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Septiembre 06, 20054. Sospecha
EL: ¿Sabes que tengo una amiga que no se corre con la penetración? YO: Tienes más de una. Es de lo más normal. EL (asombrado): O sea, ¿que encima de que te la follas hay que darle con el dedito? Se lo voy a decir sin rodeos: algunos de ustedes no han visto a una chica correrse jamás. Les habrán dicho misa, eso sí, pero les han dado fuegos artificiales en lugar de terremotos. No es culpa suya, es la sociedad, que ha hecho complacientes a las señoras e impacientes a sus maridos. De la sociedad, de la iglesia y de Freud. You, inside some girl you duped, jackhammering away, not noticing the bored look in her eyes. Si las señoras fueran un poco más verbales a la hora de manifestar sus apetencias carnales, la famosa teoría freudiana del orgasmo clitoriano y el orgasmo vaginal habría durado los veinte minutos que tarda una psicoanalizada rica en salir de la consulta y llegar a la manicura. La manicura le habría explicado que no hay orgasmos inmaduros sino amantes incapaces y habría enumerado con goloso detalle los usos secretos del menaje del hogar para esposas desatendidas: la alcachofa de la ducha, el ventilador, el aparato de masaje de los grandes almacenes, el escritor sin blanca ... porque señoras, los malos amantes son como los malos zapatos; puedes volver a casa con ellos y sonreír como si no pasara nada pero, a largo plazo, te joden la espalda, te estropean la figura y te quitan las ganas de caminar. Lo mejor es deshacerse de ellos cuanto antes, o pasárselos a alguien que se los merezca de verdad. Todo el mundo tiene a su media naranja. Desgraciadamente, nuestra millonaria anorgásmica se sintió tan avergonzada de su condición que decidió no contárselo a nadie y su sesión de esmalte y alicate transcurrió en el más absoluto de los silencios. Freud, sin embargo, quedó tan satisfecho con su conclusión que decidió contárselo a todo el mundo. Un siglo más tarde aun hay hombres que se piensan que basta con meterla y mujeres que fingen el orgasmo para no quedar mal. Antes de aparcar en el hueco más estrecho debes comprobar que ni tú eres de los primeros ni ella es de las últimas. Conoce a tu enemigo. Lo crean o no, tienen mucho con lo que lidiar. Principalmente, el cine. Especialmente, el porno. Decididamente, Sexo en Nueva York. Todos estos elementos, tan cotidianos como los chococrispis, tan ubicuos como el bífidus activo, son la nieta de Freud y la madre de todos los males que nos arruinan el cuerpo a cuerpo. Si quieren integrar un plato nuevo y exótico en el menú diario, deben asegurarse de que la dama que galantean disfruta de las recetas habituales y no lleva un año comiendo sin ganas o picoteando a escondidas en otro establecimiento. Con el porno sucede una cosa curiosa; todos sabemos que las posibilidades de que tres rubias ninfómanas, esculturales y gemelas vengan a buscarnos a la gasolinera en su masserati descapotable y nos obliguen a limpiarles los bajos en el cuartucho de mierda donde se guarda el aguarrás y el jabón especial para lavar caniches oscilan entre cero y menos dos. Y sin embargo -y esto es lo curioso- todo el mundo se piensa que, quitando ese pequeño detalle, el resto es verdad. Que así es como folla la gente. La prueba es que luego ves una serie de cuatro modernas de mediana edad con la boca más sucia que los baños del Apolo y ahí están los gritos, las contorsiones, los milagros marianos. ES culpa suya que tantos adolescentes acaben en urgencias con huesos dislocados y espasmos musculares: se ponen a trabajar haciendo sitio para la cámara. Y ellas gritan, patalean y se aprietan los pechos como si quisieran verse los pulmones, todo para dejar claro que están más calientes que la salsa boloñesa. Nadie quiere ser un amante poco imaginativo o una novia a la que no le gusta follar. No digo que sea el caso de ustedes. Es más, estoy convencida de que ninguna de estas observaciones les pilla de sorpresa; ustedes lo han pensado con anterioridad y hasta planean hacerle una visita al que dijo lo del dedito y rompérselo en cuatro trozos por hacerles quedar como imbéciles a los del colectivo heterosexual. Pero sólo por si acaso, vamos a repasar lo que ocurre cuando uno de los miembros de la pareja en cuestión piensa que el porno es verdad. *El orgasmo wagneriano. Ya lo saben, lo de golpearte la cabeza y los puños contra la pared y chillar como la niña del exorcista. Las menciones a la virgen, a los apóstoles y los santos; las declaraciones de pasión inmortal y generosas metáforas de submarinos, los brazos en alto mientras se grita OHDIOSMIOSISISI ... pamplinas. Paparruchas. Oscar a la mejor actriz de reparto para Sandra -no-me-puedo-creer-lo-que-me-esta-pasando- Dee. Alguien necesita un tratamiento de rehabilitación. Para empezar -y eso ya deberían saberlo porque a ustedes también les pasa- un orgasmo requiere paciencia y concentración. La mayoría de las señoras perdemos el aliento, la coherencia y hasta el habla durante el clímax. No podemos gritar. Hay quien se concentra tanto bizquea y pone los ojos en blanco, como cuando tratamos de ver el barco escondido en esas fotografías 3D. Pero - a lo mejor ésto les sorprende un poco- no podemos jurar por el altísimo que jamás nadie en toda nuestra vida nos ha llegado tan dentro de nuestras entrañas mismas y es como si una ola de fuego nos atravesara de punta a punta provocándonos espasmos de puro placer que jamás hubiéramos imaginado que existieran antes de conocerles a ustedes. Porque estamos ocupadas con otra cosa. No es nada personal. *Lo de apretujarse los pechos y lamerse los pezones. Prueben a lamerse un dedo a sí mismos. ¿Ningún cosquilleo especial? Prueben a pasarse la lengua por el hombro derecho y morder un poquito. ¿Todavía nada? Qué raro ¿no? Ahora intenten cogerse un pecho y tirar hasta colocarlo a la altura de sus labios para poder tocarlo lascivamente con la punta de la lengua. A nosotras nos vuelve LOCAS. *Lo de mirar a la cámara -o a quien sea- con lascivia y deseo. Será al principio, porque cuando una señorita disfruta convenientemente, de su novio o de su cepillo de dientes, lo normal es que concentre toda su atención en un lugar concreto de su cuerpo y se olvide del resto. Por supuesto que al principio habrá miradas de deseo, lenguas que recorren toda la cara y pasión de telenovela pero, una vez se coge carrerilla, la tensión se acumula en la pelvis, la espalda y la parte de atrás del cuello y sus ojos tienden naturalmente a fijarse en un solo lugar, más que nada por ponerlos donde no molesten. Las pupilas se dilatan, los labios se hinchan, los músculos se rebelan y ya no vemos un pimiento. No nos pidan cosas complicadas.
El segundo es que entrenen la lengua: es una herramienta excelente que muy pocos saben utilizar. Y no me vengan con lo de "es que a mi chica no le pone nada". Si no quieren bajar a la sala de máquinas no merecen probar las delicias del sexo anal. Sigan comprando revistas y fantaseando con el gran mundo mientras otros aprenden a aparcar en todos lados. La cosa húmeda.Recuerdo que una vez, hace muchos años, leí en una revista que una señal de que le gustas a una chica es que se le humedecen los labios vaginales. Vaya truco -pensé entonces-. Si ya has metido la mano en el tarro de la mermelada no te hacen falta los consejos de la Cosmo. Hoy pienso que, probablemente, aquello era un truco para saber si le gustas "de verdad" y que, en ese caso, la humedad es un fcator determinante. Observen atentamente la sombra oscura en las sábanas. Cuando se haya convertido en un charco, ha llegado el momento de darle la vuelta a la tortilla. Junio 09, 20053. la ex-novia modelo
1. A todos nos gusta pensar que a nuestro novio no le han dejado nunca. ¿Por qué? Porque eso demuestra que, si está contigo, es por amor y no porque la tía que realmente le mola se largó con su mejor amigo y le dejó hecho un rastrojo tirado en el arcén. De ahí el eterno "no, no, lo dejó él" y el "sí, pero porque la pilló en el coche chupándosela a Paco"; el consiguiente "eso será porque es una guarra de discoteca" y su gemelo malo "ya, pero esa guarra de discoteca le tiene de vuelta cuando le de la gana"; hasta el inevitable "tú sí que eres una guarra" y, finalmente, "te voy a poner la cara como el rodillo de cortar celofán". Vamos, la típica conversación de cuarto de baño. Lo que nos lleva a la segunda premisa. 2. No me importa que sufra, siempre y cuando sea por mí. Lo dicen todas las canciones: para querer, hay que sufrir. De ahí que tú tengas que renunciar al World of Warcraft un sábado porque tenemos que hablar, cambiar la sesión de sexo por una crisis nerviosa en la puerta del club al que van tus amigos y esperar con el corazón en un puño y la soga en el otro a que te llame después de dejarla en la estación. No es que ella sea una zorra insufrible y tu tengas un trastorno bipolar, es porque la quieres. Sufrir es síntoma inequívoco de que se quiere apasionadamente; cuando más sufres, mejor. Por eso tu novia se mostrará suspicaz ante cualquier mujer que te las hiciera pasar putas. Porque, claramente, a aquella la quisiste más. Por tanto... 3. La peor amenaza para la monogamia no es la posibilidad de otra vida distinta sino el recuerdo de una vida mejor. Habrán notado que, a diferencia de ustedes, las chicas os hacemos muchas preguntas acerca de otras mujeres, especialmente en materia sexual. Un hombre sano de cuerpo y mente prefiere machacársela con un martillo antes de conocer los detalles de nuestro pasado sexual. Una mujer, sin embargo, necesita saberlo todo: qué te hacían, dónde, cómo, durante cuánto tiempo y con qué. Qué te gustaba más de esta y de aquella y cuántas veces repetiste después de cortar y por qué te liaste con aquella que tiene más culo que espalda o cómo metiste la mano en ese coño teñido de rosa por-el-amor-de-dios-paco-ya. Aunque parezca extraño, innecesario y hasta molesto, en realidad es dulce y conmovedor. Tu novia necesita comprobar que no hubo ninguna más sexy, más lista, más sucia o más peligrosa que ella y que, cada vez que piensas en otras chicas, es para mirar al cielo y decir gracias a dios que todo terminó. Resumiendo, la pesadilla de cualquier novia es ésto. Y llamarme mentirosa, maliciosa o cínica no lo hace menos verdad. En el amor y en la guerra. Los celos son caprichosos. Por eso es posible que aun no sepas cuál es la ex que pone negra a tu novia; bien porque fueron todas unas santas; bien porque fueron todas unas zorras; bien porque pasaste la adolescencia tan borracho que no recuerdas a ninguna con demasiada precisión. Para estar seguros, la prueba del algodón: ¿por cuál de ellas pregunta más? ¿Le cambia la cara cuando mencionas a alguna? ¿Se retuerce de gusto cuando tus amigos la ponen a caer de un burro? ¿Has oído de sus labios las palabras "si te gustaba tanto esa chica igual deberías volver con ella"? Presta atención, escucha, observa. Hay alguien en tu pasado que le saca de quicio. Identifica a esa zorra y guárdala cuidadosamente, te hará falta más tarde. Lo que viene a continuación es sucio, despiadado y decididamente manipulador. Pero, pensando en términos puramente estadísticos, calcula los puntos de manipulación acumulados por la que ya es tu señora y echa un vistazo a tu propio rankin. ¿Tienes crédito? Pues afila las uñas y prepara los dientes. Al fin y al cabo es por el bien de los dos.
Directrices: A Piluca el sexo anal le pone -con perdón- como una perra. De hecho, sólo quiere que la follen por detrás. Tanto que prácticamente no hacíais otra cosa: en los garajes, en los cines, en los parques y en las cabinas del sex-shop. Pero tu nunca volverías con ella porque esta como una regadera y porque ya has encontrado a la mujer de tus sueños. Y cuando tu novia te pregunte -que lo hará- si a veces sientes no poder practicar sexo anal con ella le dices que por supuesto que sí. Porque la adoras, porque su trasero te vuelve loco, porque su cuerpo es lo más lascivo, jugoso y deseable que has conocido en la vida. Y porque no te gusta pensar que hay nada en el mundo que no podais hacer juntos. Y más te vale que sea verdad, porque ese dardo venenoso que le has lanzado sólo tiene efectos cuando hay algo de verdad en el fondo. Love is the Drug I'm thinking of. Mayo 23, 2005número 2: no mientas
Cuando entramos en la fase primera de conocimiento mutuo, hay una serie de factores que definen lo que será nuestra relación de pareja. Como vimos la semana pasada, la mentira es uno de esos factores. Aquellos que hayan malentendido este punto pueden irse por donde han venido. El resto coincidirán conmigo en que, en este punto del rodaje, se dicen muchas cosas que no son verdad. La mayoría de nuestras pequeñas invenciones están destinadas a impresionar al varón o a la dama y dar una imagen de nosotros mismos que se parece más a lo que nos gustaría ser (o a lo que creemos que a ella le gustaría que fuéramos) que a lo que somos de verdad. Normalmente son bobadas que serán perdonadas y olvidadas con el tiempo (por ej. "a mi no me gusta el fútbol" o "a mi nunca me han dejado" o "Titanic me hace llorar"). Otras, por el contrario, pueden entorpecer nuestros avances en materia sexual. Es el caso del "yo sólo veo pelis porno para descojonarme" y "el sexo anal es violento y degradante para la mujer". A veces no hace falta ni decirlo, basta con asentir cuando surge la ocasión y aparentar simpatía. Defended vuestros intereses, muchachos. Teneis mucho que perder. Un paso adelante, dos pasos atrás. En materia tecnológica, la década de los noventa fue la cuna de las maravillas. En materia sexual y social, sin embargo, el feminismo, el sida y la fábrica de sueños de Hollywood rescataron un modelo de hombre que nos estropeó un par de generaciones. Estoy hablando, por supuesto, de Hugh Grant. Hugh Grant es un encanto, ¿verdad? Es despistado, tímido, cariñoso y un poco intelectual. Hugh Grant es incapaz de pedirte una cita sin tartamudear un poco y le encanta quedarse en casa los sábados por la noche con un litro de helado y una copia de Los puentes de Madison. No es de los que te mira las tetas mientras habláis de política o se da la vuelta para mirarte el culo mientras te vas. Tu madre le adora. ¡Tu abuela le adora! Se ve a la legua que será un padre y un marido estupendo y que a) jamás te partirá el corazón y b) jamás te pedirá cosas raras en la cama. A él no le van esas cosas. Hugh Grant te respeta. No es como os demás. ¿Qué tiene que ver Hugh Grant con el sexo anal? Pues mucho. Porque Hugh Grant es el padre-marido que ha vuelto de los cincuenta para cuidar de las damas y darles lo que ellas quieren: cariño, comprensión y estabilidad. Comparado con Hugh Grant, tú eres el hijoputa que quiere darle por culo para satisfacer tus perversiones de sátiro descontrolado. ¿Cómo se arregla ésto? Pues hay dos opciones: hacerse el Hugh Grant o arriesgarse. Salta a la vista que la opción ganadora es, de largo, la número dos. La clave, como en todo, es la actitud. Que no se lo pidas no significa que no puedas dejar claro desde el principio que te gusta el sexo anal. Pedirlo te hace parecer un obseso o un desesperado (mal). Aclarar tus preferencias te convierte en un hombre maduro y experimentado que sabe lo que quiere y cómo lo quiere (bien). Sin fardar pero sin restricciones: te gusta la comida india, te gustan las pelis de Hitchcok, te gusta tomar el sol en la costa mediterránea y te gusta el sexo anal. ¿Por qué te gusta? Porque es fantástico. ¿Cómo lo sabes? Porque con tus otras novias lo hacías y os encantaba a los dos. ¿Es estrictamente necesario para estar satisfecho en tu vida sexual? ¡Por supuesto que no! Pero te encanta. ¿Te gustaría practicarlo con tu nueva novia? Por supuesto que sí, como tantas otras cosas. Pero sólo si ella quiere, cuando ella quiera y como ella quiera. Tú sólo quieres hacerla feliz. Me horroriza comprobar que entre los muchachos hay una tendencia a describir a las chicas con una lista de lo que "se dejan" o "no se dejan" hacer. "Esta te hace unas mamadas de vicio". "Esta otra se deja encular". "Aquella se toma dos copas y se deja hacer de todo", "¿te ha dejado que la sodomices ya?". Pero qué borregos. Estáis tirando piedras a vuestro propio tejado, convirtiendo placeres privados y deliciosos en una lista de concesiones forzadas para alimentar vuestro pequeño y frágil ego de conquistadores de alcoba. Yo nunca "he dejado" que me hagan nada. En mi cama soy yo quien da las órdenes, tanto cuando doy como cuando recibo. Y si me he sido humillada alguna vez, ha sido por el puro placer de serlo. Porque la humillación, privada y consentida, puede ser un factor interesante en los placeres carnales, como muchos y muchas han comprobado. Pero eso ya es otra historia de la que hablaremos más adelante. Cuando trabajas con estropicios ajenos. Es frecuente que la dama a la que cortejan, como vimos la semana pasada, tenga una opinión formada sobre el sexo anal y sea negativa. Si esta señorita considera la sodomía una práctica degradante es responsabilidad de uno saber cuáles son sus argumentos y analizarlos lógicamente. Si bien el orificio estrella de esta saga no fue diseñado como puerta de entrada sino de salida, no es menos cierto que el sexo fue diseñado para la procreación y no para el placer. La carne no fue diseñada para ser cocida; y si los hombres nacieron exentos de alas, nadie salvo los pájaros debería volar. La naturaleza es limitada, nosotros no. Y cualquier razonamiento que excluya la experiencia misma está condenado a fracasar en una conversación entre personas inteligentes. La verdad es que millones de mujeres en el mundo disfrutan secreta o públicamente del sexo anal. Si, por el contrario, nuestra bella interlocutora ha comprobado que la práctica le resulta incómoda y/o dolorosa, es el momento de desvelar una verdad muy simple: el sexo es doloroso cuando se hace mal. Es desgraciadamente habitual que, una vez concedida la gracia, los muchachos inexpertos se lancen atropelladamente sobre la dama sin preparar el terreno apropiadamente y dejen el delicado cortijo convertido en un erial. Porque señores, sinceramente; van ustedes como locos. Lo que me recuerda otra cosa: cada vez que sodomizan por primera vez a una chica, es un "por todos mis compañeros y por mi primero". Una mala experiencia es el candado de siete llaves con el que la dama y sus futuros amantes tendrán que lidiar. Por favor, sean sensatos y no desperdicien recursos o acabarán pagando desperfectos ajenos. En resumen: no mientan. No asientan horrorizados cuando su amante les dice pepi dejó a su novio "porque intentaba darle por culo" ni pretendan que el sexo les da lo mismo y que sólo quieren cariño porque no es verdad. Hugh Grant es un coñazo. Todas le hemos puesto los cuernos a Hugh Grant antes del primer aniversario porque Los puentes de Madison no dan para mucho. Por otra parte, es bueno dejar claro desde el principio que el sexo anal era un lugar común en relaciones previas porque, quieras que no, es un papelón saber que tu novio disfrutaba con otra lo que tú nos puedes darle por un quítame allá esa estúpida convención social o porque tu último amante era un zopenco. Lo que nos lleva al próximo y sorprendente capítulo: la ex-novia modelo. La próxima semana, más. Mayo 16, 2005número 1: no supliques
Hay cosas que, con los años, han cambiado bien poco. Una de ellas es el uso indiscriminado de la sodomía para describir circunstancias inhóspitas es las que nadie desea verse envuelto. Desde el inevitable Que te den por el culo hasta el metafórico le puso mirando a Cuenca y diversos gestos con el dedo que todos hemos utilizado alguna vez, la sodomía implica -verbalmente hablando- un tratamiento grosero, humillante y abusón del protagonista de la historia por parte de un tercero, generalmente del jefe, del dealer, de su madre o del fontanero, que nos la mete hasta las orejas con una factura de 130 euros por mirar la caldera y suspirar. Aun cuando la expresión no pretende ser literal, la sombra de la humillación ha saltado de la oficina a la cama, oscureciendo una práctica deliciosa bajo la pesada sombra de la vergüenza social. Recuerden cómo se pone mi querido Jason Lee cuando Ben Affleck le dice que se va a follar a su ex-novia por un sitio muy incómodo. Se entiende perfectamente; que se la tire ya es bastante malo, ella ya no es su novia y puede hacer lo que le de la gana. Pero que se la cuele por detrás, ¡antes la muerte! El acto de sodomizar está lleno de connotaciones violentas, generalmente de tipo administrativo, en el que un miembro activo de la ecuación ejerce un abuso de poder sobre el que muerde almohada. En el contexto social, ser sodomizado significa ceder, poner la otra mejilla, arrodillarse. Tan dramáticas son las consecuencias que hasta los amigos, familiares y ex-novios se ven salpicados por su rendición, creando una jerarquía vertical en el que el agente activo del proceso sube al olimpo de los poderosos, mientras el resto baja a los infiernos de la humillación. Por eso es intolerable que Ben Affleck sodomice a tu ex-novia, a tu madre o a tu hermana. Es como si Benn Affleck te sodomizara a ti. La vida en la parte trasera de un Volkswagen. Imagino que ya se dan cuenta de por dónde voy. Por culpa de estos lamentables malabares, el sexo anal se ha convertido en un contrato mercantil en el que ustedes muchachos suplican y las damas que lo son consienten muy a su pesar, pero siempre a cambio de alguna otra cosa. Ningún hombre en su sano juicio iría a ver "El paciente Inglés" o "Como agua para chocolate" si no es a cambio de una buena mamada o de conservar los domingos para jugar al warcraft en red. Haciendo una regla de tres y calculando proporcionalmente, una buena enculada vale mucho más. Los que ya han pasado por estos trámites saben que follar se folla, pero poco y mal. Y alguien está reponiendo Ana de las Tejas Verdes. Lo digo para que se preparen. La clave del éxito en esta empresa es conseguir que la dama elegida pida por esa boca lo que en otro contexto rechazaría sin pensar. Para eso deben conseguir, primero, que se interese sin sentirse obligada. Segundo, que se sienta imbécil por no probar. Tercero, que el favor se lo deban ellas y la sodomía vuelva al lugar de donde nunca debió salir, el de los placeres más puros que nos permite la anatomía. Los primeros puntos de este humilde tratado estarán pues encaminados a despertar en la dama un deseo irrefrenable por el sexo anal, sin que haya mediación directa por nuestra parte. Una vez abierta la caja de los truenos, la caballerosidad tiene que hacer el resto. Si la señora pide, su hombre proveerá. 10 to anal
A lo largo de los años me he encontrado con una paradoja curiosa: 1. casi todos los hombres adoran el sexo anal, aunque muy pocos lo han practicado. Semejante desatino sólo puede obedecer a un malentendido por parte de una de las partes, o de ámbas. Mi humilde aportación al género se basa en dos premisas fundamentales de caracter empírico y personal: a la mayoría de los hombres les gusta el sexo anal por encima de todas las cosas. A la mayoría de las mujeres les gusta MAS, aunque aún no lo saben. 10 to Anal no es un tratado de posturas ni una lista exhaustiva de todo lo que se puede hacer entrando por la puerta de servicio, porque de esos ya hay muchos y no creo que hagan falta más. Ni siquiera es una oda a los placeres del sexo anal, aunque no se descarta un giro inesperado en ese sentido a lo largo del proceso de elaboración. 10 to Anal es más bien una colección de consejos para el principiante sobre cómo introducir tan deliciosa práctica en el dormitorio de manera controlada y fructífera, con la intención última de convertirlo en una actividad tan habitual como lavarse detrás de las orejas o cepillarse los dientes. Y, lo que es más importante, sin efectos secundarios inesperados. Aunque en algún momento pueda parecerlo, este tratado no se ha elaborado con la única intención de adoctrinar al varón inexperto en las trabajosas lides de la seducción. Todo lo que hago lo hago por ellas. Asi que, si quieren agradecer el esfuerzo, dejen que sus señoras lo hagan por ustedes. Mi casa está abierta a cualquier compensación que consideren pertinente. |
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