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A mi me hizo J.F.Sebastian

LPC en automata | Diciembre 18, 2010

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El matemático Alan Turing propuso su famoso test de Inteligencia Artificial en 1950. Es tremendamente sencillo y está inspirado en un programa de entretenimiento televisivo muy popular de la época: pones a un hombre y a una mujer tras una cortina y le haces todas las preguntas que quieras. Si al final de un rato no puedes decir quién es ella y quién es él, es Venus y Marte no son planetas tan distantes.

La propuesta de Turing fue cambiar a la dama por una máquina con un sistema de Inteligencia Artificial. Hasta que no seamos capaces de distinguir al hombre de la máquina, no podemos hablar de Inteligencia. Si nos tomamos el test al pie de la letra, el milagro ocurrió el 11 de mayo de 1997, cuando una máquina llamada Deep Blue venció al mejor ajedrecista del mundo jugando al ajedrez.

Lo más importante de esta victoria no es que la máquina venciera, ni que fuera la primera vez que un campeón perdía contra una máquina. La máquina ganó al mejor de tres, después de hacer tablas tres veces. En su primera derrota, Kasparov abrió mal. Fallar en una apertura es algo que sólo haría un humano, el mismo tipo de lapsus que nos hace meter el salero en el congelador. Estan tan estudiadas que es como si Indurain se cayera de la bici porque ha olvidado pedalear. La segunda vez, sin embargo, no cometió error alguno y también perdió. Cuando le preguntaron, el abatido ruso contestó “No jugaba como una máquina. Jugaba como el mejor ajedrecista del mundo”. Es decir, como él, pero mejor. Lo verdaderamente inquietante de esta historia es que Deep Blue no es una Inteligencia Artificial; es sólo una calculadora.

Deep Blue pasó el test, pero no porque todos vieramos cómo ganaba. Nosotros sabíamos que era una máquina. Deep Blue pasó el test porque engañó a Kasparov, que dejó de creer que era una máquina mientras jugaba contra la máquina y hasta llegó a acusar a los programadores de IBM de haber intervenido durante el juego con “la mano de Dios”. Una máquina no juega así, protestó el ajedrecista. Los que vieron jugar al Turco dos siglos antes, sin embargo, protestaban porque una máquina no podía jugar. Nuestra relación con nuestras réplicas ha cambiado mucho, pero sólo en la forma, no en el fondo.


NOTA. A mi me hizo J.F.Sebastian es el título de una bonita canción de Parade y la introducción que escribí para el cuarto capítulo de El Rival de Prometeo, mi libro sobre autómatas. Me he acordado de él leyendo la crítica de la edición americana de Metaforas De Ajedrez : La Mente Humana Y La Inteligencia Cientifica de Diego Rasskin Gutman.

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Hace doscientos años nos preocupaba que una máquina pudiera robarnos el alma, porque si tenía una y sólo las da el altísimo, ¡a alguien se la había robado! El Test de Turing insinúa la posiblidad de que ellos puedan mezclarse entre nosotros sin ser advertidos. Y, de nuevo, el problema inicial: si una máquina puede imitarnos con tanta precisión que ni nos damos cuenta de que es una máquina, ¿sigue siendo una máquina? Y si alguien igual que nosotros es una máquina, ¿por qué nosotros no?

El miedo instintivo hacia nuestra copia inerte, esa intuición que Freud llamó Lo Siniestro, no es sólo la extrañeza que sentimos a veces al mirarnos en un espejo sino la trilogía del conocimiento -quiénes somos, de dónde venimos y qué hacemos aquí- concentrado en una sóla pregunta: ¿somos verdaderamente relevantes? Si podemos fabricar un ente autónomo que tenga todas nuestras características y ninguna de nuestras debilidades, ¿a quién le importará que desaparezcamos después? Si ya nos han desplazado en las fábricas y han conseguido que seamos nosotros los que trabajamos para ellas, en lugar de al revés, ¿quién nos asegura que no nos sustituirán definitivamente sin que el Universo se entere siquiera? Por eso los replicantes de J.F. Sebastian tienen fecha de caducidad. Son demasiado mejores para seguir caminando mucho rato por ahí.

Además, está el sentimiento de culpa. El principal motivo por el que nos empeñamos en construir una máquina igual que nosotros, a pesar de lo bien que nos sale crear humanos con el método tradicional, es porque queremos que hagan nuestro trabajo sin tener que pagarles salario, darles de alta en la Seguridad Social y lidiar con su sindicato. Es decir, queremos esclavos. Pero cuando el telar mecánico de J.M. Jacquard llegó a Inglaterra esclavizó a la población o los dejó en el paro, tardaron menos de diez años en quemar la primera fábrica. Esos obreros accionaban una palanca durante 16 horas al día. Casi podemos decir que el hombre fue la primera máquina que se rebeló.

Las leyes de la robótica de Isaac Asimov crearon una especie de conciencia artificial que impidiera a las máquinas-esclavo hacer daño a la gente sin entrar en conflicto y autodestruirse. Asimov era, sin embargo, un Rousseau de lo artificial y no las escribió para proteger a la humanidad de las máquinas sino a las máquinas de nuestra propia robofobia. Como Rousseau, ha quedado rápidamente obsoleto. Hoy todos nuestros esos terrores han desenbocado en Vernon Vinge y La Singularidad.

En física, la Singularidad es el punto en el que todas las reglas que se aplicamos al universo dejan de funcionar, como cuando la luz o la materia caen bajo la influencia de un agujero negro. En matemática, es el punto en que una función contínua y predecible se pierde hacia el infinito. La Singularidad es un concepto que define el punto exácto en que todas nuestras leyes, conocimientos y herramientas fallan y perdemos completamente el control. La Singularidad de Vernon Vinge es el momento en que la inteligencia de la máquina despierta y perdemos el control sobre nuestra criatura.

Cuando esa superinteligencia despierte, argumenta Vinge, será capaz de un desarrollo tecnológico mucho más rápido y avanzado que el nuestro. Después, el acabose. "En unos treinta años dispondremos de los medios tecnológicos para crear inteligencia superhumana. Poco después, la era humana acabará". Cualquiera que haya visto Terminator sabe exáctamente de lo que está hablando.

Ray Kurzweil -autor de The Age of Intelligent Machines y The Singularity is near- cree que se puede producir una consciencia humana construyendo un sistema que funcione exáctamente como un cerebro humano, “fotocopiando” el cerebro y poniéndolo a funcionar. Su razonamiento es el mismo que el de Descartes; si vemos cómo funciona el sistema y tenemos las herramientas para repetirlo, tenemos el sistema. Y nuestra fe en el desarrollo tecnológico es tan inmensa que, a diferencia de los contemporáneos de Descartes, nos parece de lo más natural.

Es posible que tenga razón y es probable que ni haga falta. Como explicaba Samuel Butler en su imprescindible y desternillante Darwin among the machines (1863), si el carbono ha evolucionado por su cuenta, el silicio también es capaz. El problema es que el Problema seguimos siendo nosotros y no ellas. En su obra R.U.R, Karel Kapek acuñó el término robot (del chec Robota, que significa “trabajador”) y advirtió de los paramales de la humanización de la máquina pero, sobre todo, nos previno contra la mecanización del hombre de la pérdida de su humanidad. Lo importante no es dotar de alma a la materia sino de conservarla donde la puso Dios. Con millones de personas trabajando cada día delante de una máquina, aprendiendo, utilizando e integrando el lenguaje máquina un poco más cada día para comunicarse con su alrededor, es probable que, si la máquina despierta y nos encuentra de pronto, sea ella la que tenga problemas para distinguirnos de sí misma.



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