What Price Art?
LPC en politech | Marzo 30, 2006
Tracey Emin colabora en Channel 4 (la cadena de The IT Crowd y Green Wing que por cierto se está comiendo a la BBC con patatas) con ArtShock, un programa de arte moderno acerca de cosas extremas, rollo neo-gótico-post-punk, modificaciones corporales, gente que escribe puta (puto, cómemela, follar y variaciones) en las paredes de los museos, que folla o se mea o se hace cortes con hojas de afeitar en público. Ya me saben el percal: como los jueves en Chueca pero con la luz encendida. Su último programa, sin embargo, es un documental acerca de la diferencia entre las mujeres artistas y sus colegas masculinos en los grandes museos. Una diferencia de muchos ceros. Es más sutil que las campañas de las Guerrilla Girls y lo ha hecho con descaro y -con perdón- cojones. Se llama What Price Art?
Hay una gran cantidad de artistas mujeres de categoría y yo soy una de ellas, pero es muy habitual que su trabajo se valore mucho menos que el de sus iguales masculinos -empieza el Emin -Y si una mujer artista se las apaña para ser valorada, rica y famosa, qué sacrificios habrá tenido que hacer por su arte?
La de los sacrificios es la Emin plañidera; los hombres también tienen que renunciar a miles de cosas por su arte, como tener un trabajo "serio", reconocimiento por sus méritos, estabilidad económica y emocional y, la mayoría de las veces, familia. La vida del artista está llena de frustraciones pero eso ya lo sabemos todos; si no estás dispuesto a malcomer, maldormir y llevar una existencia miserable, es mejor dedicarse al paisajismo de jardín o la administración de empresas. Pero la Emin con más cerebro que ovarios tiene razón: la Historia del arte es sexista. No el Arte ni los artistas, sino la Historia y la Industria del Arte, que es al fin y al cabo la que le da de comer. Histórica, sociológica y económicamente sexista.
Como dice claramente, no es cuestión de dinero sino de reputación. Según la Academia, Frida Kalho es la única mujer verdaderamente relevante en la Historia de la Pintura y aún sus biógrafos están más interesados en su apasionada historia de amor con Diego Rivera y su incapacidad para procrear que en su originalidad artística o su talento irrepetible. Si hubiera tenido hijos -parecen decir- no habría pintado una mierda. Sylvia Plath tuvo dos hijos, pero estaba como un cencerro y poco después se mató. Si no hubiera estado majara -parecen decir- no habría escrito una mierda. Según la Historia del Arte -patriarcal, hipócrita y moralista- para ser artista, lo suyo es no ser mujer, o serlo de manera deficiente. Por eso me disgustan las exposiciones "de mujeres" y las asociaciones "de mujeres" y la literatura "hecha por mujeres-para mujeres", porque alimenta esa alienación en los mismos términos que despreciamos.
A mi me cuesta mucho darle la razón a un artista cuyo trabajo me parece una broma. Por eso cuando Tracey Emin se queja de que le pagan menos que a Chris Ofili porque es una mujer, mi reacción en caliente es pensar que bastante ya que le paguen por las chupinadas que hace y que si no tuviera tetas saldría menos en la tele. O, al menos, saldría tanto como Chris Ofili (es decir, sólo cuando abre una exposición). O que, si se dedicara a hablar de arte en lugar de repetir una y otra vez lo difícil que es tener ovarios y ser artista y todas las cosas a las que tiene que renunciar para ser una superestrella del arte moderno no tendría una columna semanal en un periódico progre. En mi defensa quiero añadir que esta reacción, claramente injusta y despreciable, ocurre muy raramente, mientras que estoy muy familiarizada con el caso contrario: Picaso era un desgraciado, Rikle era un caprichoso y Elia Kazan seguirá siendo uno de mis directores favoritos, aunque se demuestre que mataba rojos con rollos avinagrados en la oscuridad de la sala de edición. La moral no tiene nada que ver con el arte. Lo que me falta es aprender a aceptar que un artista mediocre puede tener razón. Oscar Wilde decía que sólo los malos poemas dicen la verdad.
Tracey Emin es lo que llaman una artista confesional y/o autobiográfica. Su "pieza" más famosa ardió en la Tate Modern y era una tienda de campaña llena de nombres. Se llamaba "toda la gente a la que he compartido cama de tal a tal año" e incluye a sus ex-novios, a su madre y al niño que nunca tuvo. Como ya he dicho, tiene una columna semanal en el Independent en la que habla de sus cosas: sus novios, sus pastillas para dormir, su aborto, sus depresiones, la violación. Una de sus últimas hazañas es salir a teta medio pelada en una edición limitada de cerveza Beck. Hay quien la llama la Camille Paglia del arte moderno -una piedrecita más en mi camino hacia la trombosis cerebral- pero eso es porque las dos son "mujeres con carácter". De esas que no se casan y que no tienen niños. Imagínate. Una vez leí un artículo sobre Tracey que decía que todos nos la habíamos llevado al descampado del pueblo y luego le habíamos roto el corazón. Me quedé estupefacta, parecía evidente que el crítico estaba poniendo un gran esfuerzo de su parte o tenía cosas que resolver con su madre. Pero es que poco más se puede hacer con una artista que presenta una cama llena de condones usados y alcohol y unas bragas manchadas de sangre y lo llama: mi cama. A mi también me dan ganas de decirle: no eres tú Tracy, soy yo. No estoy preparada para lo nuestro.
Pero Tracy Emin es muy lista. Y una insider privilegiada en la Industria del Arte, que se pilota la zona mucho mejor que cualquier otra diva de su generación, exceptuando a Damien Hirst. Por eso, a pesar de su histrionismo, el documental es interesante y demoledor y me recuerda a otro que vi hace años en el que Billie Jean King -seis veces ganadora del trofeo de trofeo Wimbledon y fundadora de la Asociación Femenina de Tenis- comparaba los premios en metálico de los torneos más importantes (Wimbledon, Roland Garros y el Abiertos de Estados Unidos) según el sexo del jugador. Las cosas han cambiado mucho desde entonces -resultado, sin lugar a dudas, del esfuerzo continuado de Billie Jean y sus colegas tenistas por establecer la igualdad de géneros en el campo- aún hoy, la diferencia es notable.
Más indignante aún, el mismo documental argumentaba que las tenistas se benefician más de sus contratos publicitarios que los hombres, lo que "redondea" en su favor al final del año fiscal y equilibra la situación. Ponían como ejemplo a Monica Seles, que de aquella firmo un contrato con Nike de 25 millones de dólares y a Anna Kournikova, que firmó con Adidas por 50 millones de dólares. Y no sólo no es verdad -el mismo año Nike le ofreció el mismo contrato a Tiger Woods por 100 millones de dólares-, les faltó añadir que, al ser más guapas y más sociables, también aprovechaban mejor la oportunidad de casarse con estrellas del cine y de la canción, que ganan aún más dinero que un tenista. Me recordó al año que viví en Londres, donde las camareras ganábamos menos que los camareros porque "hacíamos tres veces más propinas".

Gracias por el post, me ha gustado mucho. Tienes que escribir más!
Puesto por leven a las Marzo 30, 2006 10:51 PM