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Malcolm Gladwell ha vuelto

LPC en la biblioteca | Noviembre 09, 2007

Dice que estaba escribiendo un libro (sigh) y que volverá a escribir con regularidad en el New Yorker. Ha vuelto con un artículo sobre los criminólogos especialistas en perfilar a los asesinos en serie.

A propósito o no, el artículo mismo es una autopsia llena de humor negro. Conocemos a los héroes del género, aprendemos las claves de su disciplina y nos maravillamos con su generosidad y sus capacidades sobrenaturales. ¿Cómo supo que iría así vestido? ¿De dónde saco lo de que era tartamudo?

The traditional detective story begins with the body and centers on the detective’s search for the culprit. Leads are pursued. A net is cast, widening to encompass a bewilderingly diverse pool of suspects: the butler, the spurned lover, the embittered nephew, the shadowy European. That’s a Whodunit. In the profiling genre, the net is narrowed. The crime scene doesn’t initiate our search for the killer. It defines the killer for us. The profiler sifts through the case materials, looks off into the distance, and knows.

“Generally, a psychiatrist can study a man and make a few reasonable predictions about what the man may do in the future—how he will react to such-and-such a stimulus, how he will behave in such-and-such a situation,” Brussel writes. “What I have done is reverse the terms of the prophecy. By studying a man’s deeds, I have deduced what kind of man he might be.” Look for a middle-aged Slav in a double-breasted suit. Profiling stories aren’t Whodunits; they’re Hedunits.

Aprendemos que el escenario de un crimen dice tanto de la personalidad de su autor como la decoración de su sala de estar y que hay dos tipos de criminales: el ordenado es creativo, detallista y cinematográfico, elige a sus víctimas cuidadosamente y lo limpia todo antes de irse; el patético es el que se carga a cualquiera y de cualquier manera, dejándolo todo hecho un sindiós. Mi madre siempre se cabreaba conmigo cuendo me bebía un zumo o un batido o algo realmente rico de un sólo trago. Me decía "no lo estás disfrutando". Según esta división, pergreñada por dos especialistas del FBI tras entrevistarse con 36 criminales, mi madre sería el asesino ordenado y el asesino patético sería yo.

Y ahí estamos cuando, de repente, Gladwell da un giro inesperado. Y demuestra dos cosas: que su obsesión por el trabajo persistente y cuidadoso versus el golpe de genio y los grandes protagonistas sigue intacto y que, del mismo modo que es capaz de defender al CEO de Enron después de arruinar su propia empresa o a la directora de teatro que le plagió, no tiene piedad con los fanfarrones y los sobrados.

Y hasta aquí puedo leer.

PD. Apuesto a que su nuevo libro tiene que ver con los secretos, el caso Enron y la verdad en la era de la sobreinformación. Al menos eso espero.



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