The current collection comprises somewhat under half of the known letters by Byron to Hodgson (50 are listed in Byron's Letters and Journals). The remaining correspondence is widely dispersed, and includes items closely related to the current collection: a poem ('To Mrs M.C.') that accompanied his letter of 27 November 1808 is now in the Harry S. Dickey Collection at Johns Hopkins University Library; the address leaf missing from the letter of 28 January 1812 was in the Edgcumbe collection (Phillips, 10 June 1993, lot 404); and included in this lot is a transcript of a letter of 6 June 1813 with a note that the original had been given by Elizabeth Hodgson "Mr Coleridge" - it was more recently found in the Schram collection (Christie's, 3 July 2007, lot 27).

Septiembre 20, 2009

The perils of having a patron

SamuelJohnson.jpg

None of the cruelties exercised by wealth and power upon indigence and dependence is more mischievous in its consequences, or more frequently practised with wanton negligence, than the encouragement of expectations which are never to be gratified, and the elation and depression of the heart by needless vicissitudes of hope and disappointment.

Every man is rich or poor, according to the proportion between his desires and enjoyments; any enlargement of wishes is therefore equally destructive to happiness with the diminution of possession; and he that teaches another to long for what he shall never obtain, is no less an enemy to his quiet, than if he had robbed him of part of his patrimony.

En plena posesión de sus facultades, Samuel Johnson acaba de cumplir 300.

MÁS centenarios: Brunel, Locke and Stephenson: the engineering giants who shaped our world

Septiembre 19, 2009

Las tres Marías borrachas

hemingway-and-baileys-bartending-guide-to-great-american-writers.jpgTom Shone querría ser el Perez Hilton de la era dorada de Hollywood:

In America William Faulkner and Scott Fitzgerald were the Paris and Britney of their day, caught in the funhouse mirror of fame, their careers a vivid tabloid mash-up of hospitalisations and electroshock therapies. “When I read Faulkner I can tell when he gets tired and does it on corn just as I used to be able to tell when Scott would hit it beginning with ‘Tender is the Night’,” said Hemingway, playing the Amy Winehouse role of denier-in-chief. He kept gloating track of his friends’ decline, all the while nervously checking out books on liver damage from the library; by the end, said George Plimpton, Hemingway’s liver protruded from his belly “like a long fat leech”.

In fact none of these authors would write much that was any good beyond the age of 40, Faulkner’s prose seizing up with sclerosis, Hemingway sinking into unbudgeable mawkishness. When Fitzgerald went public about his creative decline in Esquire, in a piece entitled “The Crack Up”—a prototype for all the misery memoirs we have today—Hemingway was disgusted, inviting him to cast his “balls into the sea—if you have any balls left”. Today, of course, “The Crack Up” would be shooting up the besteller lists, and Fitzgerald would be sat perched on Oprah’s couch talking about his struggle and his co-dependent relationship with Ernest, proudly wearing his 90-day sobriety chip, but in the 1930s, the recovery industry, then in its infancy, was regarded by most with the enthusiasm of a cat approaching a bathtub.

El articulo, que habla de los peligros de estar sobrio, es a la vez triste y desternillante y me ha parecido entender que llama a Bukowsky el Ozzy Osbourne del mundo literario . Pero a mi, a quien todas las asociaciones, grupos, listas generacionales, colectivos y frentes organizados acaban pareciéndome un grupo de ayuda cristiano, lo que más me gusta es Fitzgerald cuando dice: I was never a joiner.

Raped at 13

OB: Podrías describir tu proceso poético? ¿Cómo se escribe un poema de Rachel McKibbens?

RM: Espero en callejones oscuros rezando para que me pase algo. Ningún buen poema está limpio de sangre. Tienes que tener una vida realmente chunga si quieres escribir algo que merezca la pena. Un montón de hijos ilegítimos y tatuajes moteros también ayuda. Si realmente quieres dejarles fuera de juego, sugiero tener una madre que te deje en un coche caliente con las ventanas subidas para irse a jugar al bingo en un nido de fanáticos.

El resto de la entrevista, en Latino Poetry (thanks Jessa!)

Agosto 02, 2009

Natasha

En las escaleras Natasha se cruzó con su vecino de la puerta de al lado, el Barón Wolfe. Subía con una leve fatiga las escaleras de madera lavada, acariciando la barandilla y silbando suavemente para sí.

–¿Adónde vas tan deprisa, Natasha?

–A la farmacia a por unas medicinas. Acaba de venir el médico. Mi padre está mejor.

–Buenas noticias.

Natasha, apresurada, con gabardina y sin sombrero, pasó de largo evitando el encuentro en un susurro de telas.

Apoyándose en el pasamanos de la escalera, Wolfe se detuvo a mirarla. Desde su altura le dio tiempo a atisbar el brillo de su peinado adolescente, partido en una raya. Sin dejar de silbar, subió hasta el último piso, arrojó su cartera toda mojada sobre la cama y se fue satisfecho a lavarse y secarse las manos.

Luego, llamó a la puerta del viejo Khrenov.

Esta semana, El Pais publica Natasha, un relato que Vladimir Nabokov escribió durante unas vacaciones de verano en Berlin, en 1921, archivado hasta hace dos años en la Biblioteca del Congreso estadounidense, y custodiado por el heredero-dragón de la saga, el muy travieso Dimitri Nabokov.

MÁS. ¿Le sirvo un poco más de té, señor Nabokov? | Lolita | La decisión de Dimitri

Julio 26, 2009

Hills Like White Elephants

By Ernest Hemingway

The hills across the valley of the Ebro were long and white. On this siode there was no shade and no trees and the station was between two lines of rails in the sun. Close against the side of the station there was the warm shadow of the building and a curtain, made of strings of bamboo beads, hung across the open door into the bar, to keep out flies. The American and the girl with him sat at a table in the shade, outside the building. It was very hot and the express from Barcelona would come in forty minutes. It stopped at this junction for two minutes and went to Madrid.
'What should we drink?' the girl asked. She had taken off her hat and put it on the table.

'It's pretty hot,' the man said.

'Let's drink beer.'

'Dos cervezas,' the man said into the curtain.

'Big ones?' a woman asked from the doorway.

'Yes. Two big ones.'

The woman brought two glasses of beer and two felt pads. She put the felt pads and the beer glass on the table and looked at the man and the girl. The girl was looking off at the line of hills. They were white in the sun and the country was brown and dry.

'They look like white elephants,' she said.

'I've never seen one,' the man drank his beer.

'No, you wouldn't have.'

'I might have,' the man said. 'Just because you say I wouldn't have doesn't prove anything.'

The girl looked at the bead curtain. 'They've painted something on it,' she said. 'What does it say?'

'Anis del Toro. It's a drink.'

'Could we try it?'

The man called 'Listen' through the curtain. The woman came out from the bar.

'Four reales.' 'We want two Anis del Toro.'

'With water?'

'Do you want it with water?'

'I don't know,' the girl said. 'Is it good with water?'

'It's all right.'

'You want them with water?' asked the woman.

'Yes, with water.'

'It tastes like liquorice,' the girl said and put the glass down.

'That's the way with everything.'

'Yes,' said the girl. 'Everything tastes of liquorice. Especially all the things you've waited so long for, like absinthe.'

'Oh, cut it out.'

'You started it,' the girl said. 'I was being amused. I was having a fine time.'

'Well, let's try and have a fine time.'

'All right. I was trying. I said the mountains looked like white elephants. Wasn't that bright?'

'That was bright.'

'I wanted to try this new drink. That's all we do, isn't it - look at things and try new drinks?'

'I guess so.'

The girl looked across at the hills.

'They're lovely hills,' she said. 'They don't really look like white elephants. I just meant the colouring of their skin through the trees.'

'Should we have another drink?'

'All right.'

The warm wind blew the bead curtain against the table.

'The beer's nice and cool,' the man said.

'It's lovely,' the girl said.

'It's really an awfully simple operation, Jig,' the man said. 'It's not really an operation at all.'

The girl looked at the ground the table legs rested on.

'I know you wouldn't mind it, Jig. It's really not anything. It's just to let the air in.'

The girl did not say anything.

'I'll go with you and I'll stay with you all the time. They just let the air in and then it's all perfectly natural.'

'Then what will we do afterwards?'

'We'll be fine afterwards. Just like we were before.'

'What makes you think so?'

'That's the only thing that bothers us. It's the only thing that's made us unhappy.'

The girl looked at the bead curtain, put her hand out and took hold of two of the strings of beads.

'And you think then we'll be all right and be happy.'

'I know we will. Yon don't have to be afraid. I've known lots of people that have done it.'

'So have I,' said the girl. 'And afterwards they were all so happy.'

'Well,' the man said, 'if you don't want to you don't have to. I wouldn't have you do it if you didn't want to. But I know it's perfectly simple.'

'And you really want to?'

'I think it's the best thing to do. But I don't want you to do it if you don't really want to.'

'And if I do it you'll be happy and things will be like they were and you'll love me?'

'I love you now. You know I love you.'

'I know. But if I do it, then it will be nice again if I say things are like white elephants, and you'll like it?'

'I'll love it. I love it now but I just can't think about it. You know how I get when I worry.'

'If I do it you won't ever worry?'

'I won't worry about that because it's perfectly simple.'

'Then I'll do it. Because I don't care about me.'

'What do you mean?'

'I don't care about me.'

'Well, I care about you.'

'Oh, yes. But I don't care about me. And I'll do it and then everything will be fine.'

'I don't want you to do it if you feel that way.'

The girl stood up and walked to the end of the station. Across, on the other side, were fields of grain and trees along the banks of the Ebro. Far away, beyond the river, were mountains. The shadow of a cloud moved across the field of grain and she saw the river through the trees.

'And we could have all this,' she said. 'And we could have everything and every day we make it more impossible.'

'What did you say?'

'I said we could have everything.'

'No, we can't.'

'We can have the whole world.'

'No, we can't.'

'We can go everywhere.'

'No, we can't. It isn't ours any more.'

'It's ours.'

'No, it isn't. And once they take it away, you never get it back.'

'But they haven't taken it away.'

'We'll wait and see.'

'Come on back in the shade,' he said. 'You mustn't feel that way.'

'I don't feel any way,' the girl said. 'I just know things.'

'I don't want you to do anything that you don't want to do -'

'Nor that isn't good for me,' she said. 'I know. Could we have another beer?'

'All right. But you've got to realize - '

'I realize,' the girl said. 'Can't we maybe stop talking?'

They sat down at the table and the girl looked across at the hills on the dry side of the valley and the man looked at her and at the table.

'You've got to realize,' he said, ' that I don't want you to do it if you don't want to. I'm perfectly willing to go through with it if it means anything to you.'

'Doesn't it mean anything to you? We could get along.'

'Of course it does. But I don't want anybody but you. I don't want anyone else. And I know it's perfectly simple.'

'Yes, you know it's perfectly simple.'

'It's all right for you to say that, but I do know it.'

'Would you do something for me now?'

'I'd do anything for you.'

'Would you please please please please please please please stop talking?'

He did not say anything but looked at the bags against the wall of the station. There were labels on them from all the hotels where they had spent nights.

'But I don't want you to,' he said, 'I don't care anything about it.'

'I'll scream,' the girl siad.

The woman came out through the curtains with two glasses of beer and put them down on the damp felt pads. 'The train comes in five minutes,' she said.

'What did she say?' asked the girl.

'That the train is coming in five minutes.'

The girl smiled brightly at the woman, to thank her.

'I'd better take the bags over to the other side of the station,' the man said. She smiled at him.

'All right. Then come back and we'll finish the beer.'

He picked up the two heavy bags and carried them around the station to the other tracks. He looked up the tracks but could not see the train. Coming back, he walked through the bar-room, where people waiting for the train were drinking. He drank an Anis at the bar and looked at the people. They were all waiting reasonably for the train. He went out through the bead curtain. She was sitting at the table and smiled at him.

'Do you feel better?' he asked.

'I feel fine,' she said. 'There's nothing wrong with me. I feel fine.'

Junio 15, 2009

Invisibles

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Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aun a la impostura.

La Loteria en Babilonia, JL Borges

Entonces me juzgaron culpable, me declararon invisible por espacio de un año, a partir del 11 de mayo del año de gracia de 2104, y me llevaron a una habitación oscura situada bajo el tribunal para imprimirme la marca en la frente antes de dejarme libre.

Dos rufianes pagados por el municipio se encargaron del trabajo. Uno de ellos me arrojó sobre la silla, mientras el otro alzaba el hierro de marcar.

—No te dolerá nada —dijo aquel mono babeante al ponerme la marca en la frente. Y en efecto, noté cierto frescor y eso fue todo.

—Y ahora, ¿qué ocurre? —pregunté.

Pero no hubo respuesta y ambos se alejaron de mí, saliendo de la habitación sin decir una palabra. La puerta quedó abierta. Estaba libre para marcharme o para quedarme y pudrirme allí si lo deseaba. Nadie me hablaría ni me miraría más de una vez, sólo lo suficiente para ver la señal en mi frente. Yo era invisible.

Ver al hombre invisible, Robert Silverberg

Yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible


El hombre invisible
, Pablo Neruda

Junio 11, 2009

¿A qué huelen los libros? (vol. II)

smellofbooks.jpg

¡Albricias! Los tristes e-books que viven atrapados, como Jean-Baptiste Grenouille, en un cuerpo desprovisto de olores podrán disfrazar su ineficacia con uno de los aromas literarios que propone The Smell of Books. La interesante gama de fragancias incluye un eau de toilette para volúmenes victorianos, una nube de ácaros polvorientos para los amantes de Shakespeare y lo que imagino como un embriagador puñetazo a libro nuevo -pegamento, papel blanco y tinta barata- para sus Zafones, Boynes y Larssons digitales.

Quiero pensar que Eau, You Have Cats huele como la Shakespeare & Company y no como la casa de las señoras a las que visité una vez y que vivían con 28 gatos. Aunque a mi todo esto me recuerda poderosamente a aquel número de Superlópez en que desarrollan el spray de chuletón...

Una vez lo compren, ¡a ver cómo lo usan! Según el fabricante pueden causar alucinaciones y no sirven para revivir un libro de verdad desodorizado. Y un consejo personal de esta su casa: si usted mismo quisiera oler como una manada de libros, no descargue ninguna de estas latas contra su propia persona; en su lugar pruebe Dzing! de Lártisan antes de que lo saquen de catálogo. Creo que es cosa inminente.

MÁS. ¿A qué huelen los libros?

Mayo 31, 2009

Yukio Mishima: Patriotismo

Mishima hizo una única y reveladora incursión en el cine, en la que fue director, guionista y protagonista y en la que, como no podía ser de otra manera, se desnuda, enseña la chocolatina y se entrega a un ritual por desentrañamiento con una geisha bellisima e impávida. Aunque su viuda destruyó todas las copias de Patriotismo (Yûkoku) tras la muerte de Mishima en noviembre de 1970, alguien salvó el negativo, y la cinta se recuperó 35 años más tarde.

Como ustedes saben sin duda, el seppuku es un suicidio doloroso, sucio y propenso al desastre. Es código samurai y no basta con pincharse; hay que hacerse un siete en el vientre y quedarse a la mitad es una deshonra tan enorme que en general es mejor no intentarlo. Aunque Mishima cumplió con un proceso para el que sin duda llevaba décadas preparándose, su muerte quedó finalmente manchada por la deshonra cuando el mariquita de su amante y asistente Masakatsu Morita fue incapaz de acabar el trabajo y decapitarlo con el sable del siglo XVII que le había dado el escritor. Tuvo qe venir un tercero y rematar al pobre hombre que agonizaba malamente con las tripas colgando en el despacho de un comandante al que acababan de secuestrar para un golpe de estado.

Muy excelente corrección de Pellicer en los comentarios:Según el bushido, quien incurrió en deshonra fue Morita, no Mishima. Y la ceremonia, pese a la casquería, quedó inmaculada.

El puesto de ayudante en los seppuku era muy poco apreciado por los samuráis pues, como se dice en el Hagakure, "el ayudante nunca encuentra el reconocimiento ya que el acto sublime pertenece al ejecutante del seppuku. Sin embargo, suele suceder que el ayudante, por su falta de destreza, quede deshonrado para siempre ante los demás".

Tal era así, que en muchas ocasiones el puesto se ofrecia a algún samurái que no caía demasiado bien al suicida (la oferta era irrechazable según el bushido)

En todo caso, la torpeza del ayudante nunca deslucía la actuación del suicida. Lo que dejó bastante en entredicho la figura de Mishima como intelectual fue la completa inutilidad de su complot.


I

El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir.

La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: "¡Vivan las Fuerzas Imperiales!" La de su esposa, luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba, concluía: "Ha llegado el día para la mujer de un soldado". Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés.

Hacía sólo dieciocho meses que se habían casado.


II

Los que contemplaron el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar, quizás tanto como quienes habían asistido a la boda, el elegante porte de la pareja.

El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud.

En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla. Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.

Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Quizás fuera sólo efecto de la imaginación, pero, al observar el retrato, parecía casi que los dos jóvenes, ante el biombo dorado, contemplaran, con absoluta claridad, la muerte que los aguardaba.

Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya. En realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada, de tres dormitorios y con un pequeño jardín detrás. Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol.

No tenían sirvientes y Reiko cuidaba del hogar en ausencia de su marido.

El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional. El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial. Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Quizás al día siguiente. No importaba cuándo. ¿Estaba ella conforme con aceptarlo? Reiko se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más preciado bien, un puñal regalado por su madre. Se comprendieron perfectamente sin necesidad de palabras y el teniente no puso nunca más a prueba la resolución de su mujer.

Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la belleza de Reiko se hizo cada día más radiante. Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.

Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos, su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche. En más de una ocasión, al volver a su hogar directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la puerta de la casa. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas, Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz.

El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión.

El teniente recordaba a su mujer durante el día en los cortos periodos de descanso entre su entrenamiento y su retorno al hogar, y Reiko no olvidaba a su marido en ningún momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad. A Reiko no le sorprendía en lo mas mínimo que un hombre que había sido un extraño hasta algunos meses atrás se hubiese convertido en el sol alrededor del cual giraban su vida y su mundo.

Esta relación tenía una base moral y seguía fielmente el mandato de los Principios de la Educación en los que se estipula que "la armonía reinará entre el marido y la mujer". Reiko no encontró jamás la ocasión de contradecir a su marido, y el teniente no tuvo motivo alguno para reñir a su mujer.

En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia.

La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos.

III

Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente. Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.

Algo más tarde, Reiko escuchó por la radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia. Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas.

Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Moriría con él.

Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.

Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados.

Tomó la ardilla en su mano y la observó. Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza los principios, vitales como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado.

Ahora solamente acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado definitivamente con pasiones más intensas.

Reiko jamás había supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos. Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su acicalado kimono meisen podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del teniente, una cálida humedad que, desde su piel, desafiaba al frío.

No experimentaba absolutamente ningún temor por la muerte que rondaba en la cercanía. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía en lo más hondo que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en una sola cosa con el pensamiento de su marido.

A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes. Éstas eran noticias de muerte. Se preguntaba ansiosamente, a medida que la situación se hacía más difícil, por qué no se emitía una Ordenanza Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional, se había convertido gradualmente en algo llamado motín. El regimiento no había dado ningún comunicado y se suponía que, en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún cubiertas de nieve.

El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko. Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador, la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha, no emitía sonido alguno. Sin embargo, no dudó de la presencia de su marido. Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta .Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro.

Reiko no comprendió por qué Shinji cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.

-Bienvenido a casa -la joven ejecuta una profunda reverencia a la cual su marido no responde. Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote. Ella quiso ayudarlo. La chaqueta, que estaba fría y húmeda y había perdido el olor a estiércol que tenía normalmente cuando se la exponía al sol, le pesaba en el brazo. La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas. Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: la habitación de seis tatami.

Bajo la clara luz de la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible. Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad.

En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.

Reiko se abstuvo de preguntar si debía preparar la comida.

-Yo no sabía nada -dijo el hombre al cabo de un silencio-. No me pidieron que me uniera a ellos .Quizás no lo hicieron al saberme recién casado. Kano, Homma y, también, Yamaguchi.

Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados.

-Quizás mañana se publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes. Estaré a cargo de la unidad con órdenes de atacarlos... No puedo hacerlo. Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-. Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche. Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica. No puedo hacerlo, Reiko...

Reiko estaba sentada, muy tiesa, con los ojos bajos.

Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte. El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones.

Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo.

Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior. Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras.

-Bien, entonces... -el teniente abrió, grandes, los ojos. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.

Reiko no vaciló.

-Estoy preparada -dijo-, permíteme acompañarte.

El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa. Sus palabras comenzaron a fluir rápida y fácilmente, como expresadas en delirio.

Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento.

-Bien. Nos iremos juntos. Pero, antes, quiero que seas testigo de mi muerte.

Ya de acuerdo, sus corazones se vieron inundados por una repentina felicidad.

Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su mujer, demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y esto era aun más importante, aunque había rogado a Reiko que muriera con él, ni siquiera intentaba matar a su esposa primero, sino que dejaba aquel momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí, verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero.

Cuando Reiko dijo: "Permíteme acompañarte", el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji... No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente, sólo por amor.

Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.

-El agua está caliente. ¿Te darás un baño ahora?

-Sí, por supuesto.

-¿Y la comida...?

Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico, que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.

-No creo que sea necesario. ¿Podrás calentar un poco de sake?

-Como quieras.

Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.

Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda la alegría del mundo, y ahora -sintiendo que iba a perderla para siempre- contenía una frescura mas allá de toda experiencia. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo.

Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo.

-Primero, el baño, y luego, después de tomar sake... Prepara las camas arriba, ¿quieres?

El teniente susurró algo en el oído de su mujer, y ella asintió silenciosamente.

El teniente se quitó apresuradamente el uniforme y se dirigió al baño.

Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.

Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda que respondían a los movimientos de sus brazos.

Nada sugería algún acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.

Sus manos no temblaban y se mostraba más eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.

Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.

El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.

Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir, enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.

El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo.

Acercó más aun la cara al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó cuidadosamente. Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante.

Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente.

Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.

Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente.

-Ven aquí-dijo el teniente.

Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.

El teniente contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes.

Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Y repentinamente, sin que se alterara su belleza por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar lentamente bajo las largas pestañas y corrieron como hilos brillantes por sus mejillas.

Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. El tiempo que transcurrió esperando a su mujer no fue más largo de lo habitual.

Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia.

El teniente nunca había gozado de una libertad tan absoluta.

Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre. A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu.

Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.

Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo.

Ella estaba de pie frente a él, vistiendo su yukata.

El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda, sentir que las axilas se cerraban suavemente sobre sus manos, encendió aun más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos frente al brillante fuego de la estufa.

No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras "ÚLTIMA VEZ" hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos.

El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las bocas, adentrándose en su interior suave y húmedo, y fue como si las aún desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.

-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar... -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.

Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.

El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares... Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora.

La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los brazos emergían malsanamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero sin perder su redondez ni simetría.

Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible, y a medida que la excitación aumentaba en aquel cuerpo que había dejado de mostrarse pasivo, un aroma de flores ardientes se hacia cada vez más penetrante.

Reiko habló, por fin, con voz trémula:

-Muéstrame... Déjame mirar por última vez...

Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían. El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Ella alzó ágilmente su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente deseo de devolverle todo cuanto había hecho por ella, puso los dedos sobre los ojos de Shinji y los cerró suavemente.

Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes. Reiko comenzó a besarlos, se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos semejantes a escudos de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura. La piel desnuda del teniente relucía como un campo de cebada y podía observar los músculos en relieve convergiendo sobre el abdomen alrededor del ombligo pequeño y modesto.

Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.

Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. Resulta fácil imaginar a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba exhausto luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. Sus pechos húmedos estaban fuertemente apretados y cada milímetro de aquellos cuerpos jóvenes y hermosos se habían compenetrado tanto con el otro que parecía imposible que se separaran jamás.

Reiko gritó.

Desde las altura se sumergieron en el abismo, y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte...

Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.

IV

Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio. Ademas, hubiera lamentado enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos abusando de esos goces.

Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka. Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha.

Deleitándose en su propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad .Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de los que sus cuerpos no disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.

También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla.

-Podemos prepararnos -dijo el teniente.

La determinación que encerraban sus palabras era inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas inflexiones en su voz.

Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.

Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados.

-Aquí bebieron Kano y Homma y Noguchi...

-Sí, eran todos grandes bebedores.

-Nos reuniremos pronto con ellos en el otro mundo. Se burlarán de nosotros cuando adviertan que te llevo conmigo.

Al bajar la escalera, el teniente se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación iluminada por la lámpara. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.

El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja. El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Mientras tanto, Reiko doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido; ordenaba la túnica del uniforme, los pantalones y un taparrabos blanco recién cortado; disponía unas hojas de papel sobre la mesa del comedor para las notas de despedida. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.

Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él. Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse.

El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.

Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. El teniente la había colocado bajo la lámpara .Las gruesas pinceladas solo decían:

"¡Vivan las fuerzas imperiales! - Teniente del ejército, Takeyama Shinji."

El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.

Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio. Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él.

Acomodaron las notas de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta baja.

Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban "Sinceridad", lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.

Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. El toque de pintura en sus labios parecía aun más seductor sobre el severo fondo blanco.

Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas. Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza.

Finalmente, el teniente habló con voz ronca:

-Como no voy a tener quién me ayude, me haré un corte profundo. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia. No debes dejarte atemorizar, ¿comprendes?

Reiko asintió con una profunda inclinación de cabeza.

Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.

Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa... Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.

"Este debe ser el pináculo de la buena fortuna", pensó. El hecho de que aquellos hermosos ojos observaran cada minuto de su muerte, equivaldría a ser llevado al más allá en alas de una brisa fragante y sutil.

Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.

El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.

-Es hora de partir -dijo, por fin.

Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería arruinar su maquillaje con las lágrimas que le resultaban imposibles de contener.

Cuando finalmente alzó la mirada, vio borrosamente, a través de las lágrimas, que su marido había enroscado una venda blanca alrededor de su espada ahora desenvainada; sólo dejaba en la punta doce o quince centímetros de acero al desnudo.

Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer. Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Tomó el taparrabos con ambas manos y lo tiró hacia abajo para dejar más libre al estómago. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja.

Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel. La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz.

Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho. Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio.

Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre sus músculos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación.

Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuánto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.

Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.

"¿Es esto el seppuku?", pensó.

Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación.

Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir.

Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.

Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo a él.

La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.

La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos.

El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.

Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko. En cambio, ahora, mientras que la existencia de su marido en el dolor era una realidad viviente, Reiko no podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.

Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.

El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo. Al advertirlo, Shinji sintió un renovado coraje.

El volumen de la sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba por la herida como originado por el latir del pulso. La estera estaba empapada de sangre que seguía renovándose con aquella que chorreaba de los pliegues del pantalón kaki del teniente. Una salpicadura, semejante a un pájaro, voló hacia Reiko y manchó la falda de su kimono de seda blanca. Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalándose de sangre y grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aun más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramándose sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las insignias doradas brillaban a la luz.

Todo estaba lleno de sangre. El teniente estaba empapado de ella hasta las rodillas, y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada con una mano en el piso. Un olor acre inundaba la habitación. La cabeza del hombre colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas, estaba totalmente expuesta y aun sostenida por la mano derecha del teniente.

Sería difícil imaginar una visión más heroica que la del teniente reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás. La violencia del movimiento hizo que la cabeza del teniente chocara contra uno de los pilares de la alcoba.

Hasta aquel momento, Reiko había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de la sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que alzar la vista.

El rostro del teniente no era el del hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aun sosteniendo laboriosamente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello.

Reiko contempló cómo su marido intentaba este último, conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de sangre y grasa, la punta se descargaba una y otra vez sobre la garganta. Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contra las insignias del cuello del uniforme que se había cerrado nuevamente y protegía la garganta.

Reiko no soportó aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de Shinji, pero le resultaba imposible ponerse en pie. Se arrastró de rodillas y su falda se tiñó de un rojo intenso. Se colocó detrás de su marido y lo ayudó abriendo solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta. Reiko tuvo la sensación de haber empujado a su marido hacia adelante.

No fue así. El teniente había dado una última demostración de fortaleza. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca. El teniente permaneció inmóvil mientras un tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.

V

Reiko descendió lentamente la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación superior reinaba ahora la más absoluta calma.

Encendió las luces de la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua sobre el carbón humeante y semiapagado del brasero. Se detuvo frente al espejo de la habitación de cuatro tatami, y medio alzó su falda. Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo largamente en el baño. Aplicó una generosa capa de rouge sobre sus mejillas y también abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a agradar a su marido. Se maquillaba para el mundo que estaba a punto de abandonar. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera dispuesta frente al espejo. Reiko no lo tuvo ya en cuenta.

La joven se detuvo al pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado el pestillo de la puerta la noche anterior en un acto de preparación a la muerte, y durante un instante se sumió en la consideración de un simple problema, ¿dejaría el cerrojo echado? De hacerlo así, podrían transcurrir varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. A Reiko no le agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta...

Abrió el cerrojo y dejó la puerta de vidrios escarchados ligeramente entreabierta. El viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle, era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.

Reiko dejó la puerta entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a otro. La sangre ya se había secado en sus medias .De pronto, un olor peculiar llegó hasta ella.

El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aun. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga y, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por ultima vez.

Luego tomó del armario una bata blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió la manta alrededor de su cintura y la sujetó firmemente con el cordón.

Reiko se sentó muy cerca de Shinji. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó a su lengua. El gusto del acero bruñido era ligeramente dulce.

Reiko no perdió tiempo. Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar ahora parte de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de penetrar en un reino que el amado Shinji ya había hecho suyo.

Había percibido algo inexplicable en la fisonomía agonizante de su marido. Algo nuevo. Le sería dado, pues, resolver el enigma.

Reiko sintió que, por fin, también podría participar de la verdadera y amarga dulzura del gran principio moral en que había creído el teniente.

Empujó entonces la punta de la daga contra la base de su garganta. La empujó fuertemente. La herida resultó poco profunda. Le ardía la cabeza y sus manos temblaban de forma incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una sustancia caliente le anudó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aun más profundamente la daga en su garganta.


Mayo 26, 2009

Brilliant Books

donkey-elephant-1.jpgLo recorté para Antonio, aunque imagino se que ya lo habrá leído en el New York Times: David Brooks agarra la historia de América según el profesor Schama y escribe una de las críticas más graciosas y despiadadas que he leído en mucho tiempo, además de radiografiar un virus editorial que no solo acosa a La Tierra de la Libertad.

The Brilliant Book is the sort of book written by a big thinker who comes to capture the American spirit while armed only with his own brilliance.

He usually comes during an election year so he can observe the spectacle of the campaign and peer into the nation’s exposed soul. He visits the stationsof officially prescribed American exotica. He will enjoya moment of soulful rapture at a black church. He will venture out to an evangelical megachurch (and combine condescension with self-congratulationby bravely announcing to the world that these people are more human than you’d think). He will swing by and be brilliant in rambunctious Texas. He’ll be brilliant in the farm belt, brilliant in Las Vegas, reverential in Selma and profound in Malibu.

Along the way, his writing will outstrip his reportage. And as his inability to come up with anything new to say about this country builds, his prose will grow more complex, emotive, gothic, desperate, overheated and nebulous until finally, about two-thirds of the way through, there will be a prose-poem of pure meaninglessness as his brilliance finally breaks loose from the tethers of observation and oozes across the page in a great, gopping goo of pure pretension.

These are the moments we Brilliant Book aficionados live for.

Y así sigue. Cuando dice lo de Torcqueville casi parece Antony Lane...


Alexis de Tocqueville introduced the genre and ruined it by actually being brilliant. In the 19th century Brilliant authors came with their superior European sensibilities. In the 1980s, Jean ­Baudrillard came armed with Theory and set the modern standard by dropping puerile paradoxes from coast to coast: “Americans believe in facts, but not in facticity.” Brilliant! “Here in the most conformist society the dimensions are immoral. It is this immorality that makes distance light and the journey infinite, that cleanses the muscles of their tiredness.” Brilliant!

Today, Brilliant writers seem to come with camera crews, and they seem to do much of their reporting while the crews set up their visuals. I enjoyed Bernard-Henri Lévy’s meditation a few years ago, and now the great historian Simon Schama has entered the field.

Schama was born in Britain and makes documentaries for the BBC, but he has spent more time in the United States than most Brilliant authors, having taught at Harvard and now Columbia. But this is very much an outsider’s book, and if Schama doesn’t come from a strictly European perspective, let’s just say he comes from the realm of enlightened High Thinking that exists where The New York Review of Books reaches out and air-­kisses The London Review of Books.

His book is called “The American Future: A History” (which is a puerile paradox before you even open the cover), and it has nothing whatsoever to do with the American future.

Schama toured the country in an election year and went to a few rallies — Obama, Clinton. McCain, Romney. He did the megachurch thing, apparently coming away with the impression that the Christian Coalition is still a vibrant organization. He measured the sensibilities of his candidates and found, as you’d expect, that Barack Obama was very much to his liking.

The modern reportage is pretty thin, and as you are reading these pas­sages your main interest is in figuring out how he is going to segue from the present, which is his service to the publishing industry, to the past, where his real talent lies. How is he going to get from, say, John McCain to the 18th-century botanist Billy Bartram? These transitions require great effort and hence arouse great interest.

Once safely in history and liberated from the insufferable demands of the Brilliant Book genre, Schama is of course quite good. His specialty is finding interesting midlevel characters from the buried mounds of history and telling their stories. In the first great chunk of the book, he tells the stories of the Meigses, a fascinating military family that has passed down the twin ideals of service and civilization from generation to generation.

By Schama’s account, in the early 18th century “a young Meigs” was rebuffed by the young woman he hoped to marry. He was mounting his horse to ride away when the woman relented and cried out, “Return Jonathan Meigs.” He therefore named his first son Return Jonathan Meigs, and before long Return Jonathan became a hero in the Revolutionary War.

Montgomery Meigs, a descendant, became quartermaster general for the Union Army during the Civil War — his “righteous anger translated into cold efficiency,” as Schama writes. He and his wife, Louisa, lost a son in the war, and mourned him fiercely.

“He seems to have left his footprints everywhere in this house, traces of his hand in books or work of some kind I encounter every day,” Louisa wrote. “He has left such a void, such an aching void in Mont’s heart and mine that we must go down to our graves sorrowing. . . . Mont never dwells on this sorrow, he seldom speaks of our dear boy. I know it pains him to do so but he could not find indulgence for his grief as I do but it has entered his inmost soul.”

There are many fine characters like that in the book: Jerena Lee, a black woman who traveled the country and delivered 692 sermons in 1835 alone; George White, who managed a choir in the 1870s to raise money for Fisk University; Grace Abbott, who worked with Jane Addams at Hull House in Chicago and published a groundbreaking book on immigration as the United States entered World War I.

These gripping portraits are grouped in broad categories — war, religion, race —but Schama has no argument to promote, just stories to tell and a sensibility to exude. My major complaint with Schama’s history is that he reduces everything to pat morality plays, with the forces of enlightened Right Thinking squaring off against the villainous forces of reaction. Pro-immigrant activists are saints, and anti-immigrant restrictionists are villains. Peace-loving Jeffersonians are enlightened, and hawkish Hamiltonians are power-mad.

Surely it is an oversimplification to call Douglas MacArthur “the incarnation of Hamilton.” Surely, it’s a little simplistic to portray Theodore Roosevelt purely as a bully-boy warmonger and Andrew Jackson as an early Bull Connor. They were both more complicated than that.

But one is prone to forgive Schama these prejudices. If you’re making a documentary, then each incident has to be in the form of a “60 Minutes” episode, with good guys and bad guys. It is only natural that his evaluations would reflect the standard sensibilities of his milieu.

Besides, he’s a man trapped in the most punishing of literary cages. Jacques Barzun once observed that of all the books it is impossible to write, the most impossible is a book trying to capture the spirit of America (I first read this truth when I was three-quarters of the way through my own attempt). Schama has assigned himself a mission impossible. No one should wish a Brilliant Book upon any other human. And at least we can say that while Simon Schama, the Man of Brilliance, comes away from this book bruised and limping, at least Simon Schama the outstanding historian still survives.


David Brooks is an Op-Ed columnist for The Times.

Mayo 24, 2009

Cortazar inédito

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Hoy en El Pais, bajo el proverbial lametón de cojones a la curiosa mezcla de hombre teórico y tipo de acción que habita hoy el Reina Sofía, hay cuatrro textos de los que Aurora Bernárdez encontró manuscritos hace tres años entre las cosas de su difunto marido, y cuya totalidad publica Alfaguara esta semana que entra bajo el título Papeles inesperados.

Se trata de tres Cronopios y la historia poco corriente -no sabría si inacabada o de final abrupto- de un chantaje accidental y descacharrante, que podría dar lugar a una estupenda comedia del horror castizo en manos del Vigalondo de Código 7 y las 7:35, si tuviera tiempo y ganas.

Copio un fragmento:

Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

[Sigue leyendo el Manuscrito hallado junto a una mano en El Pais]


Aun no se qué pensar de esta fiebre de lo inédito. Por un lado me retuerzo pensando qué sería de mí si alguien cogiera las porquerías que jamás publiqué ni publicaría -artículos que se me pudrieron por el camino, poemas sobre alguno de los imbéciles de los que me enamoré antes de los 20- y me las echara encima como una manta de hormigón armado. Me entristece que la viuda del pobre Bolaño se haya lanzado en brazos de Andrew Wylie, el Chacal, en lugar de cumplir con los deseos del difunto y dejarlo todo en manos de Echevarría y la venebable Carmen Balcells.

Por otro, me maravilla la solidez inmediata con la que entramos en la obra de Bacon mirando los restos de su estudio y la pila de documentos íntimos -sus cuadernos de pintura, sus recortes de periódico y manuales de lucha- juntos en una habitación.

Mayo 21, 2009

El reino de las sombras

img-front.jpgLeyendo libros que se acumulaban en mi mesilla me he topado con un artículo maravilloso que debería haber estado en mi libro de autómatas, por razones que solo se revelarán durante la lectura del mismo. Maximo Gorky visita el programa de los hermanos Lumière en Nizhny-Novgorod, la feria rusa que organiza el empresario victoriano Charles Aumont y escribe un texto que publicaría tres días más tarde, el 4 de julio de 1896, bajo el seudónimo I.M. Pacatus: Anoche visité el reino de las sombras.

Anoche visité el Reino de las Sombras. Si supierais cuan extraño es estar allí. Es un mundo sin sonido, sin color. Allí, todo - la tierra, los árboles, la gente, el agua y el aire - está sumergido en un gris monótono… No es la vida, sino su sombra… Y todo ello en un extraño silencio en el que no se oye el chirriar de las ruedas, ni los pasos, ni las palabras. Ni una sola nota de esa intrincada sinfonía que siempre acompaña a los movimientos de las personas

Qué texto más iluminador para acompañar a Lo Siniestro de Freud.

Yo lo he leído en el Libro de Fantasmas de la editorial 451, una edición irregular pero atípica de Juan Sebastián Cárdenas con un bellísimo fotograma del Solaris de Tarkovski en la portada, Allí dicen que es la primera traducción al castellano, aunque yo lo he encontrado también aquí.

El texto completo (la Red tiene caminos misteriosos) lo podrán leer después del salto, con el programa que tanto impresionó a Gorki.


EL REINO DE LAS SOMBRAS
por Maximo Gorki (4 de julio de 1896)

Ayer viajé al reino de las sombras. Es una región inconcebiblemente extraña, despojada de sonidos y colores. Todo, la tierra, los árboles, las personas, el aire, el agua, está pintado en grisalla. Se ven ojos grises en rostros grises. Un sol plomizo brilla en un cielo gris, y las hojas de los árboles son de un gris ceniciento. La vida se reduce allí a una sombra, y el movimiento, a un fantasma silencioso.

Estoy a punto de verme tratado de loco o de simbolista, y me veo obligado a explicarme. Esto ocurrió en el café Aumont, donde mostraban el cinematógrafo, las imágenes animadas de los hermanos Lumiére. Este espectáculo me causó una impresión tan compleja y singular que, incapaz de pintar su infinita diversidad, me conformaré con evocar su naturaleza lo más fielmente posible. Apagada la sala, una imagen grisácea surge en la pantalla, como la sombra empalidecida de un grabado malo. Una calle de París. En ella reconoce uno, en una inmovilidad petrificada, coches, edificios, personas en diferentes poses. Todo es gris, incluso el cielo. Esta imagen trivial no despierta ninguna curiosidad entre el público, que ya ha visto representadas innumerables arterias parisienses. Pero, de repente, con una extraña vacilación, la imagen se anima. Los coches se ponen en marcha y, amenazadores, ruedan derechos hacia el espectador sentado en la oscuridad. Al fondo aparecen siluetas indistintas, que crecen a ojos vista a medida que se acercan. Delante, unos niños juegan con un perro, los peatones cruzan la calle zigzagueando entre los vehículos, los ciclistas pasan y vuelven a pasar. Todo es pura vida, urgencia, movimiento. Todo se mueve y luego se desvanece.

Pero esta actividad se pierde en un silencio extraño; no se oye ni el fragor de las calles, ni el eco de los pasos, ni el de las conversaciones. Nada, ni una sola nota de la complicada sinfonía que acompaña los movimientos humanos. En silencio, el viento agita el follaje color ceniza. En silencio, seres grises se deslizan por el suelo gris, condenados al mutismo eterno, privados por un castigo cruel de los colores de la vida. Sus gestos llenos de energía son vivos, hasta el punto de que resulta difícil seguirlos, pero la vida ha abandonado sus sonrisas, y su risa es muda, a pesar de la hilaridad que contrae sus rostros grisáceos. La vida surge ante nuestros ojos, apagada, sin voz, sombría y lamentable, con sus múltiples colores desteñidos.

Es un espectáculo terrible. Y, sin embargo, no es un teatro de sombras. Uno piensa en esas ciudades que un fantasma, una maldición, un espíritu maligno, han sumido en un sueño eterno. Parece que Merlín el Encantador nos enseña una de sus malas pasadas: ha hechizado una calle, reduciendo sus edificios imponentes, desde el techo a los cimientos, a un tamaño insignificante, empequeñeciendo proporcionalmente a las personas y privándolas de la palabra, y ha difuminado los colores del cielo y de la tierra hasta fundirlos en una grisalla uniforme. Después, ha cogido su creación grotesca y la ha plantado en una sala de restaurante con las luces apagadas.

Hay unos chasquidos, y todo desaparece de pronto. Surge un tren que, como una flecha, se lanza directamente sobre el espectador. ¡Cuidado! Abalanzándose en la oscuridad, se dispone a transformarle a uno en un saco de piel mutilada, lleno de picadillo humano y huesos rotos, y teme uno que destruya esta sala, esta casa donde abundan el vicio, las mujeres y la música, donde el vino corre a raudales, y no deje tras de sí más que ruinas y polvo. Pero, en realidad, no es más que un tren fantasma.

Mayo 04, 2009

Ocurrió cerca de su casa

mesa-nacional-m-b.gifSi un día entran en casa de un conocido y descubren una colección completa de Mondo Bruttos, sepan que estan ustedes ante un individuo al que no le gusta prestar nada. Es un hecho que si prestas un Mondo Brutto anterior al 97, jamás vuelve a tus manos. ¡Y ya no se pueden comprar! Por eso era tan buena noticia que Fruno se haya comprado un scanner y no le guste prestar; así los que perdimos nuestros ejemplares buenos podemos llorar sobre la pantalla y las nuevas generaciones descubrir que hubo una vez un MB que acabó para siempre con nuestra inocencia.

La noticia no es tal, porque ocurrió hace dos años. Pero si yo no me enteré entonces quizá ustedes tampoco y yo no pierdo nada con decirlo y ustedes se llevan la perra gorda sabiendo que la prehistoria Brutta reposa en el Rapidshare.

Los enlaces, después del salto.

Mondo Brutto Número 0 (PDF)

Mondo Brutto Número 1 (CBR)

Mondo Brutto Número 2 (PDF)

Mondo Brutto Número 3 (PDF)

Mondo Brutto Número 4 (PDF)

Mondo Brutto Número 5 (PDF)

Mondo Brutto Número 6 (PDF)

Mondo Brutto Número 7 (PDF)

Mondo Brutto Número 8 (PDF)

Mondo Brutto Número 9 (CBR)

Mondo Brutto Número 11 (PDF)

Mondo Brutto Número 13 Parte 1, Parte 2, Parte 3. (RAR EN 3 partes)

Mondo Brutto Número 14 (PDF)

Mondo Brutto Número 15 (CBR)

Mondo Brutto Número 16 (PDF)

Gracias PC!

Mayo 02, 2009

Manda a tus libros de viaje

Paraguay.C532.jpgUno de los grandes proyectos que quedó sin acabar en nuestra sección de adn.es era un tema de reciclaje: los libros. ¿Qué haces con los libros que tu ya no necesitas pero otros sí? Lo fácil es venderlos por eBay, Amazon o en una tienda especializada. O, si tienes pocos, soltarlos en el Bookcrossing. O, si tienes muchos, llevarlos al contenedor de papel para que al menos se reencarnen en cartones. Pero, ¿y si los quieres regalar? Paradojicamente, es más sencillo poner en circulación la ropa usada que los libros leídos; ni siquiera las bibliotecas aceptan libros de segunda mano porque no tienen sitio para los nuevos, mucho menos para quince ediciones de Cien años de Soledad, por muy lectura obligada que sea.

Yo pensaba llevar mis cajas de libros que no necesito a la librería de una amiga, pero el destino los ha puesto mirando a Paraguay.

Tienen hasta las 8 de la tarde.

Marzo 28, 2009

¿A qué huelen los libros?

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Si tienen algun libro viejo y se les ha oscurecido, con ese color tostado uniforme de los libros que envejecen bien, ábranlo por cualquier página y entierren allí la nariz. ¿No huele a vainilla? El motivo, según descubrí hace unas semanas, es la Lignina.

La Lignina es el polímero orgánico más abundante en el mundo vegetal. Su trabajo es, a grandes rasgos, darle firmeza a la madera para que los árboles permanezcan erguidos más allá de los dos metros de alto y no los devoren los microorganismos y enzimas. Es, en definitiva, un endurecedor. Según leo, las empresas papeleras gestionan la cantidad de lignina de acuerdo a sus necesidades: mucha para el cartón y el papel de embalar, que deben ser resistentes y pueden ser de color marrón; menos para los periódicos (que total caducan en un día) y muy poca lignina para los libros, para que se conserven blancos el mayor tiempo posible.

Cuando la lignina se oxida, pasan dos cosas. La primera es que el papel amarillea, por eso nuestros libros viejos están tostados por los bordes y más blancos por el centro. La segunda es el olor. Aparentemente, la lignina es prima hermana de la vainillina, estrella de la industria perfumera desde que fuera sintetizada por Ferdinand Tiemann y Wilhelm Haarmann en 1874 a partir de la savia de pino. Por eso cuando entramos en una biblioteca llena de libros antiguos, entre el polvo y la madera, podemos oler la vainilla, el perfume favorito de los amantes de los libros y un reclamo natural que te hace querer quedarte en esos lugares maravillosos para siempre.

Lo libros nuevos tienen poca lignina; algunos no tienen ninguna y por eso cada vez amarillean menos y huelen siempre igual de mal. Y también por eso este blog existe y se llama La Petite Claudine. Mi edición de las Claudines de Colette (Ediciones G.P., 1968) ya olía a vainilla cuando un viejito de la feria del libro antiguo me la regaló. Desde entonces, lo tengo siempre cerca y me lo llevo a todas partes para olerlo cuando necesito sentirme más cerca de casa.

Marzo 25, 2009

Upon seen the absence of original sin in creative academic discourse

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John Campbell medita sobre la la nueva biografía de Flannery O'Connor y sobre el retorcido arte de la biografía en general.

Gracias Jessa!

Marzo 24, 2009

Happy Ada Lovelace Day!!

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Cuando le dije a mi padre que estaba escribiendo sobre Ada, me miró con desdén y me dijo entre dientes: ¿y no perderías menos el tiempo investigando a Mary Sommerville, que al menos hizo algo que se puede explicar sin metáforas? Después de dos años, me ha dado la razón: Ada hizo muy poco, pero lo que hizo fue tan importante, tan clarividente y tan necesario que merece la pena recordarla tanto como recordamos a su padre. Por eso hoy por fin se ha declarado el Día Internacional de Ada Lovelace.

La fiesta lleva reunidos a más de 1500 bloggers, varios periódicos avispados y lovelacianos. Y una servidora, que se ha enterado casi tarde, pero se ha enterado gracias a Honor, que está en todos lados a la vez y es tan bella y generosa por dentro como por fuera.

Por si los enlaces que incluyo no despiertan su interés: Ada Lovelace, nacida Ada Byron (Byron de ese Byron), escribió las primeras líneas de código para una máquna que no llegó a ver completada, la máquina analítica de Charles Babbage, en 1843, Ya entonces, Lady Lovelace llegó a imaginar lo imposible; que una máquina podría componer música, generar gráficos y convertirse en la herramienta más revolucionaria de la comunidad científica. Cuando el Departamento de Defensa americano desarrolló su primer lenguaje de programación, en 1979, lo bautizó Ada en su honor.

Desde entonces Ada se ha convertido en una verdadera celebridad, gracias a su intervención post-mortem en algunas novelas de corriente cyber/steampunk (Bruce Sterling, Neil Stephenson, Thomas Pynchon, etc) y, en ciertos círculos, en la Sylvia Plath de la programación, santo y mártir de la causa feminista. No para mi: sus cualidades -al contrario que las de Mary Sommerville- fueron cuidadosamente regadas y formidablemnete alentadas por todos aquellos que tuvieron un papel en su vida, desde su señora madre que la obligó a estudiar matemáticas para enderezar sus potenciales genes poéticos hasta su marido, que se ocupó del cuidado y la educación de sus hijos para dejarla estudiar con los mejores científicos de la época que acuñó la palabra científico, posiblemente la más brillante de la historia de Inglaterra. Y nada de todo eso la hace menos interesante sino más.

Como su padre, Ada Lovelace murió joven y enloquecida, después de vivir una vida de extremos y reinventar el lenguaje metafórico para hacer bailar una máquina imaginaria. Por eso y porque era bonita, inteligente y valiente, Feliz Día de Ada Lovelace a todos ustedes también.

Enero 28, 2009

Adios, conejo

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John Updike ha muerto.
¿Has leído a John Updike?

El pais publica la última entrevista que le hizo: El azote de la clase media | NYT: ALyrical Writer of the Middle-Class Man | The Guardian: American Splendor | Newyorker: Remembering Updike | National Post: A rich run remembered | Washington Post: The Realist

Martin Amis: He took the novel onto another plane of intimacy | Troy Patterson: Rabbit at test | Edmundo Paz Soldán: La radiante esperanza

FOTOS: John Updike: A life in pictures

Enero 27, 2009

Punto de fuga

imbecilydesnudo.jpgAyer, mientras escribía sobre el libro de Rubén, me di cuenta del problema: siempre que alguno de los colegas quiere decirle algo bonito le llama cosas como 'mostro' o 'cabrón', por desprenderse -intuyo- de una posible sombra homoerótica que oscurezca futuros encuentros.

Como yo soy una señorita y ya me he arrojado a sus metafóricos brazos en otra ocasión, el articulo me quedó un poco marica. A el le va a dar mucha vergüenza, pero ustedes sabrán entender y perdonar.

Me ocurre que todos los días, al despertar, reparo en que lo he descomprendido todo. De pronto ya no entiendo las profesiones de servicios, los trámites ni la diplomacia del tipo que sea. Me levanto como nuevo, novísimo, pero con un grave problema de verosimilitud que me dispone a reírme hasta de la madre que me parió.

Entre muchos otros, Rubén Lardín tiene el talento de hacer que lo difícil parezca sencillo. Como usar palabras como salubérrima y flâneur sin sonar pretencioso, mezclarlo con preñadas, cojones y culos sin perder la delicadeza y acabar todo lo que empieza con una pirueta espectacular sin sudar la camiseta.

Iluminado sin perder la cordura, romántico sin sentimentalismos, Rubén Lardín podría ser la vergüenza del género literario patrio si no lo despreciara lo suficiente como para dedicarse a otras cosas, como el fanzineo, el cine y el guión (ha conseguido colar su nombre en las páginas del New York Times después de convertirse en el Señor Lobo de El orfanato). Y, por descontado, si no se empeñara en asesinar a sus hijos más narrativos cuando empiezan a mostrar síntomas de popularidad.

Lo hizo con El Misterio de los intervalos de silencio (hoy "Warning: main(/home/blogia/error.php") y con Imbécil y Desnudo, hasta donde sabemos sus dos únicos blogs. Por suerte para nosotros, el último no cayó en el olvido sino en manos de Ediciones Leteo, con portada flagrante de Santiago Sequeiros y un prólogo de Sergi Puertas que, según él, fue quien propició la repesca.

"Yo no soy un poeta underground, eso que quede claro -dijo entonces, por aclarar. -Yo no tengo nada que ver con la poesía, no me jodan las pelotas". En cualquier caso, el niño pesa 256 páginas, destila amor al cómic, al cine, a las señoras y a Clint Eastwood y es lectura obligatoria para todo aquel que dedicara su adolescencia a leer traducciones de Martin Amis y Paul Auster en lugar de a Paco Umbral en su vibrante original, que fue lo que hizo él.

La puesta de largo tendrá lugar el próximo miercoles 28 de enero a las 19:00 en la Fnac Triangle de Barcelona y el 3 de febrero en la Fnac de callao, en Madrid, con la presencia estelar del autor y apadrinado por Daniel Fernandez y Nacho Vigalondo, respectivamente.

En el articulo no he dicho que el sentido individual y fragmentado de cada uno de aquellos posts se convierte, cuando todos juntos, en algo muy distinto y más total. Que ahora entiendo por qué acabó cuando acabó y por qué lo hizo como lo hizo -aquel día me sentí como si me hubiera dejado y tuvimos nuestra primera y única discusión- y me reafirmo en mi convicción: Rubén Lardín es el más grande escritor de mi generación. Aunque sea un cabrón y una zorra desagradecida.

En ADN.es también publicamos un extracto que ha elegido el homenajeado: Te vas a morir dando besos.

Diciembre 15, 2008

A teenage Sontag

teenagesontag.jpgCon tanta foto inédita que sale a la luz, con tantos nuevos detalles sobre su relación, Susan Sontag y Annie Leibovitz se habían convertido en una de esas parejas de The L word, tan cool, tan carismáticas, tan famosas y -al menos en el caso de Sontag antes de que la destrozara la leucemia- tan chic. Y era bien raro, teniendo en cuenta lo mucho que se esforzó la propia Sontag en disfrazar su relación, ver las fotos privadas de ella en el sofá, de ella enferma, de ella en la intimidad. Personalmente, me irritaba el destape. Ahora que publican el primer volumen de sus diarios (1947-1963), editados por su hijo, el escándalo es bien diferente: ¡Susan Sontag fue adolescente! Qué enfadados están sus adoradores. Qué intolerable saber que antes de ser el icono inconformista del Partisan Review fue pretenciosa, melodramática, patética y banal.

Aunque probablemente nunca lea ese libro, me encanta descubrir este material con el que cualquier adolescente consumido por la adicción a aprender se identificará sin parar. Su credo (I believe that a) there is no personal God or life after death b) that the most desirable thing in the world is freedom to be true to oneself i.e. honesty c) that the only difference between human beings is intelligence), su disciplina inocente (- don't gossip, don't brag, don't complain, bathe regularly, write more, eat less) y su laborioso proceso de autocreación. Sam Anderson está indignado.

And yet here she is, at 15, a steaming vat of molten adolescence—possibly the most eloquently self-dramatizing teen of all time. She stays up all night reading André Gide (“Gide and I have attained such perfect intellectual communion,” she writes, “that I experience the appropriate labor pains for every thought he gives birth to!”), uses the word aye unironically, and nearly wears the needle off her turntable playing Mozart records. She compiles epic lists for self-improvement: books to read, difficult vocabulary, central beliefs (“the only difference between human beings is intelligence”). She strains mightily against the philistinism of middle-class life with her mother and stepfather: “Wasted the evening with Nat. He gave me a driving lesson and then I accompanied him and pretended to enjoy a Technicolor blood-and-thunder movie.” When she gets to Berkeley she reads poetry aloud and walks around with friends speaking “brilliantly” (her description) about “everything from Bach cantatas to Mann’s Faustus to pragmatism to hyperbolic functions to the Cal Labor School to Einstein’s theory of curved space.”

Cuánta intención en ese "her description". Y qué simpática me cae la Sontag, por primera vez.

MÁS. Wake Up, Little Susie | The Book of Lists | I create myself | Todo Sontag en el NY Review of Books

Más en LPC. She was a servant

Diciembre 12, 2008

The W. Ross Ashby Digital Archive

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Recién estrenado, incluye todos sus diarios de investigación (en la foto) y mucho más material interesante. Peticiones, felicitaciones, comentarios, bugs y etc., a Paul Brown.

MÁS. The Influencers

Noviembre 17, 2008

¿Defuncionamos la Ciencia Ficción?

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Probablemente, la pregunta que más titulares ha hecho en los medios que leo, si olvidamos la de Qué atrocidad debería cometer Obama para perder estas elecciones y si Raquel Mosquera debería haber muerto por fin. Lo del New Scientist es un especial y si supieran mis amables lectores lo increíblemente coñazo que es montar un especial en un editor, sabrán que merecería su atención aunque sólo fuera por eso.

Por suerte, tiene más méritos. Aquí, el artículo de la Discordia de Marcus Chown, Is science fiction dying?, repite lo de siempre de si la tecnología ha matado la ciencia ficción, si nos hemos quedado sin futuros y si alguna vez tuvo algo que ver con el futuro anyway.

Más interesante y divertido, las respuestas de unas cuantas estrellas del papel. Margaret Atwood, por ejemplo, dice que es demasiado vieja para llegar a ninguna conclusión y William Gibson, que la CF no tienefuturo porque ahora mismo sólo existe el ahora. Kim Stanley Robinson dice que la CF es la única ficción realista posible, Nick Sagan dice que se ha vendido al capitalismo y que la nostalgia tira más y Ursula K. Le Guin dice que qué bobada de pregunta y que si no tenemos nada mejor en qué pensar. Con la de hambre que hay en el mundo. Stephen Baxter yadayadayada...

En el panel sobre Ballard, recuerdo que Agustín Fernández Mallo dijo que Ballard no podía ser ciencia ficción porque escribía demasiado bien. Por la cara que pusieron algunos, yo creo que la cosa está más despierta que nunca...

Ilustración, por Nikki Farquharson

Octubre 29, 2008

The girl who wanted to be god

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Cuando te ganas la vida en un periódico, suele ser malo escribir sobre alguien que te importa tanto desde hace tanto tiempo que podrías prepararle el desayuno sin equivocarte con la mermelada, el café o la cantidad de azúcar. Alguien que te importa como te importaba Michael Knight cuando tenías once años, pero sin la despreocupación de la infancia, que le quita hierro a casi todo y no es ridícula sino precoz y saludable. Pero justo antes de irme a BCN ocurrió que Bartleby presentaba la colección de poemas completa de Sylvia Plath, por primera vez en español. Así que lo hice. Jose Luis dice que es el comienzo más literario que he escrito jamás por dinero.

Sylvia Plath (Boston, 1932) publicó su primer poema a los nueve años, una cosa cortita "acerca de lo que yo veo y escucho en las calientes noches de verano". El último, Edge, lo envió al Observer el mismo día que se suicidó, el lunes 11 de febrero de 1963. Tenía 31 años, dos niños en el piso de arriba y el manuscrito de un poemario que empezaba con la palabra "amor" y acababa con "primavera", que dejó cuidadosamente atado sobre la mesa con instrucciones precisas para su publicación.

Ariel y otros poemas fue publicado por su marido el poeta inglés Ted Hughes en 1965, pero alteró el orden, añadió dos poemas y eliminó otros cinco, por motivos medio editoriales, medio personales. Hoy es uno de los libros de poemas más vendidos de la segunda mitad del siglo XX. La selección de Poemas escogidos, editada y prologada por Hughes en 1981 y en 1982, recibió el primer Pulitzer de literatura concedido a una obra póstuma.

El volumen que estos días publica Bartleby es la edición española de su Poesía completa, que conserva el prólogo de Hugues con dos añadidos sobre el original: las impagables notas del traductor, Xoán Abeleira, que señalizan y desentrañan la obra de Plath con un cuidado y rigor exquisitos y el Ariel original.

Aquí, el resto del artículo, apto para no plathófilos. Si lo hubiera hecho aquí, habría que oirme. Noten por favor que va acompañado de tres poemas que no estaban en Ariel (publicado hace años por Hiperión, en castellano) y que he seleccionado por razones pura y exclusivamente fetichistas; además de unas notas de su traductor, el poeta gallego Xoán Abeleira y un poema que escribió sobre Sylvia, muchos años antes de comenzar esta edición. Y fotos, porque no soy de piedra.

Vagamente relacionado, posiblemente interesante. Editores: la nueva generación es una cosa que organiza el Caixa Fórum el próximo 6 de noviembre dentro del ciclo de diálogos La edición se reinventa. La cosa es que a este último, dedicado al recambio generacional del mundo del libro, viene Lee Brackstone, director de Faber & Faber. ¡Faber & Faber! También estarán Marco Cassini, director de Minimum Fax y Julián Viñuales, director de Global Rythm Press. A las 19.30 h.

I believe in the death of emotions

ibelieve.jpegMe disculpo de antemano con todos aquellos amigos a los que no avisé, pero ya saben qué vida esta. Hace unos días participé en un evento que despertó la envidia cochina del resto de Elásticos, gracias a la generosidad, fe y posiblemente demencia prematura de Jordi Costa: Kosmópolis. Me quité una espina muy grande que llevaba clavada desde la primera edición, cuando quedé al borde de entrevistar a William Gibson porque una urgencia de las malas me hizo subirme al primer avión. Y así, hasta ahora, por si la mala suerte.

Lo único malo fue que mi mesa coincidió con Dave Eggers y me lo perdí. A cambio tuve el placer de conocer al ballardiano Toby Litt, a Marcial Souto -a quien todos los que no leen a Ballard en V.O. probablemente le deben una cena cara- y a Agustín Fernández Mallo, a quien no conocía y del que tanto oí hablar. Todo lo demás, excelente, incluída la exposición.

De toda, hay tres cosas que me gustan especialmente y que, si van sin tiempo, no deben despreciar. La primera es el credo de la entrada, que así escuchado me recordó de pronto al de Baz Luhrman, Everybody's Free (To Wear Sunscreen). Hay también una cinta de Crash antes de Crash que el mismo Ballard protagonizó, no sólo antes de la peli de Cronenberg sino antes de su propio libro, cuando la historia era sólo una partícula de la Exhibición de atrocidades. ¡Yo ni sabía que existía!

Finalmente, en pantalla grande y justo antes de la sala de libros, Supergego. Es mi favorita, una batería de preguntas de sí o no destinada, claramente, a descubrir si Ballard es un replicante.

Fijensé en la última pregunta, tan reveladora. También le hice fotos a un señor junto a su móvil, que contenía una de las minipelículas del festival de Ballardian seleccionadas para la última sala de la expo. Creo que aún sigue allí. Barcelona, muy fantástica y agotadora, como siempre.

Jordi, me debes un catálogo.

Septiembre 18, 2008

David Foster Wallace, In Memoriam

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Encontraron el cadáver de David Foster Wallace, el niño milagro de las letras norteamericanas, el pasado viernes por la noche en su casa de Claremont, Los Ángeles. El escritor, de 46 años, estaba de baja de su taller de escritura creativa en la Universidad de Pomona. Lo encontró su mujer, cuando volvió a casa sobre las nueve de la noche. Según revela el parte policial, se había ahorcado.

El fin de semana escribí esto, con prisa, aunque debería haberlo hecho Antonio, siempre el más David Foster Wallaciano de los cuatro.

Más interesante, sin duda, las recopilaciones de sus textos que podemos encontrar aquí, aquí y allí.

MÁS. Sam Anderson Remembers David Foster Wallace | McSweeneys también (gracias!) | DFW en el NYTimes

Julio 22, 2008

Ballardianos, todos

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Edía B ha llegado: el CCCB inaugura JG Ballard. Autopsia del nuevo milenio, un viaje por su vida, su obra, sus temas constantes y predicciones, conducido en todo momento por la sabia mano de Jordi Costa.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, ADN disecciona a JG Ballard -también en fotos, capa a capa- y Antonio nos recuerda que la ciencia ficción no se apaga sino todo lo contrario, que no era sobre el futuro y que se puede hacer ciencia ficción sin escribir en inglés.

Encantados, todos.

Julio 03, 2008

El hombre que soñó el mañana

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Si un visionario es alguien capaz de anticiparse a los problemas y sugerir soluciones con décadas de adelanto, es indudable que Richard Buckminster Fuller lo era; desde el cambio climático a la desaparición de los recursos naturales y energéticos, nuestras grandes crisis sin resolver ya le preocupaban hace casi ochenta años. Fue además uno de los primeros en afirmar que el ordenador sería una herramienta que cambiaría el mundo.

Sin embargo, prácticamente nada de lo que este futurista utópico imaginó llegó a materializarse. La gran mayoría de sus proyectos, desde los coches con tres ruedas a los edificios ligerísimos transportados por zeppelins o ciudades submarinas, fracasaron estrepitosamente o nunca llegaron a ver la luz. Incluso los que sí tuvieron éxito, como sus célebres cúpulas geodésicas, parecen hoy reliquias olvidadas de otro tiempo, fósiles de un futuro que nunca se hizo realidad.

¿Por qué nos fascina entonces todavía su figura, y por qué se mencionan sus ideas una y otra vez en el trabajo de los mejores científicos, artistas y diseñadores de nuestro tiempo? Veinticinco años después de su muerte, el Whitney de Nueva York explora la vigencia de su legado en Buckminster Fuller: Starting with the Universe, una ambiciosa exposición que intenta determinar cuánto tuvo de genio y cuánto de charlatán.

Sigue leyendo Buckminster Fuller: el hombre que soñó el mañana.

MAS: El decálogo de Buckminster Fuller

Mayo 25, 2008

Kay Nielsen

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Haciendo limpieza de enlaces, decidí seguir un consejo clásico de renovación de armario: deshazte de todo aquello que no te hayas puesto en el último año. Los enlaces a páginas muertas han desaparecido, también aquellas que no visito ni echo de menos.

Entre las nuevas adquisiciones está el archivo de animación, hoy featuring Las doce princesas bailarinas de Kay Nielsen (via), uno de los grandes ilustradores de primeros de siglo junto con Arthur Rackham y Edmund Dulac, de herencia pre-rafaelita y un aire a Aubrey Beardsley, pero en tecnicolor.

kaynielsen01.jpgLas doce Princesas bailarinas
Había una vez un rey que tenía doce hermosas hijas. Todas ellas dormían en una habitación con doce camas y, cuando se iban a la cama, las puertas se cerraban con llave. Sorprendentemente, cada mañana, sus zapatos aparecían tan desgastados como si hubieran bailado durante toda la noche. Nadie era capaz de descubrir qué era lo que pasaba ni dónde habían estado las princesas. Así que el rey hizo saber a todo el reino que la persona que descubriera el misterio y averiguara dónde bailaban sus hijas cada noche, podría desposar a la princesa que más le gustara y sería nombrado rey después de que él muriera. Pero aquél que lo intentara y no lo lograra después de tres días con sus tres noches, sería ejecutado.

Ponto llegó el hijo de un rey. Fue bien recibido y, por la noche, lo condujeron a la habitación contigua a la de las princesas, donde éstas ya yacían. Allí estaba el príncipe sentado esperando para ver dónde iban a bailar, y, se dejó la puerta de la habitación abierta para que no pudiera pasar nada sin que él lo oyera. Pero el hijo del rey pronto se durmió y, cuando despertó por la mañana, se encontró con que todas las princesas habían estado bailando, ya que las suelas de sus zapatos estaban llenas de agujeros.

Lo mismo sucedió durante la segunda y tercera noches, así que el rey ordenó que le cortaran la cabeza.

A él le siguieron muchos otros, todos ellos corrieron la misma suerte: perdieron sus vidas del mismo modo que su predecesor.

Pero sucedió que llegó al reino un antiguo soldado al que habían herido en una batalla y ya no podía luchar. Mientras atravesaba el bosque se encontró una anciana que le preguntó hacia dónde se dirigía.

“Apenas sé hacia dónde me dirijo ni qué he de hacer” dijo el soldado “pero creo que me gustaría intentar averiguar dónde bailan las princesas y así convertirme algún día en rey”.

“Bueno” dijo la anciana “ésa no es una tarea muy difícil. Sólo has de estar atento y no beber el vino que te ofrecerá una de las princesas por la noche y, tan pronto como ésta se marche, has de hacerte el dormido”.

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A continuación, la anciana le regaló una capa y dijo: “En cuanto te pongas esta capa serás invisible y entonces podrás seguir a las princesas allá a donde vayan”. Cuando el soldado escuchó todos estos buenos consejos, se decidió a probar suerte. Así que se presentó ante el rey y le dijo que deseaba asumir la tarea.

El soldado fue tan bien recibido como todos los anteriores y el rey ordenó que le dieran delicadas ropas reales. Cuando llegó la noche lo condujeron a la habitación exterior.

Justo antes de irse a dormir, la mayor de las princesas le llevó una copa de vino, pero el soldado tiró la bebida sin que ésta se diera cuenta y tuvo cuidado de no beber ni una sola gota. Entonces se recostó en su cama y, después de unos minutos, comenzó a roncar escandalosamente como si estuviera profundamente dormido.

Cuando las doce princesas oyeron sus ronquidos rieron enérgicamente. La mayor de ellas dijo: “¡Este tipo debería haber hecho algo más inteligente que venir a perder la vida de esta manera!” Entonces se levantaron, abrieron sus cajones, sacaron sus delicados vestidos, se vistieron frente al espejo y saltaron y brincaron como si estuvieran deseosas de bailar.

Pero la más joven dijo: “No sé por qué, pero aunque vosotras estéis tan contentas yo estoy preocupada; estoy segura de que vamos a tener algún contratiempo”.

“Inocentona…” dijo la mayor “siempre estás asustada; ¿has olvidado ya cuántos hijos de reyes nos han vigilado en vano? Y, por lo que respecta a este soldado, aunque no le hubiera dado el brebaje para dormir, estoy segura de que hubiera caído de todas formas”.

Cuando estuvieron arregladas, fueron a ver al soldado; pero éste seguía roncando y no movía ni un solo dedo, así que pensaron que estaban a salvo.

Entonces la mayor volvió a su cama y dio una palmada. La cama se hundió en el suelo y se abrió una trampilla. El soldado vio como una a una se metían por la trampilla, pegó un salto y, pensando que no tenía ni un minuto que perder, se puso la capa que le había dado la anciana y las siguió.

Sin embargo, a mitad de las escaleras pisó sin querer el vestido de la princesa más joven, y ésta les grito a las hermanas: “Algo va mal. Alguien me ha agarrado del vestido”.

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“¡Qué criatura más tonta!” dijo la mayor, “no es nada más que un clavo de la pared”.

Siguieron bajando y al final de las escaleras llegaron a una preciosa arboleda, donde las hojas de los árboles eran de plata y tenían un brillo y destello preciosos. El soldado quiso llevarse alguna prueba de aquel lugar, así que rompió una ramita y así se oyó un gran estruendo. Entonces la hija más joven dijo otra vez” Estoy segura de que no va todo bien… ¿es que no habéis oído ese ruido? Esto nunca antes había pasado”.

Pero la mayor dijo: “Ese ruido los han hecho nuestros príncipes, que están gritando de alegría por nuestra llegada”.

Llegaron a otra arboleda donde las hojas de los árboles eran de oro y después a una tercera donde eran de brillantes diamantes. El soldado arrancó una rama de cada una de las arboledas y cada una de las veces hizo mucho ruido, lo que hizo que la hermana pequeña temblara de miedo. Pero aún así, la mayor siguió diciendo que sólo eran los príncipes, que estaban gritando de alegría.

Siguieron su camino hasta que llegaron a un gran lago. En las orilla había doces pequeños botes capitaneados por doce hermosos príncipes que parecían estar esperando a las princesas.

Cada una de las princesas se subió a un bote y el soldado se subió al bote de la princesa más joven. Mientras navegaban por el lago, el príncipe que estaba en el bote con la princesa más joven y con el soldado dijo: “No se por qué, pero a pesar de que remo con todas mis fuerzas no consigo ir tan rápido como siempre y me agoto más que nunca: el bote parece hoy muy pesado”.

“Eso es por el bochorno” dijo a la princesa, “yo también tengo mucho calor”.

Al otro lado del lago se levantaba un magnífico castillo iluminado de donde fluía una alegre música de trompas y trompetas. Allí desembarcaron y cada príncipe bailó con su princesa; y el soldado, que aún era invisible, también bailó con ellos. Cuando alguna de las princesas tenía una copa de vino en la mano, el soldado se la bebía rápidamente, así que cuando se la iba a llevar a la boca ya estaba vacía. Esto también asustó muchísimo a la hermana pequeña, pero la mayor la silenció de nuevo.

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El baile continuó hasta las 3 de la mañana, y a esa hora todos sus zapatos estaban ya desgastados, así que se vieron obligadas a irse. Los príncipes las llevaron de vuelta (pero esta vez el soldado se puso en el bote de la princesa más mayor), y ya e tierra firme se despidieron los unos de los otros y las princesas prometieron volver a la noche siguiente.

Cuando llegaron a las escaleras, el soldado adelantó a las princesas y se acostó. Y cuando las doce cansadas princesas llegaron arriba le oyeron roncar en su cama y dijeron “Estamos a salvo”. Después se desvistieron, recogieron sus delicados vestidos, se quitaron los zapatos y se fueron a la cama.

A la mañana siguiente el soldado no dijo nada de lo que había pasado, resuelto a ver más de esta extraña aventura y volvió a seguirla la segunda y tercera noche.

Todo sucedió como la primera noche: las princesas bailaron hasta que sus zapatos se despedazaron y entonces volvieron a casa. La tercera noche el soldado se llevó una de las copas de oro como prueba de dónde había estado.

Cuando llegó el momento en que tenía que revelar el secreto, lo llevaron ante el rey junto con las tres ramas y la copa de oro y las doce princesas se quedaron detrás de la puerta para escuchar lo que dijera.

El rey le preguntó: “¿Dónde bailan mis doce hijas cada noche?”

El soldado respondió: “Con doce príncipes en un castillo subterráneo” Y entonces le contó al rey todo lo que había pasado y le enseñó las tres ramas y la copa de oro.

El rey hizo llamar a las princesas y les preguntó si lo que el soldado contaba era cierto y, viendo que no serviría para nada negarlo, confesaron todo.

Así que el rey le preguntó al soldado que princesa prefería para convertir en su esposa y el soldado contestó: “ya que no soy muy joven, elijo a la mayor” – ese mismo día se casaron y el soldado fue elegido como heredero al trono.

Mayo 23, 2008

I am nobody

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Who are you?
Are you nobody, too?
Then there's a pair of us — don't tell!
They'd banish us, you know.

How dreary to be somebody!
How public, like a frog
To tell your name the livelong day
To an admiring bog!


I am nobody, by Emily Dickinson
Foto, by Mortem Bjarnhof
Post, by Clara Darling

Marzo 28, 2008

Por un puñado de links

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  • Larry Salander, galerista newyorquino, expresa sus dudas razonables sobre el mercado del arte contemporáneo: "Being with Rembrandt is like making love. And being with Warhol is like fucking".
  • Prada Prostitutes:
    But too much information has been the staple of books for girls ever since the first fictional confession of a period or a crush. These girls might be hookers, but otherwise they are as they have always been, their hookerdom a simple extension—psychologically unexplored—of that right to live and talk dirty which 1960s feminism conferred on the modern woman.

    Y dice que Jean Genet jamás creyó que la autora de Historia de O fuera una mujer porque ninguna mujer entiende el sexo degenerado. Qué bellísimo Genet y qué ingenuidad deliciosa. Pauline Reage escribió la Historia para calentar a un amante casado pero mucho más para calentarse sola. Pero Jean Genet es uno de los escritores más bellos de la historia de las letras y por eso no hay malicia ni contradicción. Hace unas semanas lo describí a un neófito como el Mishima francés y todavía me remuerde la conciencia. A las cinco de la mañana, yo debería estar callada mirando peceras en algún bar

  • Darkness vissible, William Styron habla de la fragilidad exquisita del suicida de la que nadie supo tanto como Sylvia Plath. It is like quicksand: hopeless from the start.
  • Y, finalmente, The Great Comic-Book Scare and How it Changed America es la descacharrante historia de cuando los comics acabaron con la juventud y la inocencia de toda una nación.

    Lo cuenta Louis Menand en el New Yorker y otros en el LA Times, el Washington Post y el Globe Mail.

  • Ilustrando, la primera parte de un foto ensayo: Slate repasa La arquitectura de Edward Hopper.

    Marzo 25, 2008

    La Maison de Verre

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    En 1927, un ginecólogo francés y su señora buscaban una casa en el distrito de Saint Germain de Paris, que era donde se congregaba la gente de posibles, para que hiciera la doble función de hogar y consulta. Cuando vieron el 31 de la calle Saint Guillaume, una casa de varias plantas encajada de aquella manera en un patio del bloque, la casa estaba en tal estado que tanto el doctor como el arquitecto decidieron tirarla abajo y construir una nueva en su lugar. Por desgracia para ellos -por suerte para nosotros- las circunstancias salieron a su encuentro: una vieja del tercero se negaba a trasladarse.

    Tras deshechar el soborno y el asesinato - me gusta imaginarla como la vieja de los caniches de Un pez llamado Wanda -, empezaron a pensar cómo resolver los dos problemas que tenían: demoler los dos primeros pisos sin alterar los demás y llevar luz natural a la casa, que era estrecha y tenía muy mala disposición.

    De ese problema y su solución viene su nombre: La Casa de Vidrio. Decidieron "insertar" la nueva casa en la vieja y hacerla de hierro y vidrio, en un proyecto que pondría a prueba todas las teorías de la arquitectura de vanguardia de la época, a manos de Pierre Chareau (decorador), Bernard Bijvoet (arquitecto) y Louis Dalbet (herrero).

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    Alfonso Díaz Segura lo cuenta en un magnífico artículo:

    Con anterioridad a la Maison de Verre, otras arquitecturas habían buscado potenciar las cualidades del vidrio; así, tenemos la biblioteca de la Escuela de Arte de Glasgow, célebre obra de Mackintosh, la fachada posterior de la LoosHaus en Viena de Adolf Loos, o el Pabellón de Cristal de Bruno Taut. En todas ellas el cerramiento, incluso por su forma de subdividir la superficie vidriada en pequeños cuadrados, anticipan iconográficamente la fachada de la Maison de Verre, aunque sin la audacia de cubrir por completo la superficie con vidrio. Kenneth Frampton atribuye a la relación de Chareau con discípulos de Hoffman y con Adolf Loos el germen del uso del vidrio en fachada. Especialmente la conexión de Loos con la arquitectura japonesa, en la que se usaba paneles de papel de arroz para subdividir espacios, parece que influyó en obras como el Loos Bar, la casa en la MichaelerPlatz o la casa para Tristan Tzara. Y según el crítico inglés, la estrecha relación de Loos y Gabriel Guevrekian con Chareau en París, en los años 20, supuso una influencia clara en la posterior articulación de materiales y la concepción del interior de la Maison de Verre.

    Aunque el proyecto sería espejo de los procesos y materiales de construcción industriales -prefabricación total, rapidez del montaje, la posibilidad de recuperación total-, el prototipo le salió al doctor por un ojo de la cara: cuatro millones de francos y cuatro años de trabajo. "La casa -comentó Chareau jocosamente- era un modelo artesanal con ambiciones de normalización".

    Hoy pertenece a la historia de la arquitectura y a un nuevo inquilino, que también es doctor pero en arquitectura. La invocó hace poco Vila-Matas en otro artículo precioso para El País donde, como bonus track, menciona un libro que promete ser interesante: Casa, del escritor peruano Enrique Prochazka. La trama -dice Vila-Matas- adopta apariencias de ciencia-ficción:

    Hal, famoso arquitecto, despierta sin recordar sus últimos 15 años. Repentinamente desdoblado y espectador de su propia condición, debe asumir que ha olvidado su más inmediato pasado y que ha de acostumbrarse a vivir en la casa diseñada por él mismo bajo los principios de una audaz teoría arquitectónica, única y extraña. Llama entonces a un psiquiatra. "Saber quién soy implica descubrir por qué diseñé esta Casa".

    Y empieza con una inquietante cita de César Vallejo: Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba.

    MÁS: The Best House in Paris + Galería | plano de la Maison de Verre | multimedia file no.: 00000092 | A Serious Point of Departure

    Marzo 22, 2008

    El mundo en veinte tomos

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    Hacia 1930, cuando nadie era capaz de imaginar que un disco con aspecto de oblea llegaría a albergar una biblioteca entera, apareció la más famosa enciclopedia para niños del siglo XX. Se llamaba El Tesoro de la Juventud, y aún hoy la evocan con nostalgia muchos octogenarios que dedicaron largas horas a descubrir el mundo a través de sus 7.172 páginas. Pero no solo ellos. Como El Tesoro de la Juventud era parte fundamental de toda colección doméstica de libros que se respetara, también sus hijos y sus nietos leyeron, hurgaron u hojearon la enciclopedia. Es frecuente encontrar tomos que contienen garabatos a lápiz, trozos secos de mermelada o subrayados de tres generaciones.

    (...)ETJ estaba dividido en catorce secciones o 'libros' que se entremezclaban a lo largo de los veinte tomos; mis favoritos eran entonces Juegos y pasatiempos, 'Los Por qué', 'Narraciones interesantes' y 'Poesía'. Pienso que hoy dedicaría más tiempo a 'Los países y sus costumbres', 'Hechos heroicos', 'Historia de los libros célebres' y 'Cosas que debemos saber', sección dedicada a hechos interesantes y actualidades de la ciencia y la tecnología. Muchas de estas últimas cosas que debemos saber son ya tan sabidas o anacrónicas que solo conviene recordarlas en calidad de piezas históricas, como el capítulo admirativo dedicado a los aviones biplanos o las maravillas de un tren capaz de viajar a 96 kilómetros por hora.

    Yo soy la prueba de que Daniel Samper Pizano tiene razón: El Tesoro de la Juventud es el objeto más valioso que ha habido en mi vida. Mi padre la heredó de mi abuelo, igual que mi abuelo la heredó del suyo y, con ella, yo aprendí a leer. Y a hacer caleidoscopios, a leer la estrellas, a reconocer pájaros extintos y a navegar. Descubrí las Alicias, el magnetismo, los viajes de Simbad, la vida de las grandes civilizaciones, las maravillas del mundo antiguo, la Divina Comedia, los prerafaelitas. Aprendí todo sobre la electricidad, la mitología griega, la historia de los grandes descubrimientos y los números romanos. Aprendí, podría decirse, todo lo que sé.

    Fue una pasión solitaria. Mis amigos, españoles hijos de españoles, no tenían el Tesoro en su casa; debido a la anacrónica licencia que recuerda Daniel por la que "Esta obra no podrá sin su permiso ser reimpresa en España y sus posesiones de Ultramar" (sic). Mi padre, además, no dejaba que nadie tocara esos libros salvo él y yo (con las manos limpias). Años más tarde, cuando empezó a crecer mi propia biblioteca, me moría de gusto al encontrar referencias suyas en la Lolita de Nabokov o algunos cuentos de Cortazar, donde se menciona con la misma naturalidad con la que hoy se menciona la RAE o la Enciclopedia Británica, porque justificaban mi entusiasmo.

    Cuando volví a Madrid hace ahora casi un año, me encontré en vivo y en directo con un cuadro que había descubierto en uno de sus tomos y que me había arrebatado tan poderosamente durante toda mi infancia que fue como encontrarme con un viejo amigo imaginario. Y así fue que, sin aviso ni decoro, aterroricé a mi marido, a cuatro parejas de canadienses y a un japones indefensos llorando como una plañidera neurasténica en la exposición de Patinir. La mayor parte de las ilustraciones del Tesoro son en blanco y negro; era la primera vez en mi vida que lo veía en color.

    La siguiente vez que volví a ver a mis padres me fui derecha a la estantería para enseñarselo a Julian y justificar el numerito del Prado, que sin duda le había dado mucho que pensar. Al pie de la foto decía:

    El Gigante Offero se hallaba una noche a la orilla de una impetuosa corriente, cuando se le acercó un niño para que le pasase al otro lado. Después que le hubo pasado díjole el niño: "Yo soy Cristo y por cuanto has sido bueno para con el débil y has llevado a Cristo sobre tis hombros, te llamarás Cristóbal". Esto es, "el que lleva a Cristo".

    Julian ojeó unos volúmenes y, con gran generosidad, sentenció: de aquí es de donde vienen todos tus proyectos, tus diarios y, finalmente, tu blog. Desde entonces miro a La Petite con más cariño y trato de seducir a mi padre para que me de el Tesoro, que me corresponde, si no por derecho de primogénita, al menos por amor.

    Queridos lectores. Si se encuentran algun día los 20 tomos de El Tesoro de la Juventud en una librería, un garaje o una buhardilla mohosa, compren, secuestren o roben y después corran sin mirar atrás. Cueste lo que cueste, será lo mejor que hayan hecho en su vida. Ahora mismo, abriéndo un tomo al azar: "El profesor Oersted que hizo desviar la aguja imanada de su dirección Norte-Sur...".

    Nota. Querido Daniel, te sacaré de esa duda insoportable que te desvela.

    CÓMO ESCAPÓ DE LA MUERTE EL BUFÓN DE UN REY

    Estaba el bufón en su celda (según se ha dicho en la página 3983), y miraba con gran atención el trozo de cuerda, que deseaba fuese elástico para que pudiese dar de sí hasta tocar el suelo. Una feliz idea asaltó su mente: destejerla. Al ver cuán sólidos y gruesos eran sus ramales, se dijo: "La desharé y, uniendo uniendo unos cabos con otros, tendré una cuerda lo suficientemente larga". Puso, pues, manos a la obra, y cuando hubo separado todos los ramales, los empalmó, recordando lo que había visto hacer a los marineros en los barcos. Unió las puntas fuertemente, y viendo que las empalmaduras resistían y que la nueva cuerda era fuerte, aunque delgada, esperó a que llegase la noche. Ya previamente había arrancado uno de los barrotes de la ventana, y así, atando un extremo de la cuerda a otro de los hierros de arriba, deslizóse por la abertura y se descolgó hasta el foso. Al contacto con el agua advirtió que había calculado exáctamente el largo de la cuerda. Uno o dos minutos más tarde, trepando por las paredes del foso, recuperaba la libertad.

    Marzo 14, 2008

    Las cenizas del día

    DHLawrence.JPGHace unos días, el Guardian se choteaba un poco de los aires de grandeza de Vanity Fair, de su editor Graydon Carter y de su fotógrafo insignia, a cuenta de la exposición de retratos de la National Gallery londinense, que mezcla fotos de los Cruise con las de James Joyce, Josephine Baker, Susan Sontag.

    Con ánimo de jugar un poco, Charlotte Raven imagina qué habría surgido de un encuentro entre Annie Leibovitz y DH Lawrence:

    What would Leibovitz have done with DH Lawrence? My favourite picture from the early era shows an anxious and decidedly unsexy DH, in need of a shave and a background to display him to better advantage. The chief photographer of the magazine since its relaunch in the early 80s is famous for her set-ups - photographic contrivances that play with elements of the subject's public persona. In the early days, these tended to be rather literal-minded - the Blues Brothers with blue faces; Bette "The Rose" Midler on a bed of roses.

    I pictured her telling DH of the two options she had envisaged. The cover image would feature him naked from the waist up. If he was OK with it, she was planning to duct-tape his mouth, to represent censorship. His triumph against the forces of repression would be indicated by a raised eyebrow, representing self-expression. For the inside spread, he would pose as Mellors the gamekeeper with a brace of live pheasant and Virginia Woolf as his Lady Chatterley.

    Sigue leyendo Prints of darkness en el Guardian.

    Marzo 05, 2008

    La decisión de Dimitri

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    En una caja de seguridad en un banco suizo hay cincuenta tarjetas de biblioteca escritas a mano por ambas caras. La buena noticia es que las escribió Vladimir Nabokov, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. La mala, que antes de morir pidió que fueran destruídas.

    Después de semanas de discutir con unos y con otros sobre este peliagudo asunto, he escrito el artículo sin llegar a ninguna conclusión. Pero no ha sido en vano: me he enterado de qué va Laura y de una historia interesante, quizá apócrifa, posiblemente no.

    Uno de los muchos esfuerzos que hizo Nabokov para publicar la historia de un intelectual que se casa con una viuda y se beneficia a su hijastra antes de que tenga su primer periodo en la puritana norteamérica de los años 50, fue enviar el manuscrito a Katharine White, entonces editora del Newyorker, por si podía echarle una mano o darle algún contacto.

    Había una condición necesaria: nadie más que ella y su marido podrían ponerle el ojo encima. Cuál sería su sorpresa cuando, unos meses más tarde la revista publicó la historia de una viuda y su hija compitiendo por el amor de un hombre maduro, llamada Lolita y firmada por Dorothy Parker.

    Por si no saben cómo termina esta historia, Nabokov acabó en la misma casa que Laurence Durrell, Henry Miller y Jean Genet, Olympia Press, con los consiguientes retortijones legales por indecencia y otras cosas indignas. Lolita se publicó finalmente en los Estados Unidos en agosto de 1958.

    Dotty le hizo una de las primeras críticas, y la puso requetebien.

    Nabokov en LPC: ¿Le sirvo un poco más de té, señor Nabokov? | Lo-li-ta | Nice girls don't do that

    Febrero 21, 2008

    Ballard on Ballard

    Ballard habla con Hari Kunzru sobre Miracles of Life (via).

    Febrero 08, 2008

    180 años después de Julio Verne

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    Sus editores españoles no se han acordado pero nosotros sí. Para celebrar el 180 aniversario del nacimiento de Verne, Carmen ha escrito un Retrato del Verne desconocido y Javi le ha dado un repaso a sus adaptaciones cinematográficas.

    Los dos artículos son de mucho reirse, principalmente porque Verne tenía un gran sentido del humor. Y no le gustaba que le comprararan con Welles.

    En una entrevista de la época, Verne afirmaba que, mientras él partía de descubrimientos científicos, Wells se apoyaba en la imaginación. "Yo voy a la luna en una bala que dispara un cañón. Aquí no hay invento. Él (por Wells) va a Marte en una nave construida con un metal al margen de las leyes de la gravedad. Eso está muy bien, pero muéstreme ese metal, permítame fabricarlo".

    Pero dejen que les confiese una cosa. En menos de tres días hemos conseguido colar dos pulpos, diez vampiros y un San Sebastián en la página de cultura de ADN.

    A veces me da vergüenza que me paguen por esto.

    Febrero 04, 2008

    J. G. Ballard, de Shanghai al neo-barbarismo

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    Hoy se publicaba Miracles of Life, la autobiografía de JG Ballard. La tercera, última y definitiva porque, ustedes ya lo saben, Ballard se va.

    La reciente Bomb Mission de Hiroshima y el recuerdo de su infancia en un campo de concentración japonés leyendo historietas de Flash Gordon y Buck Rogers darían lugar a una literatura de ciencia-ficción post-apocalíptica, elusiva y ambigua en sus naturalezas muertas y sus geografías psicológicas, de tradición futurista pero aguardando al presente para derivar, a partir de obras como La exhibición de atrocidades o la trilogía urbana que conformarían Rascacielos, La isla de cemento y Crash, en un corpus clarividente capaz de explicar un mundo del que todos somos culpables.

    De acuerdo con el diccionario inglés Collins, el adjetivo Ballardian evoca una modernidad distópica, "un paisajismo inhóspito creado por el hombre y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico, social o medioambiental". Pero el escritor siempre ha precisado que esa distopía no es más que la superficie de su obra y que su verdadero motor ha sido siempre el optimismo.

    En ADN hemos publicado dos cosas, el artículo de Rubén Lardín y el recuerdo de un recuerdo, el video que hizo la BBC de su vuelta a Shanghai, por primera vez desde 1946. Me he puesto tontorrona y lo he llamado Memorias de Asia.

    Entre las cosas que no hemos publicado está el primer capítulo de esa biografía que arranca, precisamente, con ese viaje de ese video. Y la Autopsia del nuevo milenio que llega este verano al CCCB, de mano de Jordi Costa el próximo enero. Pero hay más cosas.

    En Elástico: Otra vez Ballard | JG Ballard: la clase media es el nuevo proletariado

    Y en general: El (otro) extracto de Miracles of Life | Fictions Of Every Kind | Ballardian: la web definitiva | Ballard al Tubo

    Enero 18, 2008

    Edith Wharton es la nueva Jane Austen

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    Hay quien dice que el periodo más fascinante de la historia de Inglaterra, que es la época previctoriana donde se acuñó la palabra científico, se creó el primer ordenador y se construyó el palacio de Cristal, se puede estudiar a conciencia leyendo a Dickens y a Jane Austen. Del mismo modo, para entender el Nueva York de principios del siglo pasado, necesitan Edith Wharton.

    Agotada Jane Austen para las editoriales y el cine, Wharton vuelve con la fuerza de cien mil caballos. Carmen ha escrito un artículo estupendo sobre la transición: Tiempo de releer a Edith Wharton.

    Además: Irving Penn: El artista y su laboratorio y Cuando Gutemberg descubrió América, la historia de la primera imprenta de sudamérica.

    Enero 10, 2008

    She was a servant

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    Sontag por Cartier-bresson, 1972

    David Rieff habla de su madre, Susan Sontag:

    "My mother loved science, and believed in it (as she believed in reason) with a fierce, unwavering tenacity bordering on religiosity. There was a sense in which reason was her religion. She was also always a servant of what she admired, and I am certain that her admiration for science (as a child, the life of Madame Curie had been the first of her models) and above all for physicians helped her maintain her conviction -- and again, this, too, was probably an extrapolation from childhood -- that somewhere out there was something better than what was at hand, whether the something in question was a new life or a new medical treatment."

    Me gusta especialmente que utilice la palabra servant y la manera en que, como ocurre con los que son esclavos por amor, en lugar de humillar a su receptor, lo haga más bello que ninguna otra palabra en el mundo.

    Me recuerda a una película que vi de pequeña -una película muy mala, muy mala- en la que Nastasia Kinski le decía a un amante despreciado que la mayor ofensa se la hacía él a ella y no ella a él, porque al menos él había encontrado algo por lo que merecía la pena humillarse pero ella no, y esa era su miseria. Por suerte, a algunas nos queda Madame Curie.

    Enero 07, 2008

    The Future of Reading (A Play in Six Acts)

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    De izquierda a derecha: Anthony Quayle, Arthur Miller, Mary Ure y Peter Brook

    Act I: The act of buying

    When someone buys a book, they are also buying the right to resell that book, to loan it out, or to even give it away if they want. Everyone understands this.
    Jeff Bezos, Open letter to Author’s Guild, 2002

    You may not sell, rent, lease, distribute, broadcast, sublicense or otherwise assign any rights to the Digital Content or any portion of it to any third party, and you may not remove any proprietary notices or labels on the Digital Content. In addition, you may not, and you will not encourage, assist or authorize any other person to, bypass, modify, defeat or circumvent security features that protect the Digital Content.
    Amazon, Kindle Terms of Service, 2007


    Act II: The act of giving

    [I]f he lent her his computer, she might read his books. Aside from the fact that you could go to prison for many years for letting someone else read your books, the very idea shocked him at first. Like everyone, he had been taught since elementary school that sharing books was nasty and wrong…
    Richard Stallman, The Right to Read

    [Y]ou can’t give them as gifts, and due to restrictive antipiracy software, you can’t lend them out or resell them.
    Newsweek, The Future of Reading


    Sigue leyendo The Future of Reading (A Play in Six Acts)

    MÁS: El futuro de la industria del libro I y II

    Noviembre 13, 2007

    El viejo arte de la visualización de datos

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    Ayer, después de ver a JL y a Ben Fry en el simposio de Medialab sobre visualización de datos, me llevé uno de los libros de la biblioteca del centro para escribir mi pequeña pieza sobre Visualizar.

    Todos los libros de Edward Tufte son preciosos pero lo que más me impresionó de The Beautiful Evidence fue el mapa de Minard con la marcha napoleónica de 1812 desde que cruzan la frontera rusa hasta que vuelven a Polonia.

    El mapa es de 1869 y, como decía finalmente en el artículo, tiene tres elementos que en realidad son dos: la línea que representa al ejército francés (marrón a la ida, negra a la vuelta) y la temperatura.

    Noviembre 11, 2007

    Norman Mailer, 1923-2007

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    Mi anécdota favorita de Norman Mailer es, por supuesto, aquella en la que acuchilló a su segunda mujer, Adele, con un cortaplumas después de una noche de alcohol y parranda porque le llamó maricón. Ella nunca le denunció y, como era una bruja con escoba, todos dieron por hecho que le había comparando con otro hombre y que lo menos que te puede pasar cuando te follas a otro y encima te chuleas, es que te claven un cortaplumas en el corazón.

    Y mi libro favorito es El negro blanco aunque, si Mailer nunca hubiera existido, lo que más echaría en falta sería The Village Voice, el periódico que fundó In 1955 junto con Ed Fancher, el primer amante de Adele, donde escribió A column for slow readers.

    El Village, por cierto, está de luto dos veces; el martes pasado murió su legendario fotógrafo, Fred McDarrah, a los 81 años.

    MÁS: NYT: Norman Mailer, Towering Writer With Matching Ego, Dies at 84 | LAT: Norman Mailer, 84; provocative, prolific novelist and essayist | Nation: Norman Mailer Brawled With Bush to the Bitter End | Guardian | Telegraph | Salon: Remembrances of Norman Mailer by Marlon Brando, Liz Smith, Irving Howe, Diana Trilling, Edward Abbey, Germaine Greer and other notables | Chic Trib | BBC | Boston Globe | NPR | Time | NYT

    Y MÁS: The Rise of Mailerism | The Last dance: las memorias de Adele | Norman Mailer, a dissenting view | Foto de familia con Norris Church, su última, bellísima, mujer.

    Noviembre 09, 2007

    No te enteraste de nada

    brujaaveria.gifHoy en Público, Santiago Alba Rico le ha hecho un Annie Hall a Leire Pajín después de leer su columna La generación de ‘La bola de cristal’.

    Alguien debería hacer un blog con estas cosas.

    Me parece coherente que el PSOE y el PP se disputen la bandera española y la defensa de la monarquía y que se entreguen al potlach electoralista de rivalizar sobre quién de los dos debilita más la democracia en favor de la unidad de España. Pero por eso mismo me extraña verme en la tesitura de tener que disputar a un miembro relevante de la ejecutiva del PSOE el patrimonio político y moral del mítico programa de TVE La Bola de Cristal, del que fui guionista entre 1984 y 1988. El disgusto que me ha producido la lectura del artículo de Leire Pajín Iraola (Publico, 30 de octubre), sólo puede compararse al que ella sentiría si, despabilada la memoria, fuese capaz de recordar el legado del que con tanta ligereza se reclama heredera: por debajo de la música de Alaska y Radio Futura, escucharía cosas que le pondrían los ‘baudios’ de punta y le harían ‘rebobinarse’ de terror, por evocar precisamente el lenguaje de los Electroduendes. Aunque tanto la directora del programa (Lolo Rico) como sus otros guionistas (Carlo Frabetti, Carlos Fernández Liria e Isabel Alba) comparten sin duda mi desazón por el malentendido de Leire Pajín, me ceñiré a la voz de la bruja Avería y sus compinches eléctricos, porque es la mía y porque está recogida y puede ser consultada en dos volúmenes de título muy significativo, ¡Viva el mal! ¡Viva el capital! y ¡Viva la CIA! ¡Viva la economía!, a los que la dirigente socialista puede acudir para comprobar que no me inspiraba precisamente en el programa de su partido.

    Cuando cayó en mis manos la edición de ¡Viva el Mal! ¡Viva el Capital! con los guiones del programa, yo tenía ya unos 20 años y me quedé asombrada de la transparencia del discurso que había en él. Leyendo La generación de la bruja Avería me ha vuelto a pasar lo mismo.

    La Bola de Cristal clamaba por un mundo nuevo tras 40 años de franquismo, pero por eso mismo no dejó nunca de satirizar las políticas del PSOE. La jocunda bruja Avería, cruce fantástico de Santiago Carrillo y José María Cuevas, fundió y gripó con su rayo a toda clase de inocentes bajo las figuras más variadas (militar, mafiosa, funcionaria, reina, incluso Dios), pero fue la mayor parte del tiempo la presidenta de la República Electrovoltaica de Tetrodia, de cuyo Gobierno formaban parte Narciso Radar, ministro de Misiles y Humanismo, e Invatios Barriobaudios, ministro de Expiación y Vergüenza Ajena. Todos recordarán el seudónimo que usaban Radar y Barriobaudios cuando formaban parte de la realidad y del Gobierno de Felipe González.

    Y yo que creía haber perdido la inocencia en un hostal de la calle La Palma.

    Malcolm Gladwell ha vuelto

    Dice que estaba escribiendo un libro (sigh) y que volverá a escribir con regularidad en el New Yorker. Ha vuelto con un artículo sobre los criminólogos especialistas en perfilar a los asesinos en serie.

    A propósito o no, el artículo mismo es una autopsia llena de humor negro. Conocemos a los héroes del género, aprendemos las claves de su disciplina y nos maravillamos con su generosidad y sus capacidades sobrenaturales. ¿Cómo supo que iría así vestido? ¿De dónde saco lo de que era tartamudo?

    The traditional detective story begins with the body and centers on the detective’s search for the culprit. Leads are pursued. A net is cast, widening to encompass a bewilderingly diverse pool of suspects: the butler, the spurned lover, the embittered nephew, the shadowy European. That’s a Whodunit. In the profiling genre, the net is narrowed. The crime scene doesn’t initiate our search for the killer. It defines the killer for us. The profiler sifts through the case materials, looks off into the distance, and knows.

    “Generally, a psychiatrist can study a man and make a few reasonable predictions about what the man may do in the future—how he will react to such-and-such a stimulus, how he will behave in such-and-such a situation,” Brussel writes. “What I have done is reverse the terms of the prophecy. By studying a man’s deeds, I have deduced what kind of man he might be.” Look for a middle-aged Slav in a double-breasted suit. Profiling stories aren’t Whodunits; they’re Hedunits.

    Aprendemos que el escenario de un crimen dice tanto de la personalidad de su autor como la decoración de su sala de estar y que hay dos tipos de criminales: el ordenado es creativo, detallista y cinematográfico, elige a sus víctimas cuidadosamente y lo limpia todo antes de irse; el patético es el que se carga a cualquiera y de cualquier manera, dejándolo todo hecho un sindiós. Mi madre siempre se cabreaba conmigo cuendo me bebía un zumo o un batido o algo realmente rico de un sólo trago. Me decía "no lo estás disfrutando". Según esta división, pergreñada por dos especialistas del FBI tras entrevistarse con 36 criminales, mi madre sería el asesino ordenado y el asesino patético sería yo.

    Y ahí estamos cuando, de repente, Gladwell da un giro inesperado. Y demuestra dos cosas: que su obsesión por el trabajo persistente y cuidadoso versus el golpe de genio y los grandes protagonistas sigue intacto y que, del mismo modo que es capaz de defender al CEO de Enron después de arruinar su propia empresa o a la directora de teatro que le plagió, no tiene piedad con los fanfarrones y los sobrados.

    Y hasta aquí puedo leer.

    PD. Apuesto a que su nuevo libro tiene que ver con los secretos, el caso Enron y la verdad en la era de la sobreinformación. Al menos eso espero.

    Noviembre 01, 2007

    Things do not explode

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    The fail, they fade

    Octubre 31, 2007

    No salgas de casa

    bride_of_frankenstein_elsa_lanchester.jpg

    Javier Pulido y yo nos hemos hecho un pequeño mano a mano con el especial de Halloween: Cinco motivos para no salir de casa en Halloween y Diez relatos para morirse (de miedo).

    Nos faltan los comics, pero tenemos que dejar algo para mañana. Tampoco le hicimos demasiado caso al Don Juan, a pesar mío. ¿Qué más se nos ha olvidado? ¿Alguien ha leído a Thomas Ligotti?

    MAS: happy halloween' 06 | Feliz noche de todos los santos

    Octubre 25, 2007

    Ciencia Ficción y Fantasía

    PhilipDick.jpgEl Newyorker es tan, tan bueno, que a veces lo mejor no es que Adam Gopnik escriba sobre Philip K. Dick sino que, un par de números más tarde, alguien mande carta al editor con una historia inesperada:

    Adam Gopnik dice que en los sesenta "había un millón de sitios donde escribir ciencia ficción... los editores estaban hambrientos de publicarlo y los lectores de discutirlo". De hecho, en los años sesenta muchos escritores de ciencia ficción, viendo que su audiencia decaía, se desviaron hacia la pornografía, que acababa de ser legalizada por la Corte Suprema en 1957.

    Un editor de ciencia ficción con éxito, William Hamling, abrió un negocio de pornografía en los años 50 y contrató a todos los escritores de ciencia ficción que conocía: Harlan Ellison, Robert Silverberg y Marion Zimmer Bradley, junto con los novelistas Lawrence Block, Donald E. Westlake y Hal Dresner.

    El coraje de Philip K. Dick no fue resistir la tentación de escribir literatura y acabar siendo un "Doctorow" sino resistir la tentación de unirse a sus colegas en la carrera del porno. Y le habría ido bien: la capacidad para crear elaboradas, y a veces increíbles fantasías parece traducirse especialmente bien de un género al otro.

    Octubre 20, 2007

    The influencers

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    To be a truly famous scientist, you need to have a hit single. Einstein had E = mc2. Newton had the apple and gravity. Even the lesser rock-star scientists have one shining achievement for which they're known -- such as Niels Bohr's theory of the atom.

    But there's another kind of scientist who never breaks through, usually because while his discovery is revolutionary it's also maddeningly hard to summarize in a simple sentence or two. He never produces a catchy hit single. He's more like a back-room influencer: his work inspires dozens of other innovators who absorb the idea, produce more easily comprehensible innovations and become more famous than their mentor could have dreamed. Find an influencer, and you'll find a deeply bitter man.

    Esta es la crítica de Dark Hero of the Information Age, la biografía de Norbert Wiener que Basic Books publicó el año pasado y que me acabo de comprar por seis euritos en Scheltema. Wiener es, como sabrán si leen el resto de la crítica, el padre de la Cibernética, un campo fundamental para el desarrollo de disciplinas como, por ejemplo, la Inteligencia Artificial y la Teoría de la Información.

    También me he comprado Fatal Atraction, sobre el desarrollo del magnetismo (de magia negra a disciplina científica) durante la Ilustración y, quizá más interesante, When Computers were human, una historia de lo que podría llamarse "los obreros del código", aquellos que podrían haberse hecho un nombre en los anales de la ciencia y que, por circunstancias, acabaron convertidos en calculadoras humanas para la gloria de otros. La abuela del autor fue una de ellos.

    El libro es circular, como Anna Karenina: empieza con la llegada del cometa Halley en 1758 y los astrónomos franceses tratando de calcular su órbita y acaba con un UNIVAC calculando esa misma órbita en la repesca de1986. Por el camino, pasa por la revolución francesa, la máquina analítica, la Gran Depresión y los inicios de la era de la Información.

    Y, finalmente, I bought Andy Warhol, el libro sobre el mercado del arte en el NY de los 80 que me ha recomendado mi amigo Javier. No corran a por él porque pronto estará en las librerías españolas; me ha dicho un pajarito que una nueva, flamante y desquiciada editorial lo va a traducir de inmediato.

    Estoy contenta porque apenas he podido abrir un sólo libro desde que volví a Madrid. Y cuidado: Abada está reeditando las obras de Walter Benjamin. Una colección preciosa.

    Octubre 17, 2007

    Amsterdam mon amour!

    newman.jpg Estoy pasando mi primer día de descanso en tres semanas en el Mediamatic de Amsterdam y acaba de dejar de llover. De momento, no tengo muchos planes, salvo acercarme mañana a mis librerías favoritas: el American Book Center, el Atheneum Bookstore y Scheltema.

    Si encuentran una, encuentran todas: están una detrás de otra. La primera es la mejor, la segunda la más famosa y en la última, que es una especie de Casa del Libro con mejor selección y millones de títulos en ingles, siempre hay saldos. Y cuando digo saldos, digo saldos: hace dos navidades me compré más de veinte libros maravillosos por dos y tres euros cada uno. Entre ellos, los cuatro volúmenes de El Mundo de las Matemáticas de James Newman.

    The World of Mathematics no es una enciclopedia sino una colección de ensayos con pequeños prefacios de Newman. Confieso que yo no me di cuenta de lo que me llevaba hasta que, una vez en casa, los miré con más cuidado. Es uno de esos trabajos insólitos de amor puro, como la Historia de la Literatura Universal de Riquer y Valverde (que, por cierto, acaban de reeditar), que ocurren una vez en la vida y, una vez caen en tus manos, ya no puedes vivir sin ellos.

    La selección de ensayos es exquisita. Un lector decía en Amazon:

    Imagine reading Descartes on Cartesian coordinates, Whitehead on mathematical logic, Weyl on symmetry, Dedekind on irrational numbers, Russell on number theory, Heisenberg on the uncertainty principle, Turing on computer intelligence, Boole on set theory, and Eddington on group theory.

    Imagínate. Newman escribió, junto con Ernest Nagel, un libro sobre el Teorema de la incompletud de Kurt Gödel que inspiró, a su vez, Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, que también es uno de mis libros favoritos de los últimos años.

    Sé que existe una edición del Mundo de las Matemáticas en seis volúmenes traducida al español. Si la encuentran, no dejen de decirmelo: me encantaría regalarsela a mi padre.

    Octubre 05, 2007

    La literatura peruana, hoy

    La feria del Libro Líber 2007 tuvo a la literatura peruana como invitada de honor. A pesar de algunos premios recientes en narrativa como a Alonso Cueto, Santiago Roncagliolo o Jaime Bayly , y algunos reconocimientos internacionales a poetas como Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Antonio Cisneros, José Watanabe y Arturo Corcuera, la literatura peruana sigue siendo una gran desconocida en el mundo editorial en castellano.

    La imagen de una literatura de énfasis realista es la primera que se viene a la mente de los lectores, amparados sobre todo en la celebridad de autores como Mario Vargas Llosa , Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro. Además, la presencia de una fractura entre el mundo occidental y el mundo andino también es otra imagen recurrente, en especial pensando en autores como José María Arguedas o Ciro Alegría.

    Sin embargo, para quienes siguen más de cerca la literatura peruana es innegable que su naturaleza actual es la dispersión. Muchas voces, muchos estilos, muchos temas. La pluralidad ha logrado vencer al monolítico realismo social y a la poesía de denuncia; la pluralidad incluso ha desplazado a la "tolerancia" de quienes difícilmente aceptan que autores que clasifican de "experimentales" o "esteticistas" surjan con fuerza en medio de una literatura realista.

    Las cosas buenas de tener una sección de cultura: con la excusa del Liber, le pedí a Ivan Thays para que nos hiciera un breve repaso al estado total de la literatura de su país. Podeis leer el resto aquí.

    Muchas gracias Ivan. Eres maravilloso.

    Más sobre la literatura peruana: El Perú se está mudando, por Santiago Roncagliolo | La flota inexistente o las ideologías navales de la literatura, por Fernando Rivera

    Septiembre 30, 2007

    El ninguneo de la RAE a los cantes y bailes flamencos

    Mucho se habla de que el DRAE es un mal diccionario, y si nos ceñimos al ámbito del flamenco, no podemos sino estar de acuerdo con los que así opinan.[1] Primero, porque de los cincuenta y tantos nombres de cantes y bailes flamencos, la RAE recoge sólo la mitad; segundo, porque la Academia no sigue un criterio uniforme a la hora de definir estos términos; y tercero, porque las definiciones que ofrece son insuficientes y poco esclarecedoras. No es extraño, pues, que muchos se hayan quejado del errático comportamiento lexicográfico que sigue la Real Academia Española al elaborar su diccionario general.[2] Imaginen por un momento a un japonés aficionado al flamenco —y les aseguro que hay muchos— que, después de asistir a un tablao de Tokio, llega a su casa y se va al DRAE en línea para saber algo más de los cantes y bailes que figuran escritos en su folleto. Imaginen que busca tangos y se topa con que es ¡un baile argentino!; imaginen que busca luego milonga y resulta que es ¡otro baile argentino!; imaginen que —un poco mosqueado ya— busca rumba y comprueba con estupor que lo que acaba de oír en el tablao es ¡un son cubano!; imaginen por último que busca guajira, y se encuentra —ya con la boca abierta de par en par— con que es ¡otro son cubano! Díganme, ¿pensaría nuestro aficionado nipón que la Academia ha hecho bien en no incluir las acepciones flamencas de estas palabras en el DRAE, o diría al estilo de Obélix: «¡Están locos estos hispanos!»?

    Sigue leyendo ¿Hasta cuándo, Academia, hasta cuándo? en Addenda y Corrigenda.

    La lista de Cronenberg

    epcron.jpg

    Amazon pidió a Cronenberg que les hablara de sus cosas favoritas. Más inteligente y menos egomaníaco que Lynch, ésto fue lo que contestó:

    Pensé que sería más interesante si hiciera una lista de las cosas que he visto y he leído para preparar "Eastern Promises" que soltar un puñado de cosas que me gustan. Entre ellas están "The Mark of Cain" de Alix Lambert, un complemento a los libros de tatuajes rusos que todavía no está en DVD. Es un documental muy valiente sobre la subcultura de tatuajes en las cárceles rusas. No tengo ni idea de cómo han podido hacerlo pero da miedo, es precioso y corta la respiración.

    Y así fue: aquí está la biblioteca que arropó Eastern Promises con comentarios del director. Incluye Stalker, de Tarkovsky (A difficult but rewarding pseudo-sci-fi movie which manages to be more revealing of Russia in 1979 than any documentary), Los Poseídos de Dostoevsky (... like an transparent egg in which one can see the Stalinist era preparing to hatch) y Black Earth de Andrew Meier (Scary, depressing, shocking and beautiful).

    Me encantan las listas. Aquí está la previa de Javier Pulido a Eastern Promises, presentada hace unos días en San Sebastián. Pero me gusta especialmente lo que dice Anthony Lane de que Cronenberg ha encontrado a su musa, que no es Naomi Watts sino el impenetrable Viggo Mortensen:

    Viggo Mortensen, who starred in “A History of Violence,” appears here in a very different role, and it may be that the director has found his muse. Mortensen, armed with those scary chiselled cheekbones and deep-set, easily wounded eyes, delivers just the ratio of machine to mortal that Cronenberg requires—the Dietrich to his von Sternberg, you might say.

    "La Dietrich para su von Sternberg". A ver quién mejora eso.

    Septiembre 18, 2007

    El país tenebroso

    Schulz.jpg

    El Círculo de Bellas Artes abre la temporada con una exposición tenebrosa del escritor, traductor de Kafka y dibujante polaco Bruno Schulz.

    El país tenebroso se completa con la obra plástica de tres de sus predecesores polacos, Wojciech Weiss, Witold Wojtkiewicz y Stanislaw Ignacy Witkiewicz, la de un artista contemporáneo que se inspira en él, Jan Lebenstein, y la de algunos de los artistas europeos que influyeron a Schulz, como Francisco de Goya, el belga Félicien Rops o el británico Aubrey Beardsley.

    Más, aquí.


    Septiembre 05, 2007

    50 años "On the Road"

    kerouac.jpg

    El 5 de septiembre de 1957 se publicó la primera edición de En el Camino, de Jack Kerouac. En ADN.es le hemos dedicado un sentido homenaje.

    Carlos ha escrito sobre la generación Beat, Elena ha hablado con Jorge Herralde de Anagrama, Jesús García de Visor y con Mariano Antolín Rato, escritor-traductor de la generación beat en España sobre la posiblidad de un Kerouac español y Miqui Otero habla de sus ediciones, desde la primera (un rollo de papel de 36 metros de largo- a la última, la gran reedición 50 aniversario.

    Nos quedamos sin música. Pero en LPC podemos con todo. ¡Feliz 50 aniversario Beat!

    Agosto 21, 2007

    50 años En el camino

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    Kerouac, 50 años.

    The best-selling novels of 1957 included “Peyton Place” by Grace Metalious and “On the Road” by Jack Kerouac. Both were cultural touchstones: “Peyton Place” as a precursor of the modern soap opera and “On the Road” as a clarion call for the Beat generation and, later, as an underground bible of the 1960s and ’70s.

    El NYT ha recuperado la portada que el mismo Kerouac propuso a la editorial -y que fué rechazada gracias al cielo- y apunta a una página que recoje un aluvión de On the Roads en todos los idiomas.

    Yo, que prefiero con mucho Los Subterráneos, tengo dos. Y me gusta comprobar que la española es, por una vez, de las más bonitas del mundo.

    MAS: La primera edición (no te olvides de leer la primera página) | La segunda edición | The Beat Museum | Más aniversario: repitiendo la hazaña, 50 años después

    50 herederos a dedo

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    Un buen manifesto necesita generar violencia porque demanda un cambio. Al mismo tiempo, el creador del manifesto necesita carisma, sentido del humor y, por supuesto, ilusión. En los 60, los Situacionistas predecían que todo el mundo sería un artista, mientras que Yves Klein declaraba que el cielo era su mejor obra. "Hay que acabar con los pájaros" -escribió en 1961. Estropeaban su azul.

    Sin embargo, los manifestos del canon arquitecónico han sido documentos más bien piadosos, exentos de humor. Crimen y Ornamento, de Adolf Loos (1908) se llevó toda la diversión -junto con los elementos decorativos- del edificio, mientras que Hacia una nueva arquitectura (1923) y La Carta de Atenas (1933) de Le Corbusier predicaban la pureza - el orden normalizado sobre el caos. En ambos casos, sus visiones encontraron una realización plena.

    En los 70, Aprendiendo de Las Vegas de Venturi Scott Brown y Delirante Nueva York (un manifesto retroactivo) de Rem Koolhaas celebraron los frutos del capitalismo rampante y su contemporaneidad. Pero había una grieta en la forma después de la Visión de Inglaterra del príncipe Carlos (1989), seguida de cerca por Unabomber (1995) y el manifesto Stuckista (1999), que establecía que sólo la pintura era arte. De pronto parecía que los manifestos habían sido apropiados por asesinos o, lo que es todavía peor, reaccionatios. ¡Retarguardistas!

    La conclusión final es que, en el siglo XXI, hay tantos manifestos como personas y que, como no les dio tiempo a llamarnos a todos, han pedido a 50 arquitectos que propongan su propio manifesto. Teniendo en cuenta lo disparatado de un manifesto de encargo (igual es un chiste de esos de arquitecto tan posmoderno que no lo cojo), no es de extrañar que lo más emocionante sea la introducción (de la que tan generosamente les he traducido un trozo).

    Pero tiene momentos. Pasen y lean.

    Julio 03, 2007

    truman

    20060211144742-truman-capote.jpg

    En la primavera de 1975 Truman Capote publicó en la revista Esquire su relato La Côte Basque, que iba a formar parte de su libro Answered prayers. El título lo tomó del restaurante homónimo de la calle 55 Este que hasta bien entrados los años 80 fue el centro de reunión de la beautiful people neoyorquina de la época de la mano de su propietario, Henry Soulé, antiguo maître francés que anteriormente había regentado Le Pavillon, donde hizo famoso su timbal de marisco ligado con patata, condimentado con estragón, con mucho estragón y coronado de caviar.

    Dos décadas antes, a principios del otoño de 1955, Ann y William Woodward habían acudido a una fiesta en Manhattan organizada por la duquesa de Windsor, la malvada Wallys.

    Sigue leyendo Truman le dice a Cecil (via).

    BOLA EXTRA: The Other Side of the Wind

    Mayo 11, 2007

    RAM_love

    cultura_ram.jpgEn un rato (a las19:30) se presenta el último libro de Jose Luis Brea en la librería del Reina Sofía de Madrid. Cultura_Ram habla de cómo nosotros y nuestra existencia vital, intelectual y emocional hemos derivado de ROM a RAM o, para entendernos, de memoria de almacenamiento a memoria de proceso. O, para entendernos todavía un poco mejor, algo que tiene que ver con el hecho de que nos estamos volviendo gilipollas de tanto almacenar enlaces y guardar índices y asociar conceptos con colores, bolitas, tartas y nubes en la W2.0 sin que ninguna de esas circunvalaciones tenga contenido real.

    Yo sé que esa última explicación no le va a gustar a Jose Luis y le pido disculpas de antemano. No sé si dan vino en la presentación. Si no, les recomiendo cariñosamente que suban por atocha hasta la calle San Eugenio y entren en la Vinícola Mentridiana. Todo está rico allí. Hasta las camareras.

    Actualización. Si mi pequeña maldad -fundamentalmente injusta aunque no del todo falsa- tenía como propósito inconsciente arrancar unas palabras al autor en exclusiva para éste, su blog, ya podemos decir eso de me encanta que los planes salgan bien.

    Mi ensayo trata de un cambio epocal que instituye como más característico un tipo de dinámicas de gestión de la producción de conocimiento –y las formaciones narrativas y de imaginario en que ello cristaliza- que no opera ya con la forma tradicionalmente característica de la memoria-almacén (como lo hace el archivo o el disco duro: pero también la universidad, el museo, el arte, el urbanismo en la constitución de la ciudad …) sino con la forma más característica de las memorias de proceso. Es decir, entrelazando datos.

    La inteligencia –que siempre ha sido algo un poco distinto de la memoria almacén: digamos su forma activada, justamente su forma RAM- siempre ha tenido que ver con eso justamente, con el potencial de entrelazar datos, signos, espacios, valencias. Como en los teatros de la memoria de Camillo o Bruno, o las artes de la agudeza de Gracián.

    Con el libro en la mano tengo que reconocer que su descripción se ajusta más a la realidad que la mía y que es justo y necesario que sea así. Aunque, como he dicho más abajo, lo que me jode es su irritante costumbre de ser siempre más optimista que yo. Me hace sentir orusca y apocalíptica.

    Mayo 10, 2007

    Harland Miller

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    Harland Miller pertenece a una raza casi extinta de artista: los que tienen sentido del humor. Jarvis Cocker le entrevista en el Guardian acerca de sus maliciosas recreaciones de los clásicos de Penguin mientras Gordon Burn les hace la pista extra de explicaciones por detrás. Dichas explicaciones son del tipo,

    I remember the first time I came across the Hemingway painting I'm So Fucking Hard - it was propped against the wall in a studio, an appropriately imposing object, about 6ft by 4ft - I laughed out loud. Ditto its companion painting, Dirty Northern Bastard, attributed to DH Lawrence. Also Not Bi-curious by Norman Mailer. I could go on.

    En esa foto Harland Miller se parece de hecho a Jude Law.

    Mayo 07, 2007

    El cumpleaños de la niña musa

    Alice Liddell.jpg

    Fué el pasado cuatro de mayo y yo no me acordé, pero Miguel Esquirol sí lo hizo:

    Alicia, la que persiguió al conejo blanco, que atravesó el espejo, que soñó con la reina de corazones, no es la misma Alice Liddell que se dejó fotografiar y que escuchó maravillada las historias casi mágicas que un día le contó a ella y a sus hermanas este matemático escritor navegando por el río Támesis. Ni las ilustraciones originales de Carroll ni las que se hicieron internacionalmente famosas de Tenniel la usaron como modelo, pero no podemos evitar encontrárnosla como un reflejo engañoso, una de las tantas paradojas del país del espejo, repetida la una en la otra.

    Existen muchas fotografías de Alice, con sus hermanas, disfrazadas de pequeñas - beldades orientales, mostrando un pequeñísimo hombro desnudo en una fotografía casi impúdica, e incluso una Alice joven, con amplio vestido y peinado, o seria y ausente mirando a la cámara con una mano a la cintura. Pero mi fotografía favorita es la que decora este texto, con vestido y amplias mangas, zapatos de charol, en un entorno vegetal y revelando una mirada poderosa que está a punto de estallar en una sonrisa pero que aguanta, paciente al fotógrafo, cuestionándole con la mirada, comportándose seria pero sin poder evitar que los mundos fantásticos que recorrió se le asomen por los ojos.

    Sigue leyendo Multiples Alicias. La adaptación pop a la famosa foto de Alice como niñita pordiosera es de Clive James.

    las afinidades poéticas

    pescatypewriter.jpgLas afinidades electivas es un blog de poesía, un experimento, un club exclusivo y un manual. Allí hay perfiles de poetas contemporáneos y sólo se entra por invitación: un invitado da una lista de sus contemporáneos favoritos y estos son invitados y cada uno ofrece su lista y así hasta que sólo queden fuera los que no tienen amigos. Lo he visto en el blog de Manuel Vilas (poeta), que también comenta:


    El fenómeno de este blog permite ver la vitalidad del género, la vitalidad de la poesía, en la medida de que en ese blog debe de haber ya más de cien poetas en el listado, no me he molestado en contarlos, tal vez sean ya doscientos. Permite intuir también que en la poesía española hay un discurso “oficial” y otro “subterráneo” y este último se ha alojado, como no podía ser de otra forma, en Internet. El discurso oficial o institucional es de sobras conocido, porque es el defendido por la crítica, por los periodistas, por los editores, por los profesores, por los premios importantes, por todo el ramo profesional del ejercicio de la poesía “de pestigio” en España. Lo que este blog alimenta es una especie de democratización general del gusto literario. Esto tiene su parte buena y su parte mala. Es un blog “asambleario” frente a la realidad “aristocratizante” de la organización social de la poesía española culta y de prestigio. Este “asamblearismo democratizante” lo ha permitido Internet, claro, en una de sus piruetas tecno-políticas. Porque este blog tiene a mi juicio más calado político que literario.

    A mí me parece interesante porque estoy completamente desconectada de la producción poética actual en castellano y, navegando entre los perfiles, espero encontrar a alguien cuyos libritos me quiera comprar cuando vuelva a Madrid. Manuel comenta también como, por muy poetas que sean, no se escapan de la política del "yo te cito si tú me citas" pero en este caso parece benévola porque los citados ya han aparecido y lo importante del experimento es que haya nuevos nombres en la lista. Otra cosa es que el amiguismo no conduce a la calidad y que muchos poetas de la lista son malos de cojones. Pero para eso están el lector y la implacable ruedecita del ratón.

    Abril 28, 2007

    los clásicos de siempre, con la mitad de calorías

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    Donde Allen Lane revolucionó el mercado editorial en la inglaterra de los años 30 creando ediciones asequibles para que los no-privilegiados tuvieran acceso a los clásicos, la editorial norteamericana Orion Group y su director Malcolm Edwards lanza la serie Compact Editions para que nadie se castigue en exceso. La vida es demasiado corta para leer todos los libros que querrías leer, hay libros que no vamos a leer jamás. Y el mundo sería un lugar mejor si les quitamos lo que les sobra.

    Por si no quieren seguir el link, se lo resumo deprisa: con lo de "hay libros", Malcolm Edwards se refiere a Anna Karenina, La Feria de las Vanidades, David Copperfield, Middlemarch, Moby Dick, Jane Eyre y el resto de un grupo de títulos popularmente conocido como "los clásicos". Con "lo que les sobra" se refiere al 40%.

    La iluminación llegó por sorpresa el día que descubrieron que había gente en la oficina cuya cultura literaria tenía algunas "lagunas". Generosamente, Edwards dijo que no pasaba nada porque él no se había leído Middlemarch y, aunque había intentado tragarse Moby Dick varias veces, lo había dado por imposible. Después alguien dijo que se había leído La Feria de las Vanidades más o menos en diagonal y todos se rieron y siguieron trabajando, pero sintiéndo que lo hacían en un mundo más relajado y amable. Los dos libros, por cierto, son de lectura obligatoria en los programas de educación secundaria. Se entiende que para entrar a trabajar en Orion Group, haber acabado el bachillerato se valora pero hasta cierto punto. Son gente razonable.

    Además de razonables, en Orion son gente seria y a la iluminación le siguió una encuesta. La investigación -explica Edwards - confirmó que los lectores habituales piensan que los clásicos son largos, lentos y, honestamente, aburridos. Esto se supone que no se debe decir pero creo que una de las razones por las que Jane Austen es tan popular es porque sus libros no son tan largos.

    Alguien en Orion Books sabía sumar y ésto era uno más uno: a la mayoría de la gente le gusta decir que ha leido los clásicos pero no tanto como para leer a los clásicos, que tienen fama de coñazo y algunos suben a las 700 páginas. La razón por la que todo el mundo dice haber leído a Jane Austen no es porque sus libros sean cortos sino porque, en los últimos diez años, ha habido más adaptaciones de Austen en la pequeña y gran pantalla que capítulos de Dallas. Pero a los "lectores habituales" -que imagino fans de Alessandro Baricco, Como Agua para Chocolate y/o El código da Vinci- les gusta salir del cine idiciendo que el libro es mucho mejor.

    Para ellos -y aprovechando que los autores de los clásicos crian malvas desde hace tiempo y sus derechos también- Orion Group ha creado la serie Compact Editions: ¡clásicos con la mitad de calorías! Los primeros seis títulos de la serie Compact Editions de clásicos editados al 40% saldrán el próximo mes de junio a un precio de £6.99 (unos 10€) e incluyen Anna Karenina, La Feria de las Vanidades, El Molino del Floss, David Copperfield, Moby Dick y Esposas e hijas. Le seguirán en septiembre Casa desolada, Middlemarch, Jane Eyre, El conde de Montecristo, Norte y Sur y Retrato de una dama.

    MÁS. Julia Stiles será Esther Greenwood en la adaptación cinematográfica de La Campana de Cristal, única novela de Sylvia Plath, donde se relata en detalle su descenso a los infiernos de la depresión, su primer intento de suicidio y su tratamiento con electroshock en una clínica privada de los años cincuenta. La coproductora ha dicho que no quieren una película depresiva y que estará llena de humor. En Gawker tienen algunas sugerencias.

    Abril 23, 2007

    Feliz día del libro: LA IMPRESIÓN BAJO DEMANDA

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    Me estaba guardando esta sabrosa campaña de libros con pelígro público que Antonio le cogió al Pez para compartir con ustedes mi especial sobre la edición digital de libros.

    LA IMPRESIÓN BAJO DEMANDA Y EL FUTURO DE LA INDUSTRIA EDITORIAL

    Lulú es la compañía de Impresión bajo demanda (POD) más famosa en la Red. Su servicio consiste en imprimir libros en tiradas pequeñas para usuarios sin respaldo editorial, pero con el acabado profesional de una edición tradicional. Se basan en las técnicas de impresión digital, que permite producir un sólo libro al mismo precio que cien. Cuando llegó a España a finales del año pasado, lo hizo con la promesa de reinventar el mundo editorial del mismo modo que la Red ha reinventado la industria de la música. Pero la literatura no es música y los libros no son CDs. ¿Cuál es el futuro de la industria del libro? ¿A quién le interesa convertirse en su propio editor?

    De Guttemberg a la imprenta digital. Tradicionalmente, hay dos formas de imprimir un libro: en tipografía y en offset. La tipografía es más antigua y consiste en hacer un grabado sobre planchas metálicas que se entinta y se prensa sobre el papel. En offset, se hace una copia del libro en película fotográfica de alto contraste llamada fotolito. Las planchas de impresión, formadas por pequeñas letras deben construirse a mano y la impresión se hace sobre pliegos, que se pliegan (como indica su nombre) en cuadernillos de 32, 48 o 24 páginas. Los pliegos -que pueden ser de diverso grosor, peso y textura- son caros. Y, aunque el offset permite más flexibilidad que la tipografía y abarata sensiblemente los costes, los dos procesos requieren una inversión importante. Los editores necesitan hacer una tirada mínima de mil o dos mil ejemplares para justificar el gasto. Y, una vez hecha la tirada, tienen que deshacerse de ella. En un mercado tan saturado como el de los libros, es prácticamente imposible.

    La impresión digital, sin embargo, no requiere inversión inicial: el original se deja preparado para su impresión y permanece en formato digital hasta que se solicita una copia. Es como imprimir un libro con una impresora doméstica; no hay que componer planchas ni fotolitos ni comprar un papel especial, se imprime página por página, se recorta y se pega. El precio por ejemplar es mínimo y la misma máquina puede producir dos libros completamente distintos en menos de quince minutos con una calidad más que aceptable. La capacidad de imprimir una sola copia en lugar de una tirada mínima de mil -explica Kevin Kelly, escritor, fotógrafo y fundador de la revista Wired- cambia radicalmente la economía del libro a favor de aquellos con más entusiasmo que dinero. Cualquiera puede colocar un libro en el mercado sin tener que empeñar la casa. Pero eso no significa que cualquier pueda hacer un libro de éxito.

    [*Este artículo fue publicado -editado e ilustrado- en Consumer hace unas semanas. ]

    La autoedición: no tan fácil. Bob Young, fundador de Lulú, decía que su intención era facilitar la publicación de un libro, simplificándolo hasta el punto de ser tan sencillo como crear un blog en Internet. Pero, como explica Jose Antonio Millán, escritor, filólogo y autoeditor, cualquiera que cuestione la necesidad de intermediarios en el sector del libro debería empezar desde abajo y conocer bien la cadena de montaje. La cadena tradicional de producción de un libro es complicada e incluye un gran número de profesionales especializados: el corrector de estilo, que se encarga de limpiar el texto de errores ortográficos, sintácticos e incongruencias de la narración; los maquetadores, que lo preparan para su puesta en página; los diseñadores, que componen los elementos visuales del libro, desde la portada a la tipografía, pasando por el tamaño, peso y tipo de papel... Entre el archivo Word de creación de un autor y el libro compaginado -explica Millán- hay un montón de trabajo, que el autoeditor debe poder (y saber) hacer. El resultado final depende mucho de todo el trabajo previo a la impresión.

    Lulú, como muchas otros servicios de autoedición, ofrece un software específico para la maquetación del original y una serie de vídeos demostrativos y consejos para el usuario, aunque la mayor parte están en inglés. Es importante darse cuenta de que Lulú sólo fabrica el libro; nadie se pondrá en contacto con el autor si la maquetación es deficiente, el texto se corta por falta de margen o está lleno de incongruencias. Lo más inteligente es pedir unidades de prueba y retocar hasta que el resultado nos parezca satisfactorio. Lulú permite modificar el original tantas veces como haga falta, con la única condición de que se compre al menos un libro de cada versión.

    Otra opción es acudir a profesionales. Lulú ofrece una lista de empresas para las tareas que normalmente haría una editorial, aunque se contratan por separado y no son baratas. Los precios por editar, revisar, maquetar y limpiar contenidos giran en torno a los 100-200 dólares; diseñar la portada puede costar de 75 a 2000 dólares y los servicios de maquetación (básicamente, convertir el original en un PDF terminado para publicación con todos los requerimientos específicos de Lulu) cuesta entre 50 y 750 dólares. Antes de contratar la más barata, conviene consultar los fotos y contrastar las experiencias de otros usuarios porque, como en todo, lo barato puede salir caro. O buscar un diseñador local de quien se tengan referencias directas.


    El ISBN: el autor se convierte en editor.El ISBN (International Standard Book Number) es la matrícula que necesitan los libros para poder circular legalmente por el mercado. Sin matrícula, el libro es el equivalente al vaso de limonada que venden los niños en la películas americanas: no nos hace falta licencia pero limitamos nuestras posiblidades a la página de Lulú y a nuestra propia casa. Obtener el ISBN es gratuito y se puede solicitar al Ministerio de Cultura por Internet. Lo malo es que, para solicitar uno, hay que ser una editorial. Según cifras de José María Barandiarán, consultor del sector del libro, 1.700 editoriales de las 2.056 que se constituyeron en 2005 corresponden a la figura del autor-editor. Pero la creación de una empresa editorial en España tiene costes y obligaciones y el autor tendría que hacer pedidos a Lulu y dejárselos a una distribuidora o librería de España. Si queremos vender nuestro ejemplar por la Red, lo más fácil es comprarle uno a Lulú.

    Un ISBN de Lulú cuesta 89,95 euros. El código incluye en número de identificación del libro pero también el del editor, lo que significa que, a efectos fiscales, Lulú se ha convertido en nuestra editorial. A partir de ese momento y, con el libro en la mano, la próxima preocupación del autor es colocarlo y venderlo. O, en términos editoriales, la distribución y promoción.

    El oficio de venderse. A un autoeditor desconocido le resultará difícil colocar su libro en la mesa o el escaparate de una librería en la calle. Los libreros confían en el criterio de la editorial y de la distribuidora a la hora de colocar títulos en la mesa de novedades. El escritor novel tiene que conformarse con las librerías online y los recursos que tiene a mano. Por suerte, estamos en la Era de la Información y su mejor aliado es la Red.

    Una empresa editorial grande promociona sus libros de muchas maneras distintas: enviar ediciones a aquellas publicaciones donde podrían ser reseñados, organizan eventos y lecturas con presencia del autor... para un autoeditor, enviar ejemplares es una opción excesivamente costosa, puesto que los tiene que comprar de antemano e invertir un dinero que no va a recuperar. Por otra parte, su libro tiene que competir con los de las grandes editoriales por la atención de críticos y revistas. A no ser que se trate de un tema particularmente extravagante o provocador, lleva todas las de perder. Lo mejor es estudiar su mercado y hacer uso de las herramientas que ofrece la Red para disparar el boca a boca. La mejor manera de promocionarse es poner el libro en la Red con una licencia flexible que permita su distribución.

    La Red es el paraíso del boca a boca. Con fenómenos como la blogosfera, los videojuegos multijugador online, los foros especializados y los agregadores de noticias como Digg o Menéame, las posiblidades de promoción son muchas. Crear un blog en torno al libro es una práctica corriente que funciona con éxito en todo e