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Los usos de la ficción

LPC en la biblioteca | Mayo 13, 2010

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Llevo un tiempo encaprichada con varios de los ensayos de Paidós, que en el último año ha publicado las dos Imposturas intelectuales de Alan Sokal, el bellísimo Imágenes del Cosmos de John D. Barrow y, últimamente, El instinto de arte de Denis Dutton, responsable de una de mis webs favoritas.

Hace unos días, El Boomerang adelantaba el capítulo VI: Los usos de la ficción:

De los doce criterios interculturales para el arte que expuse en el capítulo 3, el último, «la experiencia imaginativa», es posiblemente el más importante. Las obras de arte pueden quedar personificadas como objetos físicos, ya se trate de esculturas de piedra, lienzos pintados, oscuros garabatos de tinta sobre el papel o píxeles en pantallas de ordenador, o bien de las ondas de aire en vibración que producen los instrumentos musicales para activarlos mecanismos del oído interno. Pero en el sentido estricto de objetos de la experiencia estética, las obras de arte no ocurren en el mundo, sino en el teatro de la mente humana. La expresión «teatro de la mente» es una metáfora adecuada, puesto que sugiere dramatismo, montaje de escenarios, actores, y sobre todo la sensación de un mundo fantasioso.

La vida y el mundo no tendrían ningún sentido para nosotros si toda la experiencia fuera ficticia de la misma manera en que lo es la experiencia del arte. Oler el humo y sentir la emoción del temor es un acto de reconocimiento instantáneo de que la casa está en llamas, y requiere precisamente que entendamos que una amenaza es un hecho real y palpable. En términos de experiencia, resulta fundamental en tender que una ficción sobre alguien que huele el humo y tiene una sensación de temor no es la ocasión propicia para actuar. El modo en que se desarrolla esta distinción entre la realidad y la imaginación, en el arte y la experiencia de la belleza, es una cuestión compleja cuyo origen se remonta a hace ya mucho tiempo.


En la Crítica del juicio (1790), Immanuel Kant planteó la teoría del arte más influyente que se publicó desde la época de los griegos hasta la actualidad. Este rico compendio de abstracción generalizada y de comentarios individuales sobre las artes presenta un conjunto entrelazado de ideas que captan las intuiciones humanas básicas sobre las artes, la belleza en la naturaleza, y las respuestas estéticas a ambas. De todos los conceptos fundamentales de la estética de Kant, el único que cuajó en su día y sigue vigente en la teoría estética contemporánea es la idea de desinterés.

Un juez que presida un tribunal no debe mantenerse indiferente a lo largo del proceso: su labor consiste en escuchar con atención y cuidado. Sin embargo, el juez está obligado a ser un observador desinteresado sin ningún interés creado en el desenlace del caso. La atención de un juez se caracteriza por la objetividad y el desapego. El uso que Kant hace de la idea de desinterés en los párrafos iniciales de la Crítica del juicio amplía la idea de imparcialidad judicial a la contemplación de las obras de arte.

Según Kant, lo contrario de la contemplación desinteresada se produce cuando nos interesa la existencia de un objeto de experiencia, en especial cuando el placer que recibimos de ese objeto satisface un deseo personal. Con el fin de disfrutar de una comida placentera, explica el filósofo, los alimentos deben existir y aplacar nuestra hambre. La comida imaginaria nunca satisfará el hambre real. Pero en el caso de un objeto hermoso que esté sujeto a la contemplación desinteresada, la situación es totalmente distinta. En primer lugar, el contenido o el tema de una obra de arte no tiene por qué existir ni haber existido. La belleza de La Ilíada es independiente de si los acontecimientos narrados ocurrieron en realidad. Un cuadro bello tampoco tiene por qué representar una realidad existencial.

La foto es The Shelby visita a Cecilia Dean, la atractiva y despótica editora de Visionaire, en tus manos por 300 cucas.



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Me temo, Señorita, que no muestra usted el debido desinterés hacia los neozelandeses.


Puesto por Ondurman a las Mayo 16, 2010 12:21 AM

Pregúntele al señor de "La divina comedia" (monumental obra de arte y compendio del saber) en qué lugar quedaban los epicúreos, a pesar de que Beatriz seguramente era muy guapa, por expresarlo con finura.

P.S. Me encanta el jabugo y el caviar supongo que también.


Puesto por Dante a las Mayo 19, 2010 12:54 AM