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feliz veinte aniversario de la muerte de Borges

LPC en la biblioteca | Junio 14, 2006

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La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.


Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Estan ustedes leyendo El Libro de Arena, un cuento de Jorge Luis Borges que algunos consideran la prueba definitiva de que el autor ya tenia la Red de Redes en la imaginación. No se apuren: pueden terminar de leerlo despues de esta nota porque es bien cortito. Pero antes, y para celebrar el veinte aniversario de su muerte, me gustaría pedir su colaboración en la caza captura de las mejores paginas borgianas de la Red. Si mandan sus favoritas, las ire sumando a estas a lo largo del dia:

Enciclopedia borgesiana/The Borgesian Cyclopaedia | The Book of Sand | Un siglo de Borges y The Garden of Forking Paths (gracias Ari Josue) | Borges en la Biblioteca del Genio Maligno (gracias JL) | La casa de Asterión (gracias David y Joaquín) | la foto irreproducible de Mordzinski y la entrevista famosa en la mula (¡gracias Martín!)

El Libro de Arena (continuación)

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.


-Vendo biblias -me dijo.


No sin pedantería le contesté:


-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.


Al cabo de un silencio me contestó:


-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.


Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.


-Será del siglo diecinueve -observé.


-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.


Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.


Fue entonces que el desconocido me dijo:


-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.


Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.


Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:


-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?


-No -me replicó.


Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:


-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.


Me pidió que buscara la primera hora.


Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.


-Ahora busque el final.


También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:


-Esto no puede ser.


Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:


-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si pensara en voz alta:


-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:


-¿Usted es religioso, sin duda?


-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.


Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.


-Y de Robbie Burns -corrigió.


Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:


-¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?


-No. Se lo ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.


Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos minutos había urdido mi plan.


-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por una rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.


-¡A black letter Wiclif! -murmuró.


Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor bibliográfico.


-Trato hecho -me dijo.


Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.


Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.


Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.


Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.


No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.


Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.


Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.


Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.


Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

¡Feliz veinte aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges!



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Puesto por juan a las Junio 14, 2006 03:00 AM

Dos links más sobre Borges para seguir celebrando el aniversario.

Un siglo de Borges:
http://www.tyhturismo.com/data/destinos/argentina/literatura/borges/home.htm

Y por Supuesto:
Borges - The Garden of Forking Paths
http://www.themodernword.com/borges/

Saludos


Puesto por Ari Josue a las Junio 14, 2006 06:59 AM

No me digas, sobre todo después de este comienzo, que Borges y Escher no son primos hermanos...


Puesto por Maelmori a las Junio 14, 2006 08:53 AM

Feliz, los que se dice feliz, no es el aniversario. Bueno recordarlo y mejor leerlo, pero estar feliz porque se murió veinte años hace, pues no puedo estarlo.

En cuanto a Escher, Adriana González Mateos editó en Aldus un ensayo legible y atendible sobre la relación entre Escher y el fallecido Borges.

Y para seguir con los "festejos", siglo XXI acaba de editar los diálogos radiofónicos de Borges con Osvaldo Ferrari, en dos tomos.

Y cada día es más placentero y festejable leer al tal Borges...


Puesto por Alfredo Herrera Patiño a las Junio 14, 2006 09:32 AM

Simplemente el mejor autor de lengua castellana. Sintetico y magico , capaz de narrar en un cuento lo que otros tardarian una novela.

Por cierto la comparación entre ese libro e internet es logica, recordais los primeros dias que tuvisteis internet en casa...Encerrados horas y horas....


Puesto por françois buren a las Junio 14, 2006 10:01 AM

Sin duda mágico y clarividente en su ceguera, blanca como el decía, pero repleta de la geometría inequívoca de un oráculo.

Si te gustan los libros, cuando descubres a Borges te das cuenta de que tus sospechas no erán infundadas.

Un saludo.

(No consigo encontrar una página sobre Borges que asemejaba a su bestiario... Ñec¡¡¡)


Puesto por Joe a las Junio 14, 2006 10:15 AM

Lamento decir que este cuentecillo (que por supuesto, me ha encantado) es lo primerísimo primero que me leo de Borges (bueno, no, que tuve que leerme otro cuentecillo de cuatro páginas para un ejercicio de la Facultad). No ha dejado absorto ¿Alguien me podría hacer alguna recomendación de libros donde iniciarme?


Puesto por Raven a las Junio 14, 2006 11:25 AM

Arg, quería decir "ME ha dejado absorto", sorry por el gazapo.


Puesto por Raven a las Junio 14, 2006 11:28 AM

No, Borges no tenía en la imaginación la Red, Borges hablaba de los Números Racionales.


Puesto por Papá Oso a las Junio 14, 2006 11:28 AM

Papa Oso: La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda.


Puesto por a las Junio 14, 2006 11:56 AM

A mí uno de los textos que más me gustan de Borges es "La casa de Hiperion", en la que el minotauro se divierte con los incautos que se introducen en el laberinto, busca compañía. Al final una vez muerto, se extrañan de que no haya opuesto resistencia.


Puesto por David a las Junio 14, 2006 12:17 PM

Es cierto que la ciencia duda, incluso si la manzana caerá una vez más. Pero me conformo con no empuñar cierto puñal escondido en algún cajón argentino, silverado, plateado.


Puesto por Joe a las Junio 14, 2006 01:59 PM

¡Qué bonitos, hermosos y borgianos enlaces! Le voy a robar algunos de este genio inabarcable, inacabable, único...

¡Un saludo!


Puesto por Alvy Singer a las Junio 14, 2006 02:28 PM

... el del Minotauro es "La casa de Asterión", y sí, quizás sea de los mejores de Borges. Me lo leí por casualidad en el instituto, ojeando añorante el libro de literatura tras decidir que haría "ciencias"...


Puesto por el joaquín rampante a las Junio 14, 2006 04:40 PM

Joaquin Rampante, gracias por la correción, citaba de memoria y ya me falla...
Para el que quiera leerlo aquí hay una versión. A disfrutarlo.
http://www.apocatastasis.com/la-casa-de-asterion-jorge-luis-borges.php


Puesto por david a las Junio 14, 2006 10:04 PM

La casa de Asterión sí que es la verdadera metáfora de Internet: una biblioteca infinita, con todo lo que se ha escrito y se puede escribir (y sus refutaciones y deformaciones) ¡pero sin índices!
... en cualquier caso, tengan cuidado con Borges, es peligroso. Después de leerle, el resto de libros sabe a poco.


Puesto por JP a las Junio 15, 2006 12:47 AM

Hombre, lo de la Biblioteca de Babel y sus famosas creaciones de libros o colecciones de infinitas me suena más a fantasías bibliófilas que a demostraciones de clarividencia...


Puesto por Raven a las Junio 15, 2006 11:41 AM

Borges el infinito, el imaginador de tigres que a su vez imaginan espejos que a su vez reflejan enciclopedias que reseñan las hazañas de los hombres infinitos!

Me pilló desprevenido esta efeméride. Gracias por el dato!

Lo celebraré tardíamente leyendo (por enésima vez) El Aleph, y tomando una copa de Trapiche Roble.

Saludos!


Puesto por El Tecnorrante a las Junio 15, 2006 06:56 PM

En "El libro de Arena" sale "El Espejo y la máscara", que es uno de los relatos de Borges que más me fascina. Lo postee hace unos meses:

http://alcachofacorporation.bitacoras.com/archivos/2006/02/04/jorge-luis-borges-el-espejo-y-la-mascara


Puesto por dr Boiffard a las Junio 15, 2006 08:53 PM

Que ademas de ese relato de arriba del todo, "EL libro de Arena" es el nombre de la recopilación de relatos. La última que publico el amigo, si no me equivoco.


Puesto por dr Boiffard a las Junio 15, 2006 08:55 PM

... es que se trata de matemáticas!

"La Biblioteca de Babel" está pensada por un matemático con carcasa de bibliófilo.

El estamparse con la realidad al ver que basta un número finito de combinaciones, las de los veintitantos caracteres de una lengua sobre una hoja de papel de tamaño limitado, para narrar todo lo que puede narrarse. Combinatoria básica y cagarse las patas abajo con que sólo podamos expresar un número limitado y contable de cosas, ni una más...

Sería el anti-libro de arena, donde ahora las hojas son infinitas, cuya relación con la Biblioteca de Babel no sería sino la de los devaneos de George Cantor sobre si unos infinitos son mayores que otros (que Borges esquiva añadiéndole dibulos a las páginas)...

... y la posibilidad de índices de la Biblioteca se basa en la teoría de conjuntos, donde hay una clase de conjuntos que se contienen a sí mísmos, al igual que la Biblioteca podría contener su propio índice...

... pero todo ésto ya está contado - mucho mejor, evidentemente - en algún sitio que no recuerdo (mi memoria seguro que es pero que la tuya, David).

Gracias, PetiteClaudine-Marta, por hacerme pensar un ratito en un Borges en el que hacía tiempo no pensaba.

Y gracias a todos por los links.
(Y perdón por el coñazo que he soltado)


Puesto por el joaquín rampante a las Junio 15, 2006 09:00 PM

A quien pedia recomendación..la casa de Asterión ya se la han estropeado con algunos comentarios. Es como si le hubieran contado el final del sexto sentido.

El Aleph.


Puesto por françois buren a las Junio 16, 2006 01:56 PM

"La casa de Asterión", quizá el relato más hermoso que se ha escrito en español, es la perfecta historia de la soledad de los hombres. Infinitas gracias a la literatura borgesiana.


Puesto por Ricardo Alejandro a las Agosto 2, 2007 05:52 AM