Bruselas, de Dansaert a Saint-Géry
LPC en ciudades | Noviembre 30, 2006
Hace dos años viví en Bruselas cinco meses y no me gustó. Fué una visita muy poco afortunada: compartía estudio con un matrimonio de artistas que se hacía pedazos, una amazona lituana de dos por dos que quería ser Amelie y un grupo de músicos experimentales que se estrenaban como directores de un gran festival. Asistí a la fiesta de fin de año más decadente de toda mi vida (y una tiene un pasado). Durante la cena, había dos menores viendo los teletubbies y eso fue lo menos raro. En cuanto los llevaron al sobre y nos comimos las uvas (que en bruselas es prenderle fuego a un papelito con todo lo que quieres enterrar y saltar sobre las cenizas), bajamos a un sótano decorado a las Mil y una noches y todo el mundo se puso a comer hongos alucinógenos con la esperanza de librarse de su pareja y follarse a la de otro, preferiblemente un colega y pasar el resto de las vacaciones haciendo terapia grupal. Fue como estar un peli de esas en que los protagonistas de M.a.s.h. se reúnen en una casa de campo a llorar porque se han convertido en sus padres. The Horror, the Horror.
Además, hacía un frío negro, húmedo y pringoso, como julio en barcelona pero en frío, una cosa fatal. Bruselas empezó siendo un castillo en una isla sobre el Sena, hoy Place St-Géry, y se fue extendiendo para dar fonda a la ruta comercial entre Brujas y Colonia. Se fue extendiendo sobre el río, no sé si me entienden. Su nombre, que proviene de la palabra holandesa Broekzele, significa casa de una habitación construída sobre el pantano y se lo han puesto ellos solos. Caminar por Bruselas en invierno es clavarte la mitad de los adoquines con los que taparon el río (que se han vuelto afilados como cuchillos roñosos) y nadar en un charco de barro tratando de evitar la otra mitad. Vas tieso como un palo, tratando de moverte lo menos posible dentro de la ropa encharcada, chocándote con otros náufragos que hacen lo mismo que tú y se cagan en tus muelas. ¡En francés! A Julian le gusta decir que no es casualidad que la mascota local sea un querubín orinando en la via pública. Dicen que aquel fue un invierno malo pero no es verdad, fue un invierno para pegarse un tiro en los huevos. A los dos meses de estar allí un grupo de científicos anunciaron lo que el resto de Bélgica ya sospechaba, que la polución de París era arrastrada lejos de francia por un dios amante del queso y la nouvelle vague hasta llegar a las montañas y entonces rebotaba un poco hasta quedar sobre nuestras cabezas.
Estos días, sin embargo, hace sol y la calle de mi apartamento huele a arroz con leche. Ayer volvía a casa tarde comiéndome un falafel cuando un caballero con aire de destripar jovencitas me dijo "bonne appetite" y yo le dije "merci" y no pasó nada más. Mi barrio preferido -que es la parte alta de Molenbeek- ha mejorado notablemente. Es como quien dice un lavapies o rabal de bruselas; el siglo pasado se industrializó de tal forma alrededor del canal que lo llamaban "el pequeño Manchester", después se fue al carajo y ahora es un barrio de inmigrantes que se está poniendo de moda. A los belgas les gusta decir que hace cinco años era un agujero y, haciendo honor a la verdad, la parte detrás del canal lo sigue siendo. Del lado de la rue Antoine Dansaert, que es la calle que va hasta la bolsa, cuatro listos han comprado las casas vacías, han tirado cuatro tabiques y las venden como lofts así que ahora las calles están limpias. El distrito Dansaert, hasta la plaza de Saint-Géry se ha convertido en el "refugio de los nuevos diseñadores". Y no veas.
Por si vienen algun día. Si entramos de espaldas al canal, están Alice y LeBonheur, dos tiendas de coleccionistas (de comics, muñecos, libros raros sobre pornografía y camisetas con grabados de los héroes locales) que tienen escaparates muy graciosos y a veces un poco autistas. Justo enfrente estaba mi bar favorito haciendo esquina, el Walvis, pero lo acaban de cerrar por un quítame allá esa pedazo de especulación inmobiliaria y me dicen que no volverá. Tenía tartas y wifi gratis. Hay muchas panaderías árabes donde se puede uno comer una crepe, que no es la crepe francesa sino una especie de filloa de carnaval* grasienta y deliciosa que a mí me gusta mucho y me sienta fatal. Después hay tiendas y más tiendas; ropa de primera y segunda mano, muebles, tejidos, sombreros, joyas, paraguas... aquellas zorras afortunadas que tengan tiempo y dinero para gastar harán bien en consultar Virgin Airlines y esta guía (en inglés y en PDF).
Estos días, el mercado de viandas es mercado navideño pero porque en el norte ya es navidad. Un poco más adelante, hay un minúsculo Chinatown con dos supermercados asiáticos que son como la planta baja del Corte Inglés y venden bolsas de Shitake de cinco kilos.
Hay dos sitios que me gustan especialmente para comer y beber. El primero es Pataya, un tailandés a mitad de Antoine Dansaert que sirve la mejor ensalada de Papaya que he comido jamás, aunque avierto que es para valientes: tiene tres tipos de picante distinto y encima, ajo. Es un sitio de llorar a mares, tanto con la papaya como con los curris, que están deliciosos. Al final de la calle a la derecha y de nuevo a la derecha (doblando una tienda de diseño muy bauhaus que hace esquina) hay varias cervecerías que me gustan, especialmente Greenwitch. Julian dice que me gusta porque me recuerda al Barbieri aunque todavía no sé por qué lo dice. Es grande y calentita, tienen todo tipo de cervezas (mi favorita es la Chimay Blue) y una fauna curiosa de parejas recién hechas, mujeres con poca tela y viejitos jugando al ajedrez.
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* La filloa de carnaval es una costumbre gallega (no sé si también asturiana) que viene de pasar mucha hambre y hacer para muchos con muy poco, en este caso, agua, harina, huevo y una pizca de sal. La mezcla se bate en un cubo conveninetemente y extiende con un cucharón agujereado sobre una plancha de piedra o hierro puesta sobre el fuego y untada en tocino. Al calor, la mezcla se convierte en una hoja finísima de papel de biblia gigante. Si se come de inmediato es crujiente como las obleas; si no, es como comerse los pellejos a los lados de las uñas, conceptualmente repugnante pero inmensamente satisfactorio.

¡Qué bien, te ha salido una perla!
Puesto por LaRana a las Diciembre 1, 2006 07:28 PM