Inteligencia Colectiva II: La blogosfera
LPC en Reflexiones | Agosto 02, 2006En la blogosfera, el colectivo tiene efectos mucho más interesantes. Ya no es solo que la existencia del observador -en moderado número, el público; a gran escala, la audiencia- sea un factor determinante (del gato de Schrödinger a Bertold Brecht, esto ha sido explicado muchas veces). La distancia objetiva que se abre entre el autor de un libro o el director de una película se ha cerrado de golpe y el realizador ha bajado de su pedestal para convertirse en un igual, como el hijo de los vecinos que fue contigo al colegio y de repente se pone a hacer cortos. Y la tendencia más fuerte del colectivo para con un igual no es mejorar ni compartir sino normalizar y censurar, que en términos de laboratorio cultural son la misma cosa.
El colectivo no es tan inteligente como el más inteligente de sus miembros, ni tampoco, gracias a dios, tan idiota como el más idiota. Sólo el individuo lo es (en ambos casos), y lo es a pesar y el contra de la comunidad de la que forma parte. Y, si bien ese colectivo es y ha sido el único instrumento de insurrección capaz de generar los más asombrosos avances sociales, no podemos decir lo mismo de los avances científicos o las grandes obras del arte, la música o la literatura. Es más, ni siquiera como generador de cambios sociales se vale por sí solo, como demostraron las últimas revueltas de París. Hizo falta un líder, un comité organizativo de individuos preparados, que saliera de las llamas y llevara el barco a su sitio. En su ausencia, las circunstancias de los amotinados han acabado peores de lo que eran antes de empezar, una pérdida para ellos y para todos. El colectivo trabaja con el mínimo común denominador, una cualidad que constituye su fortaleza pero también su enorme, terrible debilidad.
La tendencia normalizadora no es, por supuesto, una originalidad de la Red. Los que hemos ido al colegio ya sabemos cómo funciona: tolerancia cero contra todo lo que se sale del tiesto. Eso incluye a los más altos, los más gordos, los más pobres, los más listos, los más feos, los más guapos y los raros, que son cualquiera cuyos intereses no sean compartidos por el resto de la clase. ¿Y los más guapos por qué? -preguntan por ahí. Porque se lo tienen muy creído. La belleza viene siempre acompañada de vanidad. La rareza de desprecio: prefiere leer cómics que saltar a la goma con las demás. La inteligencia de arrogancia: se cree mejor que los otros porque sabe más. La riqueza de chulería, porque tiene zapatillas con airbag y los otros no. Hace un tiempo, alguien se burlaba de un amigo mío bajo la premisa de que dicho amigo era un pijo de la Moraleja. Cuando le dije que tal persona vivía en el barrio de Moratalaz, se echó a reír y con mucha mala baba sentencio: ¡qué pringao! Con los imbéciles, los resentidos y los envidiosos no se puede ganar nunca. Con el colectivo, tampoco. Salvo, claro esta, que normalices y tu, como individuo, seas indistinguible de la masa.
Desde Frankenstein y King Kong a ET y Eduardo Manostijeras, este conflicto individuo-colectivo ha sido tratado innumerables veces con gran éxito de crítica y público, demostrando que todos nos sentimos un poco "raritos" cuando nos enfrentamos al colectivo implacable. Por aquello de encajar y salvar el culo, pasamos parte de nuestra vida maquillando las diferencias, limando bordes y dejamos las rarezas para los encuentros privados, donde las excentricidades puntúan doble. O aquellos proyectos donde nuestras habilidades únicas son la única herramienta que tenemos para triunfar en el mercado plural. El verdadero problema de la blogosfera, los wikis y todo lo que se ha constituido como la web 2.0 es que arrastra el laboratorio, la máquina de escribir y el lienzo de vuelta a la fiesta, donde millones de invitados no identificados tienen el mismo derecho a escribir, criticar, editar o, incluso, borrar el material expuesto al tiempo que se produce, aturullando al autor y desmantelando la obra. Y muchos tienen criterio, conocimiento y sentido común, mientras que otros lo que tienen es la boca muy grande y la capacidad de raciocinio de un helecho común. En la blogosfera, su voto vale lo mismo, pero no su voz. En la blogosfera y en cualquier parte, el helecho siempre grita más fuerte.
¿Quién representa a un colectivo que no quiere representantes? Se habrán fijado que todos los blogs con una clientela constante tienen al menos un matón que se ocupa de pasear a grandes zancadas por el sistema de comentarios. Es como el Moe del lugar, el sheriff cuya tarea -completamente autoimpuesta- es la de mantener a raya a los comentaristas y al propio blogger, al que palmea en la espalda cuando hace algo que le gusta y amonesta severamente cuando hace algo que no. Esto incluye hablar de libros que no ha leído, poner mal una peli que le gusta y, sobre todo, alabar, enlazar o juntarse con un blogger que no es de los nuestros. Con ambición de poder pero sin carisma para ejercerlo, el matón ha encontrado su oasis en el blog de alguien mucho más interesante que él mismo, donde se dedica a sentar cátedra de una manera o de otra con la audiencia garantizada a costa de talento ajeno. En la ecuación blogosférica, el matón representa a la comunidad, que respalda al blogger con entusiasmo siempre y cuando siga sus normas al pie de la letra. Y el blogger es el individuo cuya individualidad es tan grande como su capacidad para resistir la tiranía del matón.
Es una resistencia difícil, diaria, constante, porque todos somos sensibles a los halagos y el matón es un gran adulador. Pero redunda en beneficio de todos porque, cuanto más obediente es el blogger, más se parece al matón, que es la quintaesencia de la censura populachera, la envidia malsana y la ignorancia cerril que prefiere un mundo de tuertos donde pueda ser perro del rey que uno donde sólo destaque por su falta de cualidades.

¿No les pasa que quieren dejar un comentario diciendo qué razón tienes pero lo encuentran redundante?
Al matón de los comentarios lo veo yo un poquito como al troll, la soledad intrínseca del terrorista que no le queda poca cosa más que hacer que destacar por gritos y tampoco tiene la posibilidad de envolverse de un halo de romanticismo. En el trolliverso no hay Hans Solos, ni siquiera samurais en busca de redención. Just people.
¡Un saludo!
Puesto por Alvy Singer a las Agosto 2, 2006 04:06 PM