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I ♥ Cthulhu: Maelmori

LPC en cthulhu | Marzo 19, 2007

Mi amigo Jose Luis Pumarega AKA Maelmori, cthulófilo de honor, me ha prometido un dibujo. Hasta que consiga un escáner, nos ha dejado ésto:

Un homenaje a Lovecraft se queda cojo sin, al menos, una mención a Lord Dunsany. Llamado en realidad Edward Plunkett, decimoctavo barón de Dunsany, de quien se decía que era el hombre peor vestido de Irlanda, amigo de Yeats, y que llegó a enfrentarse en el tablero con el mítico Capablanca, fue uno de los primeros maestros de Lovecraft. De él llega a decir "Dunsany ha influido más en mí que ningún otro escritor vivo". Se cuenta que en 1919 Lovecraft viajó a Boston para acudir a una conferencia de Dunsany, en la que se las arregló para que alguien le hiciera llegar un poema en homenaje a él.

Os dejo, como introducción, uno de sus relatos más conocidos, entre cuyos párrafos se encuentra ese que impresionó tanto a Lovecraft:

Cuando llegué a la muralla exterior de la ciudad, vi de pronto una inmensa puerta de marfil. Por un momento me detuve a admirarla, mas cuando me acerqué percibí la horrorosa verdad. ¡La puerta estaba tallada en una sola y sólida pieza!

En fin, sin más spoilers, aquí os dejo "Días de ocio en el país del Yann" :

DIAS DE OCIO EN EL PAIS DEL YANN
por Lord Dunsany


Así bajé a través del bosque hasta la rivera del Yann y encontré, como
había sido profetizado, al barco Pájaro del Río a punto de soltar
amarras.
El capitán estaba sentado de piernas cruzadas sobre la blanca
cubierta, a su lado la cimitarra dentro de su vaina enjoyada, y los
marineros afanados en desplegar las ágiles velas para dirigir el barco
hacia el centro de la corriente del Yann, cantando durante todo el
tiempo dulces canciones antiguas. Y el viento fresco del atardecer,
que desciende desde los ventisqueros donde tienen sus moradas
montañosas los dioses distantes, llegó súbitamente, como las buenas
nuevas a una ciudad ansiosa, a las velas con forma de alas.

Y así llegamos a la corriente central, donde los marineros bajaron las
grandes velas. Pero yo había ido a dar mis reverencias al capitán, y a
consultarle acerca de los milagros y apariciones de los más sagrados
dioses entre los hombres, cualquiera fuera la tierra de su
procedencia. Y el capitán respondió que venía de la lejana Belzoond, y
que adoraba a los dioses más pequeños y humildes, aquellos que rara
vez enviaban la hambruna o el trueno y que eran fácilmente aplacados
con pequeñas batallas. Y yo le conté que venía de Irlanda, que está
ubicada en Europa, ante lo cual el capitán y sus marineros rieron
porque, dijeron, "No hay lugares como ese en todo el País del Sueño".
Cuando acabaron de burlarse de mí, les expliqué que mi imaginación
moraba principalmente en el desierto de Cuppar-Nombo, en una hermosa
ciudad llamada Golthoth la Maldita, que era custodiada completamente
por los lobos y sus sombras, y que ha estado deshabitada por años y
años debido a una maldición dicha en la ira de los dioses y que desde
entonces no han podido revocar. Y algunas veces mis sueños me llevaban
tan lejos, hasta Pungar Vees, la ciudad de los muros rojos donde se
encuentran los manantiales, la que comercia con Isles y Thul. Cuando
dije esto me felicitaron por la morada de mis sueños, diciendo que,
aunque ellos jamás han visto dichas ciudades, lugares como esos pueden
bien ser imaginados. Durante el resto de la velada negocié con el
capitán la suma que debería pagarle por el viaje, si Dios y la marea
del Yann, nos llevaban a salvo hasta los arrecifes junto al mar,
llamados Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann.

Y ahora el sol se había puesto, y todos los colores del mundo y del
cielo han conservado un festival con él, y se han escabullido, uno a
uno, antes de la inminente llegada de la noche. Los papagayos de ambas
riberas han volado a casa, hacia la jungla; los monos, en hileras,
sobre las altas ramas de los árboles, estaban en silencio y dormidos;
las luciérnagas, en las profundidades del bosque, iban de arriba
abajo; y las grandiosas estrellas salieron brillando para contemplar
la superficie del Yann. Entonces los marineros encendieron las
linternas y las colgaron alrededor del barco, y la luz destelló
repentinamente sobre un Yann encandilado, y los patos que se alimentan
a lo largo de sus cenagosas márgenes se elevaron de súbito, y trazaron
amplios círculos en el aire, y vieron las distantes extensiones del
Yann y la niebla blanca que suavemente cubría la selva, antes de
retornar nuevamente a sus ciénagas.

Y entonces los marineros se arrodillaron sobre las cubiertas y oraron,
no todos a la vez, sino cinco o seis por turno. Lado a lado se
arrodillaron juntos cinco o seis, porque sólo oraban al mismo tiempo
aquellos hombres con distintas fés, así ningún dios tendría que oír a
dos hombres rezándole a la vez. Tan pronto como alguno terminaba su
oración, otro de la misma fe tomaría su lugar. De esta forma, se
arrodillaba la fila de cinco o seis con las cabezas inclinadas bajo
las flameantes velas, mientras la corriente central del Río Yann los
llevaba hacia el océano, y sus oraciones subían entre las lámparas
dirigiéndose hacia las estrellas. Y detrás de ellos, en el final del
barco, el timonel oraba en voz alta la oración del timonel, que es
rezada por todos aquellos que ejercen su oficio en el Río Yann,
cualquiera sea la fe que tuviera. Y el capitán oraba a sus pequeños
dioses menores, a los dioses que bendicen Belzoond.

Y yo también sentí que podría rezar. Sin embargo, no me gustaba
rezarle a un Dios celoso, allí donde los frágiles y afectuosos dioses,
que son adorados por los paganos, son humildemente invocados; entonces
pensé, en cambio, en Sheol Nugganoth, a quien los hombres de la selva
han abandonado desde hace mucho, quien no es ahora venerado y está
solitario; y a él le recé.

Y sobre nosotros rezando, la noche súbitamente cayó, así como cae
sobre los hombres que oran al atardecer y sobre aquellos hombres que
no lo hacen; sin embargo, nuestras plegarias aliviaron nuestras almas
al pensar en la Gran Noche por venir.

Y así el Yann nos condujo magníficamente adelante, pues estaba
exaltado por la nieve derretida que el Politiades le trajo desde las
Colinas de Hap, y el Marn y el Migris estaban engrosados con las
crecidas; y nos llevo en su fuerza por Kyph y Pir, y vimos las luces
de Goolunza.

Pronto todos dormíamos excepto el timonel, quien mantenía el barco en
la corriente central del Yann.

Cuando el sol salió el timonel cesó de cantar, pues con el canto
alegraba la noche solitaria. Al cesar la canción súbitamente todos
despertamos, y otro tomó el timón, y el timonel durmió.

Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon. Nos preparamos una
merienda, y Mandaroon apareció. Entonces el capitán comandó, y los
marineros soltaron nuevamente las grandiosas velas, y el barco viró y
abandonó la corriente del Yann y se acercó a un puerto bajo los
rojizos muros de Mandaroon. Entonces, mientras los marineros iban y
recogían frutas, yo me dirigí solo a la entrada de Mandaroon. Unas
cuantas cabañas se encontraban fuera de ella, en las cuales habitaba
el guardia. Un vigilante con una larga y blanca barba se encontraba en
la puerta, armado de una herrumbrosa lanza. Usaba unos grandes
anteojos, que estaban cubiertos de polvo. A través de la puerta vi la
ciudad. Una quietud mortal se cernía sobre ella. Los caminos no
parecían haber sido hollados, y el moho era grueso en las entradas de
las puertas; en el mercado varias figuras acurrucadas dormían. Había
un aroma a incienso y a amapolas quemadas, y un murmullo constante de
campanas distantes. Le dije al guardia, en la lengua de la región del
Yann, "Por qué todos duermen en esta apacible ciudad?"

Él contestó: "Nadie puede hacer preguntas en esta puerta por miedo a
despertar a las personas de la ciudad. Pues cuando la gente de esta
ciudad despierte, los dioses morirán. Y cuando los dioses mueren los
hombres no pueden soñar nunca más". Y comencé a preguntarle qué dioses
eran venerados en aquella ciudad, pero él levantó su lanza pues nadie
debe hacer preguntas allí. Así que lo deje y volví al Pájaro del Río.

Ciertamente Mandaroon era bella, con sus blancos pináculos despuntando
sobre sus rojizas murallas, y el verde de sus tejados de cobre.

Cuando regresé al Pájaro del Río, descubrí que los marineros habían
retornado al barco. Pronto levamos anclas y navegamos nuevamente, y
una vez más alcanzamos el centro del río. Y ahora el sol se estaba
moviendo hacia las alturas, y allí en el Río Yann nos alcanzó la
melodía de aquellas innumerables miríadas de coros que lo acompañan en
su progreso alrededor del mundo.

Las pequeñas criaturas de muchas piernas habían extendido fácilmente
sus diáfanas alas en el aire, como un hombre reposa sus codos en un
balcón, y dieron jubilosas y ceremoniales alabanzas al sol; o se
movían juntas en el aire oscilando en ágiles e intrincadas danzas; o
se desviaban para evitar la arremetida de alguna gota de agua sacudida
por el viento desde una orquídea de la jungla, templando el aire e
impulsándolo delante de ellas, mientras se precipitaba zumbando, en su
prisa, sobre la tierra; sin embargo, todo el tiempo cantaban
triunfalmente. "Porque el día es para nosotras", decían, " sea que
nuestro gran y sagrado padre, el Sol, cree más vida como nosotras
desde el cieno, o si todo el mundo terminase esta noche". Y allí
cantaban todas aquellas notas conocidas por oídos humanos, así como
aquellas cuyas numerosas notas que jamás han sido escuchadas por el
hombre.

Para aquellas un día lluvioso habría sido como una era de guerra que
desolaría continentes durante una vida de hombre.

Y también aparecieron, desde la oscura y vaporosa jungla, para
contemplar y regocijarse en el Sol, las gigantes y perezosas
mariposas. Y danzaron, pero danzaron indolentemente, por los caminos
del aire, como lo haría alguna altiva reina de tierras lejanas y
conquistadas, en su pobreza y exilio en algún campamento de gitanos,
por el pan para sobrevivir, sin embargo, más allá de aquello, jamás
disminuiría su orgullo de danzar por un momento más.

Y las mariposas cantaron acerca de cosas extrañas y coloreadas, sobre
orquídeas púrpuras y sobre perdidas ciudades rosa, y sobre los
monstruosos colores de la selva descompuesta. Y también ellas estaban
entre dichas voces no discernibles por oídos humanos. Y mientras
flotaban sobre el río, yendo de bosque en bosque, su esplendor era
rivalizado por la belleza hostil de los pájaros que se lanzaban a
perseguirlas. O algunas veces se posaban sobre las flores, que
parecían de cera, de la planta que se arrastra y trepa por los árboles
del bosque; y sus alas púrpuras fulguraban desde las flores, como las
caravanas que van desde Nurl a Thace, las brillantes sedas llameando
sobre la nieve cuando los astutos mercaderes las despliegan, una a
una, para asombrar a los montañeses de las Colinas de Noor.

Sin embargo, sobre hombres y bestias, el sol envió somnolencia. Los
monstruos del río, a lo largo de sus márgenes, yacían dormidos en el
cieno. Los marineros armaron una tienda en cubierta, con borlas
doradas para el capitán, y todos se deslizaron, excepto el timonel,
bajo una vela que habían colgado como un toldo entre dos mástiles.
Entonces narraron historias, cada una de la propia ciudad o sobre los
milagros de su dios, hasta que todos cayeron dormidos. El capitán me
ofreció el amparo de su tienda de borlas doradas, y allí hablamos por
un rato, él contándome que llevaba mercancía a Perdóndaris, y que
llevaría de vuelta a la hermosa Belzoond cosas relacionadas con los
asuntos del mar. Entonces, mientras miraba a través de la apertura de
la tienda a las brillantes aves y mariposas que cruzaban y cruzaban
sobre el río, me dormí, y soñé que era un monarca entrando a su
capital bajo arcos de estandartes, y todos los músicos del mundo
estaban allí, tocando melodiosamente sus instrumentos; pero nadie se
alegraba.

En la tarde, cuando el día refrescó nuevamente, desperté y encontré al
capitán ciñéndose su cimitarra, la que se había quitado para
descansar.

Y ahora nos estábamos acercando a la gran corte de Astahan, que se
abre sobre el río. Extraños botes de antaño se encontraban encadenados
a las escalinatas. Al acercarnos vimos el atrio abierto de mármol,
donde en tres de sus lados se alzaba la ciudad sobre columnas. Y la
gente de aquella ciudad paseaba por el patio y las columnas con
solemnidad y cuidado, de acuerdo a los ritos de ceremoniales antiguos.
Todo en dicha cuidad era de antigua factura; la talla de las casas,
que, cuando el tiempo las ha quebrado, se han mantenido sin ser
reparadas, era de los tiempos más remotos, y por todas partes había
representaciones en piedra de bestias que hace mucho tiempo dejaron de
existir sobre la Tierra--el dragón, el grifo y el hipogrifo, y las
distintas especies de gárgolas. Nada podía encontrarse en Astahahn, ya
fuera material o costumbre, que fuera nuevo. De esta forma, ellos no
tomaron nota de nuestra presencia, sino que continuaron sus
procesiones y ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros,
conociendo su tradición, no tomaron nota de ellos. Pero yo, al
acercarnos, me dirigí a uno que se encontraba al borde del agua,
preguntándole qué hacían los hombres en Astahahn y cuál era su
mercancía, y con quién la comerciaban. Él dijo: "Aquí hemos encadenado
y esposado al Tiempo, quien de otra manera asesinaría a los dioses".

Le pregunté qué dioses veneraban en dicha ciudad, y él dijo: "Todos
aquellos dioses que el Tiempo no ha matado aún". Entonces se dio la
vuelta y no diría nada más, y se afanó en comportarse de acuerdo a la
antigua costumbre. De esta forma, de acuerdo a la voluntad del Yann,
nos dirigimos hacia delante y dejamos Astahahn, y encontramos en
mayores cantidades a aquellas aves que hacen de los peces sus
víctimas. Y eran de plumaje maravilloso, y no venían de la jungla,
sino que volaban, con sus largos cuellos estirados delante de ellos, y
sus patas descansado hacia atrás en el viento, directamente río arriba
sobre la corriente central.

Y la tarde comenzó a recogerse. Una niebla blanca y gruesa había
aparecido sobre el río, y suavemente se estaba elevando. Se asía a los
árboles con largos e impalpables brazos, elevándose más y más,
enfriando el aire; y unas figuras blancas se alejaban hacia la selva,
como si fueran los fantasmas de marineros náufragos buscando
furtivamente a aquellos espíritus del mal que hace tanto tiempo los
hicieron zozobrar en el Yann.

Mientras el sol se hundía detrás del campo de orquídeas que crecía en
las enmarañadas cimas de la selva, los monstruos del río se asomaron,
revolcándose, del lodo en el cual habían descansado durante el calor
del día, y las grandes bestias de la selva bajaron a beber. Las
mariposas, hacía poco, se habían ido a descansar. Y en los pequeños y
estrechos estuarios que pasamos, la noche parecía ya haber caído, a
pesar de que el sol, que para nosotros había desaparecido, aún no se
había puesto.

Y ahora los pájaros de la selva vinieron volando a casa, muy por
arriba de nosotros, con la luz del sol resplandeciendo rosada sobre
sus pechos, y bajaron sus alas tan pronto como vieron el Yann, y se
dejaron caer sobre los árboles. Y la mareca comenzó a subir el río en
grandes bandadas, todas silbando, y súbitamente todas virarían e
bajarían nuevamente. Y allí, junto a nosotros, estaba el pequeño y
tornasolado turro, con su forma de flecha; y oímos los gritos variados
de las bandadas de gansos, los cuales, según me contaron los
marineros, habían recién llegado cruzando las cordilleras de
Lispasian; cada año venían por la misma vía, cerca de la cima del
Mluna, dejándolo a su izquierda; y las águilas montañesas conocen el
camino por el que vienen y, según los hombres, hasta la misma hora, y
cada año las esperan por la misma vía tan pronto como las nieven caen
sobre las Planicies del Norte. Pero pronto estuvo tan oscuro que no
vimos más a esas aves, y sólo oímos el zumbido de sus alas, y de otras
tantas innumerables, hasta que todas se establecieron en las riberas
del río, y fue la hora en que las aves nocturnas salen. Entonces los
marineros prendieron las linternas para la noche, y aparecieron
enormes mariposas nocturnas, aleteando alrededor del barco, y por
momentos, sus magníficos colores eran revelados por las linternas,
para pasar nuevamente a la noche, donde todo era negrura. Y nuevamente
los marineros oraron, y posteriormente cenamos y dormimos, y el
timonel tomo nuestras vidas a su cuidado.

Al despertar descubrí que realmente habíamos llegado a Perdóndaris, la
famosa ciudad. Pues allí, a nuestra izquierda, se alzaba una ciudad
hermosa y notable, y de lo más agradable a la vista, luego de la
selva, que estuvo tanto tiempo con nosotros. Y atracamos cerca del
mercado, y toda la mercancía del capitán fue exhibida, y un mercader
de Perdóndaris la estaba observando. Y el capitán tenía en la mano su
cimitarra, y golpeaba furiosamente la cubierta con ella, y las
astillas volaban desde los blancos maderos; porque el comerciante le
había ofrecido un precio por la mercancía que el capitán había
considerado como un insulto, hacia sí mismo y hacia los dioses de su
tierra, de quienes ahora hablaba como grandes y terribles y cuyas
maldiciones eran espantosas. Sin embargo, el mercader agitó sus manos,
las cuales eran realmente gordas, mostrando sus rosadas palmas, y juró
que no pensaba en sí mismo, sino solamente en las pobres gentes de las
cabañas, más allá de la ciudad, a quienes él deseaba vender la
mercancía al precio más bajo posible, sin obtener él ninguna
remuneración. Pues la mercancía consistía principalmente en el grueso
toomarund, que en el invierno aleja el viento del suelo, y tollub, que
la gente quemaba en pipas. Entonces el mercader dijo que si ofrecía un
piffek más, la pobre gente se quedaría sin su toomarund para el
invierno, y sin su tollub para las tardes, o de otra forma, él y su
anciano padre morirían de hambre. En ese mismo instante, el capitán
llevó su cimitarra hacia su propia garganta, diciendo que era un
hombre arruinado, y que nada más quedaba para él que la muerte. Y
mientras cuidadosamente levantaba su barba con la mano izquierda, el
mercader miró nuevamente la mercancía y dijo que, en vez de ver morir
a un capitán tan valioso, un hombre por el cual había concebido un
aprecio especial al verlo por primera vez manejar su barco, prefería
que él y su anciano padre perecieran de hambre, por lo que ofreció
quince piffeks más.

Cuando dijo esto, el capitán se posternó y pidió a sus dioses que
endulzaran el amargo corazón de este mercader, pidió a sus pequeños
dioses menores, a los dioses que bendicen Belzoond.

Finalmente, el mercader ofreció cinco piffeks más. Entonces el capitán
lloró pues, dijo, había sido abandonado por sus dioses; y el
comerciante también lloró, porque, dijo, pensaba en su anciano padre y
en cuán pronto moriría de hambre, y escondió su rostro sollozante
entre sus dos manos, y entre los dedos miró nuevamente el tollub. Y
así la negociación fue concluida, y el mercader tomó el toomarund y el
tollub, pagando por ellos de su grande y tintineante monedero. Y
fueron empacados en fardos nuevamente, y tres de los esclavos del
mercader los cargaron sobre sus cabezas hacia la ciudad. Y durante
todo este tiempo los marineros estuvieron sentados en silencio, las
piernas cruzadas en una medialuna sobre la cubierta, ansiosamente
siguiendo el negocio, y ahora un murmullo de satisfacción se elevó
entre ellos, y comenzaron a compararlo con otros negocios de los que
han sabido. Y me enteré por ellos que en Perdóndaris hay siete
mercaderes, y que todos habían acudido al capitán, uno a uno, antes
que las negociaciones comenzaran, y cada uno le había prevenido,
privadamente, en contra de los otros. Y a todos los comerciantes el
capitán les había ofrecido el vino de su propia tierra, que se fabrica
allá en Belzoond, pero no pudo persuadirlos. Pero ahora que el trato
estaba hecho, y los marineros estaban sentados para la primera
merienda del día, el capitán apareció entre ellos con un tonel de
vino, y lo espitamos con cuidado y nos divertimos en conjunto. Y el
corazón del capitán estaba contento pues sabía que era honorable a los
ojos de sus hombres, por el negocio que había hecho. De esta forma,
los marineros bebieron el vino de su tierra natal, y pronto sus
pensamientos regresaron a la hermosa Belzoond y a las pequeñas
ciudades vecinas, Durl y Duz.

Sin embargo, para mí, el capitán escanció en un pequeño vaso un poco
de vino espeso y amarillo desde una pequeña jarra, que mantenía
aparte, entre sus objetos sagrados. Era grueso y dulce, como la miel,
pero había en su corazón un fuego poderoso y ardiente, que tenía
autoridad sobre las almas humanas. Estaba hecho, me dijo el capitán,
con gran delicadeza por el arte secreto de una familia de seis
miembros que moraba en una choza en las montañas de Hiam Min. Me dijo
que una vez, en aquellas montañas, seguía la huella de un oso y que,
súbitamente, se encontró con un hombre de dicha familia que había
cazado al mismo oso, y que se encontraba al borde de un estrecho
camino rodeado de precipicios, y su lanza estaba clavada en el oso, y
la herida no era fatal, y no tenía otra arma. Y el oso se dirigía
hacia el hombre, muy lentamente, porque su herida empezaba a
molestarle, aunque no estaba muy cerca. Y lo que el capitán hizo no lo
contó, pero cada año, tan pronto como las nieves se endurecen y es
fácil viajar por el Hian Min, aquel hombre baja al mercado en las
praderas, y siempre deja en la puerta de la hermosa Belzoond una
vasija de aquel invaluable y secreto vino, para el capitán.

Y mientras sorbía el vino y el capitán hablaba, me acordé de las cosas
nobles que hacía tiempo había planificado resueltamente, y mi alma
pareció más poderosa dentro de mí y pareció dominar toda la corriente
del Yann. Puede ser que en ese momento me durmiera. O, si no lo hice,
no puedo recordar minuciosamente cada detalle de las ocupaciones de
dicha mañana. Desperté hacia el atardecer, deseando ver Perdóndaris
antes de abandonarla por la mañana, e incapaz de despertar al capitán,
me dirigí solo a tierra. Perdóndaris era de hecho una ciudad poderosa;
estaba cercada por una muralla de gran fuerza y altura, que tenía
caminos huecos para el paso de las tropas, y almenas en toda su
extensión, y quince resistentes torres, una a cada milla, y placas de
cobre, abajo donde los hombres pudieran leerlas, contando en todas las
lenguas de aquellas partes de la Tierra--un idioma en cada placa--la
historia de cómo una vez un ejército atacó Perdóndaris y lo que le
sobrevino. Entonces entré a Perdóndaris y encontré a todos danzando,
vestidos en sedas brillantes, tocando el tam-bang, mientras bailaban.
Porque una terrible tormenta los había aterrorizado mientras yo
dormía, y los fuegos de la muerte -decían- habían danzado sobre
Perdóndaris, pero ahora la tormenta se había ido lejos, saltando,
inmensa, negra y espantosa, decían, sobre las colinas distantes, y que
se había girado, gruñéndoles, mostrando sus destellantes dientes, y
que mientras se alejaba, azotó las cumbres hasta que retumbaron como
si hubieran sido de bronce. Y frecuentemente detenían sus danzas
alegres y oraban al Dios que no conocían: "Oh, Dios que no conocemos,
Te agradecemos por mandar de vuelta la tormenta a sus colinas". Y
seguí avanzando hasta llegar al mercado, donde sobre el pavimento de
mármol vi al mercader durmiendo y respirando pesadamente, con su
rostro y palmas de las manos hacia el cielo, y los esclavos lo
abanicaban para mantener alejadas a las moscas. Y desde el mercado
llegué a un templo de plata y luego a un palacio de ónix, y había
muchas maravillas en Perdóndaris, y me hubiera quedado para verlas
todas; sin embargo, cuando llegué a la muralla exterior de la ciudad,
vi de pronto una inmensa puerta de marfil. Por un momento me detuve a
admirarla, mas cuando me acerqué percibí la horrorosa verdad. ¡La
puerta estaba tallada en una sola y sólida pieza!

Escapé entonces por la entrada y bajé hacia el barco, incluso mientras
corría creía oír en la distancia, detrás de mí en las colinas, las
pisadas de la temible bestia que dejó caer aquella masa de marfil, y
que, tal vez, estuviera buscando su otro colmillo. Cuando estuve de
nuevo en el barco me sentí más seguro, y no conté nada de lo que había
visto a los marineros.

Y ahora el capitán despertaba gradualmente. La noche se estaba
enrollando desde el Este y el Norte, y sólo los pináculos de las
torres aún tomaban la caída luz del sol. Entonces me dirigí al capitán
y, tranquilamente, le conté la cosa que había visto. E inmediatamente
me preguntó acerca de la puerta, en voz baja, para que los marineros
no se enteraran; y le conté que el peso era tal, que no podía haber
sido traída desde lejos, y el capitán sabía que no había estado allí
un año atrás. Concordamos en que aquella bestia no podría ser
destruida pon ningún ataque humano, y que la puerta debía ser un
colmillo caído, uno caído cerca y recientemente. Ante esto, decidió
que era mejor escapar de una vez, así ordenó, y los marineros fueron
hacia las velas, y otros levaron el ancla, y justo cuando el pináculo
de mármol más alto perdía sus últimos rayos de sol, dejamos
Perdóndaris, la famosa ciudad. Y la noche cayó y cubrió Perdóndaris y
la escondió a nuestros ojos, y, como han sucedido las cosas, para
siempre; pues he oído que algo veloz y sorprendente súbitamente hundió
Perdóndaris en un día--torres, muros y gente.

Y la noche se profundizaba en el Río Yann, una noche toda blanca en
estrellas. Y con la noche emergió la canción del timonel. Tan pronto
como terminó de rezar, comenzó a cantar para darse ánimos a través de
la noche solitaria. Pero primero rezó, recitando la plegaria del
timonel. Y esto es lo que recuerdo de ella, traducida al Inglés, con
un pálido equivalente de aquel ritmo que parecía tan resonante en
aquellas noches tropicales.

"Para cualquier dios que escuche

Donde quiera que haya marineros, de río o de tierra; sea oscuro su
camino o sea a través de la tormenta; sean sus peligros las bestias o
la roca; o de enemigo acechando en tierra o persiguiéndolo en el mar;
donde sea que el timón esté helado o el timonel rígido; donde sea que
los marineros duerman y el timonel vigila: guárdanos, guíanos y
regrésanos a la antigua tierra que nos ha conocido: a los lejanos
hogares que conocemos.

Para todos los dioses que existen

Para cualquier dios que escuche

De esta forma rezó, y hubo silencio. Y los marineros se tendieron a
descansar en la noche. El silencio se hizo más profundo, y sólo era
quebrado por los murmullos del Yann que, suavemente acariciaba nuestra
proa. Una que otra vez algún monstruo del río tosía.

Silencio y murmullos, murmullos y silencio.

Muchas canciones cantó, contándole al vasto y exótico Yann las
pequeñas historias y menudencias de Durl, su ciudad. Y las canciones
brotaban sobre la negra jungla y subían al frío y claro aire arriba, y
las grandes constelaciones de estrellas que miraban al Yann conocieron
los asuntos de Durl y de Duz, y sobre los pastores que habitaban en
los campos intermedios, y de las manadas que poseían, y de los amores
que habían amado, y todas las pequeñas cosas que deseaban hacer. Y,
súbitamente, mientras me arropaba en pieles y frazadas escuchando esas
canciones, y miraba aquellas fantásticas formas de los grandiosos
árboles, parecidos a negros gigantes merodeando en la noche, me quedé
dormido.

Cuando desperté una gran niebla se estaba retirando del Yann. Y la
corriente del río daba tumbos tumultuosamente, y pequeñas olas
aparecieron; porque el Yann había olido, desde la distancia, el
antiguo risco de Glorm, sabiendo que sus frescas cañadas se
encontraban adelante, donde encontraría al salvaje y alegre Irillion,
rejocijándose de glaciares. De esta forma, se sacudió el tórpido sueño
que había caído sobre él en la aromática y cálida selva, y olvidó sus
orquídeas y sus mariposas, y pasó turbulento, expectante, fuerte; y
pronto aparecieron destellando, las cumbres nevadas de las Colinas de
Glorm. Y los marineros ya estaban despertando del sueño. Momentos
después comimos, y el timonel se tendió a dormir mientras un camarada
lo remplazaba, y todos extendieron sobre él sus pieles favoritas.

Y en un instante, oímos el sonido del Irillio mientras baja danzando
por los campos de hielo.

Entonces vimos frente a nosotros la hondonada, escarpada y lisa, hacía
la cual el Yann, a saltos, nos conducía. Así dejamos la vaporosa selva
y respiramos el aire de montaña; los marineros se irguieron y tomaron
grandes bocanadas de él, y pensaron en sus lejanas colinas de Acrotia,
donde se encontraban Durl y Duz, y abajo, en la planicie, la bella
Belzoond. Una gran sombra se cernió sobre las colinas de Glorm, pero
los peñascos arriba, cual deformes lunas, fulguraban, casi iluminando
la penumbra. Más y más fuerte oímos la canción del Irillion, el sonido
de su danza al bajar de los ventisqueros. Y pronto lo vimos, blanco y
cubierto de brumas, engalanado con delicados y pequeños arcoiris que
había arrancado cerca de la cima, de algún jardín celestial del Sol.
Luego se dirigió hacia el océano junto al inmenso y gris Yann, y la
hondonada se ensanchó y se abrió al mundo, y nuestro tambaleante barco
salió a la luz del día.

Toda aquella mañana y la tarde navegamos por las ciénagas de
Pondoovery, donde el Yann se ensanchaba y fluía lenta y solemnemente,
y el capitán ordenó a los marineros tocar las campanas para así vencer
la melancolía del pantano.

Finalmente divisamos las Montañas Irusian, que protegen a los poblados
de Pen-Kai y Blut, y las maravillosas calles de Mlo, donde los
sacerdotes aplacan con vino y maíz a la avalancha. Entonces cayó la
noche sobre las planicies de Tlun, y vimos las luces de Cappadarnia.
Oímos a los Pathnites golpeando los tambores mientras pasamos Imaut y
Golzunda, luego todos dormimos, excepto el timonel. Y las villas
dispersas a lo largo de las riberas del Yann oyeron toda esa noche, en
la desconocida lengua del timonel, las pequeñas historias de ciudades
que no conocían.

Desperté antes del amanecer con una sensación de infelicidad, antes de
recordar el por qué. Entonces recordé que, en la tarde de aquel día,
de acuerdo a las posibilidades previstas, deberíamos llegar a
Bar-Wul-Yann y yo debería despedirme del capitán y sus marineros. Y yo
había apreciado a ese hombre pues me había convidado con aquel vino
amarillo que mantenía apartado junto a sus objetos sagrados, y me
había contado muchas historias acerca de su hermosa Belzoond, entre
las Colinas Acrotas y el Hian Min. Y me habían gustado las costumbres
de los marineros, y las plegarias dichas, lado a lado, al atardecer,
sin jamás desvalorizar al dios extranjero. Y también me gustaba la
tierna manera en que frecuentemente hablaban de Durl y de Duz, pues es
bueno que el hombre ame sus ciudades natales y las pequeñas colinas
que las sostienen.

Y llegue a saber quiénes los recibirían al retornar a casa, y dónde
imaginaban que el encuentro sucedería, algunos en un valle de las
Colinas Acrotas, donde el camino sube desde el Yann, otros en la
puerta de una de las tres ciudades, y otros en el hogar, junto a la
hoguera. Y pensé en todos los peligros que nos habían amenazado, a
todos por igual, fuera de Perdóndaris, un peligro muy real, así como
las cosas han sucedido.

También pensé en la alegre tonada del timonel en la fría y solitaria
noche, y cómo él había tomado nuestras vidas en sus cuidadosas manos.
Y mientras reflexionaba sobre esto, el timonel dejó de cantar, y miré
hacia arriba y vislumbré en el cielo una luz pálida que había
aparecido, y la solitaria noche había pasado; y el amanecer creció, y
los marineros despertaron.

Y pronto vimos la marea del mismo océano avanzando, resueltamente,
entre las orillas del Yann, y el Yann saltó graciosamente y lucharon
por un momento; luego el Yann, y todo lo suyo, fue empujado hacia el
norte, por lo que los marineros tuvieron que izar las velas, y como el
viento era favorable, seguimos adelante.

Y pasamos Góndara y Narl, y Hoz. Y vimos la memorable y sagrada
Golnuz, y oímos a los peregrinos orando.

Al despertar de nuestro descanso del mediodía nos acercábamos a Nen,
la última ciudad del Río Yann. Y nuevamente la jungla nos rodeaba por
todos lados, así como a Nen; mas las grandes cordilleras de Mloon se
erguían sobre todas las cosas, y observaban la ciudad más allá de la
selva.

Aquí anclamos, y con el capitán fuimos a la ciudad y supimos que los
Errantes habían venido a Nen.

Los Errantes eran una tribu extraña y oscura que, una vez cada siete
años bajaba desde las cumbres de Mloon, cruzando por un paso que ellos
conocen, desde una tierra fantástica situada más allá. Y toda la gente
de Nen permanecía fuera de su casa, todos maravillándose en sus
propias calles. Pues los hombres y las mujeres de los Errantes estaban
amontonados en todas las vías, cada uno haciendo alguna cosa extraña.
Algunos bailaban danzas asombrosas que habían aprendido del viento del
desierto, curvándose y arremolinándose hasta que el ojo no podía
seguirlos. Otros interpretaban en sus instrumentos hermosas y tristes
tonadas, que estaban llenas de horror. ¿Qué almas se las habrán
enseñado mientras vagaban de noche por el desierto? Aquel lejano y
extraño desierto del cual los Errantes provenían.

Ningunos de sus instrumentos eran conocidos en Nen, o en alguna región
del Yann; incluso los cuernos de los que algunos estaban hechos,
pertenecían a bestias que nadie ha visto a lo largo del río, ya que
tenían barbas en las puntas. Y cantaban, en una lengua tampoco
conocida, canciones que parecían estar emparentadas con los misterios
de la noche y con el miedo irrazonable que encanta los lugares
oscuros.

Todos los perros de Nen desconfiaban de ellos amargamente. Y los
Errantes se contaban entre sí historias temibles, y aunque nadie en
Nen conocía su idioma, podían distinguir el miedo en los rostros de
sus interlocutores, y mientras el cuento continuaba, ponían los ojos
en blanco, en vívido terror, como los ojos de una pequeña bestia a la
que el águila ha atrapado. Luego el narrador de la historia sonreía y
se detenía, y otro contaría su historia, y los labios del narrador del
primer relato temblarían con terror. Y si, por casualidad, una
serpiente mortal aparecía, los Errantes lo felicitarían como un
hermano, y parecería que la serpiente les diera sus felicitaciones
antes de seguir nuevamente. Una vez, la serpiente más fiera y letal
del trópico, la enorme lythra, bajó de la selva y pasó por toda la
calle, la calle principal de Nen, y ningún Errante se alejó de ella,
mas tocaron sus tambores sonoramente, como si hubiera sido una persona
de mucho honor; y la serpiente paso entre ellos y no derribó a
ninguno.

Incluso los niños de los Errantes podían hacer cosas extrañas, si
alguno de ellos se encontraba con un niño de Nen, se mirarían uno a
otro en silencio, con ojos grandes y graves; después, el niño de los
Errantes sacaría, lentamente de su turbante, un pez o una serpiente
vivos. Los niños de Nen no podían hacer ninguna de esas cosas.

Cuánto me hubiera gustado quedarme y oír el himno con el que reciben a
la noche, que es contestado por los lobos en las alturas del Mloon,
pero nuevamente era tiempo de levar anclas y que el capitán regresara
de Bal-Wul-Yann por la corriente que va hacia a tierra. Entonces
subimos al barco y continuamos río abajo. Y el capitán y yo
conversamos un rato, pues ambos pensábamos en nuestra separación, la
que sería por mucho tiempo, y miramos, en cambio, el esplendor del sol
occidental. Porque el sol era de un dorado rojizo, pero una tenue y
baja bruma cubría la selva, y en ella se depositaba el humo de las
pequeñas ciudades selváticas, y el humo de ellas se reunía en la bruma
y formaban una sola neblina, que se tornó púrpura y era iluminada por
el sol, mientras los pensamientos de los hombres santificaron con
cosas grandiosas y sagradas. Eventualmente, una columna de humo de
alguna casa solitaria se elevaba más alto que el humo de las ciudades,
y brillaba solitario en el sol.

Y cuando los rayos del sol estaban casi a nivel, vimos lo que yo había
venido a ver, pues de las dos montañas que se erguían a ambas orillas,
salían hacia el río dos riscos de mármol rosa, resplandeciendo en la
luz del sol bajo, y eran suaves y altos como una montaña, y casi se
encontraban, y el Yann paso entre ellas dando tumbos, y encontró el
mar.

Y esta era Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann, y, en la distancia, entre
la abertura de aquellas barreras, vi el indescriptible azul del mar,
donde los pequeños botes de pesca resplandecían.

Y llegó el atardecer y el breve crepúsculo, y la regocijante gloria de
Bar-Wul-Yann se había ido, mas los acantilados rosa aún brillaban, la
maravilla más hermosa que se ha visto--incluso en una tierra de
prodigios. Y pronto el crepúsculo dio paso a las incipientes
estrellas, y los colores de Bar-Wul-Yann se fueron consumiendo. Y la
visón de esos riscos era para mí como la cuerda de música arrancada
del violín por la mano de un maestro, y que lleva al Cielo de las
Hadas los espíritus temblorosos de los hombres.

Y a la orilla se anclaron y no fueron más lejos, porque ellos eran
marineros del río y no del océano, y conocían el Yann, pero no las
mareas más allá.

Y llegó el momento en que el capitán y yo debíamos separarnos, él para
retornar nuevamente a su hermosa Belzoond, divisable desde las lejanas
cumbres del Hian Min, y yo, para encontrar, por extraños medios, mi
camino de vuelta a aquellos brumosos campos que los poetas conocen,
donde se encuentran unas pequeñas y misteriosas cabañas, desde cuyas
ventanas, mirando hacia el oeste, se pueden avistar los campos de los
hombres, y mirando hacia el este, las brillantes montañas de los
elfos, coronadas de nieve, extendiéndose de cadena en cadena hasta la
región del Mito, y más allá, hasta el reino de la Fantasía, que
pertenecen al País del Sueño. No nos encontraríamos por mucho tiempo,
quizá nunca, pues mi imaginación se ha debilitado al pasar de los
años, y cada vez son más infrecuentes mis visitas al País del Sueño.
Entonces nos dimos la mano, torpemente de su parte, pues éste no es el
método de saludo en su tierra, y encomendó mi alma al cuidado de sus
propios dioses, a aquellos dioses menores, los humildes, los dioses
que bendicen Belzoond.



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:D
EL dibujo está en camino!!


Puesto por Maelmori a las Marzo 20, 2007 07:52 AM

muuuuuuuuuuuuuy mal: llevamos varios días esperando ese dibujo. El petite joseluí no cumple ;O)


Puesto por Iulius a las Marzo 22, 2007 10:33 AM