Póstumos
LPC en la biblioteca | Julio 04, 2011
Parafraseando a Edward Said, Stuart Walton dice que hay tres tipos de autores póstumos: el accidental, el deliberado y el ilícito.
Los primeros son siempre bola extra: obras menores que no estaban destinadas a la gloria pero que aceptamos agradecidos como huevo de consolación porque hemos perdido a la gallina. Walton cita a David Foster Wallace y habría sido mejor invocra a Stieg Larsson, porque en el caso DFW, tanto su mujer como su mejor amigo consideran The Pale King un póstumo deliberado. Nosotros deberíamos pensar en Bolaño y en su viuda seducida por el Chacal.
Los segundos son aquellos que el autor guardó por prudencia -como el Maurice de EM Foster o el Tratado del Alma de Descartes-, postponiendo su publicación hasta el día en que la ley, la sociedad, la Iglesia o la familia ya no puede imponer su castigo. Me pregunto si cuenta el archivo de Sylvia PLath que guarda Smith College, sellado por su marido hasta el 11 de febrero de 2013, cuando se cumplan exáctamente 50 años de su muerte. Si lo hizo por proteger a sus hijos, está claro que no sirvio de mucho.
A los terceros los llama Walton "huérfanos de la Literatura", aquellos que el autor quiso muertos y que le sobreviven por gracia o desgracia de una mano traidora. El caso más famoso es sin duda el de Kafka, quien pidió que toda su producción fuera incinerada para ser traicionado por su mejor amigo y trasladado a Israel, donde gran parte de su producción sigue enterrada en vida. O Nabokov, traicionado por su propia sangre.
Todos los traidores reclaman que, de haber querido destruir sus obras, las habrían destruído ellos mismos. Que sirva de lección a aquellos que lo dejan siempre todo para el último minuto.
