casas
LPC en Reflexiones | Agosto 04, 2006Antes de irme, no podía dejar de leer esta carta de Jesús, que no habla de casas sino de su casa. Qué bonita carta, Jesús.
No fue pasión. Rosario estaba demasiado cerca, el mundo había cambiado y echaba de menos la frescura de Muñoz Torrero, a espaldas del edificio de Telefónica. Es curioso que se pueda añorar un verdadero antro, sede del Congreso Nacional de Cucarachas Blatta Orientalis, en cualquier caso más tolerables -para mi gusto- que las rubitas Blatella Germánica. Grifos que no funcionaban. Una cocina con vocación de bomba. Raras tuberías sin principio ni final. Allí descubrí las posibilidades decorativas de un somier de muelles colgado del techo y el arte de recuperar cada cajón, palé y expositor de la basura.La casa había sido hostal, y quien conozca la zona, sabrá de qué tipo. Cuando volvía de la oficina, debía atravesar la congregación de prostitutas. Blancas, negras, alguna oriental, tan a lo suyo como los porteros de los clubs nocturnos y más de cinco y de seis por encima de los cincuenta años. Nos llevábamos bien, con la cordialidad de los vecinos y la ventaja de que, con cierta frecuencia, me dedicaban cumplidos como pedradas, perfectos contra el peor de los días. Pero en general, la zona encajaba en la categoría de pueblo dentro de un pueblo. Como los Austrias y Malasaña, atravesado por la ciudad de la tarde y de la noche, la de las compras, la de las copas, la de los cines.
La carta entera en la Insignia (y gracias Marcos por avisar). Ahora ya sí que me voy. ME VOY.
