El señor de las bestias
LPC en arte | Marzo 18, 2010
El domingo pasado fui a ver la expo de Walton Ford y pienso volver varias veces antes de que la cierren, el 24 de mayo. Ford es famoso por sus enormes acuarelas de animales, retratos dramatizados a escala al estilo de los pintores naturalistas coloniales de la ilustración, como el ornitólogo francés Audubon y el británico John Gould. De una época en que las criaturas míticas de los relatos fantásticos llegaron a las ciudades por primera vez desde otros lugares del mundo.
En el Bestiario de la Hamburger Bahnhof, la mayoría de las piezas van acompañada de un texto, en algunos casos un extracto literario, en otros fragmentos de diarios donde se describe el espantoso final del animal retratado.
nota. Antes de seguir leyendo, sepan que la galería lleva notas, que se ven pasando el cursor por encima y que son interesantes. Algunas las he cogido de sus entrevistas, otras son los textos que acopañan al cuadro original
A veces la bestia muere a manos de un pueblacho ignorante, como El demonio de Thurneysser, el alce que tuvo en vilo al pueblo de Basel por culpa de sus cuernos rojos y que una mujer finalmente asesinó dándole una manzana llega de agujas. Hay árboles de osos ardiendo, felinos perseguidos o el famoso rinoceronte que el sultán de Khambhat regaló al gobernador portugués de Goa y que éste envió a su vez al Papa León X, en Roma. La nave en que la que viajaba el pobre animal encontró su final en una tormenta frente a la costa de Roma.
El mismo rinoceronte fue retratado por Durero en 1515 y su agónico viaje fue descrito por Saramago en El rinoceronte del Papa (1996). En la versión de Ford, vemos que el animal podría haberse salvado si no estuviera firmemente encadenado a la cubierta.
Otras veces, el final es a manos del naturalista ilustrado a la caza de un ejemplar para el museo de historia natural, como Audubon contando sus intentos reiterados de asfixiar a un ejemplar de águila dorada con carbón y sulfuro “sin dañar al animal”, hasta que finalmente consigue matarlo clavándole por la garganta una aguja de hierro en el corazón (Delirium, 2004). Este tipo de museos son como salas de trofeos del siglo XIX, demostraciones de una conquista -decía Walton en una entrevista.- Hoy esto ya no se puede hacer, es demasiado horrible. Per esas exposiciones de biodiversidad hechas de plástico no tienen ningún drama. Van en contra de la idea sobre la cuel el museo fue construído.
Pero los más exuberantes, los más radiantes, son varias piezas de sadiana decadencia que me recordaron al zorro del Anticristo (Chaos reigns!) y que atestiguan que, si la naturaleza no es la catedral de Satán, al menos es su zorra. Como el pájaro alimentando a sus crias con un pez muerto de cuyo vientre caen muchos más peces pequeños (Baba, 1997), la rabiosa isla de thylacines o el mono celoso que asesina al loro de compañía en una fuente del jardín (Sensations of an Infant Heart, 1999).
Me gustó especialmente la rama que se ha partido bajo el peso de miles de pájaros (Falling Bough, 2002) y que parece zumbar suspendida en el aire.

The big, big thing I’m always looking for in my work is a sort of attraction-repulsion thing, where the stuff is beautiful to begin with until you notice that some sort of horrible violence is about to happen or is in the middle of happening. Or that it’s some sort of interior monologue. Walton Ford
MÁS: Especial Walton Ford en PBS | Entrevista en White Hot | Nature Boy | Man and Beast | America the Beautifully Absurd

Madre del amor hermoso... muchas gracias por el descubrimiento!
Puesto por El joaquín Rampante a las Marzo 19, 2010 04:02 PM