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La mosquita muerta de Wikileaks

LPC en apt-get install | Febrero 10, 2011

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Mientras Julian Assange espera tranquilamente a que le levanten el castigo, su ex-mano derecha, el alemán Daniel Domscheit-Berg (antes conocido como Daniel Schmitt ) aprovecha para montar la competencia y publicar su primer libro, Inside WikiLeaks (Category: Current Affairs - Political). Entre las cosas que se ha guardado para la exclusiva mundial, estas son las más venenosas:

1. Que desde la gran pelea, Assange no tiene acceso al sistema de recepción de material de Wikileaks, porque Domscheit-Berg le ha cambiado todas las contraseñas. Si es verdad, a Assange le ha venido hasta bien que le pongan a la sombra, porque ya ha quedado mal con todos los periódicos colegas por no entregar lo suyo y se rumorea que tiene a gente mucho menos comprensiva esperando material por el que ya han pagado. Todo este tiempo había dicho que la cantidad de "leaks" en proceso tenían atascado el servidor. Queridos y confiados lectores, aprendan de su error: la contraseña root no se le da ni a la madre de uno.

2. Que en su lanzamiento en diciembre de 2006, WikiLeaks funcionaba en un sólo servidor, donde el sistema de recepción de material y el servidor de correo estan conectados con el html público. Esto me suena altamente improbable (por choricero y elemental), pero no del todo imposible.

También dice que, aunque Assange ha declarado en muchas ocasiones que docenas de empleados y cientos de colaboradores comprueban los datos antes de publicarse, los únicos miembros de Wikileaks han sido Assange y el propio Domscheit-Berg, que "comprobaba" la veracidad del material haciendo una búsqueda rápida en Google y manejaba varias cuentas de correo con distintos nombres para dar la impresión de tener varias personas a su cargo.

3. Que debido a esto y a la falta de SSL del servidor, cualquiera que visite la web puede ser monitorizado. Como diciendo que su IP guardada en una lista negra, que por lo demás incluye a todos los periódicos del planeta más un número indeterminado de curiosos, despistados y ociosos que probablemente supera las ocho cifras. Menos lobos.

4. Que Assange miente como una perra sobre la seguridad de su sistema y el volumen de su organización, que el video titulado “Collateral Murder" no fue "desencriptado" por habilidosos hackers porque Manning les dio la única contraseña que lo protegía y que WikiLeaks “falló estrepitosamente” a la hora de ofrecer apoyo o respaldo financiero para el soldado raso Bradley Manning. Esto, ni es sorpresa, ni es noticia; la evidencia ha estado siempre a simple vista.


5. Que "a veces le odia tanto que tiene miedo de llegar a las manos si sus caminos se cruzan de nuevo". Esto es involuntariamente cómico; si miran la foto sabrán que si algun día se vuelve a cruzar con Assange probablemente se moje los pantalones.

Aunque desde el artículo del New Yorker estoy convencida de que Julian Assange es un megalomaníaco paranoide y un mentiroso compulsivo, además de un gran peligro para la salud de su propio proyecto; me quito el sombrero ante el sonrojante y patético oportunismo del alemán. Hell hath no fury like a system administrator scorned.

El Guardian apunta una cosa más: que Assange's "alardea regularmente sobre todos los hijos que ha dejado por el mundo" y que las prefiere "menores de 22". Si tuvieramos que meteros a todos presos por eso.

En ningún momento se menciona el hecho -nada banal- de que tanto Daniel Domscheit-Berg como sus dos colegas de motín, el "programador" y el arquitecto" eran asalariados de Assange que decidieron cerrale las puertas de su propio proyecto por vanidad y avaricia. Hoy dicen que no estaban de acuerdo con cobrar a las televisiones por el famoso video de Afganistan Collateral murder, pero antes se ha dicho que querían saber de dónde sacaba Assange el dinero y de cuánto dinero estamos hablando.

Wikileaks, por su parte, ha respondido a la publicación diciendo que Domscheit-Berg llegó en 2008 a una organización que se hizo pública en 2006 (el congreso del Chaos Computer Club empieza el 26 de diciembre) y que el alemán no sabe programar. Y que a Assange le gustan de 22, no menores de 22. Los pasaportes de las dos damnificadas por sus presuntos abusos sexuales en Suecia corroboran la veracidad de este singular fetiche.

Los tres periódicos que cerraron el acuerdo con Wikileaks ya han contado su versión del deteriorado romance con Assange: The day Julian Assange threatened to sue The Guardian over the US embassy cables story, Bill Keller en The New York Times: Dealing With Assange and the WikiLeaks Secrets y Marcel Rosenbach en Der Spiegel: An Inside Look at Difficult Negotiations with Julian Assange. Si no hay tiempo para leerlos todos, queda el excepcional relato en tercera persona de Sarah Ellison para Vanity Fair: The Man Who Spilled the Secrets.

Guardian Books publica el retato de la colaboración, donde se cuenta que Assange se disfrazó de viejo con peluca para viajar a Ellingham Hall, desde donde se montó el cablegate, para despistar a la CIA.



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