Yo soy Valentina
LPC en Reflexiones | Marzo 17, 2004
Hace unos días uno de mis amigos formulaba un poco borracho la queja mis veces pronunciada por el hombre moderno: las tias al final siempre os quedais colgadas con el típico chulo de putas. Entiendo que a veces las apariencias puedan conducir a ese error. Pero es un error. ¡Y tan grande!
Yo sé por qué lo dice. Mi amigo es un chico encantador, notablemente dotado e irremediablemente guapo, con un cuerpo lleno de detalles que pocas mujeres llegan a conocer y los modales de un perfecto gentleman. Y cada vez que le digo que me pirro por este que me coje las muñecas y me hace obscenidades en un sucio callejón se hace cruces por lo bajo. Pero es que no es eso. O, al menos, no sólo.
Tengo la sensación de que el común de los hombres confunde el síntoma con la enfermedad y que en esta época de cultura de la corrección se hace difícil no escurrirse del hombre dominante al bruto de bar y entrar al trapo, como Martin Amis, concluyendo que a las mujeres lo que les pone es que las violen. No se equivoquen: el hombre que me habla al oído en el oscuro callejón no es un hombre cualquiera. Y el hombre que pega a una chica que no lo ha solicitado previamente no es un hombre; es un retrasado. Y eso, en el mejor de los casos.
El arte de dominar tiene en realidad poco que ver con correas, látigos, palabras de corte grosero o violencias de burdel. En este caso concreto, la imaginación de mi sexo contrario está más cerca de Corin Tellado que de Historia de O. No en vano esta última la escribió una mujer y sabía muy bien lo que hacía.
¡Pegame!
Recuerdo con una sonrisa una anécdota que otro amigo me contó hace años. En una noche de pasión con la que entonces era su novia, la muchacha le miró de pronto y le dijo entre dientes: ¡pégame! Es importante mencionar el hecho de que este hombre pesaba unos 90 kilos y la chica unos 50. El pobre se temía -y con razón- que al darle un buen sopapo le rompiera la mandíbula, así que al final le dió, pero en un plan tan mariquita que ella se le quedó mirando con una cara que flotaba de la sorpresa a una amarga decepción. Me sentí el peor amante del mundo -me dijo. ¡El pobre!. Tengo que decir que a la gran mayoría de las mujeres no nos gusta que nos peguen. La dominación no es una cuestión de golpes, sino de actitud.
Para desgracia de todos, hay cosas que no se aprenden. Más de una vez he pasado la vergüenza de ver cómo un hombre se empeñaba en ser dominante conmigo y caía en el más espantoso de los absurdos, gritándome groserías o palmeándome el culo como si fuera una yegua. Con franqueza, es difícil que esta clase de seductor de telenovela llegue muy lejos con una mujer sin desembolsar una cantidad considerable de euros. Y a todas nos gusta el chico encantador que nos lleva a cenar a un restaurante bonito, nos hace regalos porque sí o nos espera a la salida del trabajo. A todas nos gusta el dulce. Pero hay un placer oculto en el modo en que un hombre te sujeta por las muñecas cuando te lleva a la cama, con esa calma del que te sabe suya y no necesita confirmación. O te coje por las caderas y te hace girar en un solo paso y caer sobre la sábana, para cubrir firmemente tu nuca con la mano derecha y no dejar que te muevas hasta el final. Todos los moratones resultantes de esa caída son, por la mañana, un grito de pura satisfacción.
En el mismo orden de cosas (quizá), encuentro las lecciones para ser un Macho Alfa en el blog de mi querido Bacchus. Vayan leyendo, que ya hablaremos de ésto mañana.

Um... Y, aunque agradezca sobre manera el texto, ¿no se referiría su amigo, Petite, más a lo que se dice el "maltrato" sentimental? Porque con eso, casi, estoy de acuerdo (basándome en la más pura de las experiencias, en todos los sentidos). Lo que sí veo es que él se equivoca pensando sólo en las chicas; a los tíos también nos pone que nos den caña. ¿O no?
Puesto por Dj Qs.JóB a las Marzo 17, 2004 12:44 PM