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I ♥ Cthulhu: Neil Gaiman

LPC en cthulhu | Marzo 04, 2008

Preparando nuestro pequeño homenaje al escritor de sueños y sereno de mundos fantásticos (Elena Dixit), han sucedido algunos hallazgos cthonianos.

Ya conocíamos I Cthulhu, una aproximación confesional y hasta quasiblogosférica al día día de un primigenio. Pero hay más. Arriba, para empezar, está el extracto Gaiman de The Eldritch Influence: The Life, Vision, and Phenomenon of HP Lovecraft, el documental de Shawn Owens donde también hablan su biógrafo, S.T. Joshi y Ramsey Campbell, Brian Lumley y Stuart Dagon Gordon. Aquí, su intervención completa.

En ADN.es ofrecemos extractos, para leer y descargar, de dos libros que se publican por primera vez en español: Objetos frágiles (que yo habría traducido Las Cosas Frágiles, porque cosas es mucho más frágil que objetos si lo piensa uno) y Señal y Ruido, además del trailer de Coraline, la película de Henry Selick a partir del cuento de Gailman.

Pero, como este post está en clave Lovecraftiana, después del salto podrán leer Estudio en Esmeralda, el más cthoniano de los Objetos Frágiles.

Escribí este cuento para Sombras sobre Baker Street, antología editada por mi amigo Michael Reaves en colaboración con John Pelan. Lo que Michael me pidió fue «un cuento de Sherlock Holmes ambientado en el mundo de H. P. Lovecraft».

Yo acepté el reto pese a que de entrada me pareció que la cosa resultaría extraordinariamente difícil de encajar: después de todo, el mundo de Sherlock Holmes es esencialmente racional, todo tiene una solución lógica, mientras que las ficciones de Lovecraft son profunda y esencialmente irracionales, y el misterio es vital para salvaguardar la cordura del hombre. Para contar una historia combinando ambos elementos tenía que encontrar un modo interesante de hacerlo que, además, no traicionara ni la esencia de Lovecraft ni la del personaje creado por sir Arthur Conan Doyle.

ESTUDIO EN ESMERALDA

1. Un nuevo amigo
DIRECTAMENTE DESDE SU FANTÁSTICA GIRA EUROPEA, DON-
DE HAN ACTUADO ANTE VARIOS MIEMBROS DE LA REALE-
ZA DEL VIEJO CONTINENTE, COSECHANDO APLAUSOS
Y ELOGIOS CON SUS MAGNÍFICAS INTERPRETACIONES TANTO
COMEDIA COMO DE TRAGEDIA, LA COMPAÑÍA DE
DE LOS STRAND PLAYERS SE COMPLACE EN ANUNCIAR QUE AC-
TUARÁ EN EL TEATRO ROYAL COURT, DE DRURY LANE, DU-
RANTE UN PERÍODO IMPRORROGABLE DEL MES DE
ABRIL, DONDE OFRECERÁN LAS OBRAS MI HERMANO TOM,
LA PEQUEÑA VIOLETERA Y LOS GRANDIOSOS ANCESTROS
(ÉPICA HISTÓRICA, POMPA Y DELEITE); TODAS ELLAS EN UNA
ÚNICA FUNCIÓN EN TRES ACTOS. ENTRADAS YA A LA VENTA
EN TAQUILLA.

Es la inmensidad, creo yo. La enormidad de las cosas allí
abajo. La oscuridad de los sueños.
Otra vez estoy soñando despierto. Discúlpenme ustedes.
No soy un hombre de letras.
Andaba yo, por aquel entonces, buscando alojamiento. Así
fue como le conocí. Buscaba a alguien con quien compartir el
alquiler de unas habitaciones. Nos presentó un amigo común,
en los laboratorios de Saint Bart.
—Veo que ha estado usted en Afganistán —me dijo, y
aquello me dejó con la boca y los ojos abiertos de par en par.
—Asombroso —repliqué.
—En absoluto —respondió el extraño de bata blanca que
finalmente se convertiría en mi amigo—. Por el modo en
que se sujeta el brazo, deduzco que le han herido. Y se le ve
muy bronceado. También he reparado en su porte marcial, y no
hay demasiados lugares en el Imperio donde un militar pueda
adquirir ese bronceado y haber sido, además (dada la naturale-
za de la herida que tiene en el hombro y conociendo las tradi-
ciones de los cavernícolas afganos), torturado.
Visto así, naturalmente, la cuestión parecía absurda de puro
simple. Yo estaba muy moreno. Y también había sido tortura-
do, como bien había señalado el desconocido.
Tanto los afganos como sus dioses eran unos salvajes, que
rehusaban ser gobernados desde Whitehall o Berlín o incluso
desde Moscú, y no había manera de hacerles entrar en razón.
Me habían enviado allí junto con el resto del ...o regimiento.
La batalla había comenzado en las montañas, y mientras se
desarrolló allí, luchamos en igualdad de condiciones. Pero a
medida que las escaramuzas se fueron desplazando hacia la
oscuridad de las cuevas, nos encontramos perdidos y desam-
parados.
Jamás olvidaré las cristalinas aguas de aquel lago subterrá-
neo, ni el ser que emergió de él, abriendo y cerrando los ojos,
ni los cantarines susurros que acompañaron su aparición, co-
mo el zumbido de unas moscas titánicas.
Fue un milagro que lograra sobrevivir a todo aquello, pero
sobreviví, y regresé a Inglaterra con los nervios absolutamen-
te destrozados. El lugar donde me tocó aquella boca como de
sanguijuela quedó tatuado para siempre en la piel de mi brazo
lisiado. Hasta entonces yo había sido un tirador de primera.
Ahora ya no me quedaba nada, excepto un miedo al mundo
subterráneo que raya en el pánico, debido al cual prefiero gas-
tarme seis peniques de mi pensión del ejército en un coche a
pagar un solo penique por viajar en metro.
Sin embargo, la niebla y la oscuridad de Londres me recon-
fortaron, me acogieron. Había perdido mi primer alojamiento
porque solía gritar en mitad de la noche. Estuve en Afganistán;
pero ya no estaba allí.

—Suelo gritar en mitad de la noche —le dije.
—Dicen que yo ronco mucho —replicó—. Además, mis
horarios son un tanto anárquicos, y suelo utilizar la repisa de
la chimenea para mis prácticas de tiro. Necesitaré la sala de es-
tar para recibir a mis clientes. Soy egoísta, reservado, y me
aburro con facilidad. ¿Todo esto le supone algún problema?
Sonreí, negando con la cabeza, y sellamos el acuerdo con un
apretón de manos.
Las habitaciones que había alquilado estaban en Baker
Street y resultaban más que adecuadas para dos solteros como
nosotros. Tenía presente lo que me había dicho mi amigo sobre
su deseo de conservar su intimidad, y me abstuve de pregun-
tarle a qué se dedicaba. No obstante, había muchas cosas que
despertaban mi curiosidad. Recibía visitas a cualquier hora del
día o de la noche y, cuando llegaban, yo me marchaba de la sala
de estar y me retiraba a mi alcoba, preguntándome qué asun-
tos podían tener en común con mi amigo aquella dama pálida
con un ojo completamente blanco, un hombre pequeño con as-
pecto de viajante de comercio y un corpulento dandi con cha-
queta de terciopelo, entre otros muchos. Algunos venían con
frecuencia, otros sólo le visitaron en una ocasión, hablaban
con él y se marchaban, unas veces con expresión satisfecha y
otras con cara de preocupación.
Aquel hombre era un misterio para mí.
Una mañana, mientras dábamos cuenta de uno de los mag-
níficos desayunos de nuestra casera, mi amigo hizo sonar la
campanilla para llamarla.
—En unos cuatro minutos, vendrá a visitarnos un caballe-
ro —le dijo—. Habrá que poner un cubierto más en la mesa.
—Muy bien —respondió la mujer—. Pondré a asar unas
cuantas salchichas más.
Mi amigo volvió a enfrascarse en la lectura de su periódico.
Yo esperaba impaciente a que me explicara quién era el miste-
rioso caballero y cuál era el motivo de su visita. Finalmente, mi
curiosidad pudo más que mi discreción.
—No lo entiendo. ¿Cómo puede usted saber que su visi-
tante llegará dentro de cuatro minutos exactamente? No ha re-
cibido ningún telegrama, ni mensaje de cualquier otra clase.
Mi amigo esbozó una sonrisa.
—¿No ha oído pasar una berlina hace ya un rato? Aminoró la
velocidad al pasar frente a nuestra casa (obviamente el conductor
quería asegurarse de cuál era nuestra puerta), y a continuación
volvió a acelerar la marcha y siguió hacia Marylebone. Allí paran
cientos de carruajes cuyos pasajeros se dirigen a la estación o al
museo de cera, y precisamente eso es algo muy conveniente para
cualquiera que desee apearse sin llamar la atención. Se tarda
exactamente cuatro minutos en llegar a pie desde allí...
Echó un vistazo a su reloj de bolsillo y, justo entonces, oye-
ron que alguien subía las escaleras de la calle.
—Pase, Lestrade —dijo—. La puerta está entornada, y sus
salchichas ya están listas.
Un caballero que, supuse, debía de ser Lestrade, entró por la
puerta y la cerró tras de sí.
—No debería —replicó—, pero, a decir verdad, todavía no
he tenido tiempo de desayunar esta mañana. Acepto encanta-
do su oferta, daré buena cuenta de esas salchichas.
Era el hombre pequeño que había venido a visitar a mi ami-
go en varias ocasiones y cuya actitud me recordaba a un via-
jante de comercio.
Mi amigo esperó a que nuestra casera se retirara antes de
decir:
—Obviamente, deduzco que viene usted por algún asunto
de suma importancia para el país.
—¡Cielo santo! —replicó Lestrade, que se había quedado
pálido de repente—. No es posible que la noticia esté ya en la
calle. Dígame que no es así.
Lestrade comenzó a llenarse el plato de salchichas, filetes de
arenque, arroz con pescado y tostadas, pero las manos le tem-
blaban un poco.
—Desde luego que no —le tranquilizó mi amigo—, pero a
estas alturas conozco bien el chirriar de las ruedas de su coche:
oscila entre un sol sostenido y un do mayor. Y si el inspector
Lestrade no puede permitirse que lo vean entrando en casa del
único detective privado de Londres y aun así viene de todos
modos, y sin desayunar, no puedo sino inferir que no se trata
de un caso común y corriente. Ergo, es algo relacionado con las
altas esferas y de suma importancia para la nación.
Lestrade se limpió la barbilla con la servilleta. Me quedé
mirándolo. No se parecía en absoluto a la idea que yo me había
hecho de un inspector de policía, pero lo cierto es que mi ami-
go tampoco coincidía con la idea que yo tenía de un detective
privado —fuera lo que fuese.

—Quizá deberíamos tratar el asunto en privado —sugirió
Lestrade, mirándome de reojo.
Mi amigo sonrió con picardía, y movió la cabeza hacia los
lados, como hacía siempre que se recreaba íntimamente en al-
guna broma.
—Bobadas —replicó—. Dos cabezas piensan mejor que
una. Y además, mi amigo es de toda confianza.
—Si mi presencia les incomoda... —tercié de manera algo
brusca, pero mi amigo no me dejó siquiera terminar la frase.
Lestrade se encogió de hombros.
—A mí me es indiferente —afirmó, tras una breve pausa—.
Si usted logra resolver el caso, seguiré en mi puesto. De lo con-
trario, perderé mi empleo. Usted tiene sus propios métodos, como
yo digo. Y, en cualquier caso, no puede empeorar la situación.
—Si algo nos ha enseñado la historia, es que toda situación
es susceptible de empeorar —sentenció mi amigo—. ¿Cuándo
salimos para Shoreditch?
Lestrade soltó su tenedor.
—¡Esto es lo último! —exclamó—. ¡Usted aquí, riéndose
de mí, y resulta que ya está al corriente de todo el asunto! De-
bería darle vergüenza...
—Nadie me ha contado nada sobre este particular. Si un
inspector de policía se presenta en mi casa con manchas de ba-
rro fresco de ese peculiar amarillo mostaza en las botas y en el
pantalón, cabe esperar que deduzca que ha estado reciente-
mente en las excavaciones de Hobbs Lane, en Shoreditch,
puesto que es el único lugar en todo Londres donde se puede
encontrar un barro con ese característico color mostaza.
El inspector Lestrade parecía avergonzado.
—Dicho así —reconoció—, parece algo obvio.
Mi amigo apartó su plato.
—Y lo es, por supuesto —afirmó, en un tono levemente
impertinente.
Tomamos un coche hasta el East End. El inspector Lestrade
había regresado a Marylebone Road para recuperar su coche,
de modo que íbamos solos.
—¿Así que es cierto que es usted un detective privado?
—El único en todo Londres, y puede que en todo el mundo
—respondió mi amigo—. Pero no acepto casos, me limito a
asesorar. La gente recurre a mí para que le ayude a resolver
problemas que considera insolubles. Me explican los detalles
del problema en cuestión y, a veces, lo resuelvo.
—De modo que esas personas que vienen a visitarle...
—Son, en su mayoría, oficiales de policía, o detectives, sí.
Hacía una mañana espléndida, pero pasábamos en ese mo-
mento por el suburbio de Saint Giles —esa madriguera que da
cobijo a ladrones y criminales de todo pelaje y que se ha insta-
lado en Londres como un cáncer en el rostro de una hermosa
violetera—, y la luz que entraba por la ventanilla era escasa y
desvaída.
—¿Está seguro de que quiere que lo acompañe?
Mi amigo me miró fijamente y sin pestañear.
—Tengo una corazonada —replicó—. Algo me dice que es-
tábamos destinados a encontrarnos. Que usted y yo hemos pe-
leado la buena batalla mano a mano en el pasado, o en el futu-
ro, eso no lo sé. Soy un hombre cerebral, pero sé lo valioso que
es un buen compañero y, desde el mismo momento en que le
vi, supe que podía confiar en usted tanto como en mí mismo.

Sí. Quiero que me acompañe.
Me ruboricé, o dije algo sin sentido. Por primera vez desde
que estuve en Afganistán, sentí que mi vida tenía una razón
de ser.


2. La habitación
¡VICTOR VITAE: ¡UN FLUIDO ELÉCTRICO! ¿SIENTE QUE SU
MIEMBRO Y SUS PARTES BAJAS PIERDEN VITALIDAD?
¿SIENTE NOSTALGIA DE SUS DÍAS DE JUVENTUD?
¿HA OLVIDADO YALOS PLACERES DE LA CARNE? VICTOR VITAE DARÁ VIDA ALLÍ
DONDE SE HAYA PERDIDO; ¡HASTA EL CABALLO MÁS VETERA-
NO VOLVERÁ A SER DE NUEVO UN SEMENTAL! DEVUELVE
VIDA A LO QUE YA NO LA TIENE, EN UNA COMBINACIÓN DE
UNA VIEJA RECETA DE FAMILIA CON LA CIENCIA MÁS MO-
DERNA. PARA RECIBIR TESTIMONIOS FEHACIENTES DE LA EFI-
CACIA DE VICTOR VITAE ESCRIBA A COMPAÑÍA V. VON F., 1B
CHEAP STREET, LONDRES.


Era una casa de huéspedes barata, en Shoreditch. Había un
policía en la puerta principal. Lestrade le saludó por su nombre
y nos cedió el paso, pero mi amigo se acuclilló en el umbral de
la puerta y sacó una lupa del bolsillo de su abrigo. Examinó el
limpiabarros de hierro forjado, y palpó el fango con el dedo ín-
dice. Una vez lo hubo inspeccionado a sus anchas, y sólo en-
tonces, nos dejó entrar en la casa.
Subimos por las escaleras. No había duda de cuál era la ha-
bitación en la que se había cometido el crimen: la puerta esta-
ba custodiada por dos fornidos agentes de policía.
Lestrade les hizo un gesto con la cabeza y los agentes se hi-
cieron a un lado. Entramos.
Como ya he dicho, no soy un escritor profesional, y no sé si
atreverme a describir el lugar, pues sé que mis palabras no van
a hacerle justicia. Sin embargo, ahora que he comenzado esta
narración, temo que no tendré más remedio que continuarla.
En aquel pequeño dormitorio se había cometido un asesinato.
El cadáver, o lo que quedaba de él, seguía estando allí, en el sue-
lo. Lo tenía delante de mí pero, de algún modo, no lo vi. Lo que
vi era, en realidad, lo que la víctima había arrojado por la boca y
la nariz: el color iba del verde bilis al verde hierba. La raída al-
fombra estaba completamente empapada en aquella sustancia,
que también había salpicado el papel de la pared. Por un mo-
mento, imaginé que aquello era obra de algún artista diabólico
que había decidido crear un estudio en esmeralda.
Me pareció que pasaban cien años hasta que fui capaz de
mirar el cadáver, que estaba abierto en canal, y traté de com-
prender lo que estaba viendo. Me quité el sombrero, y mi ami-
go hizo lo mismo.
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Se arrodilló e inspeccionó el cadáver, examinando uno por
uno los cortes y heridas. Luego, sacó su lupa y se acercó a la pa-
red para examinar las gotas de podre que habían salpicado el
papel.
—No se moleste, ya lo hemos hecho nosotros —dijo el ins-
pector Lestrade.
—¿En serio? —replicó mi amigo— ¿Y qué opinan ustedes
de esto? Yo diría que es una palabra.
Lestrade se acercó hasta donde se encontraba mi amigo. So-
bre el desvaído papel amarillo, un poco por encima de la cabe-
za de Lestrade, se veía una palabra, en letras mayúsculas, escri-
ta con sangre verde.
—¿R-A-C-H-E...? —deletreó Lestrade en voz alta—. Ob-
viamente, quería escribir «Rachel», pero alguien le interrum-
pió. Así pues, debemos buscar a una mujer...
Mi amigo guardó silencio. Regresó junto al cadáver y exa-
minó de cerca primero una mano y luego la otra. Las yemas de
los dedos no estaban manchadas de aquella sustancia.
—Creo que es evidente que no fue Su Alteza Real quien es-
cribió esa palabra...
—¿Qué demonios le hace suponer...?
—Mi querido Lestrade, no insulte usted a mi inteligencia,
por favor. Obviamente, este cadáver no es humano: el color de
su sangre, el número de extremidades, los ojos, la situación de la
cara; todo ello indica que nos encontramos ante un sujeto de
sangre real. Ciertamente, no puedo establecer con seguridad a
qué rama de la familia pertenece, pero me arriesgaría a de-
cir que podría tratarse de un heredero... no, segundo en la línea
de sucesión... en alguno de los principados alemanes.

—Es asombroso. —Lestrade vaciló un momento antes de
continuar—. Es el príncipe Franz Drago, de Bohemia. Vino a
Albión como invitado de Su Majestad, la reina Victoria. Estaba
aquí de vacaciones, para cambiar de aires...
—Deduzco que se refiere usted a los teatros, las prostitutas
y las mesas de juego.
—Como usted prefiera. —Lestrade parecía ofendido—. En
todo caso, nos ha proporcionado usted una valiosa pista con lo
de esa tal Rachel. Aunque, sin duda, habríamos acabado descu-
briéndolo de todos modos.
—Sin duda —afirmó mi amigo.
Siguió inspeccionando el resto de la habitación, dejando
caer algún que otro comentario mordaz sobre el modo en que
la policía había contaminado las huellas con sus propias pisa-
das y alterado el orden de los objetos de la habitación, detalles
ambos que habrían resultado muy útiles a la hora de intentar
reconstruir los hechos de la pasada noche.
Sin embargo, descubrió una pequeña mancha de barro de-
trás de la puerta que, al parecer, le llamó poderosamente la
atención.

También descubrió restos de cenizas o de polvo junto a la
chimenea.
—¿Había reparado usted en esto? —le preguntó a Lestrade.
—La policía de Su Majestad no suele conceder importancia
al hallazgo de unas cenizas junto a una chimenea. No es algo im-
propio, precisamente —replicó Lestrade, riendo entre dientes.
Mi amigo tomó una pizca de ceniza, la frotó entre sus de-
dos y olfateó los restos que se le habían quedado adheridos. Fi-
nalmente, tomó una muestra con una ampolla de cristal y se la
guardó en el bolsillo interior de su abrigo.
Se puso en pie.
—¿Y el cadáver?
—Enviarán a alguien de palacio para recogerlo —dijo Les-
trade.
Mi amigo me hizo un gesto con la cabeza y, juntos, nos di-
rigimos hacia la puerta. Suspiró y dijo:
—Inspector, me temo que la búsqueda de esta tal Rachel no
le llevará a ninguna parte. Entre otras cosas, «rache» es una pa-
labra alemana. Significa «venganza». Consulte usted un dic-
cionario. Tiene diversas acepciones.
Bajamos las escaleras y salimos a la calle.
—Hasta esta misma mañana, no había visto usted a ningún
miembro de la realeza, ¿me equivoco? —me preguntó. Yo ne-
gué con la cabeza—. La primera vez puede resultar algo des-
concertante, si le coge a uno por sorpresa. Caramba, amigo
mío... ¡está usted temblando!
—Perdóneme. Se me pasará enseguida.
—¿Le ayudaría que diéramos un paseo? —me preguntó.
Asentí, pues estaba seguro de que si no caminaba un rato
arrancaría a gritar.
—En tal caso, sigamos hacia el oeste —dijo mi amigo, se-
ñalando la sombría torre del palacio. Y echamos a andar.
—¿De modo —me preguntó mi amigo, al cabo de unos mi-
nutos— que hasta ahora no ha tenido ocasión de conocer per-
sonalmente a ningún miembro de la realeza europea?
—No —respondí.
—Pues creo poder asegurarle que la tendrá —afirmó—. Y
está vez no será un cadáver. No tendrá que esperar mucho.
—Mi querido amigo, ¿qué le hace pensar...?
En respuesta a mi pregunta, me señaló un carruaje negro
que acababa de detenerse unos cincuenta metros más adelante.
Un hombre ataviado con un gabán y un sombrero negro de
copa había bajado a abrir la portezuela y aguardaba en silencio.
En la portezuela se veía un escudo de armas dorado que cual-
quier niño nacido en Albión habría reconocido de inmediato.
—Hay invitaciones que no se pueden rechazar —dijo mi
amigo.
Se descubrió ante el lacayo y me pareció que sonreía mien-
tras entraba en la cabina y se acomodaba en el mullido asiento
de cuero.
Quise hablar con él durante el trayecto, pero mi amigo se
llevó un dedo a los labios para indicarme que guardara silencio.
A continuación, cerró los ojos y al parecer quedó sumido en
una profunda reflexión. Yo, por mi parte, intenté recordar lo
que sabía de la realeza alemana, y descubrí que no sabía gran
cosa —aparte del hecho de que el príncipe Alberto, consorte de
la Reina, era alemán.
Metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y saqué un puña-
do de monedas, pardas y plateadas, negras y cardenillo. Con-
templé la efigie de nuestra Reina grabada en cada una de ellas,
y su visión me inspiró, por un lado, un profundo orgullo pa-
triótico y, por otro, un miedo cerval. Me dije a mí mismo que
el miedo es un sentimiento ajeno a todo aquel que ha servido
en el ejército, y recordé que hubo una época en la que dicho
pensamiento había sido una realidad. Por un momento, recor-
dé que había sido un magnífico tirador —incluso, me gustaba
pensar, un tirador de élite—, pero mi mano temblaba ahora
como si estuviera paralizada, y el modo en que tintineaban
aquellas monedas me hizo sentir lástima de mí mismo.

3. El palacio
FINALMENTE, EL DOCTOR HENRY JEKYLL
SE COMPLACE EN ANUNCIAR LA COMERCIALIZACIÓN DE SUS MUNDIALMENTE
CÉLEBRES «POLVOS JEKYLL» PARA CONSUMO POPULAR.
YA HAN DEJADO DE SER PATRIMONIO DE UNOS POCOS AFOR-
TUNADOS. ¡LIBERE SU YO! ¡LÍMPIESE POR DENTRO Y POR FUERA!
DEMASIADA GENTE, TANTO HOMBRES COMO MUJERES,
SUFREN DOLENCIAS DEL ALMA; PUEDEN ALIVIARLAS INMEDIATAMENTE,
Y DE FORMA ECONÓMICA, CON LOS POLVOS DE JEKYLL
(DISPONIBLES EN SABOR VAINILLA O EN LA FÓRMULA ORIGINAL MENTOLADA).


El consorte de la Reina, el príncipe Alberto, era un hombre
alto que lucía un imponente mostacho y entradas en el cabello,
y era inequívoca y enteramente humano. Salió a recibirnos al
pasillo, nos saludó con una inclinación de cabeza y no nos pre-
guntó nuestros nombres ni nos estrechó las manos.
—La Reina está terriblemente consternada —nos comuni-
có. Tenía un leve acento extranjero, pronunciaba las erres co-
mo si tuviera frenillo: Ggueina. Tegguiblemente—. Franz era
uno de sus predilectos. Tiene muchos sobrinos, pero Franz la
hacía reír. Deben hallar a los que le hicieron esto.
—Haré cuanto esté en mi mano —replicó mi amigo.
—He leído sus monografías —continuó el príncipe Alber-
to—. Fui yo quien sugirió que debían consultar con usted. Es-
pero no haberme equivocado.
—Yo también lo espero —respondió mi amigo.
Entonces, se abrió la gran puerta y nos condujeron hacia la
oscuridad y ante la Reina.
La llamaban Victoria, porque nos había derrotado en una
batalla librada setecientos años antes, y también Gloriana, por-
que era gloriosa, y la llamaban la Reina, porque la laringe hu-
mana no está configurada para pronunciar su verdadero nom-
bre. Era inmensa, más de lo que hasta ese momento había
creído posible y nos observaba desde las sombras, inmóvil.
Deben rezsolver ezste cazso. La voz venía de entre las som-
bras.
—Por supuesto, Señora —replicó mi amigo.
Una extremidad se enroscó y me señaló directamente.
Acérquezse.
Yo quería echar a andar, pero mis piernas no se movieron.
Mi amigo vino en mi rescate. Me cogió del codo y avanzó
conmigo hacia Su Majestad.
No ezs para tener miedo. Ezs para zsentirzse bien. Ezs para
hacernozs compañerozs.

Eso fue lo que me dijo. Tenía una preciosa voz de contralto,
que iba acompañada de un leve zumbido. Entonces, aquella ex-
tremidad se desenroscó y se extendió y la Reina me tocó en el
hombro. Por un momento, pero sólo un momento, sentí un do-
lor más intenso y más profundo que cualquier otro dolor que
yo haya experimentado y, a continuación, el dolor desapareció
y una sensación de bienestar se apoderó de todo mi cuerpo.
Sentí que los músculos de mi hombro se relajaban y, por pri-
mera vez desde Afganistán, dejó de dolerme el brazo.
Acto seguido, le llegó el turno a mi amigo. Victoria le ha-
bló, pero no pude escuchar sus palabras; pensé que quizá la
mente de la Reina se estaba comunicando directamente con
la de mi amigo, y me pregunté si sería ese el famoso Consejo
de la Reina, del que tanto se habla en los libros de historia. Mi
amigo le replicó en voz alta:
—Con toda certeza, Señora. Puedo asegurarle que anoche
había dos hombres más, aparte de su sobrino, en aquella habi-
tación de Shoreditch. Las huellas resultaban algo confusas,
pero no dejaban lugar a dudas.
Y después:
—Sí, lo comprendo... Eso creo... Sí.
Cuando salimos del palacio, mi amigo estaba algo taciturno,
y no me dirigió la palabra en el trayecto hasta Baker Street.
Había anochecido ya, y me pregunté cuánto tiempo habría-
mos estado en palacio.
Unos jirones de niebla cargada de hollín atravesaban la ca-
lle y el cielo de parte a parte.
Cuando llegamos a Baker Street, al mirarme en el espejo de
mi alcoba, me percaté de que aquella marca blanca que tenía en
el hombro había adquirido un tono rosado. Confié en que no
fuera cosa de mi imaginación, o el efecto de la luz de la luna
que entraba por la ventana.

4. La representación
¿SUFRE USTED DEL HÍGADO? ¿ATAQUES DE IRA?
¿PROBLEMAS NEURASTÉNICOS? ¿AMIGDALI-
TIS? ¿ARTRITIS? ÉSTOS SON SÓLO ALGUNOS EJEMPLOS
DE LAS DOLENCIAS QUE UNA SANGRÍA PROFESIONAL PUEDE CURAR.
EN NUESTRAS OFICINAS TENEMOS GRAN CANTIDAD
DE TESTIMONIOS DE CLIENTES SATISFECHOS A DISPOSI-
CIÓN DE QUIEN QUIERA CONSULTARLOS. NO PONGA SU SA-
LUD EN MANOS DE AFICIONADOS; NOSOTROS LLEVAMOS
MUCHO TIEMPO EN ESTE OFICIO: V. TEPES — SANGRA-
DOR PROFESIONAL (RECUERDE: SE PRONUNCIA TZSE-
PESH). RUMANÍA, PARÍS, LONDRES, WHITBY. YA HA PROBA-
DO CON LOS DEMÁS: ¡PRUEBE AHORA CON EL
MEJOR!


El que mi amigo fuera un consumado maestro en el arte del
disfraz no debiera haberme sorprendido, pero el caso es que me
sorprendió. A lo largo de los diez días siguientes, fueron desfi-
lando por Baker Street una extraña recua de personajes: un an-
ciano chino, un joven libertino, una oronda pelirroja cuya
antigua profesión resultaba extraordinariamente fácil de adi-
vinar, y un venerable ancianito, con el pie inflamado y cubier-
to por un vendaje a causa de la gota. El ritual era siempre
el mismo: el personaje entraba en la casa, se dirigía a la alcoba
de mi amigo y, con el ritmo vertiginoso de un vodevil, aparecía
éste.
Nunca me contaba lo que había estado haciendo, prefería
relajarse con la mirada fija en un punto del espacio, tomando
notas de tanto en tanto en cualquier papel que tuviera a mano
en ese momento; notas que para mí resultaban francamente
ininteligibles. Parecía tan ensimismado que llegué a preocu-
parme por su salud. Y entonces, una tarde, volvió a casa vesti-
do con sus propias ropas, con una sonrisa radiante en la cara, y
me preguntó si me gustaba el teatro.
—¿Y a quién no? —le respondí.
—En tal caso, corra a buscar sus prismáticos —me dijo—.
Nos vamos a Drury Lane.
Yo esperaba que fuéramos a ver una opereta, o algo por el
estilo, pero en lugar de eso me encontré en el que debía de ser,
sin duda alguna, el peor teatro de todo Londres, por muchas
campanillas que tuviera su nombre. Para ser sincero, difícil-
mente podía decirse que estuviera en Drury Lane, pues estaba
situado al final de Shaftesbury Avenue, muy cerca del subur-
bio de Saint Giles. Siguiendo el consejo de mi amigo, puse mi
billetera a buen recaudo e, imitando su ejemplo, cogí un bastón
bien recio.
Una vez acomodados en nuestras butacas de platea (le ha-
bía comprado una naranja por tres peniques a una encantado-
ra jovencita que las vendía a la entrada, y me entretuve succio-
nando su jugo mientras esperábamos), mi amigo me dijo, en
voz baja:
—Puede considerarse afortunado por no haber tenido que
acompañarme a un antro de juego o a un burdel. O a algún
manicomio, otro de los sitios que gustaba de visitar el príncipe
Franz, según he averiguado. Pero a ninguno de los lugares que
visitaba volvía por segunda vez. A ninguno excepto...
La orquesta empezó a tocar, y se alzó el telón. Mi amigo se
quedó callado.
Era un buen espectáculo, en su estilo, que constaba de tres
representaciones de un solo acto. Entre una y otra, interpreta-
ban canciones cómicas. El solista masculino, un hombre alto y
con aire melancólico, tenía una hermosa voz; la solista femeni-
na era elegante y su voz llenaba el auditorio; el caricato inter-
pretaba los recitativos con mucha gracia.
El primer número era una comedia frívola basada en el
equívoco: el actor principal interpretaba a dos hermanos geme-
los que no se conocían pero que, por una sucesión de cómicas
desventuras, acababan prometiéndose en matrimonio a la mis-
ma joven, que, irónicamente, creía estar comprometida con un
único hombre. Las puertas se abrían y se cerraban continua-
mente para que el actor pudiera cambiar de caracterización.
En el segundo número, se escenificaba la patética historia
de una desamparada huerfanita que vendía violetas bajo la nie-
ve, hasta que al final, su abuela la reconocía y le decía a todo el
mundo que aquella huerfanita era en realidad el bebé que unos
bandidos habían secuestrado años atrás, pero ya era demasiado
tarde, y la pobre niña moría de frío. Debo confesar que tuve
que enjugarme las lágrimas de los ojos en más de una ocasión.
El espectáculo terminaba con una pieza de carácter épico
ambientada setecientos años antes: la compañía al completo
interpretaba a los habitantes de un pueblo costero que veían
surgir del mar unas figuras, y el héroe les decía que eran los
Ancestros, aquellos cuyo regreso anunciaban las profecías, y
que venían de R’lyeh y de la oscura Carcosa, y de las llanuras
de Leng, donde habían permanecido dormidos —o a la espera,
o quizá muertos— hasta ese momento. El caricato opinaba que
sus vecinos se habían atiborrado de pasteles o de cerveza y es-
taban sufriendo alucinaciones. Un rollizo caballero que inter-
pretaba a un sacerdote católico les decía a los habitantes del
pueblo que aquellas figuras eran monstruos y demonios, y que
debían ser destruidos.
La obra alcanzaba el clímax cuando el héroe mataba a palos
al sacerdote católico con su propio crucifijo y se preparaba para
recibir a los Ancestros con todos los honores. La heroína can-
taba entonces un aria memorable, mientras, en medio de un
asombroso despliegue de ilusiones ópticas creadas por medio
de una linterna mágica, se proyectaban sobre el cielo que había
al fondo del escenario las sombras de aquellos míticos seres: la
mismísima reina de Albión y el Señor Oscuro de Egipto (re-
presentado como una figura casi humana), seguidos por el Ve-
nerable Macho Cabrío, padre de Mil, Emperador de toda la
China, y el Incontestable Zar, y Aquel que Preside el Nuevo
Mundo, y la Dama Blanca del Antártico Reducto y todos los
demás. El público saludaba cada una de estas apariciones al gri-
to espontáneo y unánime de «¡Hurra!». En el cielo pintado del
escenario salía la luna y, una vez alcanzado su cenit, el espec-
táculo finalizaba con un toque de magia teatral: la pálida luna
de los viejos cuentos se teñía del rojo carmesí que ilumina aho-
ra nuestras noches.
Los actores salieron a escena para el saludo final, y el pú-
blico les reclamó con sus encendidos aplausos una y otra vez
hasta que cayó el telón por última vez y la función se dio por
concluida.
—Se acabó —dijo mi amigo—. ¿Qué le ha parecido?
—Fantástica, absolutamente fantástica —repliqué, con las
manos enrojecidas de tanto aplaudir.
—Es usted un bendito —me dijo, sonriendo—. Vamos a los
camerinos.
Salimos por la puerta principal y nos dirigimos al callejón
en el que estaba situada la entrada de artistas, donde nos tro-
pezamos con una mujer menuda con un quiste sebáceo en la
mejilla que tricotaba afanosamente. Mi amigo le mostró una
tarjeta de visita, y la mujer nos condujo por el pasillo hasta un
pequeño vestuario común.
Candiles y velas iluminaban con su luz oscilante a los hom-
bres y mujeres que, en despreocupada promiscuidad, se desma-
quillaban y se cambiaban de ropa frente a los sucios espejos. Yo
aparté la mirada con discreción. Mi amigo ni se inmutó si-
quiera.
—Quisiera hablar con el señor Vernet —dijo en voz alta.
Una joven que había interpretado a la mejor amiga de la
heroína en la primera obra, y a la descarada hija del posadero
en la última, nos indicó que buscáramos al fondo del vestuario.
—¡Sherry! ¡Sherry Vernet! —gritó.
El joven que se levantó en respuesta a la llamada era muy
delgado, y de una belleza menos convencional que la que apa-
rentaba en escena. Nos buscó con la mirada.
—No creo haber tenido el placer de...
—Me llamo Henry Camberley —le dijo mi amigo, hablan-
do con un cierto dejo exótico—. Quizá haya oído hablar de mí.
—Debo confesarle que no he tenido ese privilegio —repli-
có Vernet.
Mi amigo le ofreció una tarjeta de visita.
El joven miró la tarjeta con genuino interés.
—¿Un empresario teatral? ¿Del Nuevo Mundo? Caramba.
¿Y usted es...? —preguntó, dirigiéndose a mí.
—El caballero es mi amigo, el señor Sebastian. No pertene-
ce a la profesión.
Mascullé unas palabras de felicitación y le estreché la
mano.
—¿Ha estado alguna vez en el Nuevo Mundo? —le pre-
guntó mi amigo.
—Aún no he tenido ese honor —admitió Vernet—, aunque
ése ha sido siempre mi mayor sueño.
—Muy bien, mi querido colega —dijo mi amigo, con la na-
tural familiaridad de un hombre del Nuevo Mundo—. Es muy
posible que su sueño se vea cumplido. Esa última obra... jamás
había visto nada parecido. ¿Es usted el autor?
—Lamentablemente, no. La escribió un buen amigo mío,
aunque fui yo quien ideó el montaje final con la linterna má-
gica. No encontrará nada más sofisticado en la escena de hoy
en día.
—¿Podría decirme el nombre del autor? Quizá sea mejor
que hable directamente con su amigo.
Vernet negó con la cabeza.
—Me temo que eso no va a ser posible. Mi amigo es un
profesional liberal, y no quiere que su relación con el mundo
escénico salga a la luz pública.
—Ya comprendo. —Mi amigo sacó la pipa de su bolsillo y
se la puso en la boca. Luego, se tanteó los bolsillos—. Disculpe,
pero creo que me he dejado la petaca.
—Yo fumo picadura, negro y bastante fuerte —dijo el ac-
tor—, pero si a usted no le importa...
—¡En absoluto! —replicó efusivamente mi amigo—. Qué
suerte la mía, yo también fumo tabaco negro de picadura. —Y
cargó su pipa con el tabaco del actor.
Se pusieron a fumar los dos mientras mi amigo le contaba
una idea que tenía en mente para un montaje que se podría lle-
var de gira por las ciudades del Nuevo Mundo, desde la isla de
Manhattan hasta la última ciudad del lejano sur. El primer acto
sería la última obra que habíamos visto esa noche. Y el resto de
la función podría girar, quizá, en torno al dominio de los An-
cestros sobre la humanidad y sus dioses, o plantear lo que po-
dría haber sucedido si no hubiera familias reales a las que ad-
mirar —un mundo de barbarie y oscuridad.
—Pero tendría que ser su misterioso amigo quien la escri-
biera y, desde luego, tendría carta blanca —aclaró mi amigo—.
Haremos nuestro su texto. Pero puedo garantizarles más es-
pectadores de los que pueda soñar su imaginación, y un sus-
tancioso porcentaje de la recaudación. Digamos, ¡un cincuenta
por ciento!
—Eso suena muy interesante —replicó Vernet— ¡Espero
que no se convierta en humo!
—No, señor. ¡De ninguna manera! —afirmó mi amigo,
dando una calada a su pipa y riendo el chiste del actor—. Ven-
ga a verme mañana por la mañana a Baker Street, le espero a
eso de las diez, y traiga también a su amigo. Tendré sus contra-
tos listos para firmar.
El actor se subió a una silla y batió palmas pidiendo silencio.
—Damas y caballeros, tengo algo que anunciarles —pro-
clamó, impostando su hermosa voz para que todos pudieran
oírle con claridad—. Este caballero es Henry Camberley, el
empresario teatral, y quiere llevarnos al otro lado del Atlánti-
co para labrar fama y fortuna.
Aquello suscitó muestras de entusiasmo entre sus compa-
ñeros, y el caricato dijo:
—Por fin podremos comer algo más que arenques y repo-
llo en vinagre. —Y toda la compañía estalló en risas.
Finalmente, abandonamos el teatro entre las sonrisas de los
actores y salimos a las calles cubiertas de niebla.
—Mi querido amigo —le dije—, de qué demonios...
—No diga una palabra más —me replicó—. Esta ciudad
tiene oídos.
Así pues, no intercambiamos una sola palabra hasta hallar-
nos en un coche de camino a Baker Street.
Incluso entonces, antes de decidirse a hablar, mi amigo se
sacó la pipa de la boca y vació el contenido de la cazoleta en una
cajita metálica. Presionó bien la tapa y se la guardó en el bolsi-
llo.
—Ya está —dijo—. Ya tenemos al Hombre Alto, como que
la luna es roja. Ahora, sólo nos queda esperar a que la codicia
y la curiosidad del Médico Cojo sean lo suficientemente pode-
rosas para traerle hasta nosotros mañana por la mañana.
—¿El Médico Cojo?
Mi amigo suspiró.
—Ése es el sobrenombre que le he puesto. Al examinar las
huellas y otros muchos detalles en la habitación en la que apa-
reció el cadáver del príncipe, comprendí que era obvio que
aquella noche había dos personas más en la habitación: un
hombre alto a quien, si mis suposiciones no son erróneas, aca-
bamos de encontrar, y un hombre cojo de menor estatura, que
evisceró al príncipe con una pericia que lo delata como un pro-
fesional de la medicina.
—¿Un médico?
—En efecto. Odio tener que decir esto, pero la experiencia
me ha enseñado que cuando un médico escoge el camino del
mal, es peor y más peligroso que el peor de los criminales. Está
el caso de Huston, el que sumergía a sus víctimas en un baño
de ácido, y el de Campbell, que trajo a Ealing la cama de Pro-
custo...1 —Y siguió en la misma línea durante todo el trayecto.
El coche se detuvo junto al bordillo.
—Una libra y diez peniques, por favor —dijo el cochero. Mi
amigo le lanzó un florín, que el hombre cogió al vuelo, y se lle-
vó la mano al raído sombrero de copa a modo de saludo—. Mu-
chas gracias a los dos —gritó, mientras el caballo se alejaba en-
tre la niebla.
Subimos hasta la puerta principal. Mientras yo abría la
puerta, mi amigo comentó:
—Qué extraño. Nuestro cochero ha ignorado a ese hombre
que hay en la esquina.
—No es de extrañar, si ha acabado su turno —observé.
—Cierto, muy cierto.
Aquella noche soñé con sombras, gigantescas sombras que
eclipsaban al sol. Yo las llamaba a gritos, desesperado, pero no
me escuchaban.


5. LA PIEL Y EL POZO
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El inspector Lestrade fue el primero en llegar.
—¿Tiene a sus hombres apostados en la calle? —le pregun-
tó mi amigo.
—Todos en sus puestos, sí —respondió Lestrade—. Tienen
órdenes estrictas de dejar entrar a cualquiera que venga y de
arrestar a cualquiera que intente escapar.
—¿Y ha traído usted sus esposas?
Lestrade se metió la mano en el bolsillo y, con aire resuel-
to, hizo sonar dos pares de esposas.
—Muy bien —dijo—. Y mientras esperamos, ¿por qué no
me explica qué es lo que estamos esperando, exactamente?
Mi amigo sacó la pipa del bolsillo pero, en lugar de llevár-
sela a la boca, la dejó sobre la mesa que tenía delante. A conti-
nuación, sacó la cajita metálica de la noche anterior y la ampo-
lla de cristal en la que había guardado la muestra de ceniza que
recogió en la habitación de Shoreditch.
—Ahí lo tiene —dijo—. La soga que servirá, tal como espe-
ro poder demostrar en breve, para ahorcar al señor Vernet.
Hizo una pausa. Sacó su reloj de bolsillo y lo depositó cui-
dadosamente sobre la mesa.
—Todavía tardarán unos minutos en llegar. —Se volvió
hacia mí—. ¿Qué sabe usted sobre los restauracionistas?
—Ni media palabra —confesé.
Lestrade tosió.
—Si está usted hablando de lo que yo creo que habla
—dijo—, quizá deberíamos dejarlo aquí. Ya es suficiente.
—Demasiado tarde para eso —replicó mi amigo—. Hay al-
gunos que, en contra de lo que todos nosotros creemos firme-
mente, opinan que la llegada de los Ancestros no es motivo de
celebración. Anarquistas recalcitrantes que aspiran a restaurar
el viejo orden, a volver a dejar en manos de los hombres el con-
trol de su propio destino, si así lo prefiere.
—No estoy dispuesto a escuchar una palabra más sobre
esta sedición —dijo Lestrade—. Debo exhortarle a...
—Y yo debo exhortarle a que no sea tan estúpido —replicó
mi amigo—. Porque fueron los restauracionistas quienes ma-
taron al príncipe Franz Drago. Ellos asesinan, matan, en un
vano intento de forzar a nuestros amos a dejarnos solos en la
oscuridad. El príncipe fue asesinado por un rache, que es un
término antiguo que designa un perro de caza, inspector, como
usted mismo habría podido averiguar si hubiese consultado un
diccionario. También significa «venganza». Y el cazador dejó
su firma en el papel de la pared de la habitación del crimen, del
mismo modo que un artista firmaría un lienzo. Pero no fue él
quien mató al príncipe.
—¡El Médico Cojo! —exclamé.
—Muy bien. Aquella noche había allí un hombre alto, pude
deducirlo del hecho de que la palabra estaba escrita a la altura
de los ojos. Fumaba en pipa; recuerde que encontré la ceniza y
el tabaco a medio consumir junto a la chimenea, y es de supo-
ner que si golpeó su pipa contra la repisa de la chimenea para
vaciarla, debía de ser un hombre alto, pues a un hombre de me-
nor estatura no le habría resultado fácil. El tabaco era de pica-
dura, con una mezcla bastante inusual. Las huellas de los zapa-
tos habían sido borradas en su mayor parte por sus hombres,
pero quedaban algunas huellas claras detrás de la puerta y bajo
la ventana. Alguien había estado esperando allí: un hombre de
menor estatura, a juzgar por la longitud de la zancada, y que
cargaba el peso de su cuerpo sobre la pierna derecha. En la ca-
lle, pude observar también algunas huellas claras, y los distin-
tos colores del barro que había en el limpiabarros de la puerta
de la calle me proporcionaron alguna información adicional:
un hombre alto, que había acompañado al príncipe hasta aque-
lla habitación y que, más tarde, se marchó de allí. Arriba les es-
taba esperando el hombre que descuartizó al príncipe con tan
asombrosa pericia...
Lestrade emitió una especie de gruñido que no llegó a
transformar en palabras.
—He dedicado varios días a volver sobre los pasos de Su
Alteza. Visité los antros de juego, los burdeles y los manico-
mios en busca del fumador de pipa y de su amigo. No saqué
nada en limpio hasta que decidí echar un vistazo a los periódi-
cos de Bohemia, a ver si ahí encontraba alguna pista sobre las
recientes actividades del príncipe, y de ese modo averigüé que
una compañía teatral inglesa había estado actuando allí el mes
pasado, y que el príncipe Franz Drago había asistido a una de
sus funciones...
—Santo cielo —exclamé—. Así que ese tal Sherry Vernet...

—Es un restauracionista. Exacto.
Estaba sacudiendo la cabeza en un gesto de incredulidad,
fascinado por la inteligencia de mi amigo y sus dotes para la
observación, cuando alguien llamó a la puerta.
—¡Debe de ser nuestra presa! —dijo mi amigo— ¡Prepá-
rense!
Lestrade metió la mano en un bolsillo, donde sin duda de-
bía de llevar una pistola, y tragó saliva. Estaba nervioso.
Mi amigo alzó la voz y dijo:
—¡Adelante, pase!
Se abrió la puerta.
No era Vernet, ni tampoco el Médico Cojo. Era uno de esos
muchachos árabes que se ganan el pan haciendo recados —«en
el negocio de pavimentos y suelas», como se solía decir en mi
juventud.
—Con su permiso, caballeros —dijo— ¿vive aquí el señor
Henry Camberley? Un caballero me pidió que le entregara
esta nota.
—Yo soy Henry Camberley —le dijo mi amigo—. Te daré
56
una moneda de seis peniques si me describes al caballero que te
dio la nota.
El muchacho, que según nos dijo se llamaba Wiggins, mor-
dió la moneda antes de guardársela en el bolsillo y nos explicó
que era un tipo simpático, bastante alto, de cabello oscuro y,
añadió, fumaba en pipa.
Tengo la nota aquí mismo, de modo que me tomaré la li-
bertad de transcribirla.

Estimado señor:
No me dirijo a usted como a Henry Camberley, porque ése
no es su verdadero nombre. Me sorprende que no usara usted el
verdadero, pues es un nombre bien elegante y del que puede
sentirse usted muy orgulloso. He leído algunos de sus estudios
y, de hecho, mantuvimos una provechosa correspondencia hace
dos años en relación con ciertas anomalías en su estudio sobre
la Dinámica de los asteroides.
Me divertí mucho anoche, con nuestra pequeña mascarada.
Pero me voy a tomar la libertad de darle algunos consejos que po-
drían ahorrarle muchas molestias en el futuro, en el ejercicio de la
profesión a la que ahora se dedica. En primer lugar, cabe dentro
de lo posible que un fumador de pipa lleve una pipa nueva y sin
estrenar en su bolsillo y no lleve tabaco encima, pero es algo bas-
tante insólito; tan insólito, al menos, como un empresario teatral
que desconoce por completo las costumbres en cuanto al reparto
de las ganancias en una gira teatral, y que además se hace acom-
pañar por un antiguo oficial del ejército (Afganistán, si no me
equivoco). Y a propósito, puesto que como bien dice usted las ca-
lles de Londres tienen oídos, quizá sería conveniente que, en lo su-
cesivo, no tome usted el primer coche que se le presente. Los co-
cheros también tienen oídos, y en ocasiones, incluso, los usan.
Sin embargo, reconozco que acertó de pleno con una de sus
suposiciones: fui yo, en efecto, quien engatusó a esa monstruosa
criatura para llevarla hasta aquella habitación en Shoreditch.
Por si le sirve de consuelo, le diré que, habiéndome documen-
tado un poco sobre sus preferencias a la hora de divertirse, le dije
que le había encontrado a una joven, recientemente raptada de
un convento de Cornwall donde había crecido enclaustrada y sin
conocer varón, y que la joven en cuestión se volvería completa-
mente loca en cuanto viera su rostro y la acariciara.
De haber existido dicha joven, él habría gozado provocando
su locura, como un hombre goza sorbiendo el dulce jugo de un
melocotón maduro hasta que no queda de él más que la piel y el
hueso. Les he visto hacerlo en alguna ocasión. Les he visto hacer
cosas mucho peores que ésa. Y no es el precio que hay que pagar
por la paz y la prosperidad. Es un precio demasiado alto.
El buen doctor —que es de mi misma opinión, y que en efec-
to escribió aquel opúsculo, pues tiene cierta facilidad para com-
placer al gran público— estaba esperándonos arriba, con su co-
lección de bisturíes.
Le envío esta nota, no para burlarme de usted y retarle a
que me atrape —pues el doctor y yo ya hemos abandonado la
ciudad, y no nos encontrará jamás—, sino para decirle que fue
muy agradable sentir, al menos por un momento, que tenía
frente a mí a un adversario digno de consideración. Digno de
mucha más consideración que esas inhumanas criaturas de más
allá del Abismo.
Mucho me temo que la compañía teatral de los Strand Pla-
yers tendrá que buscarse un nuevo director.
No firmaré esta carta como Vernet, y hasta que la cacería
haya terminado y el hombre sea restaurado en el lugar que le
corresponde, le ruego que piense en mí simplemente como
Rache.

El inspector Lestrade se precipitó fuera de la habitación, lla-
mando a sus hombres. Hicieron que el joven Wiggins les lleva-
ra hasta el lugar en el que el hombre le había entregado la nota,
como si esperaran que Vernet fuera a estar esperándolos allí,
fumándose una pipa tranquilamente. Mi amigo y yo les vimos
correr desde la ventana, qué pérdida de tiempo.
—Darán orden de cerrar estaciones y puertos, y registrarán
todos los trenes y barcos que zarpen de Albión rumbo al conti-
nente o al Nuevo Mundo —dijo mi amigo—, buscando a un
hombre alto y a su acompañante, un hombre más bajo, re-
choncho, médico de profesión y con una leve cojera. Bloquea-
rán cualquier posible salida del país.
—¿Cree usted que lo atraparán, entonces?
Mi amigo negó con la cabeza.
—Puede que me equivoque —dijo—, pero juraría que él y
su amigo están ahora mismo a tan sólo una milla de aquí, en el
suburbio de Saint Giles, donde la policía no entrará si no es en
patrullas de a doce. Se esconderán allí hasta que la cosa se cal-
me, y entonces seguirán con sus asuntos.
—¿Qué le hace pensar que será así?
—Querido amigo —replicó—, eso es lo que yo haría si es-
tuviera en su lugar. Y, a propósito, debería usted quemar esa
nota.
Fruncí el ceño.
—Pero es una prueba —objeté.
—No es más que basura sediciosa —respondió mi amigo.
Y, en efecto, debería haberla quemado. De hecho, le dije a
Lestrade cuando regresó que había quemado la nota, y él me
felicitó por mi buen juició. Lestrade conservó su puesto, y el
príncipe Alberto le escribió una nota a mi amigo felicitándole
por sus deducciones y lamentando, no obstante, que el autor
del crimen siguiera en libertad.
A día de hoy, aún no han atrapado a Sherry Vernet, o como
quiera que se llamase en realidad, ni tampoco han hallado nin-
guna pista sobre el paradero de su cómplice, al que al parecer
identificaron como un antiguo cirujano militar que responde
al nombre de John (o quizá James) Watson. Curiosamente, se
descubrió que también había estado en Afganistán. Me pre-
gunto si llegaríamos a coincidir en alguna ocasión.
Mi hombro, el que la Reina tocó, continúa mejorando, la
carne va rellenando la herida y la va cerrando. Dentro de nada
volveré a ser un tirador de primera.
Una noche, hace varios meses, estando los dos solos, le pre-
gunté a mi amigo si recordaba la correspondencia a la que ha-
cía referencia en su nota aquel hombre que se hacía llamar Ra-
che. Mi amigo me dijo que la recordaba perfectamente, y que
«Sigerson» (pues ése era el nombre que había utilizado enton-
ces, explicando que era islandés) se había inspirado en una
ecuación de mi amigo para sugerir una serie de delirantes teo-
rías ahondando en la relación entre masa, energía y la hipoté-
tica velocidad de la luz. «Bobadas, desde luego —dijo mi ami-
go, sin sonreír—. Pero bobadas inspiradas y peligrosas, no
obstante.»
Finalmente, llegó una nota de palacio en la que se nos co-
municaba que la Reina estaba muy satisfecha con el talento
que mi amigo había demostrado durante la investigación, y ahí
se quedó la cosa.
No obstante, dudo de que mi amigo se olvide del caso; no lo
dará por concluido hasta que uno de los dos mate al otro.
Guardé la nota. He revelado en esta narración ciertas cosas
que no debería. Si yo fuera un hombre sensato, quemaría todas
estas páginas, pero, como bien me enseñó mi amigo, incluso las
cenizas pueden revelar sus secretos. De modo que guardaré es-
tos papeles en una caja de seguridad, en mi banco, y dejaré ins-
trucciones para que la caja no se abra hasta mucho después de
que todos los personajes aquí mencionados hayan muerto.
Aunque, a la luz de los sucesos recién acaecidos en Rusia, temo
que ese día pueda estar más cerca de lo que a cualquiera de no-
sotros nos gustaría pensar.

S. M. Comandante (Retirado)
Baker Street,
Londres, Nueva Albión, 1881




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Pues en la noticia del tráiler de "Coraline" han metido la pata hasta las orejas: dicen que el libro no está publicado en castellano, y Salamandra lo editó en 2003.


Puesto por Él a las Marzo 4, 2008 07:43 PM

El video está genial, acabo de publicar una transcripción y traducción al castellano en mi página: http://elforastero.blogalia.com/historias/56035


Puesto por el forastero a las Marzo 4, 2008 11:16 PM

En la noticia de coraline "he" metido la pata hasta las orejas.

Gracias pues,
m


Puesto por marta a las Marzo 5, 2008 10:32 AM

Carmen debe ser una mujer feliz. Fue usted la que dijo en su momento que no se creía que le pagaran por pasárselo bien. O lo que es lo mismo, por escribir sobre lo que les gusta.

Un saludo!


Puesto por La pequeña Delirio a las Marzo 5, 2008 10:43 AM

¡Pero que coño importa eso! ¡Si ha muerto Gary Gygax! Frikis de palo!


Puesto por Stalker a las Marzo 5, 2008 01:56 PM