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colaboracionistas

LPC en Reflexiones | Septiembre 04, 2006

Cuando somos testigos de un abuso callejero -un grupo de matones amenazando a alguien, un chulo calentando a su chica, una panda de skins en una de sus cacerías- lo normal no es intervenir para impedir el drama sino cambiar de acera y, como mucho, llamar a la policía desde tu móvil para que vayan a ver. No es muy noble pero es lo más cabal: muchos han muerto por menos. En los casos de maltrato, sin embargo, la política de no intervención no es instinto de supervivencia sino de comodidad, un "yo no me meto" que no es cabal sino cobarde, irresponsable y colaboracionista.

Los maltratadores -de mujeres, de niños, de animales- no son los monstruos fundamentalistas, ignorantes y violentos que nos gusta despreciar. No se ven venir a kilómetros, no apestan a sangre y a alcohol y vuelven a casa amenazando de muerte al portero. Muy al contrario: son gente normal con familia y amigos. El maltratador medio es, además, profesional de la pena, que cultiva estratégicamente como quien hace crecer un frutal. Arrastra sufrimientos de la niñez; desprecio paterno, falta de atenciones. Su mala suerte laboral es consecuencia de los trepas, la envidia de los jefes, porque dice siempre lo que piensa y siempre acaba mal. Se hace partícipe de todas las desgracias ajenas: si a su vecino muere en accidente de coche dirá que cenaron juntos justo el día anterior, si a un compañero de trabajo le diagnostican un tumor maligno dirá que era su mejor amigo y que está destrozado de dolor. Muchas veces son encantadores, simpáticos, inteligentes. Tanto, que todo el mundo piensa que, con el cariño y el apoyo adecuado, podrían ser felices y florecer como dios manda. Todo el mundo incluído su mujer. Su mujer probablemente sabe que es inestable, que tiene sus cosas. Pero confía en que el amor, el apoyo de una familia y su confianza le ayudarán a ser feliz. Nadie en su sano juicio se acuesta con un maltratador, pero muchas se levantan con uno. El día que se dan cuenta es el comienzo de lo peor.

Hay un momento, que todas las maltratadas describen de una manera o de otra, en que todo el tinglado se les desmorona como un saco de mierda. A veces tienen suerte y todavía no han tenido hijos. A veces tienen suerte y tienen un trabajo, una familia y unos amigos a los que acudir. La mayoría de las veces no tienen tanta suerte y pasan de ser su apoyo (contigo a mi lado me voy a comer el mundo) a ser el origen del mal. El sentimiento de culpa es doble: por haberse metido en el agujero solas y por provocar los ataques. Resulta muy difícil pedir ayuda cuando te has metido en el problema tu sola. Más difícil aún cuando empiezas a pedir ayuda y te encuentras con un pacto de silencio, con una pared.

Una de las experiencias más sobrecogedoras de la maltratada es enterarse de que, cuando por fin decide confesar la situación a sus amigos, su maltratador ya ha estado allí. Mientras reúne fuerzas y se traga el miedo y el orgullo, la culpa y la vergüenza, el maltratador ya ha ido de casa en casa con la conocida sonata me quiere dejar-no puedo vivir sin ella-es la mujer de mi vida-si me deja me voy a matar. En algunos casos hasta confesará crímenes pequeños, de carácter menor. Le grité, le sacudí por los hombros. Se siente tan culpable, tan mal. ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿Qué clase de persona es? Qué manera de darle la vuelta a la tortilla, qué malabares. Sus amigos no saben que, nada más salir por su puerta, se limpia los mocos y se descojona vivo. Que media hora más tarde, tras haber asegurado bien el suelo bajo sus pies, te hace una demostración de cómo te quedaran los brazos partiendo lápices con dos dedos, se encierra con tu gato y te dice que lo va a matar, se te ríe en la cara a sabiendas de que no tienes nada que hacer. El mundo es más comprensivo con un corazón roto que con una pierna rota. Saber que tu colega sufre de celos o de mal de amores es casi una satisfacción, consolarse a la luz de unas cañas hasta las tantas de la mañana es algo que todo el mundo sabe cómo hacer. Saber que tu colega tiene aterrorizada a su novia requiere soluciones menos satisfactorias. Hay que ser muy valiente y muy noble para tomar medidas antes de que sea demasiado tarde. El resto siguen la estrategia del avestruz.

El avestruz entierra la cabeza en la arena para no ver lo que se le viene encima porque está muerto de miedo. El colaboracionista decide ignorar lo que se le viene encima a un tercero para no tener que hacer nada. Por guardar las formas con los amigos comunes. Por no mojarse, por pura comodidad. Se justifica de mil maneras -si es que me meteis enmedio, me pones en un compromiso, es que viene con este otro y si le mando a la mierda quedo fatal- y se reafirma rápidamente en su postura cuando ve que los otros hacen igual. Pero ese papel es tan cobarde, tan repugnantemente cobarde e irresponsable, que empiezan a contar mentiras para disfrazar su cobardía y a resentir a la víctima por ponerles en esa situación. Por encima del miedo, de la vergüenza y del maltrato, a la víctima se le exige que comprenda, que guarde las formas y, en última instancia, que se calle la boca porque les hace sentir fatal. Al maltratador, sin embargo, se le perdona todo porque con él aquí no ha pasado nada, no hay nada que no se arregle con unas cervezas. Con esa tácita bendición del avestruz, el maltratador se hace cada vez más grande, más seguro de si mismo, se siente capaz de más. Y hace más.

Desde hace años, cada vez que leo sobre otra muerte de las que llaman estúpidamente "de género" ya no pienso en la víctima ni en el maltratador porque ya es tarde para los dos; pienso en los colaboracionistas. Me pregunto si se sienten culpables, si se sienten tan culpables que deciden hacer algo por las que aún no han muerto, para que no vuelva a pasar. Me pregunto si se dan cuenta de hasta qué punto su papel ha sido crucial en el proceso que lleva a la muerte de alguien a quien conocen y posiblemente aprecian o si se lavan las manos del crímen por enésima y última vez. Esta carta llena de las justificaciones habituales del maltratador, ¿a quién iba dirigida? Tú no sabías que fuera tan grave. Sabías que estaban peleados pero nunca pensaste que llegara tan lejos. Ella dijo algo una vez pero no supiste cómo reaccionar y nunca más sacó el tema.

Espero que os persiga toda la vida y más. Colaboracionistas, cobardes hijos de puta.



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Me cuesta realmente creer que quienes callan, luego se sientan culpables por ello(o al menos deben ser muy pocos los que tienen conciencia). Seguramente una vez más, la última, utilicen el discurso de que no sabían nada porque siempre ha sido más fácil culpar a la víctima que al victimario. El nefasto "algo habrá hecho".
saludos


Puesto por ::.Andy grey.:: a las Septiembre 4, 2006 04:59 PM

Muy muy interesante el post. Y muy cierto en muchos sentidos. Debe ser terrible la soledad que viven muchas mujeres maltratadas.


Puesto por Leon el africano a las Septiembre 4, 2006 06:35 PM

Me dejas sin palabras. Otra vez más, me quito el sombrero. Habría que clavar esto en los portales.


Puesto por Maiko a las Septiembre 4, 2006 09:06 PM

a mí una vez me maltrató en el instituto un perro peligroso con abejas africanas en la boca, en plena ola de frío siberiano, frente a una costa donde no paraban de llegar oleadas de inmigrantes en pate.. en cayucos!


Puesto por Molester a las Septiembre 4, 2006 11:12 PM

Y este qué es, ¿el golum otra vez? Si es que te buscas unos ligues que luego así te va.

Ugarte, ¡que tan dejaaaaaaaao! ¡que ya no le gustas! ¡Que la dejes en paz coño ya!


Puesto por David a las Septiembre 4, 2006 11:21 PM

En algunos casos es comodidad, en otros que nos volvemos un poco insensibles, la masificacion de la informacion y la revolucion de los medios hace que todos los dias veamos violencia en todas sus formas, y cuando nos toca verla de forma presencial pues la asumimos como algo cotidiano y simplemente pasamos de largo...
Poco a poco perdemos todo lo que nos hace humanos, incluso nuestro instinto de superviviencia como especie.
Un saludo


Puesto por Juan Diego a las Septiembre 4, 2006 11:46 PM

Este tema me produce unas sensaciones contradictorias que nunca he resuelto. Por un lado no me limito a acusar al círculo de amigos y familiares, sino a todos los que sean rozados por los indicios. Sin embargo siento que he traicionado mi papel de buen vecino. El número de familias que conocía bien en mi adolescencia desapareció en cuestión de unos años. Ahora no se puede contar conmigo para intervenir en los asuntos de las parejas de mi vecindario. Con los que me dan repelús ni subo en el mismo ascensor. Para mí es como si estuvieran en Iowa o Melbourne. La gente me va cayendo bien al verla realizar gestos generosos. Mis otros sistemas resistieron mucho peor el paso del tiempo. Me tranquiliza y me hace creer que mi círculo está totalmente a salvo. De los demás no puedo decir ni quiénes son.


Puesto por Sr.Marqués a las Septiembre 5, 2006 12:17 AM

La mente humana parece tener una especie de mecanismo para hacerse creer a si misma que no ha tenido la culpa de algo. Empezamos a decirnos: 'Hubiera acabado pasando aunque yo hubiera hecho algo', 'La culpa es de él que es un maltratador, no mía por no hacer nada', 'En realidad nunca imaginé que llegaría a suceder'...

Lo peor es que al final terminamos por creernos los argumentos que inventamos, como cuando olvidamos cosas malas que sucedieron hace tiempo.


Puesto por MrBlonde a las Septiembre 5, 2006 02:16 AM

Cuántas vueltas se da en torno al miedo! Ojalá éste fuera un tema mucho más sencillo de lo que parece. La complicación de estos sucesos mal llamados "de género" radica en que, para llegar a la tortura física el maltratador ha hecho todo lo posible para minimizar a su oponente en el terreno pssicológico. No crean que el lenguaje utilizado está escogido al azar. Se trata de una guerra declarada que tan solo es evidente cuando es demasiado tarde. La tortura psicológica es un elaborado encaje de bolillos perpetrado, normalmente, desde el principio de la relación. Un "esa falda es demasiado corta" o un "¿te pones guapa para mi o para otros?" son los primeros síntomas de la convivencia con un maltratador. "Era un hombre muy tranquilo y normal. Amable de narices, hasta me traía el pan...", declaraciones de vecinos que creen que el ser maltratador se lleva tatuado en la frente, pero que no recuerdan las veces que ella no durmió en casa, sino en el hospital porque se había caído por las escaleras... "Es culpa de la tipa, que primero denuncia y luego se larga con el tío de la mano", ya, porque lo que vive es muy parecido a un síndrome de Estocolmo, señoras y señores,y probablemente, tras leer los periódicos se haya hecho a la idea de que, por ahora, la más cómún de las salidas es también la más dramática... Pero, tampoco hay que preocuparse, es una noticia más, un goteo constante de muertes, un suma y sigue... un problema que no se soluciona con una ley que, por otro lado, se carga la presunción de inocencia... pero esa es otra historia...


Puesto por Elisa McCausland a las Septiembre 5, 2006 10:13 AM

Este verano en un supermercado pude contemplar con todo esplendor a un maltratador. Su mujer había dejado pasar el número de la pescadería, y había una cola de órdago. Cuando el tipo se dió cuenta agarró a su mujer de un brazo, mientras levantaba el puño con gesto de contención mientras le decía de todo. Supe que era un cabrón habitual y no alguién que había perdido miserablemente el control con su mujer como podía haberlo perdido con cualquier otra cosa por la mezcla de miedo y costumbre en los ojos de la mujer. La única duda que me quedaba era la fase: ¿Futuro maltratador, maltratador habitual, maltratador en fase de autocontrol, maltratador con miedo al público? No me quedó muy claro. Y lo siguiente fue pensar: "Qué coño hago". ¿Llamo a la policía por un gesto, aunque ese gesto lo diga todo? ¿Le recrimino su gesto arriesgándome a recibir una hostia? (ya se sabe que las hostias a las mujeres se dan en la intimidad, pero a un igual quedan mejor en público). Mientras pensaba todo eso estremecido contemplé a la gente que tenía alrededor. Pasaban completamente del tema, y no por pudor social. Sinceramente me pareció que a todo el mundo que había presenciado la escena le importaba realmente un cojón. Todos queríamos terminar pronto la compra para poder bajar a la playa. Aún no sé si hubiese debido hacer algo, pero creo sinceramente que en ese caso no hubiese solucionado absolutamente nada y el que hubiese salido perdiendo era yo, además de la mujer, que seguramente sale perdiendo todos los días. No sé, ellos eran unos extraños, pero quizás sus familiares y amigos piensen lo mismo que pensé yo ese día, y esa mujer aparezca muerta de aquí a un tiempo.


Puesto por Miguel a las Septiembre 5, 2006 11:44 AM

Creo, releyendo lo escrito, que no me he expresado con claridad: cuando aparecen los familiares de una víctima del maltrato refiriéndose a lo que hacía durante años y años el marido borracho siempre había pensado que si a mi madre o a algfuien que conociese le ocurriese algo semejante yo actuaría con decisión y haría todo lo posible porque dejase de ocurrir. Pero visto lo que terminé haciendo una vez que fui testigo de lo que he explicado no sé si es que seré un cobarde o si seré como aquellos que ven con indiferencia la situación.


Puesto por Miguel a las Septiembre 5, 2006 11:53 AM

Hace escasas semanas, en mi pueblo, un hombre de avanzada edad se interpuso en una "pelea" entre un chico y una chica. El chico gritaba a la coronilla de la chica mientras le cogia del brazo. El hombre aparto de un empujon al chico el cual respondio con un puñetazo, a esto le siguio empujon y al suelo por parte del chico al casi anciano, añadiendo patada. La chica reponiendose de lo sucedido y viendo al hombre en el suelo, empezo tambien a patear al susodicho.
Dato curioso aunque entendible. El miedo es el hijo de puta.


Puesto por Hope pope a las Septiembre 5, 2006 01:29 PM

Asesino es una persona responsable de sus actos, hijo de puta igual solo que ejerciendo desde antes. Aunque llegue a impedir ser persona, el miedo sólo es un obstáculo y no una fuerza culpabilizable. Ante asuntos sangrantes mejor ahorrar sofismas que adjudican existencia objetiva a las abstracciones. 'La cosa venía cociéndose' dijo el asesino. No es un proceso desenvolviéndose según una dinámica propia y automática, sino un acto realizado por su responsable. Y mejor ahorrar justificaciones.


Puesto por Sr.Marqués a las Septiembre 5, 2006 03:19 PM

Los malos tratos de hecho son muy espectaculares, los resultados son atroces y todo eso nos sobrecoge y nos hace verter ríos de tinta, pero se habla muy poco de los malos tratos piscológicos, esos que no se pueden demostrar, esos que no se ven pero que dejan en el alma una profunda herida, tan honda, que a veces duele más que las bofetadas.
Esas frases pronunciadas socarronamente "no sirves para nada" "eres una inútil" "eres una patosa", que dichas en la boca de un macho de mierda,pueden llegar a dejar lacras muy difíciles de superar, sobre todo cuando el autoestima acaba por los suelos.
Deberíamos abordar mucho más del tema, siempre se pasa de puntillas y valdría la pena que empezáramos a hacer un poco más de caso a esas mujeres que se sienten ultrajadas e insultadas. Al fin y al cabo, detrás de un personajillo vulgar y despreciable que se atreve a machacara sus parejas, novias, esposas, etc. etc. hasta que la autoestima de éstas acaba por los suelos, hay casi todas las veces, un maltratador físico en potencia.
No seamos hipócritas, o es que ¿sólo ahcemos caso a los moratones y cardenales porque son más vistosos? lo tro, como no lo ve nadie, miramos hacia otro lado.


Puesto por Marta a las Septiembre 5, 2006 07:13 PM

Pues yo tengo un caso en la casa de al lado y no he hecho nada. Se trata de un ruso de 2 metros lleno de tatuajes hechos con boli bic. En fin mal cuerpo se me pone. Ella y el se emborrachan a lo bestia y de vez en cuando se lían a ostias y gritos. Alguna sugerencia?


Puesto por mal_vecino a las Septiembre 7, 2006 02:30 PM

mal_vecino, uno de los objetivos de la Ley Integral es aumentar el número de denuncias. Su utilidad no se limita a llenar fichas a la espera de acontecimientos. La primera entrevista de los expertos con la agredida puede aparentar inutilidad por lo difícil que es dar el primer paso, pero en realidad es un avance que puede ser decisivo, aunque los frutos aparezcan después de nuevos episodios. Las medidas incluidas en las órdenes de protección son cosa de los responsables. La policía se desplaza ante las denuncias anónimas y aborda los casos especiales con la discreción que se requiera. Aunque el riesgo no parezca inminente hay que hacerlo. Los remordimientos que se tienen por la omisiones hacen que valga la pena llamar a la policía, que es el acto con el que el ciudadano deja de cargar con la responsabilidad de una posible desgracia.


Puesto por Sr.Marqués a las Septiembre 7, 2006 09:37 PM