número 2: no mientas
LPC en 10 to anal | Mayo 23, 2005
Lo han escuchado mil veces: la clave de una vida sexual saludable es la comunicación. Y se están preguntando: si es mejor no pedirlo, ¿cómo llegamos al acuerdo deseado? Este detalle quedará resuelto en los puntos dos y tres. Por favor, no cambien de canal.
Cuando entramos en la fase primera de conocimiento mutuo, hay una serie de factores que definen lo que será nuestra relación de pareja. Como vimos la semana pasada, la mentira es uno de esos factores. Aquellos que hayan malentendido este punto pueden irse por donde han venido. El resto coincidirán conmigo en que, en este punto del rodaje, se dicen muchas cosas que no son verdad.
La mayoría de nuestras pequeñas invenciones están destinadas a impresionar al varón o a la dama y dar una imagen de nosotros mismos que se parece más a lo que nos gustaría ser (o a lo que creemos que a ella le gustaría que fuéramos) que a lo que somos de verdad. Normalmente son bobadas que serán perdonadas y olvidadas con el tiempo (por ej. "a mi no me gusta el fútbol" o "a mi nunca me han dejado" o "Titanic me hace llorar"). Otras, por el contrario, pueden entorpecer nuestros avances en materia sexual. Es el caso del "yo sólo veo pelis porno para descojonarme" y "el sexo anal es violento y degradante para la mujer". A veces no hace falta ni decirlo, basta con asentir cuando surge la ocasión y aparentar simpatía. Defended vuestros intereses, muchachos. Teneis mucho que perder.
Un paso adelante, dos pasos atrás. En materia tecnológica, la década de los noventa fue la cuna de las maravillas. En materia sexual y social, sin embargo, el feminismo, el sida y la fábrica de sueños de Hollywood rescataron un modelo de hombre que nos estropeó un par de generaciones. Estoy hablando, por supuesto, de Hugh Grant.
Hugh Grant es un encanto, ¿verdad? Es despistado, tímido, cariñoso y un poco intelectual. Hugh Grant es incapaz de pedirte una cita sin tartamudear un poco y le encanta quedarse en casa los sábados por la noche con un litro de helado y una copia de Los puentes de Madison. No es de los que te mira las tetas mientras habláis de política o se da la vuelta para mirarte el culo mientras te vas. Tu madre le adora. ¡Tu abuela le adora! Se ve a la legua que será un padre y un marido estupendo y que a) jamás te partirá el corazón y b) jamás te pedirá cosas raras en la cama. A él no le van esas cosas. Hugh Grant te respeta. No es como os demás.
¿Qué tiene que ver Hugh Grant con el sexo anal? Pues mucho. Porque Hugh Grant es el padre-marido que ha vuelto de los cincuenta para cuidar de las damas y darles lo que ellas quieren: cariño, comprensión y estabilidad. Comparado con Hugh Grant, tú eres el hijoputa que quiere darle por culo para satisfacer tus perversiones de sátiro descontrolado. ¿Cómo se arregla ésto? Pues hay dos opciones: hacerse el Hugh Grant o arriesgarse. Salta a la vista que la opción ganadora es, de largo, la número dos.
La clave, como en todo, es la actitud. Que no se lo pidas no significa que no puedas dejar claro desde el principio que te gusta el sexo anal. Pedirlo te hace parecer un obseso o un desesperado (mal). Aclarar tus preferencias te convierte en un hombre maduro y experimentado que sabe lo que quiere y cómo lo quiere (bien). Sin fardar pero sin restricciones: te gusta la comida india, te gustan las pelis de Hitchcok, te gusta tomar el sol en la costa mediterránea y te gusta el sexo anal. ¿Por qué te gusta? Porque es fantástico. ¿Cómo lo sabes? Porque con tus otras novias lo hacías y os encantaba a los dos. ¿Es estrictamente necesario para estar satisfecho en tu vida sexual? ¡Por supuesto que no! Pero te encanta. ¿Te gustaría practicarlo con tu nueva novia? Por supuesto que sí, como tantas otras cosas. Pero sólo si ella quiere, cuando ella quiera y como ella quiera. Tú sólo quieres hacerla feliz.
Me horroriza comprobar que entre los muchachos hay una tendencia a describir a las chicas con una lista de lo que "se dejan" o "no se dejan" hacer. "Esta te hace unas mamadas de vicio". "Esta otra se deja encular". "Aquella se toma dos copas y se deja hacer de todo", "¿te ha dejado que la sodomices ya?". Pero qué borregos. Estáis tirando piedras a vuestro propio tejado, convirtiendo placeres privados y deliciosos en una lista de concesiones forzadas para alimentar vuestro pequeño y frágil ego de conquistadores de alcoba. Yo nunca "he dejado" que me hagan nada. En mi cama soy yo quien da las órdenes, tanto cuando doy como cuando recibo. Y si me he sido humillada alguna vez, ha sido por el puro placer de serlo. Porque la humillación, privada y consentida, puede ser un factor interesante en los placeres carnales, como muchos y muchas han comprobado. Pero eso ya es otra historia de la que hablaremos más adelante.
Cuando trabajas con estropicios ajenos. Es frecuente que la dama a la que cortejan, como vimos la semana pasada, tenga una opinión formada sobre el sexo anal y sea negativa. Si esta señorita considera la sodomía una práctica degradante es responsabilidad de uno saber cuáles son sus argumentos y analizarlos lógicamente. Si bien el orificio estrella de esta saga no fue diseñado como puerta de entrada sino de salida, no es menos cierto que el sexo fue diseñado para la procreación y no para el placer. La carne no fue diseñada para ser cocida; y si los hombres nacieron exentos de alas, nadie salvo los pájaros debería volar. La naturaleza es limitada, nosotros no. Y cualquier razonamiento que excluya la experiencia misma está condenado a fracasar en una conversación entre personas inteligentes. La verdad es que millones de mujeres en el mundo disfrutan secreta o públicamente del sexo anal. Si, por el contrario, nuestra bella interlocutora ha comprobado que la práctica le resulta incómoda y/o dolorosa, es el momento de desvelar una verdad muy simple: el sexo es doloroso cuando se hace mal.
Es desgraciadamente habitual que, una vez concedida la gracia, los muchachos inexpertos se lancen atropelladamente sobre la dama sin preparar el terreno apropiadamente y dejen el delicado cortijo convertido en un erial. Porque señores, sinceramente; van ustedes como locos. Lo que me recuerda otra cosa: cada vez que sodomizan por primera vez a una chica, es un "por todos mis compañeros y por mi primero". Una mala experiencia es el candado de siete llaves con el que la dama y sus futuros amantes tendrán que lidiar. Por favor, sean sensatos y no desperdicien recursos o acabarán pagando desperfectos ajenos.
En resumen: no mientan. No asientan horrorizados cuando su amante les dice pepi dejó a su novio "porque intentaba darle por culo" ni pretendan que el sexo les da lo mismo y que sólo quieren cariño porque no es verdad. Hugh Grant es un coñazo. Todas le hemos puesto los cuernos a Hugh Grant antes del primer aniversario porque Los puentes de Madison no dan para mucho. Por otra parte, es bueno dejar claro desde el principio que el sexo anal era un lugar común en relaciones previas porque, quieras que no, es un papelón saber que tu novio disfrutaba con otra lo que tú nos puedes darle por un quítame allá esa estúpida convención social o porque tu último amante era un zopenco.
Lo que nos lleva al próximo y sorprendente capítulo: la ex-novia modelo. La próxima semana, más.

¡Así que el culpable de que yo no me comiera un rosco era el jodido Hugh Grant! Gracias, Marta.
Puesto por Zissou a las Mayo 22, 2005 05:57 PM