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la máquina de lombroso

LPC en la biblioteca | Noviembre 27, 2005
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Reg enlazaba hoy la Máquina de Lombroso, un ingenioso invento de Ignazio Mottola que mapea la geografia facial del sujeto para ofrecer un análisis en tiempo real del carácter del mismo: apasionado, asesino, generoso, naïf... siguiendo la más gloriosa tradición del maestro italiano. Pero, en lugar de ponerme a explicar quién fue Cesare Lombroso, voy a dejar que lo haga Marcelo Percia.


Nada asegura que los criterios diagnósticos en uso entre psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas sean más confiables que las conclusiones de Cesare Lombroso. Un médico carcelario (inspector de manicomios y experto en psiquiatría, ciencia penitenciaria y medicina legal) que a fines del siglo XIX identifica la suma de rasgos morfológicos que delatan la presencia del mal. Según Lombroso el gusto por el horror es un resto de nuestra herencia animal. Los criminales son criaturas gobernadas por instintos primitivos. Para apoyar su argumento, recuerda que entre animales la crueldad es moneda corriente. Presenta ejemplos: el de una hormiga cuya furia homicida la impulsa a matar y despedazar a una pulga; o el de una cigüeña que, junto con su amante, asesina a su marido; o el de unos castores que se asocian para matar a un vecino solitario; o el de una hormiga macho que, como no tiene acceso a las hembras reproductoras, viola a una obrera hasta provocarle la muerte en medio de atroces dolores.

Lombroso está convencido de que el mal por el mal puede ser detectado en forma precoz. Un gran número de signos físicos y morales distinguen a los criminales de las personas honradas. Compara cerebros y cráneos de acuerdo a sus tamaños. El diámetro de las mandíbulas, la espesura y el color de los cabellos, el tipo y las formas de las barbas, la palidez y tersura de los rostros. Alerta que los homicidas tienen manos gruesas y cortas. Los ladrones y salteadores de caminos desarrollan dedos largos. Los estafadores son zurdos e inteligentes. Los abusadores de menores tienen talla pequeña y peso abultado. Los autores de heridas se apasionan por el juego. Los insanos son casi siempre alcohólicos. Muchos criminales temen a Dios. Los ladrones son poco religiosos. Los incendiarios casi todos locos. Los homicidas nunca totalmente calvos. Los violadores de mujeres vírgenes exhiben narices protuberantes. Los hombres honrados tienen la nariz con forma de pico ganchudo, ya ondulosa, mejor larga, de mediana longitud, con base muy frecuentemente baja, en casi ningún caso desviada. Los degenerados presentan las orejas separadas de la cabeza. Los sometedores de niños o niñas llevan una arruga especial en la frente que denuncia la marca del vicio. Las personas rectas y probas despiden secreciones menos ácidas. Los hombres y mujeres infames carecen de gusto. Los criminales tienen el paso izquierdo muchos más largo que el derecho. Casi todos los reos comunican sus pensamientos por medios de señales. Los homicidas y ladrones poseen un lenguaje con cuarenta y ocho gestos innatos. Los desenfrenados tienen debilidad por los tatuajes. Los violadores tapizan su piel con signos obscenos y jactanciosos. (Lombroso comenta el caso de un condenado que llama su atención. Un hombre que lleva la historia de sus crímenes grabada sobre su cuerpo. Un sujeto sin moral que exhibe, en la piel, la lista de sus amantes. Y escribe lo que sigue: "Junto a éstas figuras y al lado de otras que el respeto al público me prohibe citar, veíase con sorpresa el diseño de una tumba con este epíteto: 'A mi querido padre'. ¡Extrañas contradicciones del espíritu humano!").

Pero una de las rarezas más notables de los criminales de Lombroso es la resistencia al dolor. Cita el caso de un ladrón que se deja amputar una pierna sin gritar, entreteniéndose después en jugar con el pedazo cortado. O el de un asesino que, terminada su condena, ruega que le permitan continuar en prisión; y que viendo rechazado su pedido se desgarra (con el mango de una cuchara) sin expresar malestar. O el de un condenado que antes de ser decapitado, es atenazado en ocho lugares diferentes, sufriendo esos tormentos sin quejarse. Lombroso considera que esa analgesia explica la insensibilidad moral y la indiferencia por la vida de un semejante. Razona que cuando vemos sufrir a otra persona evocamos, ayudados por la memoria, sentimientos similares. La identificación es el móvil de la compasión. Pero cuando no hay sensibilidad tampoco hay compasión.

La máquina formó parte de la cuarta Nuit Blanche de Paris organizada por Méta Zone, donde Bertrand Delanoë, alcalde de Paris, se sometió a su veredicto. La máquina dijo "Justo" y el alcalde comentó, asombrado: ¡Ni siquiera lo he hecho aposta! Lo que demuestra una vez más que la psicología se parece más al arte que a la vida real.



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