siete cosas
LPC en Reflexiones | Mayo 28, 2006
Mirando mi pequeño armario de trapos rotos y descoloridos, hice el firme propósito de comprarme ropa. Tres meses y cuatro ciudades mas tarde, tengo veinte libros nuevos y una lista: las almas en pena de la pasarela o todo lo que no debió haber sido pero fue y ha vuelto de entre los muertos para establecer el reino del mal.
1. La falda-pantalón. No es casualidad que este la primera en la lista. La falda pantalón, que es esa prenda que no es larga ni corta, que no es ajustada ni suelta, que no es falda ni pantalón, es lo único que recuerdo de "Un pequeño romance", famosa novelita que se llevó al cine con cierto éxito en 1979. Lo primero que dice su héroe protagonista al ver a su gran amor es que lleva una falda pantalón, que es -y esto él lo sabe aunque tiene catorce años- una prenda tan horrorosa que su único propósito debe ser perpetuar la virtud de su portadora. Al final el amor triunfa, pero solo porque están en Venecia, les ayuda Lawrence Oliver y la portadora es una Diane Lane que lee a Heidegger con doce años. El resto, tomen nota: la edad para llevar falda-pantalón es ninguna.
2. Los zapatos de cuña. Nadie ha celebrado con mas entusiasmo que yo el regreso necesario del zapato de tacón. Especialmente ese que lleva Marylin cuando corre a trompicones hacia el tren, que le bufa bajo la falda, y que tiene un trasero -el zapato- que le recoge el talón como si lo besara y combina como nada con las medias de tacón cubano y las de rejilla fina, las ligas a palo seco y los sombreros de caballero. En resumen, The Pump. Los zapatos de cuña, sin embargo, pertenecen a otro mundo. El de las vacaciones de verano con tus padres en la costa dorada donde extrañas señoras serpentean por entre los apartamentos sin marido y con un pañuelo de flores semitransparente atado sobre los pechos y legañas de rimmel de cuato kilates. Just. Say. No.
3. ropa de zíngara. Su vestido dice: soy un espíritu libre, de naturaleza salvaje. Cuando nadie me ve, camino a solas por la playa y dejo que mi falda vaporosa se empape con los salados secretos del mar. Soy como el agua que se escapa entre los dedos; nada puede retenerme. Ella, mientras tanto, se fuma un porro sentada en el portal del "Trokola" y le dice a su mejor amiga: si no puede quedar conmigo un sábado en lugar de ponerse hasta el culo con los imbéciles de sus colegas, que le haga mamadas su puta madre.
4. Las mallas. Llámenlo leggins. Juren que es lo mas sofisticado desde el escote barco y los skinny jeans. Si van a salir de casa con unas mallas, que sea para teñirse el pelo o para hacer pesas en el gimnasio de la esquina o todos los hombres del barrio pensarán que el último novio las dejó por otra y que están tan deprimidas que bajan a comprar helado de chocolate en chandal y pasan el resto del tiempo llorando, viendo adaptaciones televisivas de Jane Austen y dejándole mensajes en el contestador en los que amenazan con matarse. Lo peor es que al menos uno de esos hombres lo encontrará irresistible.
5. Las bailarinas. Aquellos caballeros que, sin ningún tipo de coacción o temor a represalias, consideren que los zapatos planos y redondos con un lacito delante son un complemento adorable que embellece los atributos naturales de su portadora, que den un paso al frente. Además, a la larga, te joden el arco de los pies.
6. los zapatos que acaban en punta. La prueba definitiva de que los diseñadores no han tenido una infancia decente son la talla dieciséis y los zapatos de punta. No hubo una madre que cariñosamente les arropara y les leyera un cuento antes de dormir. Por eso no saben que los zapatos puntiagudos son los que llevan las brujas para disimular que no tienen dedos en los pies. Dicho esto, aclaro: PJ Harvey puede llevar lo que le de la santa gana.
7. Las faldas y vestidos sobre los vaqueros. Esa pobre chica tiene el culo tan, tan enorme que se lo tiene que tapar poniéndose vestidos sobre los pantalones. Eso es lo que piensa ese chico tan majo que camina detrás de ti a la salida del metro. Y mi madre. Solo que ella lo piensa en alto para avergonzarme también a mi.
Se me ocurrirán mas cosas en cuanto me baje el nivel de alcohol en sangre. Mientras tanto, cosas que recuerdo de ayer por la noche y que sí, que sí: las camisas de seda con mangas de farol (qué guapas, elegantes, femeninas y deliciosas están con esas). Las faldas de tubo desde la cadera hasta justo justo debajo de la rodilla. Los vestidos (casi todos). Los zapatos rojos. ¡Los skinny jeans! Las botas largas hasta la rodilla. La melena a lo Verónica Lake. Los labios rojos, rojos.

Amén a casi todo, salvo a las cuñas, la única forma que existe de que yo me ponga un tacón sin matarme en las escaleras del metro. Qué quieres.
Te dejo un par de añadidos, pruebas del sadismo inherente del diseñador de pret-a-porter (los de alta costura que hagan lo que quieran): la siempre favorecedora falda globo (y yo pensaba que esas cosas sólo se las ponía Agatha) y el siempre práctico trikini (ojo no se estrangulen poniéndoselo).
Y termino con una reivindicación (gracias por dejarnos patalear aquí): ¡quiero una camisa que me abroche y saber, por fin, cuál es mi talla de pantalón!
Vale.
Puesto por Maiko a las Mayo 28, 2006 01:54 PM