Diario de una heterosexual a la que le gustan las mujeres (1)
LPC en Reflexiones | Noviembre 25, 2006
Hace unos años la actriz argentina Leticia Brédice confesó en una entrevista que había tenido sueños eróticos con Reina Reech. Y después dijo: "pero con animales no ¿eh?". Esta anécdota cobra sentido en cuanto se miran las fotos de Reina Reech. Y me viene al pelo para demostrar una verdad importante, que las cosas más sorprendentes suelen tener las explicaciones más mundanas. Como que la culpa de que me gusten las mujeres la tiene la política.
Haciendo honor a la verdad, no sé si lo mío vino de fábrica o la vida me torció a una edad temprana, sólo sé que no estaba sola: las niñas de mi clase también estaban allí. Y no creo que los generosos dioses me enviaran a una clase de ninfas especialmente disolutas porque las de otros cursos se desnudaban y se metían juntas en la ducha de cinco en cinco. Para echarse unas risas, seguro. Para meterse mano, también. Era una época de cambios en la que Brooke Shields y Mariel Hemingway se pasaban las fiestas sin soltarse de la mano; Maria Schneider -la morbosa compañera de reparto de Marlon Brando en "El último Tango en París"- iba a la cárcel para seguir a su amante que era una bruja con escoba que encima la chuleaba y una adolescente mejicana recién aterrizada en España se meaba en la cara de una señora y era lo más. Pero eso no salía en la bravo y la superpop y los otros catálogos de pimpollos con el pelo cortado a tazón; salía en las revistas que compraban nuestros padres por los artículos de política: Interviu, Playboy y Penthouse. Gracias a ellas -que dios las bendiga- nos salvamos de ser desvirgadas por un garrulo con cachondina y una cinta de Rick Ashley. Nosotras nos despertamos a la salud de Fidel Castro, la mafia rusa y un accidentado camino hacia Madonna, Cicolinna y la europa común.
Jugar a política. Uno de mis vecinos, padre además de mi mejor amigo y de su hermana mayor, era muy aficionado a la política, afición que manifestaba comprando religiosamente la tríada triunfal. Las tres marías incluían trípticos centrales desplegables de señoritas discutiendo de leyes, de feminismo y otros asuntos de vital importancia mientras se quitaban la ropa y se contaban los pelitos como les cuento yo a las plantas de mis vecinos, con dedicación y profesionalidad y amor por el trabajo bien hecho. Gracias al activismo de aquel señor, su hija y yo nos encerrábamos en el baño con dos o tres números e interpretábamos las escenas que más nos gustaban hasta que nos llamaban para cenar. Lo llamábamos "jugar a política". Ahora que soy más mayor y más sabia sé que se llamaba "softcore".
Aquellas maravillas nuestras no eran el saco de huesos y silicona que caracteriza hoy el sector, eran verdaderas bellezas de piel perfecta y pechos delicados que cabrían en copas de champán envueltas unas con otras en abrazos lujuriosos y manchadas de carmín ajeno en la cara interna de los muslos. Y, en muchos casos, estrellas del cine y la canción. No había hombres: estuvieron vetados por ley, tanto en las revistas de política como en nuestros cuartos de baño hasta los años noventa. ¿Quién los necesitaba? Era un reino perfecto en el que todo era posible. Y los chicos daban patadas y olían mal la mayor parte del tiempo.
Recuerdos satinados. En una salía Pia Zadora -que entonces andaba con Germaine Jackson - cubierta tan sólo (y a ratos) por unos calentadores y una bufanda. En otra, Morgan Fairchild y Terri Nunn. Hasta Deborah Harry se descalzó para Penthouse, con lo que era entonces Deborah Harry. El arcón secreto de la política se convirtió en nuestro árbol de la ciencia particular: descubrimos la verdad sobre nuestros ídolos y las imitamos como haría cualquier otra adolescente. ¿Que fueron un mal ejemplo? No sabría decirlo. Otros aún igual de famosos se dieron al alcohol y las drogas. Entre el amor y las drogas, nosotras elegimos el amor.
Hubo un número -que sostuvieron mis manitas temblorosas al menos una vez- que dio la vuelta al mundo varias veces por escándalo doble. Penthouse, septiembre de 1984, algunos de ustedes habrán oído hablar de él. En la portada, que fue la segunda más vendida de la historia del papel cuché, salía la mujer más bella de América, Vanessa Williams, como dios la trajo al mundo y una jovencita de belleza angelical como "mascota del mes". La primera le costó a Williams la corona; el jurado de Miss América tuvo la generosidad de darle el palito a una negra pero se quedó de piedra tras comprobar que, efectivamente, tenía vagina. Y parecía un acabarse el mundo hasta que una diosa del inframundo con mas veneno que los cuatro jinetes del apocalipsis juntos le dió a la industria del porno la ostia más sonada de toda su historia*. El número vendió casi cinco millones y medio de copias. Para que se hagan una idea rápido, Cat Power ha vendido, en toda su vida y en todo el mundo, más o menos medio millón.
Cuando las revistas de política consiguieron introducir a miembros del otro sexo -so to speak- en las sesiones fotográficas no es que dejaran de gustarme, pero algo cambió. Mi vecina y yo acabamos peleando porque las dos queríamos ser Racquel Darrian y dejamos de hablarnos cuando sus padres se mudaron a un barrio de las afueras. Me quedaron para la nostalgia las estrellas de cine, las revistas "para ellos" y, mucho más tarde, la Red. Se me olvidó que había jacuzzis donde solo existían sirenas y que los chicos daban patadas y olían mal, pero por poco tiempo. Cualquier persona que pasa tanto tiempo como yo delante del ordenador lo sabe: antes o después acabas en una fiesta pijama de muchachas besándose unas a otras mientras se quitan el sujetador y juegan con el cepillo de dientes eléctrico de su padre. Dicen que las señoras consumen tanto o más pornografía que los hombres en Internet. Cuando no hay que bajar al kiosco a decirle al Paco "tienes esa en la que sale Angelina con el culo en pompa sujetando una recortada" las señoras se desinhiben mucho.
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*TRACI había nacido Nora Louise Kuzma algo más tarde de lo que establecía su documentación, que incluía un pasaporte y un carnet de conducir. La noticia de que sóloi tenía 15 años cuando posó para Penthouse se hizo pública pocos días después de su 18 cumpleaños y fue un bombazo de tal calibre que la casa blanca convirtió su batalla contra la obscenidad en América en una guerra contra la pornografía infantil, arrasanto todo a su paso. Todas las cintas en las que salía Traci fueron retiradas y destruídas menos una. Las pérdidas fueron de millones de dólares y afectaron a VCA, CBI, Caballero, Western Visuals y Paradise, las cinco distribuidoras más grandes de la época. Cuatro hombres fueron a la cárcel y hubo multas de más de cuatro ceros, pero Traci quedó libre de todo mal. Ella era la víctima.
Fue un golpe de puro genio. En el momento más grande de su vida, cuando su nombre se repetía en todos los telediarios y no quedaba un diputado en América que no se supiera sus diálogos de memoria, Traci consiguó que la única película suya que se podía comprar en la tierra fuera Traci, I love you, dirigida por su novio Steward Dell y producida y distribuída por TLC (Traci Lords Company), su propia compañía. Cuando los abogados llamaron a Ginger Lynn para que testificara en favor de Traci, ella se negó. Pero Andrea Dworkin y Catherine McKinnon acudieron en sus escobas en menos de lo que se tarda en decir castración universal.
Más sobre este bonito asunto en la biblioteca del crimen.
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NOTA. Diario de una heterosexual a la que le gustan las mujeres fue el título que le dió mi jefe Pedro Bravo a mi columna para Maxim. Sí, el mismo jefe. Ha sido uno de los encargos más divertidos de mi vida, además del comienzo de una gran amistad. Iré publicando los trozos poco a poco, hasta que ya no queden y, entonces, ya veremos a dónde nos lleva.
Mañana me cojo un tren a Bruselas. Deséenme suerte porque la voy a necesitar.

Pues sí que ha sudado usted la gripe,sí.
Buen viaje
Puesto por Ondurman a las Noviembre 25, 2006 11:48 PM