neuróticos por amor al arte
LPC en Reflexiones | Mayo 30, 2004Las manías son esos pequeños detalles que nos hacen insoportables pero de los que estamos, por motivos indescifrables, profundamente orgullosos. Y no estoy hablando de fobias generalizadas del tipo de no me gustan los mimos o tengo pánico a las abejas porque eso no son manías sino reivindicaciones perfectamente racionales del derecho a vivir en un mundo libre de mimos y de insectos zumbones que son capaces de matarse sólo por joder. Me refiero a esos síntomas de personalidad obsesivo-compulsiva que nos hacen sudar y nos dificultan el día a día de la vida en sociedad.
Nuño no soporta que las perchas de su armario miren en más de una dirección. Si hay perchas mirando de frente, todas las perchas deben estar de frente. Una sola percha rebelde es suficiente para ponerle de los nervios, por no mencionar el dramático asunto del porro que se consume sólo por un lado y hace como una cuña. Nacho es de esos hombres que sacan la basura pero si y sólo si se la atas previamente. Si no, buscará la excusa más disparatada para huir del domicilio dejando la bolsa allí, oliendo a rata muerta y llenándose de moscas.
Nuño y Nacho son dos hombres maravillosos. Entre los dos suman sólo tres manías. Otras personas, sin embargo, tienen más. Y la gente les adora.
Julian se pone a chillar si una mujer obesa de edad intermedia entre 27 y 53 años le ofrece comida y sonríe. ¡Es verdad! Hace unos días una especie de mamma griega ciertamente voluminosa nos quiso vender queso en el mercado y tardé más de media hora en encontrarle, tiritando, escondido tras el toldo de los ultramarinos. Tampoco soporta los insectos medio aplastados, sentarse en un asiento público que todavía está caliente y las mujeres que tienen voz de varón. Ivan no puede tocar una aceituna porque le da grima. La sola idea de comerse una le provoca un corte de digestión instantáneo. Y a mi amiga paloma le da asco fumar bajo el sol aunque en invierno se cepilla dos paquetes y medio diarios.
Es absurdo. Y, sin embargo, a todos nos gusta tener nuestras cositas. Hace unos años, raspar la mantequilla en lugar de cortarla lateralmente con un cuchillo sin dentar estuvo a punto de costarme un divorcio y poner los yogures en una bandeja que no sea la más alta de la nevera hace chillar a mi madre como si la fueran a matar. Son cosas absurdas y, sin embargo, nos encantan. Tanto Fraiser como Woody Allen han basado su estrategia en ser neuróticos irremediables, cosechando fama, fortuna y hasta un cierto sex-appeal. Muchas mujeres presumen de lo gruñones que son sus parejas y se pasan la hora del té contándose horrores de tal calibre que partirían el corazón si no fuera por que se mondan y lo celebran comiendo tarta.
A mi me saca de quicio que alguien use mi taza, la tos de mentirijilla, las medias hasta la cintura y los zapatos de medio tacón. Entre otras cosas. Pero cada vez que un amigo descubre una nueva de mis manías me mira como si me hubiera pillado alimentando delfines en el acuario, en lugar de darme un alka-seltzer y pedirme que me calme que es lo que hace la gente cuando uno se porta como un mendrugo y tiene respuestas desproporcionadas por cosas de lo más mundanas.
Supongo que nos encanta tener pequeñas muestras de caracter. Sobre todo de mal carácter.

Todos tenemos nuestras manias socialmente aceptadas. Lo dificil es intentar explicar o simplemente hacer comprender esas otras que nos cuesta un poco mas aceptar incluso a nosotros mismos.
Puesto por Magma a las Mayo 30, 2004 04:26 PM