berlin, efectos especiales
LPC en berlin | Febrero 20, 2007
Berlín está lleno de lugares mágicos que lo serían en cualquier contexto, en cualquier otra ciudad. No todos son espectaculares -un arbolito que sobresale detrás de un muro, una galería trasera, una antigua estación de tren - y muchos sólo existen en el momento en que los descubres y luego es imposible encontrarlos otra vez. Por suerte para mí, los dos sitios más bellos de la ciudad son permanentes y están en mi barrio: la avenida de Karl Marx (en mi casa es Franfurter Alle) y el puente Oberbaum sobre el Spree. El puente separa berlin este de berlin oeste y la parte reconstruída del muro está a pocos metros de allí. Durante el invierno, el río se congela y berlineses intrépidos de uno y otro lado caminan sobre la superficie helada con sus amigos y sus perros. En verano los barcos pasan por debajo con bandas tocando jazz sobre la cubierta. En la avenida de Karl Marx, los edificios cambian de color con la luz: en verano parecen cubiertos de papel de oro; en invierno la torre flota en el aire parpadeando, como el ojo de Sauron sobre la ciudad.
A pesar de todo esto, los turistas se quedan extasiados mirando las placas. Aquí se escondió una familia judía -dice una placa a la salida del museo de Anna Frank. 1916-1936, dice la otra. Y esos naturales de New Jersey, de Conneticut y de San Francisco, que salen borrachos del bar de la primera planta y se estaban riendo a gritos, se quedan callados de pronto con una expresión de duelo, como los niños cuando descubren que han pisado un camino de hormigas y sienten el peso de la tragedia moral justo antes de rematar al resto. Siempre que veo a un americano fotografiando las placas me pregunto si saben que un poco más abajo están bombardeando las raices de la civilización occidental.
Mi placa favorita lleva una cita de Heinrich Heine: Das war ein Vorspiel nur, dort wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen. Está enterrada frente a la Universidad Humboldt, en una estantería de 20.000 libros sin libros, en recuerdo de todos los que se quemaron el 10 de mayo de 1933. Las notas de Arcadi Espada en Berlín tampoco se libran del punto necrófilo pero me gusta esta bonita anécdota:
Todo son historias. Berlín es las mil y una noches –noche y noche— de este lado del tiempo y del mundo. Una de alemanes, de muro y de libros que me cuenta Cristina en el camino de Treptow. El cierre total de la frontera pilló a muchos berlineses desprevenidos. Y entre los asuntos pendientes estaban los libros prestados por bibliotecas del Oeste que estaban en poder de ciudadanos del Este. Ya no podían devolverlos. Pero los guardaron con sus papelitos. Pocos días después de caído el Muro había colas en muchas bibliotecas, y las formaban alemanes pacientes y fieles a sí mismos. El relato mínimo prueba que había dos calles: una llevaba a la eternidad y se basaba en el hecho consumado. Esta solidez del hecho sobre la que se apoyaba el gran Honecker. El muro durará cien años declaraba a los periódicos el 20 de enero de 1989. Cien años, en efecto. Sólo que pasaron entre el 20 de enero y el 9 de noviembre.
La he visto en uno de los muchos blogs de Jose Antonio Millán, que estará pasado mañana en Gerona dando una charla a la que me gustaría asistir: El piano de letras. Tecnología, pasión y eclipse de la máquina de escribir.
Las fotos son de Guillaume Zuili.

Lamentablemente este invierno no se congelo.
Puesto por Ergodic a las Febrero 20, 2007 08:00 PM