En realidad, querida marta, un melancólico nunca es un buen narcisista. Fundamentalmente porque el retorno a sí como presunto objeto de su deseo no tiene para él sentido ni interés alguno. Lo que caracteriza a Warhol es, me parece, un cierto escepticismo en cuanto a la satisfacción que puede obtenerse de toda relación de objeto. Warhol es seguramente y sobre todo un fetichista (piensa en su extraordinaria colección de objetos, pero también en que la forma de su retratismo es fetichista, se acerca a figuras que ya por obra del star system han cobrado el estatuto de fetiches), pero un fetichista escéptico, que desconfía radicalmente del placer segregado por el mismo sistema de los objetos. A sí mismo, de hecho, no creo que jamás se viera como capaz de amor propio. La suya era una conciencia de banalidad y “poco ser” desconcertante, digamos que se sabía muy poca conciencia, muy poco pensamiento, un “banal” extraordinario (me imagino que jamás entendió qué podían ver en él los otros, él mismo era incapaz de encontrarse interés alguno). Entre otras cosas porque era demasiado consciente de lo poco que eso –el ser sujeto- duraría. Lo que Warhol poseía era la belleza extraña que resultaba de esa misma conciencia, la hermosura de un ser cargado del saber de su no saber: todo el mundo reconocía su condición de objeto/sujeto fantástico, potenciado por la “baja” lucidez del ser contingente del pensamiento –en alguien cuyo pensamiento jamás encontraba buenas razones para volver sobre sí mismo. Yo diría que en Warhol jamás había retorno sobre sí, ni mucho menos un tomarse a sí mismo como objeto del propio deseo (fíjate con cuanto arrobo se situaba siempre ante las cámaras, todos sus autorretratos son patéticos), por tanto, me parece, narcisismo cero.
Ayer vi una película maravillosa de Kim Ki-duk, Tiempo, en la que la lógica del amor se articulaba alrededor de una parecida estructura melancólica, de pérdida identitaria, alrededor del *dejar de ser el que se es* –como la precisa intensidad en la que se construye el saber del amor (como melancolía, antelación de la conciencia de pérdida de sí, de sentido, de razón y fundamento la existencia).
Pienso que si en algo existía un amor de Warhol por sí mismo –un cierto narcisismo- tenía ese mismo carácter: melancólico, cargado de la conciencia de cómo *ser el que se es* no consiste en otra cosa que en constantemente *dejar de ser el que se es*. Es la *induración* lo que entrega la experiencia del amor cuando es vivida fuera de los marcos de su institucionalización, la forma que esta tenga (incluso la de la conciencia-de-yo). Dejar de ser el que se es es la única forma de vivir en toda su intensidad el amor pasión –el que destroza- como iteración infinita por el siempre ser el que ya no se es, el que aún no se ha sido. El tinte trágico que ese modo del amor pasión posee es relatado en la película con un tono de modestia maravilloso, totalmente antiépico.
En mi opinión, ese mismo rasgo de apelación a la cotidianidad rala, sin grandiosidades pretenciosas, era lo característico de Warhol. Acaso un ser demasiado normal para el saber que poseía. O acaso simplemente un ser suficientemente normal: tal vez ese saber sólo irreflexivamente pueda tenerse, mediante ese tono de autoconciencia exacerbada que únicamente retorna sobre uno mismo para percibir lo pasajero de los sentimientos, la existencia, las estructuras del encuentro, las formas del amarse …
Y eso es, pienso, lo que haría que, si fuese cierto, el amor nos destrozara: porque sólo nos afirmaría como imposibilidad pura, como lo que no somos (desestabilizando radicalmente aquello en lo que queremos perseverar, *nosotros mismos*) … Supongo que es por ello que constantemente levantamos barreras para prevenir que ocurra. Supongo …
Wintour debe ser la única mujer del planeta que no ha cambiado de peinado en 50 años. Literalmente.
Puesto por Dri a las Febrero 3, 2007 03:28 PM